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XIV La división del Gobierno era muy inferior numéricamente a la fuerza de los araucanos. Componíase de un regimiento de caballería cívica, y dos piezas de montaña servidas por el competente número de artilleros. En todo, menos de mil hombres. Mariluán, como antes dijimos, comandaba una fuerza de dos mil hombres, de los cuales sólo cincuenta eran de infantería colectiva, mal disciplinados y no muy bien armados. Por consiguiente, la inferioridad numérica de los del Gobierno se hallaba con usura compensaba por la calidad de la tropa, por su disciplina y por sus armas y municiones. Informado Mariluán por sus espías de la clase de tropa con que contaba la división del Gobierno, determinó cambiar el plan de operaciones que había formado al acampar y que consistía en disputar al enemigo el paso del Bío-Bío. La existencia de las dos piezas de artillería, llevada a Los Ángeles desde una de las plazas vecinas después de la fuga de Mariluán, le hizo conocer que se exponía a perder inútilmente sus guerreros, defendiendo con caballería un paso que con dos cañones era fácil proteger. En consecuencia, abandonó su campo antes de rayar el alba y se dirigió al interior a buscar una posición ventajosa y adecuada a la clase de tropa de que podía disponer. La división del Gobierno se ponía en marcha poco después. El paso del rió se efectuó sin ninguna dificultad, y para acelerar la marcha, se puso la infantería a la grupa de la caballería. Mariluán llevaba al enemigo una hora de ventaja: esto le dio tiempo de elegir su posición para atacar por sorpresa como siempre lo hacen los araucanos. Situó en un gran bosque la mitad de su gente, bajo el mando de Leviluán, que debía atacar al enemigo por la retaguardia, y él marchó con la infantería y el resto de la fuerza a ocupar una altura, cubierta de espeso bosque también, en el que ocultó a gran parte de los suyos, dejando sólo a la vista una partida de su caballería en el camino que debía seguir el enemigo. Cuando las dos fuerzas se avistaron eran cerca de las tres de la tarde. La del Gobierno había caminado con mucha lentitud y después de reconocer que los indios habían acampado cerca del río en la noche. El temor de una sorpresa la había obligado a internarse a paso lento y siempre apercibida para el combate. A un tiempo resonaron los clarines de la caballería por un lado y por toro los gritos de los indios: estos ruidos fueron a perderse junto en los ecos de los cerros vecinos, que lo repitieron apagándolos gradualmente. A ellos siguió la detonación de los cañones que, situados en una altura, empezaron a dirigir un nutrido fuego sobre la caballería de Mariluán. Este conoció la importancia de arrebatar aquellas piezas al enemigo y emprendió una carga a la cabeza de seiscientos hombres, a los que salió a detener la caballería del Gobierno. Mientras así se trataba el combate, Leviluán, a la cabeza de la fuerza de los indios oculta tras el bosque que había quedado a retaguardia del enemigo, atacó a éste por la espalda y llegó casi hasta los cañones que, volviéndose sobre ellos con admirable prontitud, hicieron horribles estragos en sus mal ordenados pelotones, poniéndolos al fin en derrota, auxiliados por la infantería. Mariluán, rechazando también con alguna pérdida de los suyos, trabajaba por ordenarlos y volver nuevamente al ataque. Siendo su caballería mucho mas ligera que la del Gobierno, la mandada por Leviluán había dado la vuelta y reunióse a Mariluán, que ordenó una nueva carga a los cañones. En ese momento tuvo lugar lo más rudo del combate: una parte de los indios cargó con tal ímpetu sobre la caballería del Gobierno, que ésta no pudo resistir a su empuje y perdió algún terreno, mientras que la infantería que se había replegado sobre los cañones para protegerlos, tuvo que huir después de dos descargas que alcanzó a disparar antes que los de Mariluán hubiesen llegado sobre ellos. Pero esta retirada no fue el desorden completo de la derrota, sino que, gracias a los esfuerzos de los oficiales, la tropa siguió haciendo fuego a medida que se organizaba a alguna distancia de los indios. Al efecto, la caballería del Gobierno, que había sido casi arrollada por el número y el ímpetu de los indios, había, como dijimos, emprendido la retirada después de una corta resistencia, y formándose a dos cuadras del punto en que acababa de resistir, sirvió de valla para atajar la carrera de la infantería, que pudo reorganizarse y romper el fuego nuevamente. La tropa de Mariluán había llevado sus hombres de infantería a la grupa hasta muy cerca de los cañones. Al llegar a estos, los infantes echaron pie a tierra y empeñaron con ardor el combate que dió por resultado la toma de los cañones. Apoderado de estos Mariluán, se apresuró a clavarlos y a ponerse en retirada, pues la tropa del Gobierno volvía nuevamente a la carga. A pesar de la ventaja alcanzada por Mariluán, la pérdida era infinitamente más numerosa de su parte, circunstancia que se explica por las armas de sus enemigos. El campo se hallaba cubierto de cadáveres de indios, y muchos jinetes empezaban a flaquear al ver de nuevo embestirles la tropa que con sus cargas creían haber derrotado. No acostumbrados los indios, sino a las sorpresas y combates momentáneos, no esperaron las ordenes de Mariluán, y en vez de arremeter nuevamente sobre el enemigo, volvieron brida y corrieron hacia el bosque en que al principio se ocultaba la infantería. Esta retirada dio nuevo ardor a la tropa del Gobierno, que aceleró la marcha tras los fugitivos indios, adelantándose de tal modo un piquete de caballería, que llegó al bosque al mismo tiempo que los araucanos y se encontró envuelto entre las últimas partidas de éstos con que Mariluán había tratado de proteger la retirada. El resto de la fuerza agresora se había detenido, sabiendo que era inútil penetrar en el bosque y temiendo ver salir de entre sus árboles apiñados otra falange de guerreros, con el ardor de los que acababan de atacar con tanto brío. El piquete envuelto entre los indios quiso retroceder cuando era tarde: muchas lanzas se dirigieron al pecho de los veinte soldados que lo componían bajo el mando de un oficial, que se defendía con admirable arrojo. —¡Juan! ¡Juan! —gritó Mariluán al ver a este oficial, dando al mismo tiempo un rudo golpe a la lanza de un indio que sólo distaba media vara de la espalda de alférez Juan Valero, a quién el jefe de los araucanos acababa de reconocer. —¡Caramba, Mariluán! —gritó el alférez—, líbrame de estos tigres: ¡que vengan uno a uno y veremos! Mariluán dio la orden de respetar al joven, orden que los indios obedecieron, vengándose con los soldados que le acompañaban, de los cuales la mayor parte cayeron atravesados por numerosas lanzas. —Con mil diablos —dijo Juan Valero a Mariluán—, te has portado como un gran general con estos indios que sólo tienen lanza. —Vamos, sígueme, eres mi prisionero —contestó Mariluán, observando que los del Gobierno se acercaban. Y emprendió la marcha con el alférez, que no opuso ninguna resistencia para galopar al lado de su amigo. Los del Gobierno renunciaron a perseguirles y emplearon el resto del día en reunir los dispersos y buscar un lugar aparente para pasar la noche con seguridad. Mariluán siguió galopando con su amigo a la cabeza de una fuerza considerable en dirección a las tierras de Cayo, donde le esperaba Rosa con el alma destrozada por un día de espantosa inquietud.
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