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XIX

XIX

A los rayos del sol que se ocultaba en el ocaso sucedió la luz de los fuegos del campamento. Las llamas que se levantaban rectas hacia el cielo iluminaban los rostros de la tropa agrupada en derredor de las fogatas.

La idea de la paz recién ajustada y la de volver al seno familiar después de escapar a los peligros de la campaña, enviaban también sus reflejos de la alegría al semblante de los soldados, que, al amor de la lumbre, se referían las escenas recientes o recordaban los hechos de pasadas excursiones al suelo araucano.

Los oficiales, reunidos en un grupo aparte, celebraban también el próximo regreso a Los Angeles, formando alegres proyectos de combates harto más gratos al corazón que aquellos en que acababan de dar nuevas muestras del valor que siempre ha distinguido al ejército. Chileno.

 También, como era natural, hablaron de Mariluán.

—En su lugar —dijo uno de los oficiales—, yo me habría ido con la muchacha a cualquiera parte menos a esta tierra de salvajes.

—Y a mí —añadió otro— primero me costaban las orejas que entregar a la chica.

—Hablas como hablaría un perro de presa que tuviese el don de la palabra, exclamó sonriéndose el alférez Valero, contestando a este último.

Una carcajada general acogió a esta contestación, mientras que Valero golpeaba con cariño el hombro del oficial a quien había respondido de ese modo. Este oficial era uno de los que iban a servir de testigo a Mariluán. En su duelo con Mariano Tudela.

Juan Valero continuó:

—Mariluán cortó la dificultad en que se hallaba por uno de esos rasgos de heroísmo que le son propios. Rosa le sacrificaba su honor y tal vez su vida: él decidió comprar con la suya la tranquilidad de Rosa. Entregándose prisionero, la obligó a volver al lado de su familia de donde conoció demasiado tarde que no debió haberla sacado. 

—Lo peor del caso —dijo el que había hablado antes que Valero —es que corre mucho riesgo de ser fusilado. ¡Pobre Mariluán!

Algunos momentos de silencio siguieron a estas palabras. Una botella de aguardiente que pasó de mano en mano pareció preocupar la imaginación de los oficiales durante ese silencio. El que lo interrumpió fue hablando de un asunto distinto del que les ocupaba y, en la nueva conversación, se obtuvieron de tomar parte Valero y el oficial que había compadecido la suerte de Mariluán.

El alférez le dijo al oído cuando los demás estaban distraídos en su conversación.

—Mariluán será fusilado si no tiene amigos capaces de servirle en la desgracia.

—Yo soy su amigo y le serviré en lo que mi honro me lo permita —contestó el oficial.

—Tengo un proyecto —repuso Valero—, y si ustedes se ofrecen a secundarme, podré más fácilmente llevarlo a cabo.

—¿Qué proyecto?

—El de hacer fugarse a Mariluán con tal que nos dé su palabra de honor de no volver a tomar parte en la guerra de los indios.

—Me parece bien.

—Creo que es lo único que razonablemente puede exigírsele —añadió Valero.

Los dos se separaron del grupo de los oficiales so pretexto de pasar revista al campamento. Visitando los diversos puestos que ocupaba la tropa, llegaron al punto en que se hallaba lo que servía de custodia a Mariluán.

El joven se había recostado sobre una gruesa manta extendida sobre el suelo y miraba las estrellas absorto en una profunda meditación.

El sargento y los hombres que le guardaban habían hecho, como el resto del ejercito, una fogata, a cuyo derredor se encontraban sentados preparando el rancho de la noche.

Los dos oficiales dirigieron algunas palabras cariñosas a Mariluán que se había puesto de pie para recibirlos.

—¿Qué hacías? —le preguntó Valero.

—Para distraerme estaba contando las estrellas —contestó sonriendo Mariluán.

—Y siempre te salía una de menos, ¿no es verdad? —replicó Valero.

—¿Por qué? —preguntó Mariluán sin comprenderle.

—Porque falta Rosa —contestó el alférez.

—¡Pobre Rosa! —murmuró con tristeza Mariluán.

Siguióse un momento de silencio.

Venimos a hablarte de un asunto muy serio —dijo Valero bajando un poco la voz.

—Ustedes saben —contestó Mariluán— que soy serio cuando es preciso. ¿De qué se trata?

—Queremos salvarte —le dijo el oficial que acompañaba a Juan Valero.

—La oferta no sólo me parece seria sino muy agradable —dijo Mariluán—; les doy a ustedes las gracias por tan generoso deseo.

—No te apresures tanto —exclamó el alférez—, porque tenemos algunas condiciones que proponerte.

—¿Condiciones? —dijo Mariluán—, no las adivino.

—Se reduce a lo siguiente —prosiguió Valero—: nos hemos comprometido a contribuir a tu fuga en cuanto podamos, si tú te comprometes bajo tu palabra de honor a no volver a tomar parte en la guerra de los indios en contra el gobierno.

—Después de lo que he hablado contigo —dijo Mariluán al alférez—, no comprendo que me propongas la libertad a ese precio.

—Si no lo hiciera, creería faltar a mi deber —repuso Juan—:yo bien puedo servir a un amigo como tú, exponiéndome a perder mi empleo y a ser castigado severamente; pero no consentiría en poner las armas en la mano a un enemigo de mi causa.

—¿Habrías aceptado cuando eras mi prisionero una condición semejante? —preguntó Mariluán.

—No —respondió Valero.

—Pues yo tampoco puedo aceptar lo que me propones: la causa de los araucanos es la mía.

—Es decir que persistes en sacrificarte por ellos —exclamó el otro oficial.

—Me lo he jurado a mí mismo —dijo con firmeza Mariluán.

—Tú conoces las leyes militares —observó Juan— y no ignoras que un consejo de guerra te debe condenar a ser pasado por las armas.

—Seré pasado por las armas; pero no pasaré por la de honra de faltar a mi conciencia —exclamó Mariluán con el acento de una orgullosa convicción.

—No te cría tan porfiado, Mariluán —dijo el alférez con acento de triste reconvención.

—No tan loco te creía yo —añadió su compañero—. ¡Sacrificarse por los indios!

—¡Ustedes olvidan que soy indio también! —replicó Mariluán con viveza.

—¡Indio civilizado y que vale más que muchos chilenos! —dijo el compañero del alférez.

—¿Y por qué los demás de mi raza no han de poder civilizarse como yo? —repuso Mariluán.

Valero y su amigo bajaron la vista. Los ojos de Mariluán brillaban con un fuego extraño. Hubiérasele creído inspirado.

—Ustedes no me han comprendido ni me comprenden —prosiguió—. ¿Creen acaso que poniéndome a la cabeza de los araucanos he tenido la loca pretensión de conquistar a Chile? Ustedes conocen mi corazón; ¿se figuran que encendí la guerra por ver matarse a hermanos con hermanos? Y, sin embargo, la explicación de mi conducta es muy sencilla. Soy araucano, y no puedo mirar indiferente lo que sufren los araucanos: poner fin a esos sufrimientos, colocando a los indios en situación de hacerse oír del gobierno, he aquí mi ambición. Mas no podrán obtener la reparación y la justicia que merecen si no se presentan fuertes y terribles. Con el fuerte se trata y al débil se le oprime. Yo he querido salvarlos de esa opresión y que se les mire como a hermanos y no como a un pueblo enemigo del cual se pueden sacar esclavos, despojándole de sus tierras. A este fin he consagrado mi vida y por esa idea moriré: la creo noble, la creo santa. ¿No he peleado ya bastante por el triunfo de tal o cual mandatario? ¡Pues bien, yo quiero pelear por la felicidad de los que son mis hermanos!

—Te olvidas que ya no puedes hacerlo —díjole el oficial que acompañaba a Valero.

Mariluán les miró un momento como vacilando ante lo que iba a contestar. Luego les dijo en voz baja:

—Ustedes han venido a darme una prueba de amistad que les  agradezco en el alma. Para corresponderles en algo, quiero ser franco con ustedes y comunicarles el plan que tengo entre manso. Me pienso fugar esta misma noche.

—Si te descubren te fusilan —exclamo Valero.

—Si no corriese ningún riesgo, ¿qué mérito tendría el rehusar la oferta de ustedes? —replicó Mariluán—. Prométanme ustedes que nada harán para impedírmelo: es todo lo que necesito.

—En cuanto a eso no tenga cuidado —dijo Juan Valero.

—Nos queremos como si nada supiésemos —añadió el otro.

—No esperaba menos de la amistad de ustedes —repuso Mariluán—. Les advertiré también que ninguno de la división es cómplice de mi plan: yo solo soy responsable de todo.

—Es decir que en caso de conseguir tu objeto, vuelves a ser nuestro enemigo —dijo el compañero del alférez.

—Mi destino me colocará en filas contrarias a las de ustedes —contesto Mariluán—; pero jamás seré enemigo de mis leales compañeros de armas.

—Y si consigues salir de aquí, ¿qué piensas hacer? —preguntó Valero. 

—Reunir a los caciques, cambiar las condiciones onerosas de la paz que por culpa mía se han visto obligados a proponer y tratar entonces de modo que se tengan en cuanta los derechos de los araucanos. Que se les devuelvan las tierras que se les han arrebatado por engaños y fraudes, que se les restituyan los prisioneros, que se reglamenten los contratos entre españoles y araucanos, dando a estos las garantías de que carecen: en una palabra, que se les asegure el amparo de las leyes a que todo ciudadano chileno tiene derecho, y ellos ofrecerán por su parte las garantías que se les pidan.

—En fin —dijo el alférez, como desalentado por el entusiasmo con que Mariluán hablaba de su idea favorita—, haz lo que te parezca; por mi parte, te he advertido ya los peligros que corres.

—Que importan los peligros —exclamó Mariluán—; la vida del hombre, a mi juicio, vale más sacrificándose a una idea generosa y grande, que reservándose para llegar a la muerte después de una serie de días estériles y de satisfacciones egoístas. Yo nací araucano y es justo que me consagre al engrandecimiento de mi raza. Los que han asombrado al mundo con su valor son susceptibles de engrandecerse y concurrir a la felicidad del país en general. Este convencimiento ha dirigido siempre mis reflexiones y dirigirá mi brazo en el combate: que triunfo o que fracase, nadie me impondrá la idea de que un pueblo tan noble para defender su independencia es sólo una raza de salvajes incapaces de perfeccionamiento moral.

—De todas maneras —dijo Valero con cierta melancolía—, lo que yo veo de más próximo es tu sacrificio.

—Aun cuando muera sin realizar mis planes —replicó Mariluán— no creo que mi sangre será estéril: ella fecundará una idea grande y yo habré cumplido con mi deber.

En este instante reinaba ya un profundo silencio en el campamento. Los fuegos se habían apagado poco a poco; las conversaciones habían languidecido, y dominando el cansancio sobre la emoción de los espíritus, el sueño empezaba a apoderarse de la tropa.

El oficial que acompañaba a Valero hizo notar esta circunstancia al alférez.

Juan pasó la mano a Mariluán, dominado por una visible emoción.

—¿Hasta cuándo? —le dijo—, ni tú ni yo lo sabemos. Acaso sea ésta una despedida eterna.

—Tienes razón —contestóle igualmente conmovido Mariluán—, y tus palabras me hacen recordar que no debo despreciar esta feliz casualidad de llevar un recuerdo a Rosa.

—A propósito, ¿qué le diré? —preguntó Valero.

Mariluán se sacó un anillo que llevaba en el índice de la mano izquierda y lo pasó al alférez.

—Le dirás que nunca la olvidaré —le dijo— y que mi primera ambición será volar a su lado cuando haya cumplido mi deber. Ruégale que me perdone, si muero, por haber consagrado a otra causa una vida que en parte le pertenece; pero dile que siempre seré digno de su amor.

Para hacer esta última recomendación, Mariluán se había separado con Valero algunos pasos del otro oficial. Pronunció aquellas palabras con sencillez, sin afectada melancolía, como el hombre que cree natural al cumplimiento de los más penosos deberes. Pero, a pesar de la naturalidad de su tono, Juan Valero sintió temblar entre sus manos las de Mariluán.

El silencio de la noche dio mayor solemnidad a la despedida, en la que aquellos jóvenes, acostumbrados a los azares de la guerra, se sentían dominados por el presentimiento de una eterna separación. Por esto fue que se abrazaron con fraternal cariño, y mientras Mariluán esperaba la hora oportuna de poner en práctica su tentativa de evasión, el alegre alférez, dominado por ese presentimiento, daba un profundo suspiro, pensando, al dormirse, en la suerte de su amigo.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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