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XV

XV

 Se ha visto que la victoria quedó indecisa. Semejantes resultados es muy común en las campañas emprendidas contra los araucanos desde la conquista. La táctica indígena consiste en molestar al enemigo por medio de emboscadas, escaramuzas y sorpresas: casi nunca presenta batalla campal como en cierto modo lo había hecho Mariluán. Así fue que después de las poderosas cargas que hemos descrito, y satisfechos con haber muerto algunos soldados, los indios emprendieron la retirada, teniendo aún el poder suficiente para resistir y para alcanzar tal vez con perseverancia una completa victoria. Como tal, no obstante la consideraron ellos, orgullosos de los voluntarios de que habían despojado a los enemigos que caían y admirándose del temerario arrojo y de la impasible serenidad de Mariluán.

Este llegó a las tierras de su hermano y estableció el campamento a dos cuadras de las casas, tomando todas las precauciones necesarias para evitar una sorpresa.- dispuesta de este modo su tropa, dejó a Leviluán el cuidado de ella y se dirigió con el alférez Valero a la casa en que le aguardaba Rosa.

La joven acaba de secar sus lágrimas para recibir a su amante, que al saludarla leyó en sus marchitos y en sus pálidas mejillas la horrible tortura, que con un sublime esfuerzo de amor quería ocultarle.

—¡En fin! —exclamó el alférez saludando a la niña—. Usted, señorita, me sacará de esta pesadilla de caras infernales. Con una carcelera como usted acepto la prisión de mil amores.

Rosa le contestó con una sonrisa melancólica.

Mariluán, a pesar de sus esfuerzos para dominarse, estaba sombrío y pensativo. Sentía una profunda tristeza al considerar la suerte de aquella hermosa criatura, sacrificada a su loca pasión y a su imprudencia.

Sólo Juan Valero conservaba su genial alegría.

—Señorita —dijo a Rosa—, está usted defendida por un valiente; pero de veras que la compadezco al verla entre esta gente feroz y fea. Por mi parte —añadió—, declaro que si Mariluán no tiene intenciones de fusilarme, yo haré todo lo posible para fugarme desde mañana.

—No te fugarás, Juan —le dijo Mariluán, golpeándole el hombro.

—Bah —exclamó el alférez—, lo veremos: cierto que te profeso muy sincera amistad, pero no podría vivir a tu lado, Mariluán. ¡A quien se le ocurre también venir a hospedarse entre esta gente!

—No te fugarás porque te voy a pedir un servicio —replicó Mariluán.

—¡A mí estoy  bueno para servicios! Sin embargo, puedes pedir: a ver, habla.

—Cenaremos primero —contestó Mariluán.

Eran como las siete de la noche.

Las mujeres de Cayo trajeron una mesa, pusieron blancos manteles que, por encargo de Mariluán, había llevado Caleu, y colocaron sobre la mesa una fuente de cazuela y algunas botellas.

—¡Caramba! —exclamó Valero al ver las botellas—. ¡Parece que la civilización va entrando por aquí!

Sentáronse en la mesa, que presidió Rosa, haciendo inaudito esfuerzos para ocultar su tristeza.

El alférez brindó a la salud de Rosa, a la de Mariluán, a la de las señoritas de Los Ángeles, por las que exhaló un suspiro, y finalmente a su propia salud.

—Ahora —dijo a Mariluán—, vas explicarme el motivo de esta guerra. ¡Maldito si te entiendo! ¡Dejar un lindo regimiento para venir a mandar indios! Señorita —añadió, volviéndose hacia Rosa—, si no estuviese usted aquí, declaraba que Mariluán merecía ser fusilado.

Mariluán le explicó sus miras respecto a los indios, como antes las había explicado a Rosa; pero se estrelló contra las preocupaciones recogidas entre los habitantes de la frontera.

—Mejor sería —dijo el alférez encendiendo un cigarro —que enseñases a hablar a los pájaros: estos indios no se civilizarán jamás.

—¿Y yo? —preguntó Mariluán con orgullo.

—Eh, una golondrina no hace verano —replicó Juan.

—En fin —dijo Mariluán—, yo tengo fe en el porvenir.

—Te lo deseo muy próspero —repuso el alférez—; pero yo en tu lugar estaría siempre prevenido: apenas estos indios crean que tú no trabajas únicamente por sus intereses, te pasan su lanza al través del pecho, y por la espalda, ¡que es lo peor!

Rosa miró con ojos de espanto al joven que hacía este pronóstico con un vago acento de amenaza.

—En fin — exclamó Mariluán—, estoy resuelto a sacrificarme por ellos.

En esta contestación había un ligero acento de impaciencia.

Juan Valero le miró con sangre fría.

—Lo siento por ti —contestó—; pero sobre todo por esta señorita.

Mariluán hizo el movimiento de cabeza de un hombre que recuerda una idea medio olvidada y dijo:

—Para ella es para quien voy a pedirte el servicio de que te hablé. Óyeme: veo que Rosa no debe permanecer aquí por más tiempo, pues es necesario convenir que yo tengo que jugar diariamente mi vida, y si muero, ella queda abandonada.

Mariluán pronunció estas palabras con un acento de mal disimulada tristeza, que hizo brotar el llanto de los ojos de la joven.

Juan Valero contestó:

—Tienes mucha razón.

—Para evitar este mal —prosiguió Mariluán—, he aquí lo que he imaginado: tú, con una fuerza que pondré bajo tus órdenes, la escoltaras hasta entregarla a su familia...

—¡No me iré! —exclamó, interrumpiéndole, Rosa.

En sus ojos brilló a través de las lágrimas un rayo de espléndido entusiasmo, que su corazón de mujer enamorada enviaba en un arrebato de amor.        

Mariluán se acercó a ella con tranquila pero melancólica gravedad.

—El sacrificio que usted se impone, Rosa —le dijo—, es sublime, pero mi muerte puede esterilizarlo: vuelva usted al lado de su familia, y si yo consigo arreglar una paz como lo espero, volaré a sus pies y usted dispondrá de mi vida en adelante.

—tiene razón Mariluán, señorita —agregó el alférez—; usted no debe permanecer aquí. Mañana recibe Mariluán una bala, porque al fin y al cabo nadie tiene su vida comprada y así es nuestra suerte, ¿qué haría usted entre los indios? ¿Obedecerían a Cayo como obedecen a Mariluán? Yo no lo creo.

—Yo esperaré hasta que la paz se ajuste —contestó ella, con la energía que encuentra la mujer cuando se trata de un sacrificio por el hombre que impera en su corazón.

—Imposible, no puedo aceptar, exponiéndola a una suerte horrible si yo muero —exclamó Mariluán con calor.

—El paso que he dado —replicó ella— fue decisivo y no puedo ahora volver atrás.

—Eso no puede ser —repuso Mariluán—; yo he conocido la temeridad de lo que la obligué a hacer cuando no era ya posible volverá a su familia. Ahora no debemos despreciar la ocasión que se presenta.

—Y si esa paz no se consigue —preguntó Rosa—, ¿cómo puede usted salir de aquí?

—Pelearé hasta morir o hasta alcanzar condiciones ventajosas para estos pobres indios.

—En tal caso, yo seguiré su suerte —dijo la joven con resuelto ademán.

El alférez la miró con admiración.

—Vea, Rosa —dijo Mariluán en tono de persuasiva súplica—, impóngame usted cualquier condición y la obedeceré; pero no permanezca aquí por más tiempo.

—Huya usted conmigo —contestó Rosa—. ¿Cree usted —añadió con calor— que me resigne abandonarle después de haber arrastrado lo que más puede intimidar a una mujer?

Juan Valero tomó la palabra cuando Mariluán iba a contestar.

—Señorita —dijo—, si Mariluán huyese de aquí con usted, se perdería para siempre. ¿Dónde podría ocultarse? ¿No vale más que entre en tratados y estipule su libertad?

—Que me prometa entonces no continuar esta guerra si no aceptan sus tratados —dijo la joven.

Mariluán recibió la mirada de alférez que le decía "vamos, la mentira es necesaria", y contestó:

—Haré todo lo posible para ajustar la paz a toda costa.

—Y entonces, ¿qué inconveniente hay para que yo me quede? —preguntó Rosa.

—Uno muy grande, señorita —replicó el alférez—: si las proposiciones no se hacen esta noche, mañana será atacado Mariluán y ¿quién puede responder del resultado del combate?

—Pero usted mismo —le contestó Rosa— puede llevar ahora las proposiciones de paz.

—Es cierto, señorita; pero hay otro inconveniente para esto —dijo Valero.

—¿cuál?

—¿Qué estoy resuelto a no ir solo, y si usted no me acompaña, me quedaré aquí.

Mariluán dirigió al alférez una mirada de reconocimiento y Rosa bajó la frente, dando un suspiro de impaciencia.

Durante algunos minutos reinó en la choza el más profundo silencio.

Mariluán trabajaba con la imaginación para encontrar un argumento capaz de convencer a Rosa de la necesidad de abandonarle.

Rosa permanecía impasible y el alférez miraba al techo con el aire de un hombre que busca alguna idea luminosa para zanjar una dificultad.

Al fin, viendo Mariluán que los momentos eran preciosos, rompió el silencio.

—¿Qué condiciones quiere usted imponerme para consentir en marcharse? —dijo a la joven.

—Que usted me acompañe —contestó ella—. ¿No abandoné a mi familia por usted? —añadió al ver que Mariluán bajaba la frente con tristeza.

—Es cierto, disponga usted de mí —contestó Mariluán.

—¡Al fin! —exclamó Rosa con alegría.

—Esta señorita tiene razón —fijo el alférez—: tú debes consagrarte a la exclusivamente, puesto que abandonó por ti su familia y su casa.

—Estoy pronto a obedecer —contestó Mariluán.

Rosa le estrechó una mano con agradecimiento.

—Ya me hacía usted dudar de su amor —le dijo en voz baja.

—Mi vida le pertenece, Rosa —murmuró Mariluán, vencido por aquella dulce presión y por la mirada de profundo amor con que la joven había acompañado sus palabras.

—entonces —dijo el alférez—, pongámonos en marcha y yo serviré de parlamentario a nuestra llegada al campamento.

—Bien, daré mis órdenes —dijo Mariluán.

Rosa, Mariluán y Valero salieron de la casa y se detuvieron a la puerta.

La noche era serena y las estrellas del cielo enviaban a al tierra su dudosa luz, aumentando al parecer la oscuridad de los bosques que rodeaban la habitación de Cayo.

Mariluán hizo llamar a su hermano por medio de un indio que velaba al lado de la puerta.

—En fin —dijo a Rosa el alférez—, cuando consigamos sacar a Mariluán de esta madriguera de salvajes, podremos obtener su perdón, ofreciendo la paz.

—Le perdonarán —contestó Rosa—, puesto que él puede hacer que los indios vuelvan a la obediencia del Gobierno.

Mariluán, entretanto, daba a su hermano sus instrucciones, explicándole la causa que le obligaba a marcharse.

—Si yo no vuelvo mañana —le dijo al despedirse—, tú atacarás, a menos de recibir una orden contraria de mi parte. Una vez que yo haya dejado a Rosa en completa seguridad, volveré aquí a pelear por nuestra causa.

Cayo, sin comprender el respeto que su hermano manifestaba a Rosa, prometió obedecer, porque había visto que Mariluán era valiente en el combate y cuerdo en el consejo.

Media hora después, Rosa, Mariluán y Valero, escoltados por cincuenta mocetones, se ponían en marcha hacia el campamento de la fuerza del Gobierno.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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