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XVII

XVII

Hemos indicado ya que desde que Mariluán tuvo a Rosa en su campamento, conoció las dificultades de su situación, agravadas por la presencia de un ser delicado a quien debía consagrar especialmente su solicitud, desde que ella le confiaba su destino y arrostraba, por seguirle, los peligros de la arriesgada empresa en que Mariluán se hallaba comprometido.

Por otra parte, Mariluán amaba demasiado a Rosa para abusar de una posición creada por la confianza y por el amor de la joven. Sus instintos de hidalguía y su lealtad caballeresca le hacían respetar a su querida en proporción a su debilidad y desamparo. Rosa se había puesto en sus brazos con entera confianza y Mariluán habría preferido perder la vida antes que burlarla y traicionar la noble pureza de la sincera pasión que a ella le unía. Para llegar a esa respetuosa actitud del amante, Mariluán no había tenido necesidad de reflexionar: habíale bastado obedecer a los que dijimos le caracterizaban, instintos de hidalguía. Y Rosa vivió rodeada de su adoración y respeto.

Mas, al mismo tiempo y por causa también de sus elevados sentimientos, Mariluán conoció que la presencia de Rosa en su campo sería un obstáculo perpetuo a todo empresa arriesgada y que siempre le acompañaría en el combate el temor de abandonarla a merced de los indios, que probablemente no la respetarían si le faltaba el apoyo de su prestigio y el de la obediencia que, al nombrarle su jefe, le habían jurado.

Por esto fue que al tomar prisionero a Juan, su primera idea fue la de aprovechar tan infeliz ocasión de restituir a Rosa al seno de su familia. La honda melancolía que a su pesar retrataban las facciones de la joven le había hecho esperar que ella no opondría resistencia a este plan, y la circunstancia de haberse fugado Rosa le tranquilizaba respecto a la resistencia de la familia, que no se pondría a que él volviese el lustre a su honra cuando el éxito hubiese coronado la empresa que había acometido. Su valor y su fe en la santidad de la causa por que combatía le hacía mirar como seguro este resultado.

Pero, como hemos visto, Rosa se había obstinado en seguir los azares de su suerte; le había probado que su amor era más poderoso que el pesar de verse separada de los suyos, y que al sacrificarle su honra, quería también sacrificarle su existencia si era preciso. Esta actitud, que él no esperaba a pesar de su confianza en el amor de Rosa, le hizo conocer que a tan noble desprendimiento no podía corresponderse sino con igual desinterés y magnanimidad. Así Mariluán decidió zanjar la dificultad ofreciendo su persona como el único medio de salvar a su querida; obedeció el destino que le mandaba abandonar sus sueños de gloria; confió a la providencia la causa a que había jurado consagrares y admitió la proposición que por medio de Juan Valero le hacía el jefe de las fuerzas del Gobierno.

Sin embargo, al entregarse Mariluán en poder de sus enemigos para conseguir que Rosa volviese al seno de su familia, no abandonaba la esperanza de burlar la vigilancia de sus carceleros y poder de nuevo colocarse al frente de los araucanos hasta llevar su empresa a un remate feliz. A pesar de la preocupación que la futura suerte de Rosa le causaba; a pesar de que después de conocer el tesoro de amor que le consagraba su querida, veía que una existencia pacífica a su lado habría sido tal vez la más envidiable felicidad. Mariluán, mientras caminaba a entregarse sin condiciones, volvía la imaginación al deseo constante de su vida, que cultivado en la soledad y fortalecido en la reflexión, había llegado a ser para él una condición de existencia: a la regeneración de su raza, por la que había abandonado una posición segura y honrosa en el ejercito, cuyo valor conocía y estimaba.

De este modo, al llegar al campamento del Gobierno, Mariluán formaba planes de fuga, y pronosticaba a Rosa un venturoso porvenir con una confianza comunicativa de que la joven involuntariamente participaba.

El comandante de la división del Gobierno había salido al encuentro de la comitiva, acompañado de Mariano Tudela.

Damián Ramillo había buscado un pretexto para regresar a Los Angeles, al saber que Mariluán se presentaba a tratar de la paz y se había puesto en marcha al mismo tiempo que Juan Valero salía a llevar a Mariluán la respuesta del comandante. Temiendo del carácter impetuoso de Mariluán alguna acusación que descubriese sus intrigas, había dado por causa de su vuelta la necesidad de llevar a doña Andrea Ramillo noticias de su hija y dejado a Mariano las instrucciones necesarias para evitar los reclamos que Mariluán pudiese hacer a nombre de Canchaleu.

El comandante recibió a Mariluán con severidad y Mariano Tudela principio por dirigir a su hermana amargos reproches.

—Caballeros —dijo Mariluán—, al venir a entregarme en poder de ustedes, he creído que trataba con gentes de honor, y si bien no pido ninguna indulgencia para mí, creo que tengo derecho de exigir se guarden a esta señorita todos los respetos que su sexo y su posición merecen.

—Mal ha dado usted el ejemplo de ese respeto —contestó Mariano Tudela con áspera voz.

—He respetado su honor como el mío propio —replicó Mariluán con altivez—, y no admito reconvenciones de nadie.

—Además —dijo Rosa—, yo he seguido a Mariluán porque le amo y puedo levantar mi frente con orgullo, porque he dado mi amor a quien merece y aspira a poseer mi mano.

El comandante y Mariano Tudela, que esperaban encontrar con una mujer llorosa y avergonzada de su falta, no pudieron dejar de manifestar su admiración al oír aquella respuesta y el acento de modesta dignidad con que fue pronunciada.

—Tú olvida —replicó Mariano— que para dar tu mano necesitas el consentimiento de tu madre y el mío.

—Pero sabías que ustedes estaban resueltos a no consultar mi voluntad para sacrificarme —dijo Rosa— y he querido colocarme en una situación que me hiciese dueña de mi mano.

—Eso lo veremos —exclamó Mariano con acento amenazador.

—Yo he venido a colocarme bajo la protección de usted —dijo Rosa al comandante, a quien la entereza de la joven tenia cautivado.

—Señorita —contesto—, me honra usted altamente con su confianza; pero me es forzoso reconocer los derechos que sobre usted tiene su hermano, que es el jefe de su familia.

—¡Ah! —exclamó Rosa, cubriéndose con las manos el rostro, sobre el que rodaron sus lágrimas—, bien sabía que iba a ser desgraciada viniéndome aquí.

El comandante se acercó a ella conmovido y le dijo en voz baja:

—Juro a usted por mi honor que Mariluán no correrá ningún peligro y que haré cuanto pueda para que su familia lo admita por marido de usted.

—¡Pero yo no quiero abandonarle! —le dijo Rosa con la voz cortada por los sollozos.

—Obedezca usted a su hermano y deje lo demás de mi cuenta —le contestó el comandante.

Se volvió entonces hacia Mariluán, diciéndole:

—Yo le respondo que esta señorita será tratada con toda clase de consideraciones.

—En tal caso, comandante —respondió Mariluán—, estoy a las órdenes de usted.

—Siga usted al alférez Valero —le dijo el comandante—; él le conducirá a usted al punto en que está la tropa que debe custodiarle.

Mariluán dirigió a Rosa una mirada de adiós, a la que la joven quiso contestar bajándose del caballo y corriendo a estrecharle entre sus brazos; pero un sentimiento de pudor la detuvo en presencia de los que la observaban y sólo contestó a la despedida de su amante con una mirada que nublaban las lágrimas.

—Valor, amigo —dijo a Mariluán el alférez—; comprendo lo que sufres por lo que a mí me pasa: yo prefiero que me den un balazo a ver llorar a una mujer bonita.

Al mismo tiempo, el comandante, que había quedado junto a Rosa, le decía:

—Tenga usted confianza en mí, señorita, y vuélvase con su hermano a Los Angeles: yo le respondo de la suerte de Mariluán.

Algunos momentos después, Mariluán, rodeado de un piquete de tropa encargado de custodiarle, formaba a retaguardia de la división del Gobierno y Rosa seguía a su hermano que, escoltado de alguna fuerza cívica había tomado el camino de Los Angeles.

"En fin —decía para sí Mariluán—, lo principal está hecho ya".

Y ahogaba un suspiro que su alma dirigía a su amante, al pensar con satisfacción en el sacrificio que por dejarla en seguridad había hecho.

Rosa caminaba entregada a la más profunda desesperación. Al verse a merced del imperioso dominio de su hermano, olvidaba las promesas que el comandante había retirado hasta el momento de despedirse y sólo oía la voz de los lúgubres presentimientos que su tristeza y la separación de Mariluán le sugerían.

A pocas cuadras del campamento, salió de entre unos matorrales un indio que se dirigió a Mariano.

—¿Qué hay, Peuquilén? —le dijo éste, reconociendo al que había adelantado algún dinero sobre la cabeza de Mariluán, que, como dijimos, las autoridades habían puesto a precio. El indio habló algunos minutos con Mariano y se despidió de él, volviendo a internarse entre los espesos matorrales que bordeaban el camino.

Oculto tras unos boldos, Peuquilén siguió con la vista a Rosa, con esa expresión de salvaje ardor que le vimos cuando se presentó en casa de doña Andrea a vender yerbas con Caleu. Cuando la hubo perdido de vista, dejó su puesto y se dirigió al lugar que ocupaba la división del Gobierno.

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