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XVIII Llevada por Caleu y los demás que habían escoltado a Mariluán la noticia de su prisión al campamento de Cayo, éste y los demás caciques se reunieron a conferenciar sobre la marcha que decían seguir en adelante. La impresión que dominó generalmente en aquel consejo fue la del desaliento. La pericia y el valor desplegados por Mariluán en los pocos días que había permanecido al frente de los araucanos le habían conquistado el respeto de éstos y su más ilimitada confianza para las cosas de la guerra. Todos los caciques se expresaron en este sentido, y condenaron como dirigirlos al combate. También la obediencia que les servía de lazo de unión, rota con la ausencia del caudillo, daba lugar a que de nuevo apareciesen las rivalidades de tribu, y a que faltase, por consiguiente, la cohesión que necesitaban para hacer frente a las fuerzas del Gobierno, que por sus armas y su táctica podían batirles con muy escaso número de gente. Cada una de estas consideraciones fue explayada en largos discursos, que al fin hicieron prevalecer la idea de enviar una disposición al jefe enemigo a proponerle la paz. Esta proposición estaba en armonía con la índole de los araucanos, que pasan de las hostilidades a la obediencia ciega, siempre que lo juzgan oportuno para sus intereses, reservándose, in petto, el derecho de faltar a lo pactado, cuando creen que esos intereses lo reclaman nuevamente. Partió pues la embajada compuesta de Cayo y de algunos otros caciques. La división del Gobierno se preparaba a marchar hacia el campo araucano, cuando los parlamentarios de éstos llegaron anunciando el objeto que les llevaba. El jefe del Gobierno que se había internado en el territorio indígena sin los recursos suficientes para una campaña formal, aceptó gustoso la conferencia, mientras que exteriormente manifestaba hacerlo persuadido de que renunciaba por humanidad a la victoria. Con tal disposición de ánimo por ambas partes beligerantes, el arreglo de la paz no fue largo ni difícil. El jefe del Gobierno impuso por condición el pago de los gastos de guerra con una cantidad de animales vacunos que los indios se comprometían a entregar en un termino dado; la completa obediencia a las autoridades de la República, para lo cual se colocarían en las diversas tribus sublevadas capitanes de amigos con resta del Estado, y por fin, en prenda de cumplimiento, quedarían en rehenes el mismo Cayo y los hijos mayores de los demás caciques presentes a la conferencia. Terminados estos arreglos, el jefe se apresuró a contramarchar hacía Los Ángeles, llevándose los rehenes pactados y al prisionero caudillo de los araucanos, acerca del cual no había admitido las condiciones que Cayo había propuesto para alcanzar su libertad. Como dijimos ante, Peuquilén había regresado al campamento de los chilenos después de hablar con Mariano Tudela. Sus relaciones con este joven le habían conquistado la confianza de los oficiales y tropa de la División, de modo que Peuquilén gozaba de entera libertad entre sus naturales enemigos. El último acontecimiento que ponía fin a la campaña había desbaratado sus planes de venganza y las probabilidades con que contaba de ganar una fuerte suma con la cabeza de Mariluán, a quién había jurado un odio implacable desde la escena del huerto en casa de Mariano Tudela. La codicia que domina principalmente entre las razas salvajes velaba en el alma de Peuquilén y no le dejaba renunciar a sus planes de venganza y de lucro, a pesar del contratiempo que le ocurría con la prisión de Mariluán. Meditando el modo de llevarlos a efecto, siguió la marcha de la división y se acercó varias veces a Mariluán, haciéndole signos de inteligencia cuando los soldados no le observaban. Mariluán, que le había casi olvidado con los sucesos de los últimos días, vió un rayo de luz para su esperanza con la presencia de Peuquilén. A medida que las horas transcurrían y que la imaginación de Mariluán se acostumbraba a la idea de verse separado de Rosa, sus ideas volvían a su primera preocupación, con la porfía de todo el que ha consagrado sus desvelos al culto de una idea: de modo que, cuando al anochecer, la división acampaba a poca distancia de la ribera Norte del Bío-Bío, Mariluán sólo pensaba en la fuga y en encender nuevamente la guerra, a fin de vengar las onerosas condiciones con que por falta de su apoyo, lo araucanos habían ajustado la paz. Una circunstancia favorecía esta esperanza de Mariluán: su popularidad entre la tropa del regimiento a que había pertenecido y el amor que muchos de los soldados le profesaban. Mariluán vió que no se engañaba al contar con esa popularidad, porque durante la marcha, el piquete encargado de custodiarle le dio muestras de adhesión y respeto, indicándole el sargento que mandaba la partida que deseaba cumplir con su deber, sin faltarle a ninguno de los miramientos a que su pasada conducta con la tropa le hacía acreedor. Poco antes de llegar al punto elegido por el jefe de la división para pernoctar, acercóse Peuquilén a la partida que custodiaba a Mariluán, y entabló poco a poco conversación con él. Mariluán principió reconviniendo a Peuquilén por su comportamiento en la noche del asalto dado a casa de doña Andrea Ramillo; pero el indio, lejos de desconcertarse, encontró varios argumentos para probar que se había conducido con lealtad y que su objeto al arrebatar a Rosa de la casa había sido servir a los intereses de Mariluán, sacando a la joven mientras que él se apoderaba del hermano que podía frustrara el intento que les llevaba, oponiendo una seria resistencia con sus armas. A los cargos que Mariluán le hizo por no haberse reunido a los suyos en los días de combate, Peuquilén contestó que, sorprendido en su marcha por la división de Españoles, le había sido preciso fingirse enemigo de Mariluán, diciendo que pertenecía a una tribu amiga del Gobierno de Chile. Tanto estas explicaciones dadas por Peuquilén con maestría y sagacidad, cuando el deseo de recobrar la libertad, que dominaba a Mariluán. Le hicieron confiar de nuevo en Peuquilén, que con maña le habló de las razones que los parlamentarios de los indios, incluso Cayo había tenido presentes para proponer el convenio ajustado. Como se sabe, la principal de esas razones había sido la falta de un jefe que, como Mariluán, reuniese a su valor y conocimientos militares la cualidad de imponer igual respeto a los caciques que no podían suponerle intereses personales, desde que reconocía a su hermano Cayo el derecho correspondía a Mariluán. A fin de avivar los deseos que éste expresaba sin rebozo de tentar una evasión para reparar los males que su juicio había ocasionado su determinación de entregares a sus adversarios, Peuquilén exageró las probabilidades de éxito que tendría una nueva guerra, a la que seducidos por la fama del caudillo, acudirían de todas partes de la Araucanía numerosas huestes de auxiliares. Animados pues por esta conversación que tanto lisonjeaba sus deseos, y llevado por la impetuosidad natural de su carácter, Mariluán decidió hacer su tentativa de fuga en aquella misma noche; para lo cual se ofreció a ayudarle Peuquilén trayendo a inmediaciones del campamento un caballo en que Mariluán se pondría muy luego a salvo de toda persecución, reuniéndose a los guerreros que aun no debían deberse alejado de las casas de Cayo. Consolado Mariluán con este nuevo propósito, vió con agradable sorpresa, al acampar la división, que del piquete de tropa que en el camino le había custodiado, se mandaba separa la mayor parte, dejando sólo un sargento y seis soldados para guardarle. No era una simple casualidad esta medida que tan lisonjeramente halagaba las nuevas esperanzas de Mariluán. En ella tenía parte la intención directa del jefe que comandaba la expedición. Este había comprendido las causas que habían determinado a Mariluán a entregarse en su poder y después de sus promesas a Rosa, veía lo delicado de su posición, al reflexionar en la inflexibilidad de las leyes militares por las que debía se juzgado el prisionero como oficial desertor y como jefe de la rebelión indígena. A esta consideración se agregaba el aprecio que tenía a Mariluán por su valor y relevantes prendas personales, de manera que a medida que temía por la suerte de éste cuando fue sometido a un consejo de guerra, conocía las dificultades que se oponían al cumplimiento de las promesas que había hecho a Rosa para decidirla a separarse resignada de su amante. De estas reflexiones surgió naturales en su espíritu el deseo de que Mariluán se sustrajese por medio de la fuga a la suerte que le amenazaba en su poder y con esta mira dio por pretexto la necesidad de resguardar debidamente el campamento, para disminuir la fuerza del piquete que custodiaba a Mariluán. Ninguna sospecha podía recaer sobre él por esta medida, desde que el prisionero había venido a entregarse voluntariamente, por lo cual todos suponían que el hacerle custodiar era una simple formalidad militar, a la cual no podía sacrificarse la seguridad del campamento, a cuyas inmediaciones aconsejaba la prudencia apostar partidas avanzadas, con el fin de evitar las sorpresas que acostumbraban hacer los araucanos a las fuerzas que se internan en su territorio. Esperando que Mariluán únicamente comprendiese sus intenciones y supiese aprovecharse de ella, se retiró el comandante a su puesto para pasar la noche, en circunstancias que Peuquilén iba en busca del caballo que había ofrecido a Mariluán y que éste, despreciando los peligrosa que podían amenazarle, esperaba con impaciencia la hora en que la tropa durmiese profundamente para efectuar sus fuga; Viéndose de antemano al frente de una nueva campaña cuyos resultados doraba el reflejo de sus ilusiones generosas, iluminando la regeneración de su raza, y contemplando su felicidad al lado de Rosa que premiaría con su amor y su constancia el noble desinterés de sus esfuerzos.
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