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XX Algunos momentos después de la despedida de los tres oficiales, reinaba en el campamento un profundo silencio. Con la extinción de las fogatas pareció haber aumentado en el punto que ocupaba la tropa la claridad de la noche. Mariluán hizo esta observación al tender su vista en derredor y al divisar a los centinelas que se paseaban a distancia del lugar en que él se hallaba, decidido a llevar adelante su plan, esperó con paciencia un segundo relevo de centinela, pues sabía que los entrantes a quienes se habría arrancado del sueño para cumplir su facción se dejarían vencer del cansancio con más facilidad que los salientes. En esta expectativa transcurrió una hora. Al cabo de este tiempo, los ronquidos de la tropa que le custodiaba le anunciaron que podía salir sin dificultad. Púsose de pie con gran cautela y permaneció inmóvil en esa actitud durante algunos momentos. Desde su puesto observó que los centinelas no se paseaban ya. Esta observación le alentó para dirigirse al lugar en que Peuquilén debía esperarle con caballos, y se adelantó envuelto en su manta, tratando de ahogar el ruido de sus pasos. A poca distancia de la línea ocupada por los centinelas, vió Mariluán a uno de ellos sentados con el fusil entre las piernas y al parecer dormido. Adelantándose algunos pasos divisó no lejos a otro en la misma actitud. La distancia no le permitía ver al que de este último seguía, y confiado en que durmiese también, avanzó con paso resuelto y salvó la línea guardada por los centinelas. Mas a pocos pasos oyó la voz de "¿quién vive?" dada por uno de ellos, y repetida por el que tenía más próximo. Al oír esa voz, lejos de intimidarse ni detenerse, Mariluán se puso a correr y oyó en ese instante una detonación de fusil, a la que siguió otra inmediatamente. Gracias a la oscuridad de la noche, las balas habían pasado a gran distancia de Mariluán, que vió que para salvarse necesitaba de toda la velocidad de sus piernas. Redobló por consiguiente la carrera y en pocos momentos llegó al lugar convenido con Peuquilén. Este le esperaba con dos caballos. De un salto, Mariluán subió a uno de ellos, tomó una soga de crin que servía de riendas y emprendió la carrera, seguido de Peuquilén que había saltado sobre el otro caballo. Al tiempo de emprender la marcha oyeron las voces de alarma del campamento. Despertaba la tropa por los dos tiros que los centinelas habían tirado a Mariluán, apoderábase medio dormida de las armas y se agrupaba alrededor de sus jefes. Mariluán y Peuquilén, entretanto, corrieron a galope tendido durante algunos minutos por el camino que conducía a las posesiones de Cayo. A pesar de lo práctico de Peuquilén en aquellas localidades, la dudosa claridad de las estrellas no permitía a los dos fugitivos acelerar la marcha a medida del deseo. Un tronco de árbol arrojado al través del camino o algún estrecho desfiladero eran obstáculo bastante serio para impedirles al galope y obligarles a caminare al paso o al trote, según las circunstancia. Empeñábase tanto Mariluán en acelerar la marcha porque conocía el arrojo de los soldados que pertenecían al regimiento en que había servido, y sabía que les perseguirían con tesón si se les daba orden para ello. Al cabo de un cuarto de hora de marcha, Mariluán y Peuquilén se detuvieron a conferenciar. Según sus reflexiones, más convenía abandonar los caballos y dirigirse a la casa de Cato, por senderos extraviados, a fin de ponerse a cubierto de la persecución de la tropa de la caballería que creyeron sería enviada en su seguimiento. Una circunstancia contribuyo también poderosamente en el ánimo de Mariluán para adoptar esta determinación: había perdido ya la costumbre de montar en pelo a caballo, de modo que con lo andado ya, sentía que el resto de la marcha le sería penoso. Ambos echaron pie a tierra, en consecuencia del nuevo plan de marcha, y después de tirar los caballos por las riendas hasta alejarlos convenientemente del camino, se perdieron entre los matorrales con la agilidad reposada del zorro que sabe siempre correr o detenerse a tiempo cuando es perseguido. Precipitando el paso a medida que el terreno lo permitía, acortándolo cuando atravesaban por espesos matorrales y deteniéndose para observar si algún ruido indicaba la proximidad de los perseguidores, Mariluán y Peuquilén hablaban poco, y parecían cada cual ocupado de sus particulares reflexiones. Al cabo de una hora de esta marcha que la desigualdad del piso y la falta de luz hacían sumamente fatigosa, Mariluán, que caminaba adelante, se detuvo como para tomar aliento. En ese instante, y mientras dirigía la vista como para reconocer el camino que debía seguir, Peuquilén descubrió la mano derecha armada de un puñal que sacó de su cintura, y antes que Mariluán hubiese vuelto la cabeza, se arrojo sobre él, asestándole un fuerte golpe en la espalda. La fuerza del golpe hizo penetrar el puñal en el pulmón izquierdo de Mariluán, que al darse vuelta recibió un nuevo golpe que le arrojó en tierra. Ni un solo grito, ni una sola exclamación fue lanzada por el infeliz caudillo de los araucanos. Hizo sólo un movimiento para arrojarse sobre su agresor, y extendiendo los brazos hacía adelante, cayó de espaldas, arrojando torrentes de sangre por las dos heridas que acababa de recibir. Peuquilén, con los ojos fijos en su víctima, se retiro algunos pasos, cual si hubiese temido que aquel hombre desarmado y moribundo pudiese luchar con él en su agonía. Mariluán se revolcó en el suelo durante algunos momentos, hizo nuevos esfuerzos para levantarse, y lanzando un rugido de despecho, exhaló el último aliento con la vista fija en su asesino que permanecía inmóvil delante de él y pronto a acometerle de nuevo si daba señales de poder incorporarse. Todo quedó después en el más lúgubre y profundo silencio. Sólo se oía junto al cadáver de Mariluán la agitada respiración de Peuquilén, que le contempló durante algunos minutos sin hacer un movimiento, como dominando la agitación en que su horrible crimen le había dejado. Convencido al fin, por la completa inmovilidad de Mariluán, que ya no corría ningún peligro en acercarse, llegó hasta el cadáver adelantándose con cautela, le tomó del cabello y con su afilado puñal separo la cabeza del tronco. Durante esta atroz operación, los ojos de Peuquilén brillaban con los sombríos resplandores de la venganza satisfecha. El temor que le inspiraba Mariluán había desaparecido. A la escasa luz de las estrellas contempló el rostro pálido de su víctima y sus facciones se iluminaron con una salvaje alegría: para él, la cabeza de Mariluán representaba la satisfacción del rencor y el pago ofrecido al asesino por las autoridades chilenas. La helada sombra del remordimiento no oscureció por un solo instante la expresión de salvaje crueldad con que Peuquilén sostenía de los cabellos la ensangrentada cabeza de Mariluán. Tal es el trágico fin que ha conservado la crónica del generoso descendiente de los héroes inmortalizados por la epopeya. El sol fecundo de la civilización había hecho germinar ene l pecho de Mariluán la simiente de una noble esperanza: quería regenerar a su raza por medio del trabajo y de la honradez. A este elevado fin consagró sus pensamientos y su vida. Su fe sincera eh la justicia de su causa la hallaba en la convicción que le asistía de que el pueblo que posee tan incontrastable amor a la independencia y a la libertad, no podía dejar de poseer también dotes intelectuales relevantes y fáciles de cultivar. En medio de los vicios adquiridos por los araucanos en una lucha de más de tres siglos contra enemigo que siempre enarbolaban la bandera de la opresión y del despojo, Mariluán divisaba a la raza primitiva de sus mayores, rindiendo a la muerte los heroicos pechos antes que doblar el cuello a la esclavitud que les amenazaba. Esta reflexión, madurada por el estudio y el amor a las grandes acciones, hizo revivir en sus venas la sangre de Lautaro, y en su pecho nacer el entusiasmo por la fraternidad con los antiguos enemigos, después de conquistar la igualdad de derechos para sus hermanos oprimidos. Mientras consumaba Peuquilén su bárbara venganza, la división del Gobierno dejaba el campamento y seguía su marcha hacía Los Ángeles. Mariluán se había engañado creyendo que le perseguirían, pues el jefe de la expedición celebró su fuga con íntima alegría y renunció a perseguirle. Satisfecho de haber asegurado la paz y conseguido garantías para el reembolso de los gastos de guerra, dio la orden de seguir la marcha, llevándose los rehenes que los araucanos puesto en su poder. Una carta escrita por el alférez Juan Valero a un amigo de Santiago que le pedía noticias de Mariluán y de los acontecimientos de la frontera, completará la relación de los hechos que ponen fin a la presente historia. En esa carta relata el alférez algunos de los sucesos que dejamos referidos y después de dar cuenta de su llegada a Los Ángeles, continúa: "Apenas me vi libre del cuartel, mi primer cuidado fue dirigirme a cumplir el encargo que me hizo Mariluán, al despedirse, poco antes de su fuga del campamento. Para esto me fui a casa de doña Andrea Ramillo, que me recibió cordialmente. Su hijo había hablado de mí muy favorablemente, pues creía que yo había aconsejado a Mariluán el paso que había dado para entregar a Rosa. Pocos momentos después de mi entrada a la casa, apareció Rosa en la pieza en que su madre me había recibido. Estaba vestida de negro y muy pálida. Al saludarme, me dirigió una triste mirada llena de inquietud y se sentó junto a mí sin hablar una palabra y sin quitarme la vista. No necesitaba yo de gran penetración para conocer que la pobre niña esperaba noticias de Mariluán, en una mortal inquietud, y como había ofrecido a mi amigo entregar a Rosa el anillo que me había dado para ella, me decidí a entrar en explicaciones, hablando con franqueza del objeto de mi visita. "Para esto me dirigí primeramente a doña Andrea y le di cuanta de la noble conducta de mi amigo para con su hija, conducta que yo pude observar mientras fui prisionero de Mariluán, añadiendo que no dudaba que pudiesen encontrar para marido de Rosa muchos hombres más ricos; pero que era imposible hallar una más desinteresado ni más digno de su corazón. Luego me dirigí a Rosa diciéndole: "Mariluán, señorita, se fugo anoche de nuestro campamento". "Un rayo de alegría iluminó su semblante al oír estas palabras. La misma expresión de amor profundo con que la había vista despedirse de Mariluán cubrió su rostro, y sus ojos, fatigados por el llanto, me miraron con un agradecimiento que no puede pintarse. Entonces le entregue el anillo de Mariluán que ella apretó convulsivamente entre sus manos, mientras que sus ojos se arrastraron en lágrimas que corrieron por sus mejillas descoloridas. Pero muy luego esa luz de alegría se borró de su semblante, y enjugándose las lágrimas, me preguntó: "¿Y no dijo cuando volvería?" "Iba yo a contestar que Mariluán deseaba con ardor volver a su lado y hacerse perdonar de su madre, cuando oímos un gran ruido de voces en la calle y vimos atravesar delante de la puerta a mucha gente que corría hacía el norte. Sin darnos cuenta de lo que hacíamos, los tres salimos a la puerta de calle y divisamos a poca distancia, avanzando en la dirección en que estábamos, un grupo de gentes que daba voces y se atropellaba en su carrera. Pronto se hallaron muy cerca de nosotros y entonces se alzó del medio de un largo palo con una cabeza clavada en la punta. Rosa dio un agudo grito y cayó de espaldas: había reconocido la cabeza de Mariluán al mismo tiempo que yo. "Por atender a Rosa, que alcancé felizmente a sujetar antes que cayese, no pude distinguir a la persona que llevaba la cabeza de mi amigo y que parecía haberla levantado intencionalmente, al tiempo de pasar delante de nosotros. El tumulto siguió corriendo con dirección al cuartel y yo conduje a Rosa desmayada a la pieza de que acabábamos de salir. Pintarte el dolor y la sorpresa que todo aquello me había causado sería imposible: las ideas se confundían en mi cabeza y, después de dejar a Rosa sobre un sofá, rodeada de su madre y de las sirvientes de la casa, me quede algunos instantes como el que en una pesadilla hace esfuerzos inútiles para correr. Deseaba salir de la casa y no podía. Por fin, la idea de vengar a Mariluán vino a dar un impulso a mi voluntad y salí corriendo hacia el cuartel, adonde había visto dirigirse el grupo de gentes hacía un momento. "Difícil me fue penetrar al través de la multitud de hombres, de mujeres y niños apiñados a la puerta del cuartel: todos querían entrar a despecho del centinela que los amenazaba con la culata de su cabina. Por fin, no pudiendo abrirme paso y persuadirlo por la curiosidad que observaba en todos de que el conductor de la cabeza de Mariluán se hallaba en el interior, saqué mi espada y amenace con la voz a los que me cerraban el camino. Gracias a esto la multitud se apartó dejándome libre el paso. "Como te dije, la idea de vengar a Mariluán, a quien justamente suponía yo asesinado, fue lo que me conducía al cuartel. Dominado por esa idea entré con espada en mano y dirigí ansioso la vista en busca del que conducía la cabeza; pero el patio estaba caso desierto. He aquí lo que había sucedido. Peuquilén, un indio que nos había acompañado en la expedición, era el que conducía en una pica la cabeza de Mariluán. Entró pidiendo la gratificación que antes se había ofrecido al que entregase esa cabeza y se hallaba en el medio del patio, esperando la llegada del comandante a quien habían ido a buscar, cuando se arrojó sobre él Cayo, el hermano de Mariluán, con un puñal y dando feroces alaridos. Antes que nadie hubiese podido sujetarle, Peuquilén cayó con el corazón atravesado por el puñal de Cayo, que vengó así su infeliz hermano. Se presume que ese indio malvado facilitó a Mariluán los medios de fugarse y le asesinó para recibir el precio de su cabeza. "Yo recogí la cabeza de mi amigo y mandé hacer un cajón para enterrarla con su cuerpo que me prometí salir a buscar, para lo cual obtuve un permiso del comandante. Una hora antes de salir volví a casa de Rosa. La encontré delirando y en un lamentable estado de desesperación. Sus lamentos y les suplicas que hacía para que la dejaran volver al lado de Mariluán, destrozaban el corazón. Con las lágrimas en los ojos salí de allí y me interne en la tierra con una escolta, en busca del cadáver del desgraciado Mariluán que encontré al día siguiente y conduje a Los Ángeles, en cuyo panteón lo hice enterrar. "Todos los días voy a informarme de la salud de Rosa. Al tercero cesó el delirio y desde entonces vive sentada en una silla, sin mirar a nadie, sin hablar una sola palabra y dirigiendo de cuando en cuando la vista hacía la calle. A la hora en que vió la cabeza de Mariluán, un gran estremecimiento sacude su cuerpo, da un grito agudo y permanece delirando dos o tres horas; después, cae en el abatimiento profundo de antes. En estos diez días transcurridos desde la hora fatal en que salimos juntos a la puerta de calle, su persona ha sufrido una completa transformación: parece un cadáver y es muy de temer que no sobreviva mucho tiempo al peso de su dolor".
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