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XII

12

A las ocho de la noche entró Martín en una casa vieja de la calle de la Ceniza, que ocupaba San Luis.

Este salió a recibirle y le hizo entrar en una pieza que llamó la atención de Rivas por la elegancia con que estaba amueblada.

—Aquí tienes mi nido —díjole Rafael, ofreciéndole una poltrona de tafilete verde.

—Al pasar por esta calle —dijo Rivas— no se sospecharía la existencia de un cuarto tan lujosamente amueblado como éste.

—Los recuerdos de mejores tiempos es lo que ves en torno tuyo —contestó Rafael—. Entre muchas cosas que he perdido —añadió con acento triste—, me queda aún el gusto por el bienestar y he conservado estos muebles... Pero hablemos de otra cosa, porque quiero que estés alegre, para estarlo yo también. ¿Sabes a dónde voy a llevarte?

—No, por cierto.

—Pues voy a decírtelo, mientras me afeito.

Rafael sacó un estuche, preparó espuma de jabón y se sentó delante de un espejo redondo, susceptible de bajar y subir. Hecho esto empezó la operación, hablando según ella se lo permitía.

—Te diré, pues, que te voy a presentar en un casa en donde hay niñas y que vas a asistir a lo que en términos técnicos se llama un picholeo. Si conoces la significación de esta palabra, inferirás que no es al seno de la aristocracia de Santiago a donde vas a penetrar. Las personas que te recibirán pertenecen a las que otra palabra social chilena llama gente de medio pelo.

Y las niñas, ¿qué tales son? —preguntó Rivas para llenar una pausa que hizo Rafael.

—Ya te lo diré; pero vamos por partes. La familia se compone de una viuda, un varón y dos hijas. Daremos primero el paso al bello sexo por orden de fechas. La viuda se llama doña Bernarda Cordero de Molina. Tiene cincuenta años mal contados y se diferencia de muchas mujeres por su afición inmoderada al juego, en lo que también se parece a ciertas otras. Las hijas se llaman Adelaida y Edelmira. La primera debe su nombre a su padrino, y la segunda. a su madre, que la llevaba en el seno cuando vio representar "Otelo" y quiso darle un nombre que le recordase las impresiones de una noche de teatro. Ya la oirás hablar de esos recuerdos artísticos. Adelaida cultiva en su pecho una ambición digna de una aventurera de drama: quiere casarse con un caballero. Para la gente de medio pelo, que no conocen nuestros salones, un caballero o, como ellas dicen, un hijo de familia, es el tipo de la perfección, porque juzgan al monje por el hábito. La segunda hermana, Edelmira, es una niña suave y romántica como una heroína de algunas novelas de las que ha leído en folletines de periódicos que le presta un tendero aficionado a las letras. Las dos hermanas se parecen un poco: ambas tienen pelo castaño, tez blanca, ojos pardos y bonitos dientes; pero la expresión de cada una de ellas revela los tesoros de ambición que guarda el pecho de Adelaida y los que atesora el de Edelmira, de amor y de desinterés. El corazón de ésta es, como ha dicho Balzac de una de sus heroínas, una esponja a la que haría dilatarse la menor gota de sentimiento.

"Nos queda el varón, que tiene veintiséis años de edad y ni un adarme de juicio en el cerebro. Es el tipo de lo que todos conocen con el nombre de siútico, y para aditamento le regalaron en la pila el de Amador. Lleva el bigote y la perilla correspondientes a su empleo y dice vida mía cuando canta en guitarra. Es un curioso objeto de estudio; ya lo verás.

"Ahora, decirte cómo vive esta familia, sin más apoyo que un mozo calavera, es lo que sólo puede hacerse por conjeturas. Don Damián Molina, marido de doña Bernarda, pretendía ser de buena familia, como lo verás por los recuerdos de la señora. Vivió pobre casi toda su vida y dejó, según me han contado, un pequeño capitalito de ocho mil pesos, con el cual la familia se ha librado de la miseria. El primogénito, después de derrochar su haber paterno, vive a expensas de la madre y costea con los naipes sus menudos gastos. En tiempos de elecciones es un activo patriota si la oposición le paga mejor que el Gobierno, y conservador neto si éste gratifica su actividad; a veces lleva su filosofía hasta servir a los dos partidos a un tiempo, porque, como él dice, todos son compatriotas.

"Con dos chicas bonitas era imposible que el amor no buscase allí un techo hospitalario, y así lo ha hecho.

—Pero apenas lo creerás cuando te nombre el amartelado galán de Adelaida.

—¿Quién es? —preguntó Martín.

—El elegante hijo de tu protector.

—¡Agustín!

—El mismo. Poco tiempo después de llegar de Europa, le llevó allí un amigo suyo. Al principio creyó enamorar a Adelaida con su traje y sus galicismos, y fue tomando serias proporciones su afición a la chica a medida que encontró más enérgica resistencia que la que esperaba.

"Si la muchacha le hubiese amado, creo que él no habría tenido escrúpulos de perderla y abandonarla: mas con la resistencia, su capricho va tomando el colorido de una verdadera pasión.

—Y la otra, ¿a quién quiere?

—Ahora a nadie, a pesar de los rendidos suspiros de un oficial de policía que le ofrece seriamente su mano. Edelmira ha soñado, tal vez, algo más poético en armonía con los héroes de folletín, porque desdeña los homenajes de este hijo menor de Marte que se desespera dentro de un uniforme como si se tratase de una perpetua postergación en su carrera.

Al decir estas palabras, Rafael había concluido de vestirse y daba la última mano a su peinado. En ese momento, y como había dejado de hablar, fijó la vista Rivas en un retrato de daguerrotipo que había colocado sobre una mesa de escritorio.

—¡Hombre —dijo—, esta cara la he visto en alguna parte!

—¿Sí? Quién sabe —contestó San Luis, alejando la luz—. ¿Quieres que nos vayamos? —añadió, apagando una de las velas y tomando la otra como para salir.

—Vamos —respondió Martín, saliendo junto con su amigo.

Dirigiéronse de casa de San Luis a una casa de la calle del Colegio, cuya puerta de calle estaba cerrada, como se acostumbra entre ciertas gente en sus festividades privadas.

Rafael dio fuertes golpes a la puerta, hasta que una criada vino a abrirla.

Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raído y su fuerte olor a cocina, sería martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se resiste a pintar, prefiriendo dejar su producción al pincel de algún artista: allí está en prueba el "Niño Mendigo", de Murillo, cuya descripción no tendría nada de pintoresco ni agradable.

—Estamos en pleno picholeo —dijo Rafael a Rivas, deteniéndose delante de una ventana que daba al estrecho patio a que acababan de entrar.

—Veo —contestó Martín— muchas más personas que las que me has descrito.

—Esas son las amigas y las amigas de éstas, convidadas a la tertulia. Mira: allí tienes a la ambiciosa Adelaida. ¿Qué tal te parece'?

—Muy bonita— pero hay algo duro en su ceño que revela un carácter calculador y que rechaza toda confianza. Este juicio es tal vez un resultado de la descripción que me has hecho de ella.

—No, no: todo eso retrata la fisonomía de Adelaida, tienes razón, pero a los ojos del vulgo esa dureza de expresión es majestad. Tu Conocido Agustín Encina dice que se le figura una reina disfrazada. Mira, no obstante, lo que se parece con su hermana, ¡qué inmensa diferencia hay entre ella y Edelmira, que está allí cerca! ¡Quítale un poco de esa languidez que el romanticismo da a sus ojos y tendrás una criatura adorable!

—Tienes razón —contestó Rivas—; la encuentro más bonita que la hermana.

—Mira, mira —dijo San Luis, asiendo el brazo de Martín—, allí va Amador el hermano; ése que lleva un vaso de ponche, llamado en estas reuniones chicolito. ¿No encuentras que Amador es soberbio en su especie? Ese chaleco de raso blanco, bordado de colores por alguna querida prolija, es de un mérito elocuentísimo. La corbata tiene dos listas lacres que dan un colorido especial a su persona, y el pelo encrespado, como el de un ángel de procesión, tiene la muda elocuencia del más hábil pincel, porque caracteriza perfectamente al personaje. Míralo, está en su elemento con el vaso de licor que ofrece a una niña.

En ese instante un joven se acercó al que así ocupaba la atención de los dos amigos y le dijo algunas palabras al oído.

Amador salió de la pieza a otra que daba al patio, y por ésta, al lugar en que San Luis y Rivas se habían detenido.

—Caballeros —dijo, acercándose—, ¿que no me harán ustedes la gracia de entrar a la cuadra?

Estamos poniéndonos los guantes —contestó Rafael—; ya íbamos a entrar.

Luego, señalando a su amigo.

—Don Amador —le dijo—, tengo el gusto de presentarle al señor Martín Rivas.

—El señor don Amador Molina —dijo a Martín.

—Un criado de usted, para que mande -dijo Amador, recibiendo el saludo del joven Rivas.

Los tres entraron entonces a la pieza contigua a la que Amador había llamado la cuadra.

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