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XXVIII

28

Los días que mediaron entre las escenas referidas en el capítulo anterior y el domingo en que Leonor había anunciado a Rivas que saldría con su prima al Campo de Marte, fueron para Agustín fecundos en tormentos y sobresaltos. Tenía ese vigilante receloso sinsabor que tortura el alma del que ha cometido una falta y se figura que los triviales incidentes de la vida vienen de antemano preparados por el destino para descubrirle a los ojos del mundo. Una pregunta de Leonor sobre los amores que él le había confiado antes, alguna observación de su padre sobre sus frecuentes ausencias de la casa, le arrojaban en la más desesperante turbación y hacíanle ver en los labios de todos las fatales palabras que revelaban su secreto. Hijo de una sociedad que tolera de buen grado la seducción en las clases inferiores, ejercida por sus compatricios, pero no un acto de honradez que concluyese por el matrimonio para paliar una falta, Agustín Encina no sólo temía la cólera del padre, los llantos y reproches amargos de la madre, el orgulloso desprecio de la hermana, que le amenazaban, si descubría su casamiento, sino que en medio de esas espadas de Damocles suspendidas sobre su garganta divisaba el fantasma zumbón e implacable que domina en nuestras sociedades civilizadas, ese juez adusto y terrible que llamamos el qué dirán. El infeliz elegante, que tan caro expiaba su conato de libertinaje en el campo de fácil acceso que forma la gente de medio pelo, perdía el color, el sueño y el apetito ante la idea de ver divulgada su fatal aventura en los dorados salones de las buenas familias, y escuchaba, por presentimiento, los malignos comentarios que al ruido de las tazas del té, alrededor del brasero, al compás de algún aria de Verdi o de Bellini, harían de su situación los más caritativos de sus amigos. Al peso de estas ideas había perdido su genial alegría y su decidida afición al afrancesamiento del lenguaje. La conciencia de su situación le hacía mirar con indiferencia las más elegantes prendas de su vestuario: el mundo no tenía ya ventura para él. ¡Una corbata negra le bastaba por un día entero para envolver su cuello! ¡Había visto cambiarse la corona florida de Don Juan y de Lovelace fue pensaba colocar en sus sienes para que la turba la envidiase, en la coyunda abrumadora de un matrimonio clandestino y contraído en baja esfera! Sólo su falta de coraje le libertaba del suicidio, única salida que divisaba en tan angustiado y vergonzoso trance. Si contar que una seducción era una gloria, referir la verdad era un baldón que le arrojaba para siempre en la vergüenza. He ahí su situación, que Agustín no podía disimularse, y que a fuerza de pensar en ella cobraba por instantes las más aterradoras proporciones.

Durante estos días de continuo sinsabor, Agustín asistía todas las noches a casa de doña Bernarda y representaba, por consejo de Amador, el papel de galán que los demás amigos de la casa le conocían, para alejar así toda sombra de sospecha acerca de su matrimonio. En todas estas visitas se acompañaba con Martín, a quien engañaba también, refiriéndole supuestas conversaciones con Adelaida, a fin de hacerle creer que siempre se hallaba en los preliminares del amor.

Martín le seguía gustoso, porque encontraba en sus conversaciones con Edelmira un consuelo a los pesares que le agobiaban. La confianza que se habían prometido aumentaba de día en día. Valiéndose de ella, y sin hablar de su amor a la hija de don Dámaso, Rivas descubría a Edelmira la delicadeza de su corazón y el fuego juvenil de sus pasiones exaltadas por un amor sin esperanza. Edelmira oía con placer esas dulces divagaciones sobre la vida del corazón que para los jóvenes, que viven principalmente de esa vida, tiene tan poderosos atractivos. Cada conversación le revelaba nuevos tesoros en el alma de Rivas, a quien veía ya rodeado de la aureola con que la imaginación de las niñas sentimentales engalana la frente de los cumplidos héroes de novela. Y hemos dicho ya que Edelmira, a pesar de su oscura condición leía con avidez los folletines de los periódicos que un amigo de la familia le prestaba.

Ricardo Castaños veía con gran disgusto las conversaciones de Edelmira y Martín, a quien consideraba como su rival. En vano había querido desprestigiarle, refiriendo con colores desfavorables para Rivas la aventura de la plaza y la prisión del joven. Los recursos mezquinos de su intriga habían producido en el corazón de Edelmira un efecto enteramente contrario al que él se prometía. La guerra que un amante odiado declara contra su preferido rival en el corazón de una mujer sirve la más de las veces para aumentar su prestigio, por esa tendencia hacia la contrariedad natural a la índole femenil. Por esto, mientras mayor empeño desplegaba el oficial para dañar a Martín en el ánimo de Edelmira, con mayor fuerza se desarrollaban en ésta los sentimientos opuestos en favor de aquel joven melancólico, de delicado lenguaje, que daba al amor la vaporosa forma que encanta el espíritu de la mujer.

Entre Edelmira y Martín, sin embargo, no había mediado ninguna de esas frases galantes con que los enamorados buscan el camino del corazón de sus queridas. Martín tenía con Edelmira un verdadero afecto de amistad, cuya solidez aumentaba a medida que descubría la superioridad de la niña sobre las de su clase, mientras que Edelmira le miraba ya con esa simpatía que en la mujer toma las proporciones del amor, sobre todo cuando no es solicitado.

Mucho agradaba a Agustín la asiduidad de las visitas de Rivas a casa de doña Bernarda. Temiendo exasperar a la familia con su ausencia, no se atrevía a faltar una sola noche y creía que acompañado por un amigo era menos notable a sus propios ojos y a los de Adelaida la ridícula y falsa posición en que se hallaba colocado.

Entretanto, Amador había principiado ya a recoger los frutos de su intriga, cobrando a su supuesto cuñado algunas deudas de juego que éste, por asegurar su silencio, se había apresurado a pagarle, diciendo a su padre, al tiempo de pedirle el dinero, que era para pagar algunas cuentas de sastre.

Amador rebosaba de alegría al ver la facilidad con que Agustín había satisfecho su exigencia, y se había apresurado a derrochar el dinero con esa facilidad que tienen los que lo adquieren sin trabajo. Además de sus gastos presentes, le había sido también preciso cubrir el importe de otros atrasados, para suspender por algún tiempo las continuas persecuciones a que sus deudas le condenaban. Con decidido amor al ocio, sin profesión ninguna lucrativa y sin más recursos que el juego, Amador se hallaba siempre bajo el peso de un pasivo muy considerable con atención a sus eventuales entradas. El dinero de Agustín le trajo, pues, cierta holganza a que aspiraba al emprender el plan con que le había engañado. Con un reloj que debía a su habilidad en hacer trampas, y una gruesa cadena que acababa de comprar, Amador había adquirido gran importancia a sus propios ojos y aparentaba aires de caballero en el café, que le hacían notar de toda la concurrencia.

El sábado que procedió el día fijado para el paseo a la Pampilla, en casa de don Dámaso Encina, tuvo lugar entre doña Bernarda y Amador una conversación que debía atacar de nuevo la tranquilidad de Agustín.

Era por la mañana, y Amador trataba de recuperar el sueño que los espirituosos vapores que llenaban su cerebro después de una noche de orgía ahuyentaban de sus párpados, produciendo en todo su cuerpo la agitación de la fiebre.

Doña Bernarda entró al cuarto de su hijo después de haber esperado largo rato a que se levantase.

—Vamos, flojeando —le dijo—; ¿hasta cuándo duermes...?

—Ah, es usted, mamita —contestó Amador, dándose vuelta en su cama.

Estiró los brazos para desperezarse, dio un largo y ruidoso bostezo y, tomando un cigarro de papel, lo encendió en un mechero que prendió de un solo golpe.

—Me he llevado pensando en una cosa —dijo doña Bernarda, sentándose a la cabecera de su hijo.

—¿En qué cosa? —preguntó éste.

—Ya van porción de días que Adelaida está casada —repuso doña Bernarda—, y Agustín no le ha hecho ni siquiera un regalito.

—Es cierto, pues, que no le ha dado nada.

—De qué nos sirve que sea rico entonces; uno pobre le habría dado ya alguna cosa.

—Yo arreglaré esto —dijo Amador, con tono magistral—, no le dé cuidado, madre. ¡Si el chico quiere hacerse desentendido, se equivoca! No pasa de hoy que no se lo diga.

—Al todo también, pues —observó la madre—, no sólo no confiesa el casamiento a su familia, sino que se quiere hacer el inocente con los regalos.

—Déjelo no más, yo lo arreglaré —dijo Amador.

Doña Bernarda entró entonces en la descripción de los vestidos que convendrían a su hija, sin olvidar los que a ella le gustaría tener, indicando las tiendas en que podrían encontrarse. Lo prolijo de los detalles hacia ver que la buena señora había meditado detenidamente su asunto, del cual impuso con escrupulosidad a Amador. En su enumeración entraron, además de los vestidos de color, una buena basquiña negra y un mantón de espumilla para ella, que no podía, por el calor sufrir el de merino. Ayudada con los conocimientos aritméticos que Amador había adquirido en la escuela del maestro Vera, cuyo recuerdo hace temblar aún a algunos desdichados que experimentaron el rigor de su férula, doña Bernarda sacó la cuenta del número de varas de género de hilo que entraban en una docena de camisas para Adelaida, con más el importe de los vuelos bordados que debían adornarlas, el de dos docenas de medias, varios pares de botines franceses y diversos artículos de primera necesidad para la que, según ella, estaba destinada a figurar en breve en la más escogida sociedad de Santiago.

—Pero, madre —le dijo Amador—, ¿cómo quiere que Agustín o yo vayamos a comprar todo eso? ¿No será mejor que él dé la plata y usted haga las compras?

—¡Ve, qué gracia! Por supuesto —respondió doña Bernarda.

—Le diré que con quinientos pesos se puede comprar lo más necesario.

—O seiscientos; mejor es de más que de menos —dijo la madre.

En la noche se presentó Agustín acompañado de Rivas.

Amador le llamó luego a un punto de la pieza, distante del que ocupaban las demás personas que allí había.

—¿Y... cuándo avisa, pues, a su familia? —dijo al elegante, que palideció bajo la mirada de su dominador.

—Es preciso hacerlo con tiento —contestó—, porque si no elijo bien la ocasión, papá puede enojarse y desheredarme.

—Eso está bueno —replicó Amador—; ¿pero usted se ha olvidado que tiene mujer? ¿En dónde ha visto novio que no haga ni un solo regalo?

—He estado pensando en ello. Usted sabe que no puedo pedir plata a papá todos los días.

—¡Qué! Un rico como usted no puede hallarse en apuros por la friolera de mil pesos; el lunes voy a buscarlos a su casa.

—¡Pero el lunes es muy pronto! —exclamó, aterrorizado, Agustín—; el otro día no más pedí mil pesos, ahora es imposible; ¿qué dirá papá?

—Papá dirá lo que le dé la gana; lo cierto del caso es que yo iré el lunes a buscar los mil pesos.

—Espéreme siquiera unos quince días.

—¡Quince días! ¡Qué poco! ¡Dejante que me tiene usted avergonzado con la mamita y las niñas, porque les tenía dicho que a todas les regalaría algo!

—Esa es mi intención; pero necesito tiempo para pedir a papá la plata sin que entre en sospechas.

—Y si entra, ¿qué tiene, pues? ¿Que se está figurando que siempre nos hemos de estar callados? Yo no digo que usted no le haga a papá el ánimo sobre lo del casamiento; pero lo de la plata es otra cosa. El viejo es bien rico y no importa que le duela.

—Pero, ¿cómo pedirle tan pronto?

—No sé cómo, ya le digo, el lunes sin falta me tiene por allá.

Retiróse Amador, dejando perplejo y abismado al infeliz que tenía en su poder. La rabia que la exigencia de dinero despertaba en Agustín se calmaba, o, más bien, reprimía su ímpetu por el temor de ver revelado el secreto de su casamiento, que él se lisonjeaba de poder aplazar hasta un tiempo más oportuno, figurándose, como todo el que con un carácter débil se encuentra en alguna apurada alternativa, que el tiempo le reservaba algún modo de salir del difícil trance en que se veía colocado.

Bajo el peso de semejante situación, se retiró Agustín a las once de la noche, sin que las palabras de Adelaida ni los cariños que doña Bernarda le prodigaba hubiesen podido calmar la inquietud que oprimía su corazón. En el camino anduvo silencioso al lado de Martín, a quien el extraño silencio de su nuevo amigo no alcanzaba a preocupar, porque, como todo enamorado que no se halla con su confidente prefería caminar en silencio, para dar rienda suelta a sus pensamientos sobre Leonor.

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