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30Inmensos esfuerzos de paciencia y las más reiteradas súplicas tuvo que emplear Agustín Encina para obtener de Amador algunos días de plazo de su exigencia de dinero. Sin otra mira que la de ganar tiempo, había solicitado aquel aplazamiento, porque sabía que un nuevo pedido de plata a su padre despertaría las sospechas de éste y haría probablemente descubrir su casamiento. La idea dominante de Agustín era ocultar este casamiento alentado por la vaga esperanza de todo el que, puesto en una difícil posición espera del tiempo, más bien que de su energía, el allanamiento de las dificultades que le rodean. Su amor a Adelaida, basado sobre las elásticas ideas de moralidad que la mayor parte de los jóvenes profesan, se había modificado singularmente desde que se creía unido a ella por lazos indisolubles. Encontrando una esposa donde él había buscado una querida, sus sentimientos, de una pasión que él juzgaba sincera, se entibiaron ante la inminencia del peligro con que su enlace le amenazaba a toda hora. Temiendo siempre la burla y el deshonor, según las leyes del código que rige a las sociedades aristocráticas, Agustín sólo pensaba en conjurar en el más largo tiempo posible este peligro, en vez de ocuparse de Adelaida. Así transcurrieron los días hasta el 10 de septiembre. Doña Bernarda, en ese día, manifestó a su hijo que el dieciocho estaba muy próximo y que nada había comprado aún para solemnizar tan gran festividad. En todas las clases sociales de Chile es una ley que nadie quiere infringir la de comprar nuevos trajes para los días de la patria. Doña Bernarda observaba esa ley con todo el rigor de su voluntad y pensaba que en aquella ocasión podrían, ella y sus hijas, acudir a las tiendas mejor que nunca, con el auxilio del dinero que Agustín debía entregar a Amador. Esta consideración dio lugar a un acuerdo entre la madre y el hijo para exigir el pago de la cantidad estipulada sin otorgar un solo día más de plazo que los ya concedidos. En la noche del día en que se verificó tan terminante acuerdo, Agustín vino como de costumbre con Rivas a casa de doña Bernarda. Amador notificó a su supuesto cuñado la orden conminatoria, y anunció que se presentaría sin falta al día siguiente para recibir la suma. Los ruegos de Agustín se estrellaron contra la voluntad de Amador, que fulminó la terrible amenaza de divulgar la noticia del matrimonio. Edelmira conversaba entretanto con Martín, en los momentos que podía sustraerse de la porfiada vigilancia de Ricardo Castaños. En esas conversaciones hallaba aquella niña nuevos encantos cada día, y abandonaba su corazón a los dulces sentimientos que Martín le inspiraba, sin atreverse a manifestar al joven un amor que él no había contribuido a formar de ningún modo. Edelmira, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, era dada a la lectura de novelas y por naturaleza romántica, esta cualidad le daba la fuerza de cultivar en su pecho un amor solitario, al que poco a poco iba entregando su alma, sin más esperanza que la de amar siempre con esa melancolía voluptuosa que las pasiones de este género despiertan comúnmente en el corazón de la mujer, la que posee una organización más pasiva que la del hombre en estos casos, porque sus sentimientos son más puros también. De vuelta a la casa, Agustín no quiso entrar al salón y se retiró a su cuarto. En el camino había luchado victoriosamente contra su debilidad, que le aconsejaba confiarse enteramente a Martín y ponerse bajo el amparo de sus consejos. Pero el amor propio había triunfado y Agustín guardó su secreto y su pesar para él solo, esperando con temor la llegada del siguiente día. Martín se retiró también a su cuarto, sin presentarse en el salón, como en las noches anteriores lo había hecho. Después del paseo a caballo, la esperanza que en su pecho habían hecho nacer las palabras de Leonor permanecía en el mismo estado. La niña había destruido con estudiada indiferencia los deseos que alentaban a Rivas de declararle su amor, mas no le desesperaba tampoco, porque a veces tenía palabras con las cuales la pregunta que en la Pampilla le había hecho Martín volvía, como entonces, suscitando las mismas dudas en su espíritu. Durante aquellos días, don Fidel, por su parte, había hecho serias reflexiones acerca de la determinación que anteriormente anunciara a su mujer. No obstante que aparentaba no seguir en todo más que los consejos de su propia inteligencia, la observación hecha por doña Francisca sobre lo prematuro de su proyecto tuvo bastante fuerza a sus ojos para obligarle a esperar. Pero don Fidel era hombre de poca paciencia, así fue que transcurridos los días que mediaron entre la última de sus conversaciones con su mujer, que hemos referido y el 10 de septiembre, a que han llegado los acontecimientos de nuestra narración, don Fidel determinó llevar a efecto su propósito de hablar a don Dámaso sobre su deseo de ver unidos in facie ecclesia a Matilde con Agustín. Este enlace, según sus cálculos, era un buen negocio, puesto que su sobrino heredaría por lo menos cien mil pesos. Así calculaba don Fidel con la precisión del hombre para quien las ilusiones del mundo van tomando el color metálico que fascina la vista a medida que se avanza en la existencia. A pesar de esto, don Fidel no descuidaba el negocio del arriendo de "El Roble". Su ambición le aconsejaba mascar a dos carrillos, como vulgarmente se dice, y le parecía que era una empresa digna de su ingenio la de casar a Matilde con Agustín y obtener al mismo tiempo un nuevo arriendo por nueve años de la hacienda en que se cifraban sus más positivas esperanzas de futura riqueza. Con tal mira había suplicado de nuevo a su amigo don Simón Arena el hacer otra tentativa cerca del tío de Rafael para conseguir el arriendo deseado. Don Fidel no creyó necesario esperar la respuesta de su amigo, y el día 11 se apresuró a dirigirse a casa de don Dámaso antes de las doce del día, hora en que su cuñado salía a dar una vuelta por las calles y a conversar algunas horas en los almacenes de los amigos, ocupación de la que muy pocos capitalistas de Santiago se dispensan. Mientras camina don Fidel, nosotros veremos a Amador Molina que llega a casa de don Dámaso, como en la noche anterior lo había anunciado a Agustín. El hijo de doña Bernarda era aquella vez puntual como todo el que cobra dinero, y llevaba el sello del siútico más marcado en toda su persona que en cualquiera de las demás ocasiones en que ha figurado en estas escenas. Sombrero bien cepillado, aunque viejo, inclinado a lo lacho sobre la oreja derecha. Corbata de vivos y variados colores, con grandes puntas figurando alas de mariposa. Camisa de pechera bordada por las hermanas, bajo la cual se divisaba la almohadilla forrada en raso carmesí, que por entonces usaban algunos, con pretensiones de elegantes, para ostentar un cuerpo esbelto y levantado pecho. Chaleco bien abierto, de colores en pleito con los de la corbata, abotonado por dos botones solamente y dejando ver a derecha e izquierda los tirantes de seda, bordados al telar por alguna querida para festejarle en un día de su santo. Frac de color dudoso, y dejando ver por uno de los bolsillos la punta del pañuelo blanco. Pantalones comprados a lance y un poco cortos, color perla, algo deteriorados. Y, por fin, botas de becerro, con su ligero remiendo sobre el dedo pequeño del pie derecho, y lustradas con prolijo cuidado. Añádase a esto un grueso bastón, que Amador daba vueltas entre los dedos, haciendo molinete, y un cigarrillo de papel, arqueado por la presión del dedo pulgar de la derecha bajo el índice y el dedo grande; en el dedo siguiente, una sortija con este mote en esmalte negro: "Viva mi amor", y se tendrá el perfecto retrato de Amador, que, al entrar en casa de don Dámaso, acarició sus bigotes y perilla, como para darse un aire de matamoros, propio para infundir serios temores en el ánimo de su víctima. Agustín le esperaba entregado a una mortificadora inquietud. En sus ojos hundidos, en la palidez de su rostro, se veían, a más de los temores del momento, las angustias de una noche de insomnio y de sobresalió. Hacía poco que la familia de don Dámaso había concluido de almorzar cuando Amador se encontró en el patio de la casa. Oíase en el interior el sonido del piano en que Leonor ejecutaba algunos ejercicios. Don Dámaso y Martín se encontraban en el escritorio despachando algunas cartas de negocios, y Agustín, tras los vidrios de una puerta, observaba con ojo inquieto a las personas que atravesaban el patio. Al ver a Amador, abrió con precipitación la puerta y le hizo entrar. Amador se sentó sin que le ofrecieran asiento y puso su sombrero sobre la alfombra. —¡Caramba! —dijo, pasando en revista el amueblado y adornos de la pieza—, ¡esto está de lo que hay! Agustín cerró bien las puertas, mientras que Amador sacaba su mechero y encendía el cigarro que se había apagado... —¿Y... ya están prontos los regalito? —preguntó al joven, que se paró a su frente pálido y turbado. —Todavía no —dijo Agustín—; estoy seguro que papá se va a enojar con este pedido de plata. —Qué le haremos, pues; tendrá dos trabajos: el de enojarse y el de soltar las pesetas. —Y si no quiere, lo perdemos todo —replicó Agustín, suplicante—. ¿por qué no espera algunos días? —Si yo tuviera casa como ésta y muebles y criados y buena bucólica, de seguro que esperaba; pero, hijito, la familia está pobre y su mujer no puede andar vestida como una cualquiera. Si el viejo se enoja, es porque no sabe que usted se ha casado; yo le daré a tragar la píldora si quiere hacerse el cicatero; déjelo no más. Agustín se volvió desesperado hacia la puerta que daba al patio y vio a don Fidel Elías que entraba al escritorio de su padre. Aquella visita le pareció un favor del cielo. —Mire usted —dijo a Amador—; allí va mi tío Fidel entrando al cuarto de mi padre. ¿Cómo quiere que vaya ahora a pedirle dinero? —Aguardaremos a que el tío Fidel se vaya —respondió Amador—. ¿No tiene usted por hei un puro y alguna copita de licor? Así conversaremos como buenos hermanos. Agustín le dio un cigarro habano y le presentó una licorera con copas y botellas. Amador prendió el cigarro en su mechero, se sirvió una copa de coñac, que tragó como una gota de agua; llenó de nuevo la copa y miró con satisfacción a su víctima. —No está malo —dijo—; ¡vaya lo que vale ser rico! ¡Y uno que tiene que echarse al estómago un anisado ordinario! Los dejaremos seguir su conversación mientras que damos cuenta de la que don Fidel y don Dámaso acaban de entablar. Don Fidel llevó a su cuñado a un rincón de la pieza, mientras Rivas escribía sobre una mesa en otro. —Te vengo a hablar de un asunto que me preocupa desde hace días —le dijo en voz baja—, y que nos interesa a los dos. —¿Cómo así? —preguntó don Dámaso, tomando, para hablar, el mismo aire de misterio con que se le había dirigido don Fidel. —Como tú no eres muy observador, no te habrás fijado en una cosa. —¿En qué cosa? —Tu chiquillo y mi chiquilla se quieren —dijo don Fidel al oído de su cuñado. —¿De veras? —preguntó, con admiración, don Dámaso—, no me había fijado. —Pero yo me fijo en todo y a mí no se me va ninguna: estoy seguro de que están enamorados. —Así será. —Bueno, pues, te vengo a ver para eso: es preciso que nos arreglemos; Agustín me parece un buen muchacho y no será un mal marido. —¡Pero, hombre, todavía está muy joven para casarse! —¿Y yo, de qué edad te parece que me casé? Tenía veintidós años no más. Es la mejor edad. Los que no se casan pronto es por tunantear. Si quieres que tu hijo se pierda, déjalo soltero y verás como te cuesta un ojo de la cara. ¡Ah, yo conozco estas cosas!; ¿no ves que a mí no se me va ninguna? —Puede ser, puede ser —repuso don Dámaso, siguiendo su propensión a inclinarse al parecer de aquel con quien hablaba—; pero es preciso ver lo que dice la Engracia primero. ¿ No ves que yo solo no es regular que disponga de un hijo? —¡Ah!, es decir que andas buscando disculpas —dijo don Fidel, olvidando, con la impaciencia, el hablar en voz baja. —No, hombre, por Dios —replicó don Dámaso—; yo no busco disculpas; pero, ¿no te parece muy natural que consulte antes a mi mujer? Porque, al fin y al cabo, ella es la madre de Agustín. —Pero lo que yo deseo saber es tu determinación: ¿apruebas o no lo que te he venido a proponer? —Por mi parte, cómo no, con mucho gusto. —¿Y te empeñarás con tu mujer para que consienta? —También. —Acuérdate de lo que te digo: si dejas a tu hijo soltero, el día menos pensado se bota a tunante y te come un ojo de la cara: yo sé lo que son estas cosas, pues a mí no se me van así no más. Con la seguridad de nuevas promesas de don Dámaso, se retiró don Fidel, satisfecho del modo cómo había conducido aquel negocio y dejando a su cuñado pensativo. —En eso de los gastos no le falta razón —murmuró recordando los frecuentes desembolsos de dinero que había hecho últimamente por Agustín. Metió las manos en los bolsillos y principió a pasearse pensativo a lo largo de la pieza. Amador, entretanto, empezaba a impacientarse de esperar y se levantó a espiar la salida de don Fidel. —Vamos, ya se va el tío —dijo, viéndole salir. Agustín miró a don Fidel, que atravesaba el patio con el semblante alegre por las felicitaciones que se iba dando a sí mismo. Con él se iba también la esperanza de librarse, por un día a lo menos, de pedir el dinero a su padre. Intentó de nuevo conseguir un plazo, pero Amador se mostró inflexible. —Vaya, pues —dijo éste—, tendré yo mismo que ir a hablar con el papá: esto va pareciendo juego de niños. —Bueno, espéreme esta noche en su casa y le llevaré la plata o la contestación de papá —exclamó Agustín, armándose de una resolución desesperada. —No, no, aquí estoy bien —contestó Amador, sentándose y encendiendo otro cigarro—; vaya no más, hable con el papá y tráigame la contestación. Agustín alzó los ojos al cielo implorando su ayuda, y se dirigió al cuarto de don Dámaso como una víctima al suplicio.
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