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XXXVII

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Tirada por una yunta de bueyes y con colchas de cama puestas a guisa de cortina, caminaba a la diez de la mañana del 19 de septiembre una carreta con toldo de totora, de las que usan ciertas gente para los paseos a la Pampilla.

En esa carreta, sentada sobre almohadas y alfombras, iba la familia Molina en alegre charla con algunos de sus amigos. Doña Bernarda apoyaba su diestra sobre una canasta de fiambres, y en otra con botellas, la izquierda. Sus dos hijas iban al frente de ella y, reclinado junto a Edelmira, el oficial Ricardo Castaños que, por gracia especial de su jefe, había obtenido permiso para faltar a la formación en aquel día. Al lado de Adelaida se hallaba otro galán, y sentado al frente, casi a caballo sobre el pértigo, con ambas piernas colgando y con la guitarra entre los brazos, completaba Amador Molina aquel cuadro característico del 19 de septiembre.

La canción que éste entonaba era a propósito para el caso y terminaba con el verso:

Tira, tira, carretero.

Que en coro repetían los de adentro, imitando con boca y manos el ruido de los voladores y apurando repetidos vasos de ponche preparado ad hoc por las inteligentes manos de Amador.

No seguiremos en su marcha a la familia de doña Bernarda, que a su llegada al Campo de Marte recibió su colocación en una de las calles que forman frente a la cárcel-penitenciaría, compuesta de las numerosas carretas con ventas y familias que llegan al campo en ese día.

En casa de don Dámaso Encina golpeaban el empedrado del patio con sus herrados cascos de hermosos caballos, que a las dos de la tarde montaron Rivas y Agustín.

Los dos jóvenes llegaron a la Alameda por la calle de la Bandera y siguieron la corriente de carruajes y de jinetes en cabalgatas que se dirigen a esa hora principalmente al Campo de Marte.

—Es preciso que te animes —decía Agustín a Martín, haciendo encabritarse su caballo para lucir su gracia a los espectadores que se estacionan en las puertas de calle en las casas de la Alameda.

Esta frase con que Agustín quería comunicar el contento a Rivas no era más que la continuación de las reiteradas instancias con que había vencido la resistencia de su amigo para acompañarle al paseo.

—¿La familia vendrá al llano? —preguntó Martín.

Creo que no —contestó Agustín—; mamá tiene miedo de salir en este día.

Mientras tanto, la familia Molina colocada, como dijimos, en una de las calles de carretas, se entregaba con ardor a las diversiones del día. Las zamacuecas se sucedían las unas a las otras, y con ellas, las abundantes libaciones que aumentaban singularmente el entusiasmo patriótico de los danzantes.

Amador animaba a los demás con el ejemplo; doña Bernarda bebía vaso tras vaso a la salud de los que bailaban; el oficial de policía improvisaba frases galantes en honor de Edelmira, y varios curiosos que habían rodeado la carreta aplaudían cada baile y apuraban el vaso con alegres dichos y descompasadas risas. La animación, en una palabra, se pintaba en todos los rostros, menos en el de Edelmira, que asistía con pesar a una diversión tan contraria a sus delicados y sentimentales instintos.

Mas Ricardo Castaños no se daba por derrotado por la indiferencia con que su querida miraba la general alegría; y como en un rapto de amor, quisiese apoderarse de una mano de Edelmira, doña Bernarda, que le sorprendió al empinar una copa de mistela, exclamó entre risueña y enojada:

—Mira, oficialito, que si te andáis con muchas te mando meter a la plenipotenciaria que está aquí enfrente.

Con grandes aplausos celebraron los circunstantes aquella amenaza, que acompañó doña Bernarda con un ademán con que señalaba la cárcel-penitenciaría, a la que el pueblo da comúnmente el nombre con que la señora la había designado.

Aquel aplauso llamó la atención de Agustín y Rivas, que en ese instante pasaban por delante de la carreta y no habían podido distinguir a la familia Molina entre las personas de a caballo que la rodeaban.

—Aquí parece que se divierten —dijo Agustín, picando su caballo.

Martín le siguió de cerca.

Doña Bernarda vio al momento a los jóvenes y se adelantó hacia ellos, exclamando:

—¡Aquí está el francesito! Señor Rivas, cómo lo pasa. Anoche andaban ustedes muy enterados; no conocían a los amigos.

—¡Es posible, señora! —dijo con fingida admiración el elegante—. ¿Anoche, dice usted? No tuve el honor de verla.

—Sí, sí, hágase el disimulado no más —respondió doña Bernarda.

—Doy a usted mi palabra de honor que...

—No me dé palabra, mire —añadió, presentándole un vaso, y en tono mas bajo—: tomemos un trago por su mujercita. Conque el papá dice que el matrimonio es de por ver, ¿no?

Amador, que se había acercado apenas divisó a los jóvenes, oyó las palabras de su madre, pero no tuvo tiempo de impedir que Agustín le respondiese:

—Yo entiendo que ya todo está arreglado, y papá cree lo mismo.

—¿Arreglado? ¿Cómo es eso? —preguntó doña Bernarda a su hijo.

—Sí, madre —contestó Amador—; después hablaremos de esto; ahora nos estamos divirtiendo.

—Mejor, pues —exclamó doña Bernarda, exaltada ya un tanto por el licor—; tanto mejor, Cuchito es de la familia y es preciso que se baje a divertirse con nosotros.

—Siento en el alma no poder —dijo Agustín, a quien Amador hacía señas de no contradecir a su madre.

—Aquí no hay alma que se tenga —dijo doña Bernarda, apoderándose de las riendas del caballo de Agustín—, ¿Es usted de la familia o no? ¡Qué es esto, pues!

El tono con que doña Bernarda dijo aquellas palabras hizo conocer a Amador que peligraba su secreto y que era preciso calmar a su madre para no tener que explicarle su arreglo con Martín sobre el supuesto enlace en circunstancia tan poco propicia.

—Mi madre no sabe nada todavía —dijo al oído de Agustín—, y si usted no se apea, es capaz que arme aquí un bochinche.

—Yo no puedo descender —contestó Agustín, que temía mostrarse en público en semejante compañía.

Los que rodeaban al grupo de la familia Molina se habían retirado casi todos al ver que el baile había cesado.

Entretanto, doña Bernarda no soltaba las riendas del caballo de Agustín y exigía que se bajase.

—Empéñese usted para que se apee -dijo Amador a Martín—; hágame este servicio.

Martín vio que, para calmar a doña Bernarda, era preciso bajarse; y contribuyeron a su decisión estas palabras que Edelmira le dijo al mismo tiempo:

—¿Se avergonzará usted de que le vean aquí?

—Vamos, francesito —exclamaba doña Bernarda—, si no te apeas me enojo.

Martín echó pie a tierra, y Agustín siguió su ejemplo, tomando después el vaso que doña Bernarda le presentaba.

En ese momento Ricardo Castaños quebraba un vaso en el pértigo de la carreta porque Edelmira hablaba con Martín.

—Usted nos ha olvidado —le decía la niña, con una mirada en que se retrataban los progresos que el amor había hecho en su corazón durante la ausencia de Rivas.

—No la he olvidado a usted —respondió éste—; pero para tranquilizar a la familia de Agustín he prometido que no volvería a casa de usted.

—¿De modo que yo voy a sufrir por faltas ajenas? —exclamó con ingenuidad Edelmira.

—¡Usted! ¿Y por qué? —preguntó el joven—, ¿por qué puede sufrir?

—Mas de lo que usted se imagina contestó, ruborizándose, la niña—; en estos días lo he conocido.

Martín no tuvo tiempo de contestar, porque sus ojos se detuvieron con espanto en un carruaje que se acababa de detener frente a ellos.

En ese carruaje se hallaban Leonor y don Dámaso.

Agustín estaba como una grana y no hallaba hacia qué punto dirigir la vista.

Don Dámaso le hizo señas de acercarse:

—¡Tú con esas gentes! —le dijo.

—Papá, voy a explicarle —contestó avergonzado el elegante.

—Monta a caballo y síguenos —repuso don Dámaso.

Leonor se había reclinado en el fondo del coche, después de arrojar una mirada de profundo desprecio.

Al mismo tiempo Edelmira decía a Martín:

—Usted me ha dicho que tendría confianza en mí.

—Es verdad —le contestó Rivas, haciendo heroicos esfuerzos para ocultar su vergüenza y desesperación.

—¿Ama usted a esa señorita? —preguntó Edelmira, fijando en el joven una ardiente mirada y con voz temblorosa de emoción.

—¡Qué pregunta! —exclamó Martín, apelando a una sonrisa—; sería mirar muy alto.

—Vamos, vamos —le dijo entonces Agustín—; papá dice que le sigamos.

Y después de dar enredadas disculpas, montaron a caballo y emprendieron el galope tras el carruaje de don Dámaso.

"Yo he de saber lo que hay", se dijo doña Bernarda.

Edelmira reprimió una lágrima que asomaba a sus ojos, y tomó la guitarra que Amador le presentaba para que cantase una zamacueca.

—¡Viva la patria! —exclamó Amador, para distraer la preocupación de su madre.

—¡Que viva! —respondieron diversas voces de los que rodeaban, a pie y a caballo, la carreta.

Y esa invocación patriótica resonó en medio del fuego graneado de las tropas, entre el ruido de las vecinas chinganas, y alcanzó a llegar como un sarcasmo a los oídos de Martín, que se alejaba al galope, maldiciendo su estrella por la desagradable sorpresa que se le había preparado.

Edelmira, entretanto, con la muerte en el alma, entonó maquinalmente los versos de la zamacueca, a cuyo compás empezó de nuevo la danza y la alegría de los demás. Y siguió el contento y continuaron las libaciones, hasta que la retirada de las tropas señaló a los de las carretas la hora de abandonar aquel teatro de su periódica alegría.

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