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41Doña Bernarda esperó el día siguiente para hablar a Edelmira de las pretensiones de Ricardo Castaños a su mano. Impresionada con la conversación que acababa de tener con Amador y segura de su autoridad con respecto a su familia, no se dio prisa en hablar a una de sus hijas sobre matrimonio cuando tenía que pensar en vengarse del agravio hecho a la otra. Dejó, pues, para el día siguiente el asunto de Ricardo Castaños, y se entregó a reflexionar en los medios de castigar a Rafael San Luis. Satisfactorio fue, probablemente, el resultado de sus reflexiones, porque al levantarse doña Bernarda parecía más tranquila que en los días anteriores, y su voz, al llamar a Edelmira, perdía la aspereza conque trataba a los de su casa desde su visita a la de don Dámaso Encina. Edelmira acudió temblorosa al llamado de su madre, porque no se figuraba que pudiese tener que decirle nada de lisonjero, en el estado de irritación en que la había visto durante los últimos días. —Siéntate aquí —le dijo doña Bernarda, señalando una silla junto a ella—. Se te ofrece una buena suerte —añadió, después de un breve silencio. Edelmira levantó sobre su madre una mirada de tímida interrogación. —Ya ves —prosiguió la señora— lo que le ha pasado a tu hermana por tonta. Yo también he tenido la culpa por dejar que entren en casa estos malvados futres. Pero tu has tenido más juicio que la otra y por eso Dios se acuerda ahora de ti. Doña Bernarda hizo una pausa en su exordio moral, para encender un cigarro, pausa durante la cual el corazón de su hija se colmó de amargos presentimientos. —Ricardo —prosiguió doña Bernarda— quiere casarse contigo. Edelmira se puso pálida y tembló sobre su silla. —Es un buen muchacho —continuó la madre—; tiene buen sueldo y lo han de ascender. Nosotros somos pobres, y cuando se ofrece un partido como éste, no hay que soltarlo. Esperó en silencio algunos instantes, doña Bernarda, para oír la contestación de su hija. Pero Edelmira nada respondió, miraba a la alfombra con abatida frente y parecía luchar con las lágrimas que asomaban a sus ojos. —¿Qué te parece, pues, hija? —preguntó la madre. La niña pareció hacer un esfuerzo y levantó al cielo los ojos cual si invocara su auxilio. —Mamita... —dijo en tono balbuciente—, yo no quiero a Ricardo. —¿Cómo es eso? —exclamó doña Bernarda—. ¡Estamos frescos! ¡Miren qué princesa para andarse regodeando! ¿Qué me importa a mí que no lo quieras? ¿De dónde has sacado que es preciso querer? ¿Me lo habrás oído a mí, por acaso? ¡Miren si será lesa ésta! Te buscarán un marqués, a ver si te gusta. ¡Contimás que sois tan bonita! ¡No será mucho que queráis a algún futre también! —¡Yo no, mamita! —exclamó la niña, que se figuraba que doña Bernarda iba a leer en sus ojos y adivinar su amor a Martín. —¿Y entonces, pues, qué más quieres? ¡Allá todas tuviesen la misma suerte! —Yo no deseo casarme, mamita —dijo con humilde voz Edelmira. —Sí, pues; haces muy bien; para estar viviendo siempre a costillas de la madre. ¡Bonitas hijas! Una..., ya se sabe... ¡Bendito sea Dios! ¡El difunto Molina había de ver esto; bien hizo Dios en llevárselo! ¡Y esta ahora, no quiere casarse! En vez de aliviar a su pobre madre. ¿Quieres no ser tonta, niña? Concluyó doña Bernarda estas exclamaciones con una risa que infundió más temor a Edelmira que el que le habría dado una amenaza. No pudo sostener tampoco la terrible mirada con que su madre la acompañó y tuvo que inclinarse temblorosa y sumisa, en señal de obediencia. Doña Bernarda encendió otro cigarro, para serenarse, y se acerco después a su hija. —¿Qué hay, pues? —le dijo. —Yo no estaba preparada para esto —respondió Edelmira, dejando rodar las lágrimas que se habían agolpado a sus ojos. —¿Que te digo yo que te cases mañana, pues? Si no corre tanta prisa. Yo te hablo porque soy tu madre y sé que te conviene. Estas palabras descubrieron un nuevo horizonte a los ojos de Edelmira. Veía que una resistencia obstinada habría colmado la irritación de su madre, hasta exasperarla, y conoció que lo único que le era permitido en semejante trance era ganar algún tiempo. —Eso es lo que yo pido, mamita —dijo—; deme siquiera un mes para contestar. —Eso es..., llévate esperando para que el otro se aburra y se mande a cambiar. Se te figura que dentro de un mes me vas a encontrar muy mansita, ¿no? ¿Quién manda aquí, pues? Ya te digo que no te vas a casar mañana, pero la contestación la has de dar luego. —Pero, mamita... —¿Que es esto, pues? ¿Estás pensando que yo he de consentir en que se pierda esta ocasión? ¡Parece que no me conocieras! Date a santo con que te espere algún tiempo. —Haré lo que usted diga, mamita. —Así me gusta, eso es hablar como una buena hija. —Pero me dará usted siquiera unos dos meses para prepararme. —Sobra con un mes, y no hay más que hablar. Edelmira bajó la frente con resignación. —Y no andes con tonteras, pues, en este tiempo —repuso la madre—. Con él, formalita, pero no soberbia, y dejémonos de caras afligidas. Vas a ser más feliz que todas. Edelmira se retiró a su cuarto después de oír algunas otras amonestaciones que le hizo dona Bernarda, con el tono autoritario que, desde los asuntos de Adelaida, empleaba con los de su familia. Al encontrarse sola, se arrojó sobre una silla junto a la cabecera de su cama y regó con abundantes lágrimas la almohada, confidente de sus amores solitarios. Despedíase en su llanto de sus largas veladas llenas de ilusiones sentimentales, tanto más queridas cuanto más irrealizables se presentaban; decía un tierno adiós a las informes esperanzas, a las melancólicas alegrías, a las castas aspiraciones de ese amor huérfano e ignorado que se había complacido en alimentar y como un consuelo contra las amarguras de su existencia. Abatida por el primer golpe de tan inesperado dolor, no pensó en resistir ni en buscar los medios de sustraerse a la crueldad de su destino, pensó en llorar tan solo, como lloran los niños, por buscar un desahogo al corazón oprimido. Doña Bernarda, por su parte, pensó que, asegurado en cierto modo el porvenir de una de sus hijas, le quedaba todavía la misión de vengar la pérdida del porvenir de la otra, idea que no había abandonado un solo instante desde la fatal revelación de los amores de Adelaida. Su encono contra ésta disminuía en razón del que alimentaba contra Rafael, y poco a poco se habituó a considerar a su hija más desgraciada que culpable. La vista de su nieto, que hizo llevar a la casa, lejos de mitigar su sed de venganza, la encendió más activa y tenaz, llegando a constituirse en una necesidad imprescindible. Dominada por esta idea, entabló relaciones con los criados que servían a don Fidel Elías, y se halló instruida de este modo de los preparativos que en la casa se ejecutaban para el casamiento de Matilde, espió los pasos de San Luis, que vivía entregado a su amor, olvidado ya de los temores que le habían inspirado las amenazas de doña Bernarda, y meditó en silencio su venganza, sin hacer a nadie partícipe de sus proyectos. Mientras tanto, en la situación de Leonor y de Martín no había más variación que las incidencias naturales de un amor con las condiciones del que hemos pintado, en el que el orgullo, vencido a medias, por una parte, y la excesiva delicadeza, por la otra, se hallaban colocados en el resbaladizo terreno que habitan los corazones enamorados. Mediaban ya entre ellos esas miradas vagas con que dos amantes empiezan a comprenderse; esas palabras que, balbucientes, pronuncian los labios aunque se refieran a extraño asunto que el que ocupa los corazones esas reticencias en las cuales se apoyan, en casos semejantes, los espíritus, para lanzarse en la siempre florida región de la esperanza, esa atmósfera especial, tibia, embalsamada, de que los amantes se sienten circundados cuando, en medio de todos, viven solos, y hallan en el silencio elocuentes armonías, en el aire venturosos presagios, en la naturaleza entera una secreta complicidad del inmenso sentimiento que los agita. Y, sin embargo, ellos no eran felices. Leonor veía desarrollarse ante sus ojos el magnífico panorama del amor y se impacientaba ya de la timidez de Martín. Ella era demasiado orgullosa para dar el primer paso; él, demasiado reverente para subir el pedestal en que colocaba a su ídolo; y ambos suspiraban. Y en esos instantes de abatimiento, en que el corazón divisa la esperanza como un miraje, Leonor, despertando a su antiguo orgullo, juraba olvidar a Martín, y Martín, que tanto no presumía de sus fuerzas, pedía al cielo le arrancase del pecho aquella imagen y, con ella, su amor desventurado. Pero una mirada desbarataba aquel propósito y hacía olvidar aquella súplica: volvían a quemar sus alas en la nueva luz, ¡mariposas que, lejos de su dulce calor, no encontraban ya la atmósfera vital indispensable a sus vidas!
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