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XLVI

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Con grande impaciencia esperó Martín la venida del día siguiente. Su inquietud por la suerte de Rafael le quitó el sueño de aquella noche. A esa inquietud mezclábase también el desconsuelo en que le vimos quedar después de su última conversación con Leonor. Y esas dos preocupaciones dividieron durante largas horas el dominio de su espíritu hasta que, rendido por el sueño, se quedó dormido poco antes de rayar el alba. No obstante su largo insomnio, abandonó el lecho a las siete de la mañana y empleó, como de costumbre, dos horas en sus estudios.

A las nueve fue a casa de Rafael.

Las habitaciones de éste estaban cerradas, y golpeó a una puerta que daba al interior de la casa, ocupada por doña Clara, la tía de Rafael.

A los golpes se presentó la señora, que pocos momentos antes había llegado de la iglesia.

—¿Rafael ha salido tan temprano? —preguntó Martín después de saludar a doña Clara.

—¿Qué no sabe lo que pasa? —contestó la señora, juntando las manos con aire consternado—. ¡Rafael se nos ha ido!

—¿A dónde? —preguntó con ansiedad el joven.

—A la Recoleta Franciscana —respondió la señora, con un ademán en el que a través de la pesadumbre se notaba alguna satisfacción.

—¡A la Recoleta! —repitió Martín—. ¿Cuándo?

—Esta mañana muy temprano.

—¿Y por qué ha tomado tan violenta determinación?

—¿Entonces usted no sabe nada?

—Supe ayer lo ocurrido en casa de don Fidel Elías.

—Bueno, pues; después de eso, Rafael recibió una carta de la niña: le decía que no pensase más en ella y qué sé yo más. ¡Pobrecito! ¡Si lo hubiese visto! Lloró anoche como un niño chico. ¡Qué llorar, por Dios! Me partía el alma.

—¡Pobre Rafael —dijo Rivas, con verdadero pesar.

—El pobrecito me lo contó todo anoche. ¡Jesús, hijito, cómo viven los jóvenes ahora! Por eso, vea, no he sentido tanto que se haya ido a la Recoleta. Si es preciso reconciliarse con Dios. ¡Cómo querer ser feliz también y vivir de ese modo!

La sencilla piedad de la señora impresionó el corazón noble de Martín; pero quiso ante todo defender a su amigo.

—Usted sabe cómo pensaba él ahora y lo arrepentido que vivía de su falta.

—Así es, hijito; pobre Rafael —dijo la señora, en cuyos ojos asomaron las lágrimas.

—Hoy iré a verle —dijo Martín, levantándose de su asiento.

—Me ha dicho que es inútil: no recibirá a nadie.

Luego, como si le viniese un recuerdo, añadió:

—Ah, se me olvidaba: me dejó una carta para usted; aquí la tengo.

Entregó la señora una carta cerrada a Rivas, y éste se despidió de ella para leerla en su casa. Al llegar le entregó el criado otra carta.

—Esa niña del otro día la trajo y va a volver por la contesta —le dijo, con una semisonrisa de inteligencia.

Rivas subió a su habitación y abrió la carta de Rafael San Luis, dejando sobre la mesa la que el criado acababa de entregarle.

La de San Luis decía lo siguiente:

Querido Martín:

Cuando mañana vengas a buscarme, te explicará mi tía la resolución que he tomado. Es de noche, y en el silencio puedo meditar mejor sobre el terrible suceso de este día. ¡La he perdido! ¿Te pintaré mi dolor? No podría hacerlo. Recordarás que un día, leyendo la vida de Martín Lutero, le juzgué pusilánime porque el terror que le causó la muerte de un amigo a quien hirió un rayo al lado suyo, le hizo entrarse de fraile. Ese juicio era la vana jactancia de la juventud que hablaba por mi boca Tú, que le absolvías, comprenderás el trastorno de mi espíritu al recibir el golpe que me anonada. ¡Es un rayo del cielo! Me ha venido a herir en mi amor, en medio del corazón, quemando hasta las raíces de la esperanza, el último de los bienes efímeros con que el hombre atraviesa la vida. Sólo una vez al lado del cadáver de mi padre, que expiró en mis brazos, he sentido en el alma un hielo como siento ahora: es la conciencia del abandono en que quedo; de la orfandad eterna de un corazón sin amor, que sólo con amor se sustentaba: ¡de que nada en el mundo podrá ya consolarme!

Sólo tres líneas, Martín, son las de su carta, pero tres líneas que han corrido como lava ardiente por mi pecho, devastándolo todo, menos mi amor inmenso. En pocas palabras, sin fórmula ninguna que mitigue su aspereza, ella me arroja a la frente su desprecio aterrador. Nada que hable de un pasado de ayer, palpitante todavía, se advierte en esas líneas, nada que haga esperar el perdón que todas las almas nobles, como un destello de Dios, guardan para nuestras miserables flaquezas. Ella, con un corazón de ángel, con el alma bañada de divina pureza, me desprecia, Martín, y me aborrece. ¿Cómo luchar contra esta horrorosa convicción? Hasta hoy creía yo que mi voluntad era capaz de hacer frente a todos los contrastes, y era porque no contaba con éste, porque creía que perder la vida era lo más temible que pudiese amenazarme y contra la muerte me sentía con valor.

Algunas horas he pasado, Martín, reflexionando, como he podido, en lo que debo hacer. Una idea volvía a cada instante a mi espíritu con increíble tenacidad. ¡Es un castigo de Dios! ¿Qué derecho tengo yo, en efecto, de aspirar a la felicidad, cuando he pisoteado sin compasión la de otro ser inocente y débil? Si la justicia del cielo interviene a veces en las faltas del mundo, debo olvidar la moral acomodaticia con que nos acostumbramos a burlarnos, por torpes pasiones, de lo que hay sobre la tierra de respetable, y postrarme de rodillas ante el fallo justiciero de Dios. El peso de esta verdad, que casi maquinalmente repiten en las iglesias desde lo alto del púlpito, hiere el espíritu en la desgracia y aterroriza el alma que, en medio de la dicha, las oyera con descuidado fastidio. Cedo, pues, al peso de esa idea: su fuerza me priva de la mía.

Pero, no creas que, llevado de la impresión de tan tremendo pesar, voy a consagrar mi vida a la penitencia atándome a un claustro con votos indisolubles. Quiero buscar la calma en el silencio, quiero con ejemplos de virtud fortalecerme; quiero ver si es posible borrar su imagen querida de mi pecho; si es posible llorarla como si ella hubiese dejado de existir. Después, cuando el tiempo haya tranquilizado mi ánimo y convertido en llevadera melancolía el atroz dolor que me desgarra, ¡quién sabe lo que haré! He vivido tanto en mi amor, que por lo demás, apenas me reconozco; por esto ni aun puedo prever mi resolución.

No creas tampoco que he dejado de pensar en Adelaida. Ni a ella ni a su madre puedo culpar de mi desgracia: las perdono, y ojalá ellas lo hagan conmigo. Podría, bien lo sé, reparar a los ojos del mundo mi falta y devolverle su honra que he mancillado; pero, tú no lo ignoras Martín: no la amo. Sería una unión monstruosa que no podría tener otro término que un suicidio, y esto también la haría desgraciada. Conozco que podría darle mi vida, pero no la felicidad. En fin, esto tal vez puede pensarse más despacio.

En mi retiro no recibiré a nadie, ¡Ni a ti! Te escribiré cuando sienta necesidad de hacerlo. Mi tía queda encargada de recibir mis cartas y mandarme las que me dirijan. Un padre, amigo antiguo de la familia, me ha facilitado este retiro: él será mi consejero.

Tu amigo,
                  
RAFAEL SAN LUIS

Martín dejó caer sobre la mesa la carta de San Luis, y apoyando la frente en una mano, se entregó a las tristes meditaciones que aquella lectura le sugería.

Le llamaron a almorzar cuando pensaba todavía en la desgracia de Rafael, y había olvidado la otra carta que al llegar había recibido. La tomó antes de salir y bajó al comedor. Al atravesar el patio abrió aquella carta y sólo tuvo tiempo de leer la firma: era de Edelmira Molina.

Para explicarla, antes de hacerla conocer, debemos retroceder al día anterior, en que Edelmira había dirigido a Martín la primera carta que ha visto ya el lector.

Vimos que Edelmira, después de la última conferencia con doña Bernarda en la que por temor a ésta había convenido en casarse con Ricardo Castaños, se despidió de las cartas que se entretenía en escribir a Rivas y que guardaba con el cariño que por la ilusión tienen las almas apasionadas. La perentoria exigencia de su madre despertaba a la niña de aquel sueño de amor en el que, como ella, tantos se mecen forjándose un porvenir venturoso. Pero a fuerza de acariciar esa ilusión, Edelmira había llegado poco a poco a mirarla como una posibilidad. Lo que al principio le parecía una locura, llegó a convertirse en esperanza con la porfiada meditación y con la vehemencia que desplegó su corazón al entregarse al melancólico placer de amar en silencio al que representaba el ideal forjado de antemano en su mente. En este estado de cristalización, valiéndonos de la pintoresca teoría sobre el amor de Stendhal, Edelmira pensó que obligarla a dar su mano a otro era arrancarle violentamente su querida esperanza, sin darle siquiera tiempo para tratar de realizarla. Su voluntad protestó en silencio contra la violencia hecha a su amor, también silencioso. De semejante protesta al deseo de burlar la opresión del poder que la motivaba, no había más que una línea de distancia. De aquí su resolución de escribir a Martín, resolución que nada tiene de irregular, si se piensa en la educación que había recibido Edelmira y en la clase social a que pertenecía. Bien que en esta clase tenga el recato femenil los mismos instintos que en la elevada y culta de la sociedad; los hábitos de vida, de que hemos presenciado algunos cuadros, van, poco a poco, venciendo esta timidez pudorosa que, como un ave asustadiza se despierta en la mujer entregada a sus propios instintos en la vida del corazón. Menos culto entre las gentes de medio pelo, el lenguaje galante debe, naturalmente, vencer por la fuerza del hábito la susceptibilidad del oído y lo mismo también la impresionabilidad del corazón. Los desgreños del picholeo y la cruda fraseología amorosa dan a las mujeres de esta jerarquía social diversas ideas sobre las relaciones del mundo que las que, desde temprano, se desenvuelven en el espíritu de las niñas nacidas en lo que llamamos buenas familias. Por esto fue que Edelmira, aunque más culta que la mayoría de las de su clase, no halló nada de extraño en el medio que se le ocurría para sondear los sentimientos de Rivas. Este paso, por otra parte, se da en todas las clases sociales, aunque con distinta forma, siempre que el corazón es fogoso y alimenta un amor solitario; pues hay momentos en que cualquier mujer tiene fuerza para vencer su timidez y busca en el corazón del hombre a quien ama un eco a la poderosa voz del sentimiento que abrasa el suyo.

Vimos que la primera carta que Edelmira dirigió a Rivas podía sólo considerarse como desahogo que todos buscan en un corazón amigo cuando se encuentra bajo el peso de algún dolor. Al leer la contestación de Martín, vio que había en ella tan sinceras expresiones de amistad, que muy bien podía ser su espíritu, dominado por una idea, interpretar en el sentido de su preocupación. Así fue que, aunque Edelmira no se atrevió a decirse que Rivas velaba la expresión de su amor con palabras de consuelo amigable, lo pensó por lo menos vagamente y recibió con ellas, además un gran consuelo, porque esas palabras le ofrecían un apoyo en caso necesario para llevar adelante su resolución de no obedecer a su madre en aquella circunstancia.

Alentada con el buen éxito del primer paso, se resolvió, por consiguiente, a dar el segundo: escribió a Martín la carta que le vimos abrir a éste cuando se dirigía al comedor, en donde se hallaba la familia de don Dámaso.

En la mesa se habló poco, pues don Dámaso quiso respetar la amistad que Martín tenía a San Luis, en gracia de los servicios que le prestaba Rivas como encargado de sus negocios. Mas, al salir del comedor, Agustín llamó a Rivas, que iba a entrar en el escritorio, mientras que Leonor se sentaba delante de un bastidor en el que había un bordado.

—¿Y qué devendrá Rafael con esto? —preguntó el elegante, encendiendo un cigarro puro y ofreciendo otro a Martín.

—Se ha ido esta mañana muy temprano a la Recoleta —dijo Rivas.

—¡Es romántico eso! Le compadezco de todo mi corazón —exclamó Agustín.

—Me dejó una carta; está desesperado —añadió Martín.

—No comprendo esa desesperación —dijo Leonor—, cuando podía distraerse con otros amores como lo ha hecho ya.

—Hermanita, hay amores y amores —repuso Agustín—, es necesario no confundir.

—¡Ah!, no sabía —replicó Leonor.

—Se puede amar por gusto y por pasión —continuó el elegante.

—Lo que veo —dijo Leonor, mirando fijamente a Rivas— es que no hay hombre capaz de amar.

Rivas protestó con una mirada, mientras que Agustín exclamaba:

—¡Ah! por ejemplo, mi toda bella, estás en un error. Sin hablar de Abelardo, cuya tumba he visto en el Pere Lachaise de París, hay una fula de otros que han pasado la vida a amar.

—Usted que se calla, pensará lo mismo, aunque lo piense en español —dijo Leonor a Rivas.

—Creo, señorita —contestó Martín—, que usted juzga a los hombres con mucha severidad.

—¿Y el ejemplo de su amigo San Luis no justifica mi opinión? —preguntó la niña.

—Pero hay excepciones —replicó Martín.

—¿Cómo no? —dijo Agustín—; excepciones: allí está, como he dicho, Abelardo en el Pére Lachaise sin contar el resto.

—¡Excepciones! —decía al mismo tiempo Leonor, sin cuidarse de su hermano y dirigiéndose a Martín—. ¿En dónde están? ¿Cómo puede uno conocerlas?

—Fíate a mí para eso, hermanita —dijo el elegante—, yo los conozco: Martín es del número.

—¡Ah! ¿Usted se cuenta entre las excepciones? —le preguntó sonriéndose Leonor, mientras que Rivas sentía encendérsele las mejillas.

—Señorita —contestó éste—, hay cosa en que parece que uno puede elogiarse a sí mismo sin sonrojo, y ésta es una de ellas; creo que puedo considerarme entre las excepciones.

—Usted cree; pero no está seguro.

—Muy seguro —contestó Martín, enviando a la niña tan ardiente mirada, que ella tuvo que bajar la vista sobre el bastidor.

—¿Es decir, Martín, que estás enamorado? —le preguntó Agustín—. Veamos, cuéntanos eso, amigo mío.

—¡Vas a obligarle a mentir! —exclamó Leonor, dominando con una sonrisa la turbación con que había dado algunas puntadas en el bordado.

—¿Por qué, señorita? —preguntó Rivas, en el mismo tono de broma.

—No querrá usted comprometer a la que ame —repuso Leonor.

—Desgraciadamente no alcanzo a comprometerla —repuso el joven con resolución—; está colocada tan alto respecto a mí, que mi voz no puede llegar a ella —añadió, aprovechando el momento en que Agustín se había parado para arrojar en el patio su cigarro.

—Hablando fuerte se oye desde lejos —le contestó Leonor, con una sonrisa que disimulaba muy mal su turbación.

—En ese caso —repuso el joven—, cuando usted me pregunte lo mismo que Agustín no mentiré.

Leonor bajó la frente sobre el bordado y Agustín volvió a su asiento. Pocos momentos después, Martín entró al escritorio de don Dámaso, y pasó un largo rato sin acordarse de la carta de Edelmira que tenía en el bolsillo.

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