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LIV

54

El 15 de abril entró Matilde en casa de Leonor, acompañada de su madre. Esta y la hija iban vestidas de basquiña y mantón. Venían de la iglesia, y eran las nueve de la mañana. Doña Francisca entró en el cuarto de su hermano, y Matilde, en el de Leonor.

—¿Qué haces? —preguntó a la hija de don Dámaso, que con un libro en la mano miraba a una ventana, en vez de leer.

—Nada; estaba leyendo.

—¿Sabes por qué he venido a verte a estas horas?

—No sé.

—Al salir de San Francisco he tenido un encuentro.

—¿Con quién?

—Adivina.

Leonor tuvo el nombre de Rivas en los labios, pero contestó:

—No se me ocurre.

—Con Martín —dijo Matilde—; me conoció al momento, y me saludó. Leonor no trató de disimular la turbación que se pintó en su semblante.

—¡Esta aquí —exclamó—, y mi papá que lo ha hecho buscar, suponiendo que hubiese llegado! ¿Cómo viene?

—Buen mozo; me ha parecido mejor que antes.

—¿Iba solo? —preguntó con malicia Leonor.

—Solo, y aun cuando hubiese ido con Rafael, te aseguro que poco me hubiera importado; tú sabes que eso se acabó.

Pocos momentos después vino doña Francisca a buscar a su hija y se despidieron de Leonor.

Quedó ésta reflexionando sobre la noticia que su prima acababa de traerle. Sabía que anunciando la llegada de Rivas a don Dámaso, éste haría todo lo posible por llevarle de nuevo a su casa, pero la alegría que le dio la idea de ver a Martín como antes, en la intimidad de la vida privada, le disipó muy luego el recuerdo de los motivos porque el joven había salido de su casa.

"¿Cómo sé yo si me ama?", se dijo con humildad la altiva belleza, a quien los más distinguidos galanes de la capital continuaban tributando rendido homenaje.

El amor, durante aquel tiempo, había hecho en su orgullo la obra de una gota de agua que cae constantemente sobre una piedra: había vencido su altanera resistencia. Su vigorosa organización moral cedía ante el imperio de la pasión, porque era mujer antes de ser la hija mimada de sus padres y de la sociedad elegante en que había cultivado los gérmenes de altanería de su carácter. Aquella soberbia hermosura, que había jugado con el corazón de varios admiradores sumisos, aceptaba francamente ahora el papel de amante desdeñada, y experimentaba un placer irresistible en consagrar su corazón al que al principio consideraba como un ser insignificante. Bajo el imperio de la transformación gradual operada en todo su ser, las pálidas flores del sentimentalismo habían alcanzado sus melancólicas corolas en el alma que poco tiempo antes se reía del vasallaje que el amor, tarde o temprano, debe imponer a los corazones bien dotados por el cielo.

Después de almorzar, evocó Leonor los recuerdos de sus conversaciones con Martín, de esos incidentes triviales que componen un mundo para los enamorados, tocando en el piano las piezas que esos días tocaba con más frecuencia.

En esta ocupación la encontró una criada, que se acercó a ella, y le dijo:

—Una señorita está en el patio, y pregunta por su merced.

Leonor entreabrió las cortinas de una ventana y miró al patio. Vio allí a una niña, vestida de basquiña y mantón, cuyo rostro juvenil y hermoso sugirió a Leonor esta pregunta: "¿Dónde he visto a esta niña?".

El mantón cubría una parte de la frente de la desconocida, y daba de este modo a sus facciones una expresión que muy bien explicaba la dificultad de Leonor para conocerla.

—Pregunta cómo se llama —dijo a la criada.

Desempeñó ésta el encargo y oyó la contestación siguiente:

—Dígale que soy Edelmira Molina, y que necesito mucho hablar a solas con ella.

—¡Edelmira! — exclamó Leonor cuando la criada le dijo este nombre.

Pareció reflexionar algunos momentos, y luego, levantando la vista:

—Hazla entrar en mi cuarto —dijo.

Cuando la criada salió de nuevo al patio, Leonor echó una mirada a uno de los espejos del salón en que se hallaba, y, sin pensar tal vez en lo que hacía, arregló sus cabellos divididos en dos largas y gruesas trenzas. Hecho esto, se dirigió a su cuarto, al que también acababa de entrar Edelmira.

Leonor contestó con ademán de reina al humilde saludo de la que creía su rival.

—Señorita —dijo ésta, con algún embarazo, vengo aquí a cumplir con un deber.

—Siéntese —dijo Leonor, que conoció los esfuerzos que hacía Edelmira para vencer su turbación.

Edelmira tomó la silla que le señalaba y volvió a decir:

—Debo un gran servicio a un joven que vivía en esta casa el año pasado y como hace pocos días que he sabido la causa por qué salió de aquí, sólo ahora he podido venir. Mi hermano —añadió— me ha traído aquí y me espera en la puerta.

—¿Y qué puedo hacer yo en este asunto? —preguntó Leonor con voz seca.

—Yo me dirijo a usted —repuso Edelmira—, porque no me había atrevido a hablar con su mamá, y veía que de todos modos debía dar este paso para justificar a Martín.

El nombre del joven por quien el corazón de aquellas dos niñas latía resonó durante algunos segundos en la pieza.

—He sabido —prosiguió Edelmira— que aquí han creído que Martín me había sacado de mi casa. Así lo hicieron creer a su padre de usted mi hermano y otro joven que estuvieron aquí con él el mismo día que yo me fui de Santiago a Renca, en donde he vivido hasta ahora.

—¿Se fue usted sola? —preguntó Leonor con cierta ironía mezclada de inquietud.

—No; Martín tuvo la generosidad de acompañarme —contestó Edelmira con sencillez—. Por eso creyeron que él tenia amores conmigo y me robaba de mi casa; pero esto no es lo cierto; yo me fui a Renca, porque querían que me casase con el joven que ese día vino aquí con mi hermano, Martín tuvo la bondad de acompañarme, y sin el sería ahora desgraciada.

—Muy generoso y desinteresado ha sido el señor Rivas, en efecto —dijo Leonor—, puesto que sin que usted le amase se exponía de ese modo.

—Yo no he dicho que no le amo —dijo con viveza y energía Edelmira.

—¡Ah! —exclamó Leonor, en cuyos ojos brillaron rayos de despecho.

Aquella mirada hizo suspirar a la otra niña, porque con ello le bastaba para convencerse de que Martín era correspondido por Leonor.

—No veo, entonces —dijo con altanería Leonor—, lo que tengo que hacer yo en todo esto; si usted ama a Martín, será mejor decírselo a él mismo.

—Sí, señorita, le amo —repuso con humilde, pero apasionado acento Edelmira—; pero él no me ama ni me ha amado nunca.

—No sé si debo alabar su franqueza más que su modestia —dijo Leonor con voz sarcástica—, y siento que Martín no esté aquí para interceder con él en favor de usted.

—No he venido a pedir servicio ninguno —replicó Edelmira con altivez—; he venido a justificar a Martín, porque he sido tal vez la causa de su desgracia.

—¡Ah!, ¿es desgraciado?

—Sí, lo sé por él mismo; me lo ha dicho hace dos días.

—¿Dónde le ha visto usted? —preguntó Leonor, olvidándose de su papel de indiferente.

—Fue a verme a Renca.

—Es mucha fineza —dijo Leonor con amargo tono de burla—. ¡Cómo dice usted que no corresponde a su amor!

—Ha sido porque es noble y me ha prometido su amistad.

—No desmaye usted; de la amistad al amor no hay mucha distancia.

—No, señorita; es sólo un amigo, y tengo pruebas que justifican lo que digo.

—¿Pruebas?

—Sí, tengo pruebas y las traigo, porque, como dije hace poco rato, mi deber es el de justificar a quien me ha servido con generosidad.

Sacó Edelmira todas las cartas que conservaba de Martín y las presentó a Leonor.

—Si usted se toma la molestia de leer estas cartas —le dijo—, verá que es la verdad cuanto acabo de referir.

Leonor abrió la primera carta que le pasó Edelmira, y principió a leerla con una sonrisa de desprecio.

—Pero ésta parece una contestación —exclamó cuando había recorrido algunas líneas.

Edelmira le explicó lo que ella había escrito a Martín, y Leonor prosiguió su lectura, no ya con aire de desprecio, sino de vivo interés. De este modo, conoció la rectitud de las amistosas relaciones que mediaban entre Edelmira y Martín, y la lealtad con que éste había procedido en aquel asunto. Al leer la carta que Rivas dirigió a Edelmira antes de emprender su viaje, Leonor tuvo dificultad para disimular su alegría. No podía quedarle ya ninguna duda de que era dueño del corazón cuyo nobleza se revelaba en las cartas que tenía en sus manos.

Al mirar a Edelmira, después de esta lectura, la expresión de su rostro había cambiado completamente. A la irónica terquedad de sus ojos reemplazaba en ese momento la más afectuosa benevolencia.

—Estas cartas —dijo— no dejan la menor duda y honran sobremanera la generosidad de usted.

—Señorita —contestó con entusiasmo Edelmira—, ningún sacrificio me sería penoso tratándose de Martín, y no hablo así por el amor que le tengo, porque usted ha visto que con esas cartas no puede quedarme esperanza, sino porque mi reconocimiento es verdadero; así es que sólo cumplo con un deber contando a usted la verdad.

—Yo doy a usted las gracias por la confianza que ha tenido en mí, no sólo por mi parte, sino también por la de mi familia, porque debemos a Martín servicios de importancia, y mi papá se alegrará mucho de ir a verle. ¿Sabe usted dónde vive ahora?

—En casa de un joven, San Luis, amigo suyo.

Al despedirse, Leonor acompañó a Edelmira hasta el patio y estrechó su mano con cariño. Estas manifestaciones afectuosas acabaron de convencer a Edelmira de que Rivas era correspondido.

Leonor, después de esto, llamó a la puerta de Agustín, quien se encontraba en las graves ocupaciones de su tocado.

—Me estoy haciendo la toilette y soy a ti al instante —le dijo el joven.

Al poco rato abrió la puerta y Leonor entró en la pieza.

—Te traigo una buena noticia —dijo ésta.

—¿Que has visto a Matilde? —preguntó el elegante creyendo que se trataba de su prima, a quien cada día se sentía más aficionado.

—No, es otra clase de noticia, Martín está en Santiago.

—No ha mucho pensaba en él, ¡tan buen amigo! Me ha hecho falta este tiempo; ¿dónde vive?

—En casa de San Luis.

—¡Eso es grave!

—¿Por qué?

—Porque, como sabes, soy el sucesor de ese joven en el corazón de la prima.

—No importa: tú debes ir a buscar a Martín.

—¡Cáspita, hermanita! eres perentoria.

—¿Te olvidas cómo ha salido Martín de casa?

—No, no; la culpa es de papá, que dio importancia a chismes indignos.

—Por eso nos toca reparar el mal y quitarle el derecho que le hemos dado de creernos ingratos.

—No hablabas así hace poco, hermanita.

—Sí, pero ahora he cambiado.

—El rey caballero lo decía: souvent femme varié; eso viene en todos los libros franceses, hermanita, y es la verdad.

Quedó convenido que Agustín y Leonor hablarían con don Dámaso sobre aquel asunto, y como en la tarde recibiese éste con placer la noticia, diciendo que Martín le hacía más falta cada día, el elegante fue en la noche a casa de Rafael.

Este y Martín habían salido, por lo cual Agustín quedó en volver al día siguiente.

Importa mucho recordar que ese día siguiente era el 19 de abril de 1851.

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