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64Martín, entretanto, daba un triste adiós a la vida y a los amores, esta segunda vida de la juventud. En ese adiós había, sin embargo, junto con la tristeza, la serena resignación del valiente. Además, el amor ocupaba tan grande espacio en su alma, que más bien le contristaba la idea de separarse de Leonor para siempre, que la de perder la existencia en la flor de sus años. En esta disposición de espíritu, Rivas se había ocupado con calma de sus últimas disposiciones. No poseía ningún bien, de modo que el cuidado de los intereses materiales no le robó ninguno de los precios instantes que le quedaban. Poseía sí, un inmenso tesoro de amor, al que quería consagrar su alma entera en aquellos momentos solemnes. Escribió, pues, una larga y sentida carta a su madre y a su hermana. Cada una de las frases de esa carta tenía por objeto fortificar sus ánimos para la terrible prueba de dolor que las esperaba. Acaso —les decía al concluir— la muerte no sea para mi un mal en las presentes circunstancias. Obstáculos casi insuperables se me presentarían, si viviese, para realizar la felicidad a que Leonor me ha dado derecho de aspirar; y, tal vez, combatiéndolos, habría sufrido humillaciones demasiado crueles para mi corazón. Tengo confianza en Dios y no me falta valor; las puras bendiciones de ustedes me allanarán el camino para comparecer ante el Divino Juez. Cerrada esta carta, parecióle que podía ocuparse ya enteramente de Leonor. Para hablarle de su inmensa pasión le escribía la historia del modo cómo ella había nacido y desarrollados en su alma. Sencilla y tierna historia de enamorado, llena de ideales aspiraciones, de ardientes amarguras borradas ya de la memoria con la dicha de los últimos días. El trágico fin que aguardaba al protagonista era la única sombra de aquel cuadro pintado con los diáfanos colores dé la juventud y del amor. Martín lo retocaba con la predilección del artista por su obra favorita, y añadía una frase de amor a las mil que la esmaltaban, cuando la puerta de su calabozo se abrió en silencio. Era la oración, y Martín vio entrar a un hombre embozado, que no pudo conocer al instante. Este se quitó el embozo al acercarse a la mesa en que Rivas escribía a la luz dudosa de una negra vela de sebo. —¿Qué objeto tiene esta visita, señor don Ricardo? —preguntó Martín, con cierta altanería al reconocer a Ricardo Castaños. —Lea este papel —contestó el oficial, entregando a Rivas una carta. Rivas leyó lo siguiente: Todo está concertado para su fuga. Ricardo Castaños pagará al centinela, que enseñará a usted el camino seguro para salir, aproveche, pues, la ocasión, y tenga prudencia, recordando que del éxito de este paso no sólo depende su vida, sino también la de su amante. LEONOR ENCINA Martín levantó sobre Ricardo los ojos, en los que brillaba la esperanza, y al mismo tiempo hizo ademán de guardar la carta. —¿No será mejor que la queme? —le dijo el oficial. —¿Por qué? —preguntó Martín, que guardaba como un tesoro las cartas de Leonor. —Porque si por desgracia lo pillan —repuso Ricardo—, ese papel me compromete. —Tiene usted razón —contestó Rivas, quemando el papel. —Bueno —dijo Ricardo, ahora yo me voy y usted no tiene más que salir; el soldado que está de centinela lo llevará por un camino seguro. —Una palabra —dijo Martín, acercándose a Ricardo—: usted me presta en este momento un servicio que no me esperaba, y mucho menos de parte de usted, que me ha considerado como su enemigo. —Eso no —dijo el oficial—; yo lo perseguí y tomé preso a usted porque estábamos combatiendo. —¿Nada más que por eso? —preguntó Rivas—. Hablemos con franqueza: usted me ha creído siempre su rival. —Es cierto. —Sin embargo, se ha engañado usted; jamás he hablado de amor a Edelmira, se lo aseguro bajo mi palabra de honor. —¡Cierto! —exclamó lleno de alegría Ricardo. —Cierto; si antes creí que esta confesión, hecha por mí a usted, parecería humillante, ya que usted se ha prestado a servirme, creo deber hacérsela sin indagar la causa que usted haya tenido para ello. Si usted ama a esa niña —añadió Martín—, creo que esta confesión destruirá los juicios que haya formado en contra de ella; entretanto, yo no tengo otro medio de manifestarle mi agradecimiento que haciendo esta confesión y rogándole que acepte mi amistad. —Gracias —dijo con efusión Ricardo, estrechando la mano que le presentó Martín. El oficial salió, dejando la puerta abierta, después de decir a Rivas que apagase la luz para salir tras él. En la fuga de Martín no hubo ninguna de las peripecias que los novelistas se aprovechan para excitar la curiosa imaginación de los lectores. El soldado que guardaba su calabozo abandonó con él el puesto de su facción, condujo a Martín por pasadizos solitarios hasta llegar a un patio, igualmente solo, en donde, mediante el auxilio de una escalera, ambos salvaron los tejados y bajaron a una calle. —Adiós, pues, patrón —dijo el soldado a Rivas. Y se echó a andar por las calles, pensando en las onzas de oro que sonaban agradablemente en su bolsillo, después de haber sido entregadas a Ricardo Castaños por la torneada y blanca mano de Leonor. Rivas divisó a poca distancia del punto en que lo dejó el soldado un carruaje, al que se dirigió inmediatamente. Un hombre se adelantó a recibirle, diciéndole con voz bien conocida: —Tú eres salvado, Martín; déjame abrazarte. Y Agustín Encina le estrechó entre sus brazos con un cariño fraternal. —Mi hermana está allí, que te espera —añadió el elegante, señalando el carruaje. En ese momento, Leonor había bajado del coche. —Estos momentos —dijo a Rivas, dejándole estrechar la mano que le pasó para saludarle— han sido para mí de una inquietud mortal; a cada instante creía oír alguna voz de alarma. —Vamos, es preciso montar y meternos en ruta —dijo Agustín—; el lugar éste, tan cerca de la prisión, no me parece de los más recreativos. Leonor se sentó en uno de los asientos de atrás del coche y colocó a su lado a Rivas. Agustín se sentó al frente de ellos. —En un lugar cercano —dijo éste a Martín— tenemos esperándote un mozo con caballos que te servirán mejor para tomar caminos excusados por si les da el capricho de perseguirte. —Jamás podré pagar los servicios que ustedes me hacen —dijo Martín, lleno de reconocimiento. —¿No hay en ellos algún egoísmo de mi parte, cuando salvándole a usted salvo también mi felicidad amenazada de muerte? —le dijo con voz baja y dulcísima, Leonor. —Vaya —dijo, casi al mismo tiempo, Agustín—, qué dices tú de pagar, querido; somos nosotros los que te estamos pagando lo que te debemos. Te parece poco haberme ahorrado la molestia de tener por cuñado a ese insaciable comedor de pesetas que se llama Amador. Oye, querido, el adagio francés: Un bien fait n'est jamais perdu, ésa es la verdad. Agustín siguió manteniendo la conversación durante el camino, mientras que, escuchándole apenas, Leonor y Martín se decían en voz baja esas frases cortadas, que parecían seguir los latidos del corazón, y que los amantes encuentran mil veces más elocuentes que el más brillante discurso. Llegado que hubieron a una callejuela solitaria en los suburbios de la población y a inmediaciones de la calle de San Pablo, que lleva al camino de Valparaíso, el coche se detuvo por orden de Agustín. Los tres bajaron del carruaje, y Agustín se dirigió a un hombre que se presentó a caballo tirando otro de la rienda. —Es preciso que aquí nos separemos —dijo Leonor a Rivas—; escríbame usted cada vez que le sea posible. ¿Tendré necesidad de jurarle que pensaré en usted a toda hora? —No; pero dígame otra vez, Leonor, que es verdad cuanto me ha sucedido en estos días: a veces creo que todo ha sido un sueño. Sobre todo ese amor, al que jamás me atreví a aspirar sino en la soledad de mi corazón. —Ese amor, Martín, es tan verdadero como todo lo demás. —¿Y durará siempre, no es verdad? —murmuró el joven, estrechando con pasión las manos de Leonor. —Será el único de mi vida dijo ella—; y no crea que éste sea un juramento vano arrancado por una pasajera afición, no he amado más que a usted en el mundo. ¡Quién me hubiera dicho, cuando llegó usted a casa, que iba a amarle! —¡Y yo —dijo Rivas— que la miré a usted como una divinidad! ¡Ah, Leonor, qué pequeño me sentí ante la orgullosa altivez de la mirada con que usted contestó a mi saludo! —¡Y cómo figurarse también —exclamó la niña, con el acento alegre de una infantil coquetería— que bajo el exterior de un pobre provinciano se ocultaba el corazón que debía avasallarme! Martín, usted me ha castigado por mi orgullo, porque le amo ahora demasiado. Estas últimas palabras fueron pronunciadas con un acento de apasionada melancolía, que formó un notable contraste con la viveza infantil de las primeras. —¿Se arrepiente usted de hacerme feliz? —preguntó Rivas. —Me arrepiento, al contrario, de no haberle dicho antes que le amaba —contestó la niña, con la misma melancolía. —¡Qué importa, cuando con estas solas palabras me hace usted olvidar todo lo pasado! —replicó Martín. —Pero tenemos que separarnos, y yo me resigno a este sacrificio porque se trata de la vida de usted. —Y yo también lo acepto gustoso porque sé, Leonor, que su recuerdo me alentará para luchar contra la mala suerte si ella me espera; porque sé también que mi perseverancia tendrá una inmensa compensación cuando pueda volver a su lado y escuche de su boca palabras como las que acabo de oír. —Será preciso aplazar hasta entonces nuestra felicidad dijo la niña, ahogando un suspiro que le arrancaba la idea de que en pocos momentos más dejaría de oír la voz de su amante. —Y ese día llegará pronto, ¿no es verdad? —dijo Martín, a quien, después de olvidarse por un instante de la separación que le esperaba, aquel suspiro de la niña despertó a la realidad de la situación. —¿Pronto?, sí; llegará pronto, porque yo no tendré sosiego hasta que consiga el perdón de la sentencia que pesa sobre usted. Felizmente me siento con sobrada fuerza para vencer todos los obstáculos: ni las negativas de mis padres ni las necias habladurías del mundo me arredrarán. ¿No se trata de volvernos a ver? Ah, yo tendré fuerzas y valor para todo. ¿No sabe, Martín, que sólo usted hasta hoy ha podido dominar mi voluntad? ¿Sabe usted que ha hecho casi un milagro? Yo misma no lo comprendo; pero conozco que la voluntad de usted será en adelante la mía, que sus deseos serán órdenes para mí, y que únicamente me negaría a obedecerle si usted me mandase dejarle de amar. Rivas bajó del cielo a que esas palabras, dichas con el dulcísimo acento de la mujer enamorada, habían elevado su alma, al oír la voz de Agustín, que se acercó diciéndoles: —Vamos, Martín, amigo mío, es preciso que terminen los adioses y montes a caballo. Para hacer esta advertencia, el elegante había fumado la mitad de un cigarro puro, hablando con el de a caballo no lejos del coche y diciéndose de cuando en cuando: "Es preciso ser buen amigo y dejar que se den el último adiós en paz. ¡Cáspita, el pobre muchacho ha sufrido bastante, según creo, para que yo le permita este ligero recreativo!" A favor de la oscuridad, Martín imprimió un ardiente beso en la frente de Leonor y bajó del carruaje. Leonor se cubrió el rostro con las manos y dio libre curso a las lágrimas que durante aquella conversación había contenido a duras penas. Entretanto, Rivas dio un cariñoso abrazo a Agustín y saltó sobre su caballo. —Nosotros trabajaremos acá por ti, querido —díjole Agustín—; ten cuidado no más de que no te atrapen antes de salir de Valparaíso. El mozo que te acompaña lleva una maleta para ti con un ligero equipaje; ahí encontrarás cartas de recomendación para ciertos comerciantes de Lima, amigos de papá, y además de realillos que necesitas para los gastos del viaje y los primeros que tengas que hacer en Lima; lo demás está previsto en las cartas que te hablo; vamos, todavía adiós, y buena fortuna: ¡en ruta! Estrecharon sus manos con cordial emprendió el galope después de dar una mirada de despedida a Leonor, que, inmóvil al pie del carruaje, ocultaba entre las manos su rostro bañado en lágrimas.
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