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II
Cuando el ñato y los niños salieron del zaguán, el patio estaba ya desierto.
El ñato se detuvo allí, se apartó de los niños y se acercó a la ventana de un cuarto con puerta al zaguán, de donde los chicos oyeron salir un apagado ruido metálico, como el de una cadena que alguien hiciese mover. Los dos hermanos se miraron, palideciendo. Un vivo sentimiento de angustia se reflejaba en sus facciones.
-¡Pobre loco!- dijeron, en ese tono infantil tan armonioso cuando cede a una emoción compasiva.
El ñato se había acercado a la gruesa reja de hierro que cerraba sobre el patio la pieza del zaguán.
-¿Por qué lo tienen siempre encerrado? ¿Por qué no lo sueltan al pobre? -reflexionó Javier, con generoso ardor.
-¿Por qué lo tienen siempre encerrado? ¿Por qué no lo sueltan? Vayan a preguntárselo a la pícara de su hermana, a ña Manuela, como debían llamarla, y no doña Manuela, como ella se hace llamar. No crean que está loco -repuso el mozo, echando a andar en el interior de la casa-; la malvada hermana se lo hace creer a todo el mundo; pero es una buena mentira. Ustedes verán, yo les probaré a todos que no hay tal loco. Ahí lo verán ustedes; pero no se lo digan a nadie.
Al oír la recomendación final, los chicos sintieron que les daban una orden. Lo sintieron en el acento y la expresión severa, casi conminatoria, del semblante del mancebo.
Un momento después que los chicos y el ñato Díaz se alejaron de la puerta de calle, un hombre, joven aun, llegó de afuera hasta cerca de los dueños de casa y sus convidados.
Había cierta vaga tristeza en su mirar, cierto ademán de quien no quiere trabar conversación. Mal vestido, con la barba de varios días sin afeitarse, tenía el aire enfermizo de una persona avejentada. Don Guillén procuró, sin embargo, detenerlo con nuevas observaciones sobre la fiesta del día. Don Miguel Topín agregó algunas alusiones a los sucesos que el pueblo seguía celebrando con su canción a las glorias del “triunfo marcial”.
Don Matías contestaba distraído, con una sonrisa forzada de interlocutor que desea escabullirse. Y después de un saludo de hombre corto de genio, en contorno, se retiró sin dar la mano, dirigiéndose con pasito corto de perro que huye, del lado de la casa chica, con la cabeza inclinada a la derecha, moviéndola maquinalmente, cual si repitiese su convicción de que debían estar esperándolo.
Los cuatro dieron vuelta la espalda a la calle y caminaron hacia las habitaciones de la casa grande.
Al pasar por delante de la puerta del cuarto del zaguán, invariablemente cerrada, los esposos Topín la miraron con cierto aire supersticioso, casi tímido, como la habían mirado pocos momentos antes al llegar. Luego, en el patio, evitaron volver la vista hacia la ventana enrejada.
Habían entrado al escritorio de don Guillén. La pieza tenía las dimensiones extensas de que usaban los edificadores, ya que llamarlos arquitectos sería presuntuoso, del coloniaje. Bajo la mesa, una hermosa perra de Terranova dormitaba sobre un pellón o cuero blanco de carnero. Un perro de la raza de los ratoneros dormía en una cesta muellemente tapizada con una vieja manta.
Al entrar los cuatro amigos, la perra les dio una bienvenida perezosa, meneando con lento vaivén el espeso plumero de la cola. El ratonero lo hizo con un gruñido sordo.
Don Miguel encendió un cigarrillo de hoja, y don Guillén un habano. Era un preludio de conversación. Agotado el asunto de la campaña restauradora, sobre el que habían hablado desde antes del almuerzo, doña Rosa tocó dos o tres puntos de la crónica local, escasa de interés en aquel tiempo.
Una amiga suya había salido con bien el día anterior; otra había tenido mellizos, de modo que no había ropita sino para un niño solamente.
-Falta de precaución -dijo don Miguel, con su seráfica sonrisa-; a nosotros no nos pasará eso, Rosa.
-Cállate, Miguel, no estés diciendo tonterías -dijo, con pudoroso dengue, doña Rosa-. Puesto que acabamos de hablar del loco, cuéntale a don Guillén lo que nos dijeron el otro día.
-¿Qué les han dicho?
Don Guillén se había sentado delante del escritorio, y enviaba al techo el humo de su habano. Don Miguel, sobre una gran poltrona, fumaba con aire de recogimiento su cigarrillo.
-Hombre, lo que tantos dicen por lo bajo: que don Julián no era loco cuando lo encerraron.
-¡Vaya!, cuente, pues -insistió doña Rosa.
-La verdad es que hay algo de muy grave en este asunto. Si ustedes me prometen ser discretos, voy a referirles lo que sé.
Los esposos Topín se pusieron en actitud de escuchar con recogimiento, ¡una revelación sobre lo que siempre les despertaba curiosidad al pasar por el patio y oír el ruido de la cadena del loco!
-Hay que tomar las cosas desde muy atrás -empezó el dueño de casa-. Ustedes saben que don Julián Estero era capitán de caballería del ejército pipiolo, y fue dado de baja después de la batalla de Lircay. Don Julián había abrazado la carrera militar por entusiasmo patriótico. Su situación de fortuna le permitía no depender del sueldo para vivir con holganza. Tenía, y le pertenece aún, una chacra de trescientas cuadras del lado de Chuchunco. Tiene, además de esta casa, otras dos en la calle del Puente, cerca de la plaza de abastos. Gracias a la renta de estas propiedades, su posición era muy diversa a la de los demás jefes y oficiales dados de baja, que, al perder su empleo militar, quedaron, gran parte de ellos, en la miseria, obligados, por hambre, a hacerse conspiradores. Pero don Julián, a pesar de esto, conspiraba. también. Ardiente en todas sus pasiones, su entusiasmo por la causa liberal era absoluto. Pensaba que el partido pelucón era funesto para la patria, reconquistada con tanto sacrificios del poder español; lo que él y sus partidarios llamaban la tiranía de Portales, lo exasperaba. Pero los sucesos de familia, que en el curso de los años produjeron la situación actual, se desarrollaron mucho antes de que don Julián fuera separado del ejército, es decir, mucho antes de que se hiciese conspirador contra el omnipotente ministro don Diego Portales. Su padre, don Martín Estero, gallego puro, casado, como ustedes saben, con una chilena de muy respetable familia, pudo salvarse de las proscripciones de la revolución gracias a la influencia de los parientes de su mujer. Había comprado a muy bajo precio, en tiempo del gobierno del rey, la chacra de Chuchunco, y vivió muchos años en ella, consagrado al trabajo y ajeno a las agitaciones políticas de esa época.
Más que la edad, los reumatismos imposibilitaron a don Martín, de tal manera, que para continuar atendiendo a los trabajos de la chacra tuvo que venirse a Santiago y arrendarla a su hijo Julián. El arriendo fue muy barato, como de padre a hijo. Para estimular a éste al trabajo, don Martín hizo insertar en el contrato una cláusula que estipulaba el abono de las mejoras a tasación de peritos. Poco después de hacerse cargo del fundo, don Julián volvió al servicio militar, del que se había retirado temporalmente al celebrar el contrato de arriendo. Con su espíritu exaltado, la vida del campo se le hacía insoportable. Precisamente, entonces, un íntimo amigo suyo y antiguo condiscípulo, mozo pobre, buscaba alguna ocupación. Don Julián lo puso de administrador de la chacra, después de acordar con él un plan de mejoras, y se incorporó nuevamente al ejército. Así transcurrieron algunos años.
Doña Manuela, que desde el día del arriendo había protestado contra la cláusula de la mejoras, vigilaba con espíritu receloso las plantaciones de árboles y la división del fundo en potreros cerrados con buenas tapias de adobón. El administrador defendía esos trabajos, cubriéndose con la autoridad del arrendatario, mientras que éste, lanzado en las agitaciones políticas de aquel tiempo, leía apenas, o no leía, las cartas de quejas que le enviaba su hermana a los pueblos donde se hallaban de guarnición.
Las agitaciones, mientras tanto, llevaron los partidos enemigos, el pelucón y el pipiolo, en abril de 1830, a la batalla de Lircay. Destruido el poder de los pipiolos, vino, con los pelucones, la presidencia del general don Joaquín Prieto, y lo que los vecinos llamaron la dictadura de Portales. Don Julián se hizo notar por su arrojo en Lircay, donde fue herido por salvar a su asistente, y quedó, como todos los jefes y oficiales del ejército, dado de baja.
Hizo entonces una pausa don Guillén.
-Aquí llego -dijo al cabo de un momento- a la parte más delicada de mi historia, y ustedes, don Miguel y doña Rosa, me dispensarán que vuelva a recomendarles el más profundo sigilo sobre lo que voy a contarles.
Don Miguel se sonrió con benévola malicia.
-Hable no más, amigo, ya sé lo que va a contarnos.
-Si sabe, tanto mejor; eso me quitará de la conciencia el remordimiento de revelar secretos ajenos -exclamó don Guillén, riéndose.
Dijo entonces que una intriga de amor había venido a mezclarse en la existencia de doña Manuela, a la preocupación que le causaba su ardiente querella con su hermano. Su marido, don Matías Cortaza, ocupaba en el Ministerio de la Guerra un modesto empleo de archivero, con 40 pesos al mes. La falta de medios obligaba a la señora a vegetar oscuramente entre su padre, cuyos achaques lo esclavizaban en la casa, y el marido, al que había entregado su suerte sin amor, dominada por el miedo impaciente que se apodera de no pocas muchachas ante el posible riesgo de quedarse para vestir santos, según la cruel expresión común. En esa situación mortificante, pasaron algunos años, encendiendo poco a poco en el corazón de la hermosa el femenil despecho de ver marchitarse su juventud antes que se hubiera cumplido la gran promesa de amor, que todas las mujeres se creen con derecho a exigir al destino.
-Pero el destino oyó al fin el clamor de esa alma angustiada - prosiguió diciendo don Guillén-. En una visita encontró un día doña Manuela al mayor del cuerpo de policía don Justo Quintaverde. Este oficial había llegado a conquistarse, por su carácter y servicios al partido del gobierno, una posición superior a la su jefe, el primer comandante del cuerpo.
Según la opinión corriente en el público, el mayor Quintaverde era el hombre de confianza de don Diego Portales. Infatigable perseguidor de los pipiolos, su influencia en el ánimo del ministro dictador era muy considerable. El era el más activo proveedor de reos políticos, sobre los que los tribunales militares hacían recaer el temible peso de las leyes y de los decretos draconianos con que Portales perseguía sin piedad y sin tregua a los conspiradores.
“La impresión causada por la arrogante hermosura de doña Manuela en ese corazón de soldado fue profunda, pero no fue menor la que produjeron en ella el talante marcial y la enérgica fisonomía del militar. Habían llegado, ella y él, a ese recodo de la existencia en que la necesidad de amar, despejada de las brumas del idealismo, se lanza, impetuosa, sobre las ardientes emociones de la realidad.
“Pocos días después de ese encuentro, en el que los ojos de ambos se revelaron sin disimulo la recíproca atracción de que al mismo tiempo se sintieron conmovidos, nació esa intriga de amor, funesta, más tarde, para don Julián Estero.
Doña Rosa se sintió sofocada. Con la severidad de costumbre en que había vivido desde la infancia, aquella pintura, apenas bosquejada, de una pasión adúltera, le parecía la revelación de un sacrilegio.
-Bien pensarán ustedes -continuó don Guillén- que por muchas precauciones que tomasen Quintaverde y doña Manuela, sus amores no podían quedar ignorados mucho tiempo. En pocos meses aquello no era ya un secreto para nadie, y no faltó alguien, por supuesto, que, por compasión o por malignidad, hiciese llegar el cuento a oídos de don Matías Cortaza.
“El hombre, que nunca había brillado por su alegría, cayó entonces en una profunda tristeza. Sin ninguna energía de carácter, abstúvose de pedir cuenta de la ofensa a Quintaverde, y, demasiado tímido para hacer entrar a doña Manuela en el buen camino, se le vio aislarse en un silencio melancólico y en absoluto retraimiento de lo que pasaba a su alrededor, al punto de prescindir completamente de la existencia de su mujer.
-¿Qué menos, pues, que con lo que le ha pasado el hombre se haya puesto medio tonto? - dijo doña Rosa.
-Desde entonces, ese hombre es el que ustedes han visto hace un momento: una especie de fantasma viviente, sin que pueda saberse si es odio o si es profundo desprecio el sentimiento que abriga hacia su mujer. Desde hace algún tiempo, diríase que trata de olvidar su dolor en una continua lectura. A mí me pide libros con frecuencia, pero en el último año, él mismo me ha dicho que no saldrá de la lectura de dos obras: “Robinson Crusoe” y el “Chileno Consolado en su Presidio”, por don Juan Egaña.
-Por entonces -continuó don Guillén- sobrevino la muerte de don Martín. Sus herederos se apresuraron a abrir el testamento, y pronto empezaron las particiones. Esa lucha de interés, causa de graves disturbios, y, a veces, de incurables rencores en las familias más unidas, tomó desde el principio un extraordinario carácter de violencia en la familia de los Estero.
Los débiles lazos de unión que pudieron haber existido entre ellos, quedaron cortados para siempre desde la celebración del contrato de arrendamiento de la chacra. Abierta la sucesión, la batalla ante el juez partidor amenazaba cada vez terminar por una terrible catástrofe. A duras penas conseguían los abogados calmar la excitación de sus clientes.
Hubo momentos en que el vencido de Lircay llegó, en su exasperación, hasta dar signos de insanidad. No era el interés material de obtener ventajas sobre sus hermanas lo que arrastraba a esa crisis de furor, eran las pretensiones de sus adversarios, cuando las consideraba injustas o malévolas. En el curso de los debates, el juez había tenido ocasión de notar varias veces que los sentimientos de rectitud y de equidad prevalecían generalmente en el espíritu de don Julián. Apelando a esos sentimientos, obtuvo que el capitán cediese a sus hermanas una buena parte del valor de las mejoras. Doña Manuela exigía, sin embargo, que el fundo fuera puesto en remate y el producto dividido por iguales partes entre los herederos. Una vez que fue rechazada esa exigencia, surgió entonces en la mente de doña Manuela, con una morbidez de idea fija, la de apoderarse de algún modo de los bienes de su hermano. Mientras tanto, don Julián compró entonces la casa en que nos encontrarnos, y pidió a sus hermanas que continuasen viviendo con él. Doña Manuela aceptó la oferta como el pago de una deuda, que no empeñaba de ningún modo su agradecimiento.
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