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III

III

 

“Terminado ya el juicio de particiones don Julián se lanzó, con todo el ardor de su carácter, en las conspiraciones que los cabecillas pipiolos no se cansaban de fraguar contra el poder de Portales. Los militares dados de baja después de la batalla de Lircay eran mantenidos por la inflexible voluntad de don Diego, fuera de servicio y privados de su sueldo. Don Julián Estero hacía causa común con sus menesterosos compañeros de armas, y empleaba en socorrerlos gran parte de su renta. Este fue el origen de continuas y agrias discusiones con su hermana Manuela, que había sumido de propia autoridad la dirección de la casa. En esa sorda riña de todos los días, el rencor de doña Manuela, atizaba el su hermana y del marido de ésta, para enconar cada día más el violento carácter del capitán.

 

“Otra causa contribuía al mismo tiempo a cavar al abismo de odio que le separaba de su hermana. Doña Manuela, bajo la influencia del mayor Quintaverde, era exaltada partidaria de don Diego Portales. Ardientes discusiones políticas habían sucedido con esto a las de interés. La exaltación de los ánimos llegó, poco a poco, a tal punto, que hubo momentos en que la razón de don Julián daba sospechosos indicios de extraviarse. Doña Manuela lo creyó así, por lo menos. Sin gran esfuerzo, hizo participar de su persuasión a su hermana y a don Agapito. Recordar que don Martín les había hablado muchas veces de un tío suyo, loco, muerto en España. Ese mal misterioso, decían, aparece muchas veces en alguno de los consanguíneos, una o más generaciones después, dejando inmunes a los demás de la familia. En frecuentes conciliábulos, doña Manuela les infundía sus temores. El peligro, les explicaba, era inminente. Don Julián podía de un momento a otro desprenderse, por una fantasía de demente, de todos sus bienes, en favor de lo que él llamaba la causa de la libertad, y dejarlos en la calle. Era un acto de caridad hacia él, de propias defensa para ellos, el poner a un hombre amenazado de volverse loco furioso en la imposibilidad de dañarse a sí mismo y de arruinar a sus parientes. El deber de encerrarlo a fin de evitarle, además, que se comprometiese en alguna loca empresa revolucionaria y llegase a parecer en un cadalso, era imprescindible para ellos. Sinforosa y don Agapito declararon que Manuela era la única que podía hacer ese bien a la familia. Sinforosa había vivido siempre dominada por su hermana mayor. Don Agapito, sin otras aptitudes que las de

hacer jaulas para los jilgueros, y salir todos lo domingo del invierno a cazar con lo hijos de don Guillén, y de hacerles sus volantines en verano, no tenía tampoco más voluntad que la de su cuñada. Ella se encargó, por consiguiente, de la defensa del presunto loco,

secuestrándolo en la casa y apoderándose de la gestión de sus bienes.

 

“La empresa tenía muy serios peligros. Y luego, era menester presentar razones que

justificasen la detención del capitán, desde que esta medida no podría llevarse a cabo sino en virtud de mandato judicial.

 

-Condujo el asunto con singular astucia. El drama de familia tuvo peripecias que necesitaban de consumada habilidad para dirigirlas. Ustedes no se figuran, por supuesto - dijo, decidiéndose a continuar-, que yo haya sabido lo que les voy contando y los dramáticos sucesos que me quedan que referirles, sin la intervención de otras personas; de dos principalmente, que no nombraría si no hubiese muerto, por desgracia, una de ellas.

 

-¿Quienes eran, don Guillén? -preguntaron simultáneamente los esposos Topín, llenos de curiosidad.

 

-No tengo embarazo de nombrarlas; una de esas personas fue el famoso ministro Diego

Portales.

 

-¡Don Diego! -exclamó admirado don Miguel.

 

-Precisamente. Ustedes saben que siempre me favoreció con su amistad y no ignoran que, a pesar de su genio de gran político, don Diego tenía un carácter chistoso, que era

amiguísimo de chanzas y no desdeñaba ocuparse de cuanta historieta pública o privada

corría por Santiago. La otra persona por la que supe lo principal de la historia fue el mayor Quintaverde. Era en 1836. Portales organizaba con infatigable actividad la segunda expedición al Perú, no figurándose ciertamente que la primera víctima de esa expedición sería el mismo. Un día me hizo decir por el oficial mayor del ministerio que tenía que hablarme. Cuando entré a su despacho, don Diego se hallaba escribiendo. Sin dejar su asiento, me envió una sonrisa como saludo.

 

“-¡Ah!,¡Don Guillén!, siéntese y dispénseme -dijo continuando su trabajo.

 

Yo había pasado algún tiempo sin encontrarme con él y fue la última vez que lo vi. Por eso es que conservo muy frescos en la memoria todos los pormenores de nuestra entrevista. Encorvado sobre el escritorio su cuerpo fino y elegante, parecía sentir la

fatiga de sus grandes labores. Quería tratar conmigo sobre la compra de unos caballos y de algunas cecinas de mi hacienda del Sur, que se necesitaban para el ejército expedicionario acantonado en Quillota. El trato sobre precios, épocas de entrega y demás detalles del convenio se hizo fácilmente.

 

Don Diego escribió sobre un papel las cláusulas concertadas, hizo llamar a uno de. los oficiales de pluma del despacho y le entregó el papel.

 

Hasta entonces era el ministro quien había hablado. Serio, casi adusto, su semblante era el de un hombre de negocios que trata de un asunto corriente. Cuando el empleado salió de la sala, una luz de franca alegría iluminó las facciones del hombre de mundo.

 

“-Ah!, ¡don Guillén! -exclamó en tono familiar-, me dicen que usted ha arrendado la casa de las Estero en la Callada.

 

“-Es verdad, una parte de la casa.

 

“-Sí, ya estoy, ¿una parte? ¿El loco entra también en el arriendo?

 

“-No, el loco queda de cuenta de la arrendadora -le dije- ¡ Que no tiene malos bigotes,

caramba!

 

“-Cierto, es muy hermosa. ¡Pero tiene dueño, don Guillén, cuidado!

 

-“Sí, sumando, ya lo sé.

 

“-¡Tiene dos dueños entonces! Puesto que usted dice: yo lo había oído ya también. Hace tiempo, desde que me dijeron que usted había arrendado la casa de las Estero, me proponía preguntarle por el loco. ¿Siempre está ahí?

 

“-Siempre.

 

“-Porque, vea usted, el loco es casi un reo político. ¿Cree usted que está realmente loco?

 

“-No podría decirlo. A veces cuentan que está furioso.

 

“-¡Vean que gracia!; cualquier hombre encerrado por fuerza, si tiene sangre en las venas, ha de parecer loco furioso. Lo que yo sé es que el ex capitán Estero es un conspirador, y conspirador peligroso.

 

“Se puso de pie al hablar así. La jovialidad de su rostro había desaparecido. Las pálidas mejillas tomaron un tinte sonrosado, y en los ojos, un relámpago de acero que reflejaba un rayo de luz hizo aparecer al batallador incontrastable.

 

“-Aquí tengo las pruebas -dijo, mostrando un estante con papeles, al lado de la gran mesa escritorio-. Que el hombre esté preso en su propia casa, o preso en la cárcel, tanto vale, puesto que donde se encuentra está bien vigilado. ¿Conoce usted al mayor Quintaverde, de la policía?

 

-Mucho; ha estado en mi hacienda varias veces en sus viajes al Sur a comprar caballos para su Cuerpo.

 

“-Es una concesión que le he hecho, la de permitir que encerrasen a Estero en su casa, en vez de ponerlo en la cárcel. ¿Por qué vino a pedírmelo como más conveniente al servicio?; eso es cuenta entre él y su arrendadora, don Guillén. En cuanto a mí, tengo plena confianza en Quintaverde, y no me meto en sus amores. Cuando lo vea, pregúntele cómo pudo apoderase del ex capitán y darle por carcelera a la hermana. Será curioso saberlo. Yo no he querido indagarlo para evitarle la confidencia de su enredo con la patrona.

 

“Estaba ya jovial, parecía divertirse con la intriga amorosa de Quintaverde. En ese momento entró el oficial mayor con el contrato, que firmamos en doble ejemplar.

 

“Me despedí pocos momentos después, el tiempo necesario para poner el contrato en mi cartera. Don Diego me dio la mano, hablándome en tono de broma de los peligrosos ojos de la patrona.

 

“Fue la última vez que nos vimos. Poco después vino la revolución de Quillota y el

asesinato del pobre don Diego.

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