Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

IV

IV

Eran las doce del día cuando los chicos y el ñato llegaron a la huerta. Al atravesar el segundo patio, el patio de los caballos, Díaz había echado una rápida ojeada a un pieza oscura, sin puerta, que servía de palomar. Don Guillén, aficionado a toda clase de aves, mantenía y multiplicaba ahí las más interesantes variedades de la raza de palomas. El mozo divisó en el fondo de esa pieza una escalera que servía a los criados de la casa para sacar de los nidos, hechos en pequeñas cestas de mimbres colgadas en la parte alta de la paredes, los pichones destinados a la mesa. La vista de esa escalera pareció causarle viva satisfacción; pero, sin detenerse, continuó su alegre marcha con los niños, hasta encontrarse en medio de la huerta. Una plenitud de vida los hizo entonces echarse a correr por el espacioso recinto, cual si quisiera gastar la exuberancia de vigor que los rayos de sol, al caer perpendicular sobre ellos, hacían precipitarse por sus venas, en un impulso animal de violenta circulación.

Era uno de esos días de luz, en que se desvanecen los cuidados a impulso de un supremo contentamiento. Llegó un momento en que los dos chicos y el ñato sintieron que habían corrido bastante. Dejando a los niños ocupados en buscar nidos de pájaros en los hoyos de las tapias socavadas por el tiempo, el joven corrió hacia el patio de los caballos y apareció un instante después en la huerta, trayendo a cuestas la escalera que había divisado al fondo del palomar.

Ahora - repuso Díaz- vamos a sentarnos quietecitos y hablaré del loco. No es loco, ni nunca lo ha sido; es la pícara de doña Manuela que lo ha encerrado, haciendo creer que es loco, para apoderarse de la plata de don Julián.

La voz del mozo se hizo enfáticamente afirmativa. El joven que así les hablaba tenía para ellos el prestigio de una gran personalidad. Era proverbial su fama en todo el barrio, y hasta en los barrios circunvecinos. Pronto entró el ñato en la casa de los Estero, a favor del cariño y de la familiaridad con que era tratado por los niños de don Guillén. So pretexto de ayudar a don Agapito en sus labores, el mozo podía andar libremente por toda la casa, conocer los hábitos de la familia y encontrarse a hurtadillas con Deidamia, después de establecer con ella una especie de clave para el expresivo lenguaje de las miradas. La inesperada acogida que encontraron sus ojos en la picara sonrisa de Deidamia le dada una fe desconocida en su estrella, le expandía el alma con la inefable ilusión del ser amado.

Esa impunidad en la dicha no podía, desgraciadamente, prolongarse sin término. Una tarde en que doña Manuela había vuelto inopinadamente de fuera, en que Sinforosa dormía una siesta suplementaria y en que don Agapito y los niños fabricaban un volantín de a cuatro, destinado a echar comisión con una estrella de la vecindad, los enamorados, jurándose eterna fe en el comedor, con las manos inocentemente entrelazadas, sintieron de súbito la voz de doña Manuela con una granizada de coscorrones y denuestos proporcionados a la violencia de su enojo. Deidamia buscó la salvación en la fuga; pero el ñato, en quien habló al momento la dignidad ofendida, se encaró airado ante la grosera, con ojos centellantes de cólera: “Agradezca no más que es mujer, porque si no la aventaba de un guantón para enseñarle a dar coscachos”.

-¡Sal de aquí, ñato atrevido; ñato indecente!, ¡No te atrevas en la vida a volver a pisar esta casa, so ñato sinvergüenza!

Díaz creyó prudente retirarse, en buen orden; lanzándole su protesta.

-No te dé cuidado, vieja tal por cual; no volverás a verme en tu casa; pero me las has de pagar, yo te enseñaré a dar coscachos y escobazos.

Salió ardiendo Díaz en sed de venganza. Un deseo caritativo, latente en su pecho con el sueño perezoso de las buenas intenciones, le salió al encuentro. En su sobreexcitación diole entonces definida forma a su pensamiento: ¡ Libertar al loco! “Abrir las puertas de su prisión al infeliz, ponerlo a cubierto de toda persecución, sería un tremendo golpe dado a la altanera señora”, pensaba, caminando hacia su casa Carlos Díaz.

Desde ese momento persiguió su propósito con tenacidad de inventor.

Entrando al patio a la hora de la siesta, pudo muchas veces acercarse a la reja del prisionero, decirle la compasión que le inspirada, persuadirlo poco a poco de su deseo de devolverle la libertad. En esas conversaciones a hurtadillas, interrumpidas y reanudadas según las posibilidades del momento, el mocito llegó a convencerse de que don Julián conservaba bastante juicio para raciocinar con acierto sobre el plan de evasión que le exponía.

Activo y práctico, espoleado por su encono hacia la carcelera implacable, el ñato no tardó en dar pruebas a don Julián de la seriedad de sus propósitos. Un día trájole una lima de acero y pudo con gran destreza tirarla, bien envuelta en un pedazo de tela, a los pies de don Julián. Con ella debía ir desgastando poco a poco el hierro del grillete que lo mantenía sujeto al grueso pilar plantado en medio de la pieza. En los primeros tiempos de su encierro, Estero tuvo estallidos de ira, con rugidos de fiera quemada por el hierro de ascuas.

Una vez acometió al único hombre que entraba en su prisión a traerle alimento, estuvo a punto de ahorcarlo con la tremenda presión de sus dedos. Fue preciso traer soldados del cuartel de artillería y hubo entonces una terrible lucha, en la que el loco cayó herido de un sablazo. Guillén y Javier conservaban en la memoria, con el terror de la niñez, la imagen ensangrentada del cautivo. Desde entonces, un grillete lo mantenía sin poder alejarse del pilar. La tradición de estos incidentes mantenía en todo el barrio su leyenda de terror.

I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX | X | XI | XII | XIII | XIV | XV | XVI | XVII | XVIII | XIX | XX | XXI | XXII

Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006