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IX Des de temprano, aquel día, Cortaza se había despertado con la opresión de un presentimiento amenazador. La promesa que le había arrancado Carlos Díaz de dejar la llave del calabozo del loco en un punto donde el joven pudiese tomarla en momento oportuno, le causaba un peligro al que ya le era imposible substraerse. En su soledad del ministerio, las horas parecían precipitar-se para acelerar la llegada de aquella hora en que debía dar cumplimiento a su promesa. Y esa hora lo sorprendió como un peligro inesperado, al verla, señalada por los punteros del reloj. Aunque desfalleciente, encontró fuerzas, sin embargo, para poner en orden los papeles diseminados sobre la mesa, para darse una ocupación que pudiera distraerlo del pensamiento velador que lo atormentaba. En la calle todo era luz y movimiento. A medida que avanzaba hacia la casa, los grupos de gente que se dirigían a presenciar las comisiones se hacían más compactos y bulliciosos. A poco no tardó en encontrarse en plena turba agitada por la expectativa de la batalla que iba a trabarse. Al llegar a la puerta de la casa había ya resonado en sus oídos, en medio de los comentarios del pueblo, los nombres de los volantineros más afamados en Santiago, que habían venido a responder al desafío de la estrella de la casa de don Guillén. Inclinando la cabeza hacia el hombro con el movimiento que le era peculiar, Cortaza entró al patio y se dirigió a las habitaciones de la casa chica. Todo estaba allí silencioso: la familia se encontraba entre los convidados de la casa grande. Parecióle que el momento era propicio, y, con una resolución de que no se creía capaz, sacó la llave del escondite que le era conocido y la colocó a la entrada de las habitaciones en el punto convenido con el ñato. Tras esto, deslizóse furtivamente hasta la huerta solitaria, desde donde se puso a contemplar en su rincón favorito la animación del espacio poblado por numerosos volantines. Las estrellas de gran magnitud, como era la de Díaz, no podían ser manejadas por la fuerza de un hombre desde que entraba en comisión. La roldana es un punto de apoyo para toda la maniobra. El cordel posado entre la rueda y el poste que la sostiene, le comunica el movimiento giratorio que permite, sea recogerlo, sea dejarlo correr cuando varias personas reunidas tiran de esa cuerda, como en una maniobra marinera. Díaz dirigía la operación con autoridad. Los chicuelos y don Agapito, diestros en todos los movimientos que esa operación exigía, ejecutaron sus órdenes con militar precisión. En pocos minutos, el cordel fue pasado por la roldana, y la estrella, a medida que se le largaba, subía majestuosamente a una altura considerable. El ñato, penetrado de la importancia y de la responsabilidad que le cabían en la escena que se preparaba, no se atrevía a dar vuelta la cabeza para mirar a Deidamia. Sentía sobre él los ojos de la chica, oía su voz en el murmullo de las conversaciones de los espectadores, y se mantenía inmóvil, fijos los ojos en la lejana estrella, resuelto a empeñar el combate en el primer instante propicio. El interés de los convidados aumentaba a medida que aparecían los combatientes. Conocedores todos ellos, hacían comentarnos sobre los volantines más importantes, nombraban a los dueños según los colores de que estaban pintados. El de a seis, de cuatro pintas rojas, era indudablemente manejado por el Colorín, así nombraban a los demás aficionados, dirigiendo a veces advertencias a Díaz, para tenerlos en guardia contra las acechanzas de sus adversarios. De repente cesaron todas las conversaciones. En el patio reinó un profundo silencio. La atención general se concentró en los volantines del Colorín y del tuerto, que se encontraban ya a la altura de la estrella. Apretando el cordel con las dos manos, rígido el cuerpo tras la roldana, Díaz con la profunda mirada fija en los enemigos allá a lo lejos, que subían, mostraba en su ademán la fría resolución de un luchador seguro de sus fuerzas. Al lado de la roldana don Agapito Linares, con una tetera llena de agua, estaba encargado de la importante función de mantener mojado el cordel durante la carrera. Los que debían correr la estrella seguían inmóviles, pendientes de las órdenes del ñato. Poco a poco el volantín de las pintas rojas, merced al impulso de los movimientos que le comunicaba tirateando el Colorín, llegó a encontrarse al lado de la estrella, amenazando darle una coleada. La comisión estaba así empeñada. La ansiedad entonces fue intensa. Todos contemplaban a la grande estrella y su osado adversario sin atreverse a hablar. La incertidumbre no podía, sin embargo, prolongarse. El volantín, mediante una súbita ladeada, que con maestra osadía le imprimió su dueño, logró levantar la cola de la estrella sin darle tiempo a burlar esa maniobra. Faltándole el contrapeso de la cola, la estrella dio entonces un vuelco precipitado como si fuese a hundirse irremediablemente en el vacío. La estrella, con efecto, después de describir en el aire una extensa parábola, en la que cogió de paso al volantín de la banda negra y a otro que por allí se hallaba, había empezado a remontarse, desafiando a sus enemigos, con sonoros crujidos, que pudieron oír distintamente los de abajo. Estruendosos aplausos estallaron entonces entre los convidados ante el cuadro que se les ofrecía a la vista. Cogidos en los garfios del cordel, los tres volantines, cautivos humildes, inofensivos ya, seguían a la estrella en su marcha triunfante. Con la tensión de la revuelta, el hilo del de las cuatro pintas se había cortado. El de las banda negra y el otro volantín corrieron la misma suerte. Antes de poder luchar, arrebatados por la estrella al levantarse de su revuelta, los hilos de uno y otro habían caído en los garfios, sin poder resistir a la tirantez del cordel que vanamente trataron de cortar tiranteando con desesperado esfuerzo. La victoria de la estrella era completa y superaba las más audaces esperanzas de su dueño. Los circunstantes no se cansaban de celebrar su consumada pericia. -¡Viva Carlos Díaz! -gritaban hombres y mujeres, entusiasmados. Pero, de repente, una exclamación de espanto sucedió a las aclamaciones del triunfo. -¡Cortada!, ¡Cortada! El cordel se había cortado cerca de la roldana. La triunfante estrella, arrastrando a sus tres cautivos, se empezó a alejar, lentamente, en el espacio, con inclinaciones de ave herida. El ñato, fuera de sí por tan inesperado contraste, soltó el cordel de la manos, y echó a correr hacia la calle. ¡Seguro que se la echaron con hilo curado! Todos pensaron como Díaz en el hilo curado; es decir el hilo de alguno de los volantines en el que se hubiera puesto algún ingrediente capaz de cortar el cordel de la estrella. La verdadera explicación del misterio estaba en otra parte. Don Agapito Linares lo había anunciado a su mujer y a su cuñada, como una venganza con la que él lavaría a doña Manuela de la afrenta de la Alameda. Encargado de mantener húmeda la rueda de la roldana durante la comisión, don Agapito aprovechó el interés con que todos seguían los incidentes que iban corriendo, para verter el agua de la tetera al lado de la rueda, sin mojarla. El continuo roce del cordel con la madera la había recalentado de tal modo, que el cordel se cortó como si se hubiese quemado. Apenas vio don Agapito realizada su venganza, dejó caer un chorro de agua sobre la roldana, de manera que nadie pudo darse cuenta de su ardid. La catástrofe no había privado, sin embargo, al ñato de su sangre fría. En vez de salir, desatentado, a la calle, precipitóse sobre la puerta de comunicación de la casa chica con el corredor del patio. No había olvidado por un momento la promesa de Cortaza de dejarle tras esa puerta la llave del calabozo del loco. Su alegría fue inmensa al ver que el archivero había cumplido su palabra. La posesión de la llave lo compensaba ampliamente de la penosa impresión que acababa de sufrir. En un segundo se apoderó del precioso instrumento y llegó casi sin haberse detenido a la ventana del cautivo. -Don Julián, soy yo, Carlos Díaz. ¿Estará usted listo para la noche? -Listo, hijo mío -respondió, como un eco lejano, la voz de adentro. -Bueno, pues, no se descuide; hasta luego. Siguió después corriendo hacia la calle. Sus ojos se dirigieron, ansiosos al oriente. Sin detenerse, pudo ver su hermosa estrella bajar con lentitud, balanceándose al capricho del viento, semejante a una embarcación abandonada. Abajo, oprimiéndose y empujándose, una turba de pueblo, apiñada, levantaba sus manos en el aire, esperando su presa. El ñato se lanzó a disputar los despojos de su propia estrella.
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