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V

V

Díaz se aseguró de que nadie había en el patio y corrió a la ventana del loco.

-Don Julián, aquí estoy yo. ¿Me oye bien?

-Sí, te oigo -contestó la voz del prisionero.

-Dígame, ¿podrá tener el grillete limado para mañana por la noche?

-Seguramente

-Porque creo que mañana, poco después de anochecer, podré abrirle la puerta.

-¡Ah! ¡Ojalá, Dios te ayude! -exclamó la voz dolorida de adentro, como invocando una esperanza casi quimérica.

-A lo menos yo haré todo lo que pueda: esté pronto. Adiós, me escapo antes que alguien me vea.

Desde que oyera a los chicos lo del convite de doña Manuela, la idea que el oficialito haría sus piruetas de zamacueca con Deidamia, le parecía un triunfo vengador.

Los obstáculos era formidables en su aparente sencillez. El único que hasta ese momento parecía vencido era el que presentaba el grillete que mantenía a don Julián sujeto al pilar central de su prisión. Pero había que abrir la puerta de éste, y para ello indispensable tener la llave, que guardaba doña Manuela. Y después, aun superaba esa dificultad, no era posible que el prisionero pudiese huir al encontrarse en el zaguán sin abrirle la puerta de la calle que la señora de Cortaza hacía cerrar, o cerraba ella misma, al anochecer, de miedo que entrasen ladrones.

Estas reflexiones se agolpaban en la mente de Díaz, mientras iba por la calle sin saber donde se dirigía. La corriente de la turba popular aumentaba con rapidez. Todas las calles que desembocaban al Norte y al Sur de la Alameda vaciaban sus grupos de rotos y de chinas en masas compactas de abigarrados colores. Al cabo de algún tiempo, llegó a estas conclusiones: o conquistar la complicidad de don Matías Cortaza, o servirse de Guillén y Javier como auxiliares para el ataque decisivo. No le parecía imposible lo primero por el rencor del empleado ministerial contra su mujer, que a veces, en su melancólica concentración, había dejado traslucir delante de él. Lo segundo era un arbitrio desesperado de general que compromete toda su reserva por salvar su ejército en derrota. Sabía que los dos niños conocían perfectamente todos los muebles, todos los rincones de la casa chica, a fuerza de jugar días enteros a las escondidas con Deidamia y a veces también con don Agapito. El ñato consideraba que muy probablemente Guillén y Javier conocerían muy bien el escondite donde guardaba la dueña de la casa una de las llaves que le interesaban.

Resueltamente se encaminó hacia la oficina del Ministerio de Guerra, en el que Cortaza era archivero y oficial de pluma. Estaba seguro de que, a pesar de la gran festividad de aquel día, el marido de doña Manuela se encontraría en su puesto, aun cuando no tuviera que despachar algún trabajo atrasado. Don Matías era el tipo perfecto de aquellos funcionarios bajo el férreo régimen de don Diego Portales, que habían convertido en devoción el severo deber de no faltar jamás a la oficina.

Al ver entrar al ñato hubo en los ojos de Cortaza un pálido fulgor de contento. El mozo había sido siempre cortés con él y respetuoso. Su franca fisonomía de niño alegre inspiraba al archivero esa especie de envidia benévola con que los ánimos melancólicos se comparan a los que viven contentos.

-¡Don Carlitos! ¿Qué anda haciendo por aquí? -exclamó con su voz ronca de fumador inveterado.

-Tal vez le va parecer un disparate lo que voy a decirle. ¿Me promete que no se reirá y que pensará bien su respuesta?.

-Vaya, ¡ cuantas promesas, don Carlitos! Diga no más, usted sabe que yo nunca me río, y no me habría de reír de usted.

Aquella intervención del muchacho en su descolorida existencia le procuraba una especie de alivio, un calmante a su enfermiza preocupación de todos lo momentos.

El ñato se sintió animado con la respuesta.

-Oiga, pues, don Matías; yo he jurado que. he de sacar a don Julián de donde lo tienen por fuerza, ¿qué le parece?.

Casi dio un salto sobre su silla el archivero.

Al oír esa declaración ex abrupto, al ver la resuelta actitud de que había tomado el mozo, al recibir de lleno el rayo de resolución que despidieron sus ojos, Cortazá se quedó perplejo.

-¡Quiere sacar al loco! ¡Vaya hombre!, ¿y por qué?

-Porque don Julián no está loco; don Julián está tan bien como usted y yo.

Para no contestar, tomo uno de los legajos que tenía delante de si, e hizo ademán de colocarlo en un estante. Pero al notar que lo había cogido con la mano derecha, dejó precipitadamente los papeles sobre la mesa y se quedó de pie, haciendo movimientos apenas perceptibles con las manos; una especie de exorcismo misterioso, que habría de evitarle el tener que mezclarse en ningún asunto de su mujer.

El ñato prorrumpió en una carcajada sarcástica al ver que don Matías no le contestaba.

-¿No le han contado que el otro día me dio de coscachos porque me pilló hablando con la Deidamia?.

Don Matías afirmó con la cabeza, sonriéndose como a pesar suyo.

-¿Y no sabe lo que su mujer acaba de hacerme? Porque me encontró hablando en la huerta con la Deidamita, me tiró a la cara un jeringazo de agua puerca.

-¿Y cómo estaba usted en la huerta?

-No estaba en la huerta, estaba sobre la tapia.

-Vaya, ¡que diablo de mujer! No hay que meterse con mujeres.

-Anlinese, señor -insistió Díaz-, y mañana en la noche yo le prometo que hago arrancarse al pobre don Julián.

-Pero, ¿qué puedo hacer yo, hombre?

-Pero no es usted el que va sacarlo, soy yo solito, don Matías.

-¿Y entonces? ¿Para que viene a contármelo a mí?

-Para que me ayude dándome la llave del calabozo.

-¿Yo? ¡La llave! ¿De donde quiere que saque la llave? ¡Válganos Dios!

-Usted sabe muy bien donde la guarda doña Manuela. No me diga que no, don Matías, usted lo sabe muy bien.

-¿Entonces usted quiere que yo le robe la llave a Mañunga?

La tentación de una venganza anónima, el miraje de rescatar la humillación de su existencia, no le parecían ya marasmo de su melancolía.

El ñato volvió a su argumento:

-Usted no tiene nada que temer; nadie sabrá que usted me habrá dado la llave, nadie tampoco sentirá nada, porque a esas horas estarán bailando zamacueca en el comedor de su casa.

-¿Zamacueca? ¿Qué está hablando, hombre? ¿Quién estará bailando zamacueca?

Se pintaba en el rostro del infeliz archivero la más profunda estupefacción.

-¿Entonces usted no sabe nada? ¿Usted no sabe que esta tarde llega el oficialillo, el novio de la Deidamia, y que mañana en la noche irá a cenar con su tío a casa de usted?

-¿Con su tío? ¿Con qué tío?

-Con su tío, el mayor Quintaverde.

Cortaza quedó anonadado. “Jamás su mujer había tenido la audacia de hacer entrar a su amante en la casa. Nada, tampoco había para humillarlo. delante de los demás. Desde el día siguiente, el mayor vendría de visita todos los días, vendría a cenar, a jugar la malilla.

Llegaría el tiempo en que a él lo echarían a los cuartos de los criados y el soldadote quedaría en la casa”.

Cortaza no volvía de su estupor. Ya desde el día fatal vivía anidada en su pecho, como una víbora ponzoñosa, esa idea de infidelidad de su mujer,. ese torcedor de la existencia de un hombre, que le había robado la felicidad.

Díaz se paró delante de él con aire de seriedad burlona.

-Puesto que usted lo quiere, déjelos que bailen. Si no le gusta, en su mano está impedirlo; no tiene más que sacarle la llave a su mujer y dármela a mí. ¡ Buena la cueca que bailarían todos entonces!

-No le faltaré, cuente conmigo -se apresuró a contestar don Matías, esperando verse libre de tan terrible visitante.

-Eso es, cuento con usted, y usted cuenta conmigo. Yo sujetaré al mayor, que se estará aprontando para la zamacueca de esa noche.

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