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VI

VI

Al regresar del ministerio, Cortaza había encontrado a los de su familia bajando hacia la Alameda. Todos iban vestidos de gala. La hermosura de su mujer, ataviada de fiesta, rejuvenecida con el artístico peinado, con el brillo que la expectativa de la fiesta comunicaba a su rostro, lo hirió dolorosamente.

Ella iba, sin duda, a ver en el paseo al maldito mayor. Para él se componía con su mantilla de blonda prendida por una peineta monumental de carey; con sus largos pendientes de filigrana, con su más rico vestido.

-Tío, ¿qué no viene al tablado? -le preguntó Deidamia.

La felicidad la ponía cariñosa, la tomaba compasiva hacia el pobre hombre, siempre sumido en su tristeza.

-No, hijita; vayan ustedes.

La tempestad, en su pecho, siguió rugiendo mientras que caminaba hacia la casa.

El ejército había pasado ya los suburbios y se aproximaba a la Alameda. Las bandas de músicos de la guardia nacional, distribuidas en tablados a distancias convenientes, a lo largo de la carrera que debían recorrer las tropas, habían ya fatigado sus bríos con el himno de Yungay, cuando las primeras columnas de los triunfadores entraron en el paseo al son de un animado paso doble, tocado por la banda del batallón Carampangue, que marchaba a la cabeza del ejército. Un formidable grito de ¡Viva Chile! se elevó instantáneamente por los aires. Las manos aplaudían con frenético entusiasmo.

Una turba de muchachos y de hombres jóvenes había entrado en la Alameda, precediendo a la primera banda de músicos. Al frente de esa turba, los del tablado de don Guillén y los Estero reconocieron al ñato Díaz batiendo una bandera nacional, alborozado, en medio del cardumen de chicuelos que lo rodeaba. El ñato, con aire victorioso, inclinó su bandera delante de Deidamia y delante del tablado de don Guillén, enviándoles una sonrisa de juvenil alegría. La chica y los niños aplaudieron, lanzándole manojos de flores entre la lluvia de millares de ellas que caían sobre la banda de músicos y sobre la tropa.

A mitad de la gran columna en marcha avanzaba sobre un brioso caballo de guerra el general en jefe del ejército restaurador, don Manuel Bulnes. Lo acompañaba, a su derecha, el presidente de la República. El más brillante Estado Mayor que jamás se hubiera visto en ninguna de las fiestas patrias le formaba escolta. Al verlo pasar, un trueno de voces resonaba en los aires, se sobreponía al toque de las bandas de músicos y subía al cielo en un clamoreo de ovación delirante.

En el momento de detenerse bajo el arco el joven general con el Presidente de la República y el numeroso séquito de su escolta, la orquesta prorrumpió con el solemne y acompasado coro de la canción nacional. Todos los circunstantes y el pueblo alrededor entonaron conmovidos:

Ciudadanos, el amor sagrado
De la patria os convoca a la lid.

Las tropas habían seguido desfilando con toda regularidad, pero con paso más redoblado que el de los primeros batallones.

Aunque con menos ardor, el público seguía aplaudiendo. Muchos, cansados ya de vociferar, se entretenían comunicando a los vecinos el nombre de los batallones que pasaban. El Pudeto, el Maipú, el Santiago. La familia Estero sabía que Emilio Cardonel llegaba de la campaña con el grado de capitán.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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