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VII

VII

Doña Manuela, rejuvenecida con los afeites y las galas de su traje, llamaba la atención de los paseantes por la natural majestad de su porte y la altivez serena de su frente. Al decir de las señoras que pasaban cerca de ella, la Mañunga Estero estaba en su día.

El ñato, mientras tanto, había continuado en paciente observación detrás del álamo donde asistía con Chanfaina al desfile de las últimas tropas. Viendo bajar de su tablado a la familia Estero, cogió con fuerza uno de los brazos del roto, que se mantenía inmóvil a su lado.

-¿Ves?, ahí se bajan todos, no los pierdas de vista. Ahora se ponen a andar para abajo y los ves bien. ¿Cuál es la señora que te he dicho? A ver, señálamela.

-Aquella grande, pues, patrón, la que va con mantilla blanca.

-Bueno, pues, ya es tiempo; yo voy a estar cerquita de ti; cuidado con irte a equivocar, porque te mato. Anda, anda, sin llamar la atención; yo te sigo.

Tras estas recomendaciones salía con Chanfaina del escondite y lo empujaba suavemente en dirección de la familia Estero.

Chanfaina, con la inclinación de la cabeza del toro que hace una embestida, se lanzó en la apretura. Gracias a la inclinación de su monstruoso rostro hacia el suelo, pud9 deslizarse entre la gente que lo tomaba por un roto cualquiera. Así llegó a encontrarse, en dos o tres minutos, frente a las Estero. El ñato se había puesto a andar al lado de los Topín. Don Miguel iba todavía deplorando la triste ausencia de don Diego Portales de aquella fiesta, que consagraba la gloria de] grande hombre de Estado.

En ese instante se vio al feroz Chanfaina enderezarse. Levantando el pecho como un atleta pronto a medir sus fuerzas con un adversario, lanzóse, con los brazos abiertos, sobre la hermosa doña Manuela, cubriéndole el rostro de apasionados y ruidosos besos, antes que nadie hubiese tenido tiempo, ni suficiente presencia de espíritu, para separarlo de ella.

Un gran tumulto se produjo entonces con aquel salvaje cuanto inesperado ataque. Gritaba despavorida de humillación doña Manuela; huía chillando, enredándose en sus enaguas, Sinforosa; agitábase vociferando y sin darse cuenta de lo que ocurría, don Agapito; y, envueltos con los que bajaban los que subían la Alameda, aumentábase la general confusión, en la que ya no era posible que nadie hablase con calma.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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