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VIII

VIII

Para el ñato, aquel era un gran día: Cortaza lo pondría en posesión de la llave del cuarto del zaguán. De ello le respondía el terror del marido de doña Manuela de ver llegar esa noche al mayor Quintaverde a su casa. Mas, para poder usar esa llave, el ñato sabía que le era indispensable poseer también la de la puerta de calle, sin la cual no podía entrar al patio.

Don Matías se había negado redondamente a servirle para esto. La puerta de la calle sería abierta para dejar entrar al mayor Quintaverde con el prometido de Deidamia y quedaría cerrada después de esto. Cortaza no habría osado ausentarse de la mesa de la cena y salir al patio en busca de la llave para darla a Carlos Díaz.

De temor de ser denunciado, Díaz no se habría tampoco expuesto a hacer la menor insinuación a ninguno de los otros habitantes de la casa sobre esa llave indispensable. El previo conocimiento de esta dificultad lo había obligado a preparar el ánimo de los niños, el día anterior, en ese sentido, inventando una historia de volantines capaz de interesarlos hasta el punto de hacerlos ir en la noche para abrirle la puerta de calle.

Decidió que daría sus instrucciones a Guillén y Javier apenas se encontrase con ellos en la huerta, según estaba convenido, para encumbrar la gran estrella de que había hablado en su conversación con don Matías.

En medio de esas meditaciones, no había perdido de vista, sin embargo, la carta que debía escribir al mayor Quintaverde, para evitar que asistiese en la noche al convite de doña Manuela. Ya había impuesto el día anterior a Cortaza de lo que sería el contenido de esa carta. Con detalles que daban a su ardid todas las apariencias de una denuncia de hechos verdaderos, Díaz escribió al comandante de policía una elaborada relación de un supuesto motín que debía estallar en Santiago al amanecer del día siguiente. Los conspiradores, oficiales y paisanos, todos hombres resueltos y con influencia en algunos cuerpos de la guarnición, debían reunirse en la noche en casa de uno de ellos, en la calle de San Pablo, para salir de ahí al amanecer a los distintos cuarteles, de los que otros conjurados del interior debían abrirles las puertas. La carta encarecía al mayor Quintaverde la necesidad indispensable de no confiar a subalternos, que podían estar cohechados por los revolucionarios, el cuidado de vigilar la casa y esperar las altas horas de la noche para prenderlos cuando se dispusieran a salir. Díaz señalaba una de las más distantes habitaciones de la calle San Pablo, a fin de que el mayor no tuviese la tentación de presentarse donde las Estero antes de ir a ocupar su puesto de vigilancia para ver entrar a los conspiradores. Después de dejar instrucciones a la criada de sus tías, de cuya fidelidad estaba perfectamente seguro, de manera que su carta llegase a manos de Quintaverde pasada la oración, Carlos Díaz aguardó el momento de trasladarse a casa de don Guillén, donde lo esperaban ansiosos los chicuelos para encumbrar la famosa estrella.

En la puerta de calle, Guillén y Javier lo esperaban impacientes. Desde la mañana habían observado las variaciones de la atmósfera.

El juego a los volantines, pasatiempo entonces favorito en todas las clases sociales de Chile, había alcanzado por aquellos días su más alto desarrollo.

De viva inteligencia y perseverante voluntad, Carlos Díaz había llegado a hacerse eximio en ambos ramos del juego predilecto de los santiaguinos. Hacía volantines incomparables, de todas formas y dimensiones, y sabía manejarlos con destreza consumada. Su fama, en el mundo de los aficionados, era extraordinaria para sus años.

El anuncio de que el ñato encumbraría una gran estrella en casa de don Guillén Cuningham al día siguiente de la entrada del ejército restaurador, declarado día feriado había puesto en movimiento a los más celebres en la capital por su habilidad en voltear las estrellas o las bolas más cautivadoras de volantines.

Delirantes de esperanza, con cabriolas de alegría, los muchachos siguieron al ñato a la pieza de la casa donde habían depositado la estrella. Era ésta de grandes dimensiones, de picos pintados con bermellón. No tenía aún ni tirantes ni cola. Díaz la había guardado así para que nadie pudiese encumbrarla antes que él llegara. Sacó de un armario, del que tenía la llave, una cañuela de enorme tamaño, en la que estaba ovillado el cordel que debía servir para encumbrar la estrella.

En la huerta, Díaz colocó cuidadosamente su estrella contra una de las tapias y llamó a los niños al banco donde se habían sentado el día anterior. Era todavía temprano y quería asegurarse de la cooperación de los chicos, a fin de estar seguro de tener aquella noche la llave de la puerta de calle.

-Sentémonos aquí un rato -dijo, es muy temprano todavía para encumbrar la estrella.

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