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En el huerto, a esa hora, el prolongado crepúsculo de nuestras tardes de verano dejaba caer, lentamente, sobre plantas, árboles y flores, su sedativa melancolía. Un zorzal entre las ramas, silbaba, en notas cadenciosas, la tristeza de las sombras invasoras.

Deidamia, sobrecogida por esa música agreste, por ese adiós de los pajarillos a la agonía de la luz, sintió un súbito temor:

“¿Si no viniese?”

¿Por qué se inquietaba así cuando sabía que, en esa misma noche, otro galán, el apuesto oficial, vendría a hablarle de amor?

Casi con miedo, vio de repente aparecer, sobre la barda, la cara del muchacho, y oyó su voz que le decía:

-Mira, linda, si no te hubiese encontrado aquí, me habría tirado a tu jardín, cabeza abajo.

Aquí tienes la prueba de tu traición. Tu padre era el encargado de echar el agua durante la comisión. Como nadie lo miraba, dejó la roldana seca. Eso se ve en la muesca que le hizo el cordel. Don Agapito puede dar gracias a Dios de que es tu padre, porque, sin eso, ya habría ido a tirarle de las orejas, para enseñarle a que no sea traidor. Pero ahora, en vez de enojarme con tu padre, le agradezco lo que hizo. Sin eso no tendría la felicidad de verte.

-¿Y cómo sabías que yo estaba aquí?

-No lo sabía ni lo esperaba; pero el corazón me decía que viniese, porque si no te encontraba, vería por lo menos algo de ti; vería tu jardincito, las flores que tú cultivas, las plantas que te besan los pies, y les podría decir lo que te quiero, sin que se riesen de mí como tú.

-¡Qué empeño de decirme que me quieres! Hablemos de alguna otra cosa.

-Contigo no puedo hablar de otra cosa -replicó el mocito-, porque es en lo que pienso a toda hora, y menos aún en este momento, en que sé que esta noche vas a ver a tu prometido.

-Mi prometido no me importa.

-¿Quieres darme una prueba de que no te disgusta estar conmigo?

-No quiero darte prueba ninguna. Créeme, si quieres -contestó ella, sin encontrar la fuerza de reírse del mozo como antes.

-Es muy sencillo lo que voy a pedirte -insistió él, exigente-. Tú vas a cenar esta noche con el oficialito: dame una prueba de que no lo quieres. Sal un momento del comedor y ven por un minuto al patio; yo te esperaré ahí. Sólo de verte un instante me convenceré de que me prefieres a mí.

Esta vez Deidamia creyó que el muchacho divagaba.

-¡Jamás haría eso! ¡Qué disparate!

Porque no te importa que yo sea desgraciado- dijo el en tono de reproche -¡Sí me importa!, ¡si me importa!; pero no me pidas que haga locuras. Ten paciencia y confía en mí. Adiós, hasta mañana; ven aquí y hablaremos. No creas que yo le haga ningún caso a Emilio. Vaya, ¿estás contento? Adiós, adiós -exclamó, echando a correr hacia la puerta, sin querer oír las palabras con que el ñato, abismado de tanta dicha, trató de detenerla.

Deidamia, al volver de la huerta, encontró a su madre y a su tía ¿completando, con minuciosa prolijidad, los aprestos de la cena.

Del otro lado, en la casa grande, las complicaciones de la situación creada por los proyectos del ñato Díaz envolvían a los dos chicuelos de don Guillén. De vuelta de la calle, el joven se presentó a sus amiguitos trayéndoles, como un trofeo de la desgraciada batalla, el largo trozo de cordel que había podido arrebatar a la chusma. Guillén y Javier vibraron de indignación cuando el mozo les hubo explicado, mostrándoles el cordel y la muesca que su roce había hecho en la roldana, la perfidia de don Agapito.

Esta revelación, que tomaba a los ojos de los niños las proporciones de una maldad imperdonable. De este modo, al retirarse, el ñato Díaz podía contar como segura la inocente cooperación de sus dos amiguitos.

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