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XI Para los infantiles conspiradores había llegado la hora crítica. El ruido de los pasos en el patio se perdió tras la puerta del corredor. Sin mirarse entre ellos, por no ver pintado el temor en sus rostros, los niños esperaron que pasasen algunos instantes. “Alguien podría salir al patio antes de que principiaran la cena”. Pero luego cobraron ánimo, y, andando en puntillas, atravesaron dos piezas y llegaron al patio. -Eso se llama ser muchachos valientes -les dijo, en voz apenas perceptible, acariciándoles cariñosamente la cabeza. Persiguiendo Guillén su idea de conciliar la verdad de lo que había dicho a la mamá, con la promesa ya cumplida al ñato, dijo en voz baja: -Ahora vamos a asomamos a ver a Emilio Cardonel. -No; es peligroso, mejor que no vayan -objetó Díaz. -Sí, mejor es que nos vayamos a acostar -opinó Javier, que ansiaba verse en seguridad, después del arriesgado paso que acababan de dar. Los chicuelos se deslizaron en silencio y desaparecieron tras la puerta por la que habían salido. Encontrándose solo en la oscuridad, Díaz sintió la inquietud que debe experimentar uno de los sitiadores de una plaza fuerte al penetrar en ella mediante la connivencia de alguien del interior: Abrir inmediatamente la puerta al prisionero había sido siempre su pensamiento invariable. Mas, en ese instante, el re-cuerdo de lo que había pedido a Deidamia cruzó su imaginación como una luz repentina. “¿Vendría ella a buscarlo, a pesar de la negativa con que había recibido su proposición? La duda lo detuvo algunos segundos, indeciso. Mas pronto desechó su vacilación. “Seguir esperando era comprometer locamente el éxito de su tentativa”. Acercóse, entonces, a la puerta del calabozo y, con estudiada precaución, torció la llave en la cerradura. Evitando hacer ruido, abrió con viva emoción la puerta. Dos brazos que temblaban le rodearon el cuello; una voz sofocada le murmuró al oído. -¡Oh!, ¡ mi salvador! ¡ Mi ángel tutelar! Dios te bendiga. Un enternecimiento inmenso resonaba en esas palabras entrecortadas y casi sollozantes. Juntamente con el abrazo sintió Díaz que el cuerpo del que hablaba se apoyó con pesada presión contra el suyo, como si desfalleciese. -¡Vamos, don Julián, valor! No hay que desmayarse, o estamos perdidos. -¡Ya se pasó, ya se pasó, amigo! ¿Qué quiere, pues? El gusto de yerme libre casi me mata. A pesar de su entereza natural y el vigor juvenil de sus nervios, el mozo se sintió conmovido. Mas, al momento supo dominar su sensibilidad. -Tome, don Julián, póngase este poncho y esta chupalla y vámonos andando ligerito. Había traído esas prendas para que don Julián pudiese andar en la calle sin llamar la atención de los serenos o de los transeúntes que encontrasen. Don Julián se puso la manta. -Vamos, pues, vamos andando -añadió, al ver que aquel antiguo capitán no se movía. -Amigo, perdóneme si no le obedezco inmediatamente -dijo don Julián-; pero no puedo irme antes de dar gracias a Dios, ahí, de rodillas, en medio del patio de esta casa que es mía y sin haberme asomado siquiera al que fue mi cuarto hasta el día en que me encerraron. El propósito de don Julián ponía en tremendo peligro el éxito de su empresa, en la que se creía ya victorioso. -¡Esa es una temeridad, don Julián! -exclamó con vehemencia-. Si lo ven, todo está perdido, y volverán a encerrarlo para toda la vida. -No tenga miedo, nadie me verá; yo conozco todos los rincones de esta casa que me quieren robar. Pierda cuidado. Yo soy el que tengo mayor interés en que no me vean ni me sientan, ¿no es así?; pero por nada me iré sin asomarme al que era mi cuarto. Ahí dejé una Virgen, a la que he pedido durante mi cautiverio que me hiciese el milagro de darme la libertad. ¡Y el milagro está hecho! Abismado de sorpresa y de espanto, Díaz no se atrevió a insistir. La voz de su protegido acusaba una voluntad indomable. El triste pensamiento de que había dado libertad a un loco se convertía para él en una tremenda certidumbre. Tomando un acento afectuoso, el capitán añadió: -Vea, amigo; vaya a espérame en la puerta de calle. En menos de un minuto me tendrá de vuelta y entonces me llevará usted donde quiera; le obedeceré como un perro; pero no vuelva a decirme que no vaya. -Bueno, pues, iré a esperarlo; pero cuento con su promesa.
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