Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XII

XII

Doña Manuela que hasta entonces había abrigado la esperanza de ver entrar al comandante Quintaverde, se decidió a empezar la cena.

-Vamos a cenar -dijo, sin dirigirse a nadie particularmente.

Los demás la siguieron. Don Agapito se quedó atrás, esperando que Emilio se quitase la espada. En seguida condujo al joven a una silla, que había reservado expresamente al lado de Deidamia.

-¡Con qué ansias esperaba este momento! -dijo el mozo a la chica en voz baja, al sentarse, tratando de que sus ojos fulgurasen con rayos incendiarios la impaciencia del enamorado.

-Si está tan ansioso, coma, pues; para eso nos hemos sentado aquí- le sonrió con picaresco acento la muchacha.

Don Agapito, entre tanto, quería evitar que desmayase el interés de los circunstantes por la relación de la campaña, en la que cabía parte tan conspicua al huésped de la noche.

A su vez, don Matías aparentaba tomar parte en la alegría de los otros, por calmar la punzante inquietud de que se hallaba sobrecogido desde que Emilio había dicho que Quintaverde vendría más tarde. La neurastenia le crispaba los nervios, exagerando los fantasmas de su espíritus Su risa había sido descompasada; una mezcla de miedo de ver aparecer al hombre odiado, y la vengativa satisfacción, al mismo tiempo, de leer en el rostro de su mujer la sorda tortura que en ese instante le oprimía el corazón.

Mientras tanto, el loco había entrado a tientas en el cuarto ocupado por su hermana mayor, su propio dormitorio hasta el día de su encierro. Don Julián conocía la pieza palmo a palmo. Por el tacto fue precipitadamente dándose. cuenta de que sus muebles ocupaban el mismo sitio en que los había visto por última vez. Sus manos recorrieron con un respeto enternecido el marco de una imagen quiteña de la Viregen del Carmen, obra del maestro Salas, a la que había dirigido desde la niñez todas sus plegarias en las tribulaciones de su vida. Esa devoción había sido el sostén de su alma durante los largos días de cautiverio. La imagen estaba allí. Con los dedos, suavemente aplicados sobre la tela, pudo darse cuenta de los detalles familiares de la pintura. En la oscuridad de la estancia y en la confusión fantástica de sus ideas, aquello de encontrarse al pie de su protectora celestial tomó en su espíritu la realidad de un milagro. Abismado de humilde gratitud, cayó de rodillas, en una reverente acción de gracias. Sentía arrullada el alma por una soplo de paz indefinible. Pero esa sensación no borró de su mente la promesa que acababa de hacer a su libertador.

Apresurado, púsose de pie y salió del dormitorio. Al encontrarse a la entrada del pasadizo, las voces y las risas de los que cenaban llegaron distintamente a sus oídos. Operóse entonces una violenta conmoción en su cerebro. La atmósfera de paz que le circundó el alma durante la corta plegaria parecióle ahora abrasada por las llamas de un voraz incendio.

En su oscuro pensamiento brillaron de nuevo los resplandores del odio, que acababa de sentir milagrosamente apagado por la intercesión de la Virgen. La antigua violencia, que más de dos años de sufrimiento no habían bastado a dominar, le inundó de hirviente sangre el cerebro.

Ya no pensó en la promesa hecha a Díaz ni en el riesgo de ser descubierto. Todas sus facultades parecíanle concentradas en el punto de donde salía el ruido de conversaciones y de risas. Sin percibir distintamente las voces, ese ruido se le figuró un coro de sarcasmos y de burlas en aquella fiesta, celebrada a sus expensas. Ofuscado por la cólera, deslizóse del pasadizo a la sala de recibo. Agachándose para no ser visto al través de la vidriera del tabique. Conservaba en su agitación el instinto cauteloso de los hombres acostumbrados a la guerra.

Al pasear en torno maquinalmente la vista, en una mirada que tuvo apenas la duración de un relámpago, sus ojos divisaron la espada que el capitán Cardonel había dejado sobre una silla, antes de entrar al comedor. Instintivamente, Estero se apoderó de esa arma y la desenvainó con el ademán marcial de sus mejores tiempos. Desdeñando ya ocultarse, incorporóse con arrogancia y se puso de pie en medio de la puerta entre la sala y el comedor.

Un grito agudo resonó en la casa. El grito fue lanzado por ña Gervasia. Al entrar al comedor con una fuente, la criada había visto, la primera, a don Julián, como siniestra aparición de los cuentos de duendes.

Entre los que cenaban, un pánico instantáneo puso lívidos todos los semblantes. Mirando al loco con espanto, nadie se atrevió a hablar. Pasado el primer momento de estupor, doña Manuela recobró en parte la serenidad de su innata energía. Sus ojos y los de su víctima se encontraron con la chispeante fulguración de dos espadas que chocan. Ella tuvo el valor de hablar la primera:

-¿Cómo que te encuentras tú aquí? ¿Qué buscas?

La arrogante señora se había esforzado por dar a su voz una entonación de altanera superioridad.

Las facciones de don Julián se cubrieron de vivo encarnado; sus ojos tuvieron el destello sombrío de los del león que desafía a su domador, y su voz resonó gutural, exasperada:

-¡Ah!, ¿qué busco? A ti, malvada, te busco...

Y al mismo tiempo que pronunciaba con furia esa respuesta, lanzóse sobre su hermana y le asestó un tremendo golpe con la espada sobre la cabeza.

-Toma; toma -vociferó al dar el golpe-, eso es lo que mereces.

Doña Manuela, con alarido de dolor y de espanto, cayó sin sentido sobre su silla, de la que se había levantado con aire de reto, pensando amedrentar a su hermano. Un reguero de sangre le inundó el cuello. En el momento fugaz del rápido incidente, ninguno de los que se sentaban a la mesa tuvo tiempo de moverse. La sorpresa y el terror los paralizaron. El instinto de la propia conservación los replegó sobre sí mismos, haciéndose pequeñitos, como el que se figura desviar de sí, encogiéndose, el rayo que debe seguir al relámpago.

Don Agapito, maquinalmente, se deslizó de su silla bajo la mesa, ña Gervasia, tras su grito, había salido a carrera del comedor, llamando a su hijo en su protección. Los demás, el rostro exangüe de espanto, miraban paralizados al loco.

Tras el furioso golpe del filo descargado sobre doña Manuela, el loco paseó una mirada de provocación y de triunfo alrededor de la mesa.

-Si alguien se atreve a seguirme -vociferó con acento de amenaza-, tendrá la misma suerte.

En el silencio pavoroso, la voz resonó fatídica y destemplada: una voz de hombre inconsciente, llegado al paroxismo de su furiosa excitación, sin que nadie se atreviera todavía a moverse. Don Julián salió de la sala, provocador; atravesó el patio con precipitada marcha y llegó a caer en los brazos de Carlos Díaz, como si las fuerzas le faltasen.

-Sujéteme, amigo. ¡Las piernas me flaquean! ¡Tanto tiempo sin andar!, ¡que quiere!

El ñato sacó un pequeño frasco del bolsillo y, quitándole la tapa, puso el gollete en los labios de don Julián.

-Eche un trago de anisado, don Julián, eso le dará fuerzas.

En sus meditaciones sobre la fuga que preparaba, Díaz había previsto que su protegido tendría, probablemente, necesidad de un cordial, para estimular su vigor debilitado por su larga inmovilidad y por la falta de aire libre.

Mientras bebía don Julián, el ñato vio en su mano el arma con que acababa de herir a doña Manuela.

-¿Y esa espada?

Estero, repuesto ya por el aguardiente:

-Es la del oficial, después le contaré; vamos andando -contestó entre dientes.

Figurábase que los del comedor, recobrando el ánimo que les había faltado, iban a salir al patio; Díaz, no menos impaciente, pasó su brazo bajo el brazo de don Julián.

-Eso es, vamos andando; afírmese bien de mí; pero deje esa espada, don Julián, eso es un estorbo, y si alguien nos encuentra en la calle, creerá que andamos armados y que somos gente sospechosa.

-¿Y si nos persiguen? ¿Con qué quiere que nos defendamos?

-Con lo puños, y así no haremos averías, mientras que con la espada podríamos herir a alguien-. Y azorado agregó-: Ligero, paso redoblando antes que vengan a tomamos.

Al hablar así el ñato arrastraba a don Julián fuera de la casa.

La trágica escena del comedor no había durado más de algunos minutos. Instantáneamente, a la salida del loco todos parecieron despertar del estupor con que el pánico los había anonadado y se precipitaron en auxilio de doña Manuela.

I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX | X | XI | XII | XIII | XIV | XV | XVI | XVII | XVIII | XIX | XX | XXI | XXII

Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006