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XIII Llegaban a casa de don Miguel Topín. -Esta es la puerta -dijo el joven, deteniéndose-; voy a golpear, y cuando nos abran, entraremos los dos al patio. Usted me esperará ahí; yo iré a hablar con don Miguel. El criado que respondió al llamamiento de Díaz lo reconoció al abrir la puerta. -Este caballero es un amigo de don Miguel -dijo el joven al sirviente-llega del campo y quiere hablar con él ahora mismo. -Le voy a avisar al patrón, don Carlitos. -Yo iré con usted y dejaremos a este caballero que espere aquí un ratito. Don Miguel y doña Rosa estaban todavía en pie cenando con algunos fiambres y un plato de aceitunas. El criado entró en la pieza seguido de Carlos Díaz. -Don Carlitos, señor, que quiere hablar con su merced. La súbita extrañeza que se pintó en el rostro de los cónyuges acusaba un violento sobresalto en la existencia igual y metódica de estos dos seres ajenos a las agitaciones mundanas. -Mira, Miguel, ésta es alguna travesura de quiere jugamos el ñato. Don Miguel miró al joven con una sonrisa forzada. -¿Cierto hombre? -No, señor, no es travesura; vengo a pedirle un servicio. Doña Rosa notó el cambio del visitante y quiso manifestarse agradable: -Siéntese, Carlos; ¿no quiere tomar alguna cosa? -le dijo. -Si quiere, cenaremos primero -dijo Topin, imitando la amabilidad de su mujer. -No, señor; ante todo hablaremos de mi asunto. Con pocos preámbulos hizo de la fuga de don Julián, sin dar grandes pormenores sobre los preparativos de la aventura y guardándose de hacer la menor insinuación a la trágica escena del comedor. -¿Nadie sospechó que don Julián se arrancaba? -preguntó don Miguel. -No sé; en todo caso nadie nos siguió. -Primero a casa para que se mudase de ropa, y después me vine aquí con él, ahí está en el patio esperando. Don Miguel y doña Rosa, sin levantarse, espantados, remecieron su gordura sobre las sillas que ocupaban, como si oyesen el estampido de un cañonazo dentro de la pieza. -¡Hombre, qué está hablando, por Dios! -exclamó Topín, poniéndose lívido. -No es cierto, Miguel; no le creas. El ñato viene a jugarnos alguna pegata -exclamó la señora. -¿No me cree, doña Rosa? Aguárdese no más un poquito. Atónitos, los esposos vieron al mozo dejar su asiento y dirigirse a la puerta de la pieza, repitiéndoles: -Van a ver si es cierto. -¡Venga, don Julián, venga no más, aquí lo esperan! Al proceder de esta suerte, el mozo obedecía al espontáneo impulso de su juvenil irreflexión. Los esposos permanecían incrédulos. -Entre, don Julián -dijo alentando con la voz y con el ademán a su protegido-; aquí encuentra al señor don Miguel y misiá Rosita, que tienen mucho gusto de recibirlo- Y agregó risueño: ¿No le decía yo? ¡Si son tan buenos! Dirigiéndose entonces a los dueños de la casa, aturdidos con tan extraña situación, repuso: -Vean, pues ¡quién no se compadecería del pobre don Julián! Yo estaba seguro del buen corazón de don Miguel y de misia Rosita. La actitud del fugitivo era profundamente lamentable. Habíase quedado en la puerta sin atreverse a entrar. Con sus largos cabellos y su barba enmarañada, con el profundo mirar de sus ojos perdidos en las órbitas como luces lejanas, aquel náufrago de la vida parecía implorar, en medio de terrible incertidumbre, la confirmación, de parte de los dueños de casa, de las palabras del joven. El ñato pensó que sin un golpe de audacia todo podía perderse. “Yo les he de forzar la mano a estos dos gordos miedosos”, se dijo, decidido a quitarles hasta la posibilidad de una negativa. -Hábleles, don Julián, para que vean que usted no es loco -dijo a Estero y que les ha de agradecer el buen corazón con que lo reciben. El fugitivo dio algunos pasos, entrando a la pieza. -¿Es cierto que ustedes se compadecen de mí? -preguntó con voz suplicante a los dueños de casa- benditos sean entonces, porque me harán reconciliarme con mis semejantes. -Siéntese, señor -le dijo; emocionada, doña Rosa. Don Miguel, al mismo tiempo, se levantó casi con agilidad y pasó una silla a don Julián. -Aquí tiene un asiento -le dijo, con obsequiosidad. Ufano del éxito de su tentativa, Díaz, levantó la voz con franca alegría: -¿No ve, don Julián, qué le decía yo? ¿Cómo le habían de negar asilo siquiera por esta noche? -Yo agradezco en el alma al señor don Miguel y a la señora. Espero que sólo sea por esta noche y mañana solamente que los molestaré con mi presencia. La sinceridad de la voz y la discreción de la frase aumentaron la confianza de doña Rosa. -No es molestia, señor -dijo con voz amable. Don Miguel hizo eco: -Por supuesto, no es molestia. El ñato se aprovechó de la forzada benevolencia de los dueños de la casa para dejar claramente establecida la situación y asegurarles que ni Estero ni él abusarían de su hospitalidad. -Yo traje aquí a don Julián -explicó- porque sabía que usted, don Miguel, es un caballero y que misia Rosita es la bondad misma. Con tal que ustedes lo alojen ahora, yo les prometo que mañana en la noche vendré a buscarlo y así no tendrán nada que sufrir por su caridad. -Oh, si; lo haremos con mucho gusto -dijeron a un tiempo los Topín. Pero, en el fondo, ambos se sentían anonadados. Negarse, les parecía ocasionado a irritar la locura del intempestivo huésped. Instintivamente trataban de aproximar sus sillas para protegerse si don Julián llegase a dar señales de perder repentinamente el juicio. Poco a poco, sin embargo, el ñato consiguió tranquilizarlos. Díaz explicaba al mismo tiempo lo que en el camino habían acordado con Estero. El iría aquella misma noche en busca de Onofre Tapia, el antiguo asistente de don Julián, y lo instruiría de lo ocurrido, pidiéndole que viniese en el día a ponerse de acuerdo con él para llevarlo a lugar seguro, hasta ver la marcha que seguirían los acontecimientos.
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