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XIV El ñato decíase que era muy aventurado llegar solo a su casa. “No era improbable que la policía, advertida por alguien de la casa de los Estero, hubiera puesto gente en observación para prenderlo”. La voz de un sereno, que en ese momento lanzó al aire su invocación a María Purísima para anunciar que eran las doce, le hizo sentir que no estaba tan solo ni tan desamparado como se lo figuraba. El grito había resonado no lejos de él y le fue fácil llegar hasta donde se encontraba el nocturno guardián. -¡Quién vive! -lo interpeló el sereno. -Amigo, hombre. Vengo a ofrecerte un cigarro y un trago. -Hable, pues, ¿para qué me quiere? -Te voy a contar, pero prendamos un cigarro primero. Sacó de su bolsillo un mechero y una cigarrera que pasó al soldado. Este acto desarmó la suspicacia del sereno y dio tiempo a Díaz para improvisar un cuento que lo llevara al propósito con que se había dirigido a él, en vez de llegar directamente a su fin. -Yo te ofrecí un trago de anisado y cumplo mi palabra -dijo pasando al soldado el frasco de que se había servido para entonar las fuerzas desfallecientes de don Julián Estero. Y para disipar toda sospecha, el ñato había empezado a beber el mismo. El sereno no vaciló en aceptar y bebió un largo trago. -¡Superior! -dijo, chupándose los labios al devolver a Díaz lo que hubiera querido dejar para sí. -Bueno, pues, ahora te voy a decir por qué he venido a platicar contigo. Yo vivo aquí cerquita con dos tías viejas que no me dejan salir de noche. Unos amigos me convidaron a un picholeo, en la calle de Gálvez. Cuando eché de ver que las tías se habían acostado después de rezar el rosario, me salí calladito, dejando junta solamente la puerta de calle, pero con la intención de volverme temprano, de miedo a los ladrones. Con la zamacueca y con el gloriao todos nos achispamos luego y las chinas también. Échale zamacueca y sajuriana y échale gloriao y mistela. Así se nos pasó la noche. Cuando me vi solo aquí en la Alameda ¡vaya con el miedo grande que me dio! ¿Y si hubiera ladrones?, serían capaces de darme de puñaladas, qué me decía yo. En esto oí que ha de ser valiente como buen soldado, va a sacarme de apuro. Le pido que tu Ave María Purísima y me volvió el alma al cuerpo. Este sereno, me dije, me acompañe a casa y le doy cuatro reales también por el servicio. Por eso vine, ¿no ves?, ¿qué te parece? Los cuatro reales, la tercera parte de su salario mensual, brillaron como un meteoro deslumbrador en la ambición del sereno. En corto rato se encontraron frente a la casa de las Lizarde. -Ahí enfrente, ¿no ves? -dijo el joven, mostrando la casa baja y de poco frente donde habitaba con sus tías. En la oscuridad, apenas alcanzaba a divisar la puerta de calle. La ventana del cuarto de Díaz semejaba a una mancha vaga sobre el blanqueado de la pared. -No nos movamos de aquí para ver si nadie se acerca a la casa. Carlos Díaz paseaba una mirada exploradora en torno suyo y sobre cuanto su vista podía abrazar del ancho espacio de terreno comprendido entre la línea de las casas y la hilera de álamos, donde se había detenido. Todo estaba tranquilo. Hacia la izquierda, a lo lejos, en dirección a la cordillera, una sombra apenas perceptible, al pie de los álamos, detuvo por un instante la mirada del joven, sin causarle inquietud. Era el asistente que Quintaverde había apostado en observación con orden de aprehender a cualquiera que viese salir de la casa de las Lizarde. Al fin de un rato, Díaz habló en voz baja al sereno: -No se ve nada; pero eso no quiere decir que no puedan haber entrado ladrones en la casa. Nos vamos a acercar a la puerta. Yo me quedaré afuera y tú entrarás con tu sable. Si ves que hay alguien en el patio, sales ligerito y te pones a pitear pidiendo auxilio. El sereno aprobó este plan. -Bueno, pues, patrón; pero me da los cuatro reales. Díaz sacó dos monedas de a dos reales cada uno y las puso en manos del soldado. -Aquí tienes, ya ves que soy hombre de palabra. El sereno avanzó, resueltamente. El propósito de Díaz era ponerse en salvo si la entrada del sereno a la casa provocaba al interior algún movimiento, indicio de que había gente apostada para prenderle. La puerta de calle, junta solamente, cedió a la presión del sereno. Abriéndola apenas, el hombre se deslizó dentro del zaguán. El cabo de policía que esperaba allí de facción cerró la puerta precipitadamente sobre el que entraba. -¡Alto ahí!, dése a preso -le dijo abalanzándose sobre él. Díaz oyó el golpe de la puerta al cerrarse. Su ardid revelaba la presencia de gente esperándolo dentro de la casa. Mas, al mismo tiempo que empezó la carrera, un hombre a caballo se desprendió de la sombra de los álamos y se lanzó hacia él con tal velocidad, que en pocos segundos el mozo vio cerrado el paso por el que llegaba blandiendo el sable y diciéndole con imperiosa voz: -Alto, párese y dése a preso. Era el asistente de Quintaverde. Había visto adelantarse a Díaz y al sereno hacia la puerta. Observando que uno de ellos entraba en la casa mientras que el otro hacía ademán de huir, lanzóse a carrera tendida sobre este último El joven era demasiado valeroso para amedrentarse con la orden que le intimaba el asistente. Usando de su vigorosa actividad, empezó a hacer lances al jinete, sin interrumpir su carrera. El soldado arremetía ordenándole detenerse, saltando a derecha e izquierda para burlar las embestidas del caballo. Antes de dos minutos llegó así a la primera hilera de árboles. Antes que éste hubiera conseguido llegar al árbol tras el cual se guarecía el mozo, ya él había corrido a otro, como en el juego infantil de “las cuatro esquinas”, y desafiaba desde ahí con chuscadas y con burlas a su perseguidor. En esas maniobras de agilidad y de audacia Díaz iba avanzando metódicamente en dirección al Oeste. Su propósito era alejarse con la mayor rapidez que fuese posible de la casa de su tías, de donde podría el asistente de Quintaverde recibir refuerzos de gente de a pie, que haría entonces peligrosísima la lucha. También pensó al cabo de poco rato que estaría mucho más al abrigo de los ataques del soldado poniendo entre éste y él la ancha acequia que separa, por ambos lados de la Alameda, las avenidas laterales de la central del paseo. En uno de los lances con que esquivaba la persecución, en vez de dar la vuelta del árbol que lo escudaba, Díaz con una movimiento rápido, se lanzó por la tangente al través de la avenida lateral y, pasando de un salto sobre la acequia, buscó el refugio del árbol más inmediato, antes que el soldado hubiera notado la estratagema. Furioso de verse así burlado, el hombre lanzó inmediatamente su caballo contra el fugitivo, buscando uno de los puentes de losa que de trecho en trecho servían al pasaje de la gente de a pie; pero en ese rápido cambio de dirección, lanzado el animal a carrera, sus herraduras resbalaron sobre la pulida superficie del puente y, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo, arrastrando al infeliz jinete en su caída. Sin parar para darse cuenta de las consecuencias de esa caída, emprendió la carrera hacia la calle de Duarte, donde no tardó en desaparecer en la oscuridad de la noche. Se puso a caminar con tranquilidad y tomó el camino de la habitación de Onofre Tapia. Profundamente dormido, Tapia tardó un buen rato en abrir al visitante, después de asegurase, por un diálogo al través de la puerta, que era en realidad Carlos Díaz el que llamaba. -Confiese, ño Tapia, que no me esperaba -le dijo el mozo al ver al hombre plantado delante de él, iluminándole el rostro con la vela que tenía en la mano. -Así es, pues, ¿Qué le ha pasado, don Carlitos? Díaz le refirió lo que acababa de ocurrirle. -Y entonces, ¿qué va a hacer, don Carlitos? -Primero me voy a acostar, porque tengo sueño, y después veremos mañana. -Aguárdese un poquito, yo voy a hacerle una cama. -Voy a dormir como un tronco -dijo el ñato, acostándose; -apague la vela y buenas noches. Muy temprano Onofre Tapia despertó con el ruido que hacía el mozo para vestirse. -¡Qué madrugador, don Carlitos! -le dijo, levantándose también. -Tengo que ir a ver lo que sucede por allá en mi casa. -¿Y si lo están aguardando para tomarlo preso? -Me tomarán, pues. Ahí se convencerán -repuso el joven- de que no tienen por qué tomarme preso. -¿Y qué le digo a mi capitán, cuando vaya a verlo ahora? Después de una ablución sumaria, volvióse risueño hacia el agente de policía. -Ahora estoy como lechuga, y me va a dar papel y pluma. Tapia lo instaló delante de una mesita de madera blanca, de cuyo cajón sacó lo que el mozo le pedía. Este se puso a escribir: “Señor comandante de policía, don J. Quintaverde: Anoche, al entrar a casa me arranqué, porque vi
que había gente en el patio, y creía que eran ladrones. El paco de a caballo que
salió a sujetarme me hizo conocer que esa gente era policía. Yo no sé qué tienen
que hacer conmigo. Ahora me vuelvo a casa: si me necesita, allí me encontrará.
“Señor don Julián Estero: Le mando la presente con Tapia, que me promete
que va a esconder a usted de tal suerte, que no podrán tomarlo. Ahora me vuelvo
a casa, porque en la calle podré servirlo mejor que si me escondo. Si me toman
preso, no se alarme. Nada me pueden probar y tendrán que dejarme libre. Cuento
con su promesa de obedecerme. Con Tapia le mandaré decir todos los días lo que
convendrá hacer. Estoy seguro de sacarlo bien; tenga confianza en su amigo. Puso la primera carta en su bolsillo con intención de mandarla desde su casa, según fuese la situación, y entregó la segunda al agente de policía para que la llevase a su destino. Metódicamente le explicó en seguida dónde y cómo debían verse todos los días para conservar la comunicación con Estero. -Si me llevan a la cárcel -concluyó-, ahí me irá a ver. Como usted es de la policía, nadie le impedirá hablar conmigo.
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