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XIX Aquella noche, seis días después de la iniciación del sumario indagatorio sobre el atentado de don Julián Estero, Cortaza entró al dormitorio a la hora de costumbre. Doña Manuela dormía con la tranquilidad de la convalecencia. Al acercarse al lecho, don Matías la contempló algunos instantes. La tranquilidad de la durmiente calmó, por primera vez desde el principio de la enfermedad, la ansiosa alarma con que había seguido las diferentes alternativas de la lucha entre el mal y la robusta constitución de la señora. Acostumbrado a esperarlo todo del poder divino, Cortaza, en un gran impulso de reconocimiento, cayó de rodillas delante de la imagen de la Virgen, a la que apenas llegaba el reflejo de la vela tras su pantalla. En la confusión de las sombras, la obra del maestro quiteño le mostraba una expresión compasiva. Era la melancólica paz del perdón que bajaba de las manos unidas de la madre del Redentor. Era la salud otorgada a ese precio, por el cielo a la paciente” Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, repetía mentalmente, enviando su acción de gracias a la Virgen. Sea que en el fervor de sus oraciones la respiración del invocador hubiese turbado el silencio de la pieza, sea que la acción magnética, de ser a ser, hubiese irradiado, como tantas veces sucede, del alma de Cortaza al alma de su mujer dormida, doña Manuela abrió los ojos y permaneció inmóvil, mirando a su marido sin darse cuenta, antes de algún rato de su presencia. Algo como el estremecimiento moral de un religioso temor se hizo sentir entonces en el alma de la convaleciente. Los relámpagos de su arrepentimiento confuso, que a veces habían iluminado su espíritu con resplandores fugaces, se condensaron ahora en una luz velada, pero fija en su pensamiento, al contemplar la actitud de profunda unción del que rezaba. La solemnidad del silencio favoreció ese despertar de su alma, súbitamente conmovida de compasión. Demasiado débil todavía, sin embargo, para seguir un pensamiento, doña Manuela se sintió fatigada con la emoción y cerró los ojos como alguien que pasa de una densa oscuridad a la ofuscada luz del sol. En ese momento Cortaza terminaba su plegaria y se acercaba al lecho en silencio. Doña Manuela sintió su proximidad y le tendió una mano, mirándolo enternecida. -¡Qué bueno eres! -le dijo, al mismo tiempo, en un murmullo. Don Matías se apoderó de la mano, en un ademán de incontenible emoción. Los ojos de la señora se llenaron de lágrimas. - Sí, eres muy bueno; yo no merezco tu cariño. El sonido de su propia voz precipitó el raudal de lágrimas. Retirando la mano que estrechaba don Matías, juntóla rápidamente con la otra y cubriéndose con ambas el rostro, sacudidos los hombros por el hipo del llanto, que pugna por refrenarse. Cortaza, enternecido a su vez, no acertaba a decir nada para serenar a su mujer. Suavemente le apartó entonces las manos del rostro, diciéndole, al cabo de algunos instantes de silencio: -No llores, hijita; eso puede hacerte volver la fiebre. Al hablar, le acariciaba las manos, confuso en su timidez, deseoso de alejar del pensamiento afligido de su mujer las ideas que habían causado esa explosión de quebranto. -¿Te sientes mejor? -preguntóle, solícito, como si nada hubiese pasado, como si solamente se hubiese acercado a ella en ese momento. -Sí, mucho mejor -contestó ella, enjugando sus lágrimas-; ¡tú me has cuidado tan bien! -Todos te hemos cuidado -asintió don Matías, con sencilla modestia. -Sí, pero nadie como tú; yo no conocía tu gran corazón. El enternecimiento volvió a quebrantarle la voz, y las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos, mientras su mirada se fijaba sobre su marido con ternura. -Bueno, no hablemos de eso; no vayas a afligir a empeorarte. Hablaba acariciándole las manos, balbuciente de emoción, penetrado de una alegría melancólica, maravillado de la transformación de su mujer, de la dulzura de su mirada, de la humildad con que se cubría ahora su altanera hermosura. -Trata de dormir -repuso, con voz de dulce consejo- Tú necesitas reposo; yo voy a sentarme en la poltrona al pie de la cama. Duerme con tranquilidad; yo no me moveré de aquí. -No, no, quédate; no tengo sueño, conversemos. El acento de la voz daba a esas sencillas palabras una entonación de intimo cariño, que penetró hasta el fondo del alma de Cortaza. Hubiera querido postrarse de rodillas y cubrir de besos las manos que ella le abandonaba. Pero un miedo instintivo de parecer ridículo a los ojos de esa mujer, que recobraba sobre él su antiguo imperio, lo hizo detenerse. -Sí, conversemos si no estás cansada -díjole, con voz complaciente, acercando una silla a la cama. Hasta entonces doña Manuela había evitado hablar del accidente que le tenía postrada. En sus involuntarias reflexiones, a medida que. se pronunciaba la mejoría la acción de su hermano significaba para ella un castigo del cielo. El sentimiento religioso hacía oír su voz en el momento de la tribulación en el ánimo de la señora. Debía perdonar a su agresor, como una justa reparación de sus pasados extravíos. Esa evolución de su alma, operada en el silencio de sus meditaciones, la había hecho encerrarse en un silencio absoluto sobre todo lo que pudiera tocar al suceso de la cena; pero en aquel momento de expansión, meciéndose en la dulzura de un arrepentimiento sincero, doña Manuela sintió la necesidad de saber cuanto había pasado desde aquella noche de trágico recuerdo. -Cuéntame lo que ha sucedido desde que yo caí herida -dijo, en tono afectuoso. Cortaza le refirió los sucesos sin tocar la manera cómo don Julián había podido salir de su prisión. Su ingenio, por otra parte, no tuvo que acudir a la inventiva tocante a ese punto, esencialmente delicado. Su mujer no pareció darle ninguna importancia. -¿De modo que Julián está en la cárcel? -dijo, pensativa. -Así es, pues, en la cárcel. -¿Y él mismo se entregó a la justicia? Don Matías confirmó el hecho con su silencio. -Pero tú firmaste la queja contra él, me acabas de decir. -Como marido tuyo, yo tuve que firmaría -contestó tímidamente, Cortaza, Pensativa, doña Manuela reflexionó en alta voz: -Pues no debieron presentar esa acusación criminal. -Así me parecía a mi -afirmó don Matías-, pero Sinforosa y su marido porfiaron tanto, que no pude hacer otra cosa. -Pues, yo no estaré tranquila hasta que lo saquemos de la cárcel. Sin duda, yo vivía equivocada. Tal vez Julián no es realmente loco. Lo que hizo prueba que tiene bastante juicio para saber de quién debía vengarse. Inclinando la cabeza, don Matías aprobaba. Doña Manuela, con cierta exaltación, repuso: -Mira, no consultemos a nadie, y hagamos nuestro deber. Mañana mismo presentarás otro escrito al juez retirando la queja y pidiendo la excarcelación de Julián; si es loco, porque es loco; y si no es, porque yo no quiero que se le siga ningún perjuicio. Es un asunto privado de familia que no debieron llevar a la justicia. El acuerdo sobre este procedimiento se hizo fácilmente entre los dos. Doña Manuela quería principiar su expiación perdonando a su hermano. -Y cuando venga -dijo, con ese sentimiento de reparación- le devolverá todos sus derechos; él gozará de sus bienes y hará con ellos lo que quiera. -Eso es lo mejor, hijita -aprobaba don Matías. En el fondo de su conciencia una protesta contra la detención de don Julián había existido siempre. Pero su timidez no le había permitido hablar. Ahora, su mujer y él se unían en el mismo sentimiento. Con esa comunidad de ideas figurábase acercarse al corazón de su mujer, unirse a ella en un acto de justicia que podría ser el precursor de otra unión más dulce y reparadora; la unión de sus corazones. -Mañana temprano pedirá que me hagan el escrito. Esta promesa pareció devolver la calma a doña Manuela. Algunos días transcurrieron después del retiro de la demanda. Sin haber podido aclarar el hecho de la liberación de don Julián ni encontrado prueba alguna de complicidad de tercero en el atentado, el juez mandó sobreseer y elevó los autos a la Corte, en consulta. Carlos Díaz, mientras tanto, instruido por Deidamia de la resolución de doña Manuela, poco después del fallo de sobreseimiento, entró empeñosamente en campaña, a fin de conseguir en las distintas oficinas de los tribunales que la consulta fuese activada por todos los medios posibles.
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