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XV Poco tiempo después de esta escena, Onofre Tapia entraba en casa de las Lizarde, en busca de Carlos Díaz. Con los ojos encendidos por el llanto y el rosario en la mano, la mayor de las tías refirió a Tapia lo que acababa de acontecer. -Es seguro que lo han llevado a la cárcel -dijo la afligida señora- ¡ Si usted pudieses ir a hablar con él! Dígale que nos mande avisar lo que necesite y qué empeños quiere que hagamos para que lo suelten. Como no se nos figuraba lo que iba a pasar, no se nos ocurrió hablar de esto. Sin esperar a seguir oyendo las dolencias de las dos tías y de la criada, que se habían reunido a su alrededor, Tapia salió de la casa y tomó a paso largo el camino de la Plaza de Armas, donde se encontraba la cárcel pública. Había empleado el tiempo, después de separarse de Díaz, en busca de un asilo seguro para conducir allí, a favor de la noche, a don Julián Estero, con quien acababa de tener una corta entrevista en casa de los esposos Topín. Don Julián se mostró, al oír a Tapia, vivamente impresionado por la aventura de Carlos Díaz. Onofre Tapia lo impuso entonces de los pasos que había dado en la mañana para buscarle un refugio donde estuviese en perfecta seguridad. Su empleo de confianza en la policía daba a Tapia grandes facilidades para conseguir aquel propósito. Sin necesidad de largas diligencias, tenía ya dos piezas para su capitán en una casa de la Cañadilla, que estarían prontas para la noche. Mas don Julián lo escuchaba distraído. Preocupado sobre todo de la suerte de su libertador, pidió a Tapia que fuese a saber de él, y le dijera que lo esperarla en la noche en la habitación donde debía ir a ocultarse. La llegada de Tapia a la casa de las Lizarde poco después de que Carlos Díaz era conducido a la cárcel correspondía a ese encargo del antiguo capitán pipiolo. Tapia llegó al cuerpo de guardia de la prisión, como un cuarto de hora después que el joven se encontraba ya bajo llave. Haciendo valer su calidad de agente de policía, pidió autorización al alcaide para ver al prisionero. -Imposible, amigo -le dijo el alcaide-, hay orden del comandante Quintaverde de no dejarlo ver por nadie. La incomunicación en que había sido puesto Carlos Díaz era realmente, conforme a lo declarado por el alcaide de la cárcel, ordenada por Quintaverde. El comandante, deseaba interrogar al joven antes que nadie hubiese hablado con él. Tenía en su poder la ropa de don Julián Estero, encontrada en el cuarto de Díaz, y con esta prueba innegable de su participación en los sucesos de la última noche esperaba obtener de él, antes de dar parte al juez competente de la aprehensión del mozo, todos los detalles del acontecimiento. Una circunstancia especial lo hizo relacionar el trágico suceso de los Estero con la denuncia escrita sobre la supuesta reunión de los conspiradores políticos que le mantuvo alejado de aquella casa en las primeras horas de la noche. Al recibir en la mañana la carta de Díaz anunciándole que regresaba a su casa, la correlación de esos dos hechos, la fuga del loco y la carta anónima de la falsa denuncia le pareció evidente. Aunque con ligeras diferencias en la forma de las letras, la escritura era idéntica. Tenía, por consiguiente, dos pruebas materiales para confundir a Carlos Díaz y ponerlo en la imposibilidad de negar su complicidad en la fuga de don Julián, ya que no era posible deducir de esas pruebas que el mozo era parte también en el atentado criminal cometido por el loco. Quintaverde salió temprano de su cuartel camino de la cárcel. Pensaba que la ocasión le ofrecía una brillante oportunidad de distinguirse en su carrera. El drama de la casa chica iba a despertar a Santiago de su apatía. Aquel suceso serviría de pasto a la pública curiosidad. Era el momento de dar’ nuevo lustre a su reputación de jefe sagaz, descubriendo el refugio del fugitivo, así como había tenido ya la buena suerte de apoderarse de su cómplice. Cuando el alcaide en persona abrió la puerta de la celda, el joven fumaba un cigarrillo, acostado sobre la cama, en filosófica meditación. Al ver entrar a Quintaverde, presentó al visitante el rostro risueño de quien recibe una visita agradable. Quintaverde pensó, al ver la amable acogida que le hacía el prisionero, que el mejor modo de disponerlo a la franqueza era colocarse, como él, en el terreno de una alegre familiaridad. -Si está usted encerrado, no es por culpa mía, don Carlos, puesto que usted mismo me escribió para hacerse prender. -Vamos por partes, comandante; yo le escribí que “si me necesitaba” me encontrarla en casa, y como sé que no he hecho nada, creí que me citaría a su cuartel, si algo tenía que decirme: -Aquí estamos mejor para conversar que en el cuartel -dijo Quintaverde, en tono campechano, sentándose en la silla. -Como le parezca -dijo Díaz. sentándose, a su vez, sobre la cama. Al mismo tiempo, para inspirar confianza al joven, el comandante le presentaba la cigarrera abierta, ofreciéndole un cigarrillo. --¿Sabía usted que el loco Estero se fugó anoche? -No lo sabía anoche; lo supe esta mañana, al llegar a casa. Ya ha corrido la noticia por el barrio. -¿Sabe usted que el loco, antes de salir de la casa, quiso asesinar a su hermana doña Manuela, y que la hirió en la cabeza? -También me lo dijeron, en casa, esta mañana. -¿Y sabe lo que dicen los de la familia? Dicen que sólo usted puede haber ayudado al loco a salir de su calabozo. -Pues, silo dicen, tendrán como probarlo. -¡Oh! ¡Pruebas no faltan! Ante esta exclamación, Díaz sintió que entraban a la parte crítica del interrogatorio, y trató de evitar el golpe antes de recibirlo. -Ya sé lo que usted quiere decir. Va a hablarme de una ropa vieja que, según me han dicho mis tías, usted encontró debajo del colchón de mi cama. -Justamente. ¿De quién es esa ropa? -No puedo saber, porque no la he visto. -Esa ropa es de don Julián Estero. ¿Y cómo se encontraba bajo el colchón de la cama de usted? Nadie sino usted puede haberla ocultado ahí. -Puede haberla ocultado su dueño sin estar conmigo. -Eso es menos que probable, don Carlos. -No tanto como le parece a usted, comandante. Don Julián, el tiempo que ha estado prisionero, ha perdido sus amigos, y se puede decir que no conoce en Santiago más que a mí. Al verse libre, no habrá tenido otra parte donde ir y fue a mi casa para cambiarse de ropa. -¿Y quién otro sino usted puede haberle proporcionado otra ropa para cambiarla por la vieja?. -Cualquiera de los muchos soldados del cuartel de enfrente que entraban a darle de comer. Alguno o muchos pueden haberse compadecido de él y lo habrán ayudado a arrancarse y le habrán proporcionado ropa. Díaz había hablado con perfecta serenidad. El comandante empezaba a cansarse de la comedia. -Yo he querido ver a usted antes de pasar mi parte al juzgado, dando cuenta de lo que ocurrió anoche, para ver si usted tiene cómo disculparse y no pasar por el desagrado de acusarlo de complicidad con el loco. -Muchas gracias; pero, ¿que más quiere que le diga, comandante? Si alguien se le antoja ir a esconder ropa debajo de mi colchón yo no puedo ser responsable de eso. Que me prueben que he sido yo y que prueben que esa ropa es de don Julián. -Ya le dije que pruebas no faltan. Eso de la ropa es una y la explicación de usted no bastaría para anularla ante un juez. -Díaz se encogió de hombros. -Si el juez no la cree, a él le toca probar que fui yo quien puso la ropa bajo el colchón. Yo probaré, por mi parte que estuve toda la noche fuera de mi casa y que no he visto quien puso ahí la ropa. -Bueno, pues, eso lo averiguará el juzgado. -Que averigüe, pues; yo no le tengo miedo -replicó a la amenaza del comandante. -Pero hay más que eso -repuso éste, sacando de una cartera la carta anónima sobre los supuestos conspiradores y la que, firmada por el mozo, le había dirigido Díaz aquella misma mañana- ¿Reconoce usted que ésta es suya? Al hacer esta pregunta, presentaba al joven la carta firmada. Díaz la examinó un instante. -Mía de puño y letra. -¿Y esta otra? -repuso Quintaverde, mostrándole la carta anónima. El joven la leyó en voz baja, con calma, dándose así el tiempo de meditar. Al concluir alzó la vista con una maliciosa mirada. -Esta no tiene firma -dijo, sonriendo. -No tiene; pero es de la misma letra que la otra. -Muchas letras se parecen. -Usted no podrá negar que es la misma letra, ni que es usted quien la ha escrito. La consecuencia es muy clara. Usted me escribió eso para mantenerme lejos de casa de las señoras Estero, donde sabía que yo estaba convidado, precisamente a la hora en que debía usted sacar al loco de su calabozo. -Es una consecuencia que no tiene ningún valor, si no se prueba que la carta anónima es mía. -El juez lo obligará a usted a confesar que es suya.
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