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XVI

XVI

Quintaverde había tomado y entreabierto la puerta para salir.

-¿Entonces, comandante, usted va a entregarme a la justicia?

-Es usted quien se entrega; yo cumplo con mi deber. El joven se puso de pie.

-¡Mire! ¿Quiere que le diga una cosa, comandante? Pues, le advierto que si me denuncia al juez y no me pone ahora mismo en libertad, usted cometerá una chambonada muy grande, de la que tendrá que arrepentirse. Acuérdese de mi.

-¡Ah! ¡Parece que usted me amenaza! No le entiendo ¿Qué me quiere decir con eso?

-Que su interés está en tratarme como amigo, comandante, y no como enemigo. Si usted me entrega a la justicia, no soy yo quien saldrá perjudicado: piénselo bien.

-¿De qué manera seré yo el perjudicado?

-Porque si el juez me interroga, yo, que no sé mentir, cuando hablo seriamente, le diré la verdad.

-Entonces usted conviene en que a mí no me ha dicho la verdad.

-Si. Y yo le aseguro, como que aquí estamos los dos jugando a quien es más pillo, que no le gustará que yo sea tan franco al responder las preguntas del juez.

El aire de provocativa burla con que hablaba Díaz picó la curiosidad de Quintaverde, al propio tiempo que le ofendía el amor propio.

-Para saber si no continúa usted de broma, yo necesitaría conocer qué es lo que usted se propone contestar al juez.

- Si usted quiere saber, oiga pues. El juez me dirá que estoy acusado de haber hecho fugarse a don Julián Estero. Yo le responderé que antes de decir si es o no verdad, yo sostengo que en caso de serlo yo no habría cometido ningún delito, porque no habría hecho otra cosa que poner en libertad a un hombre arbitrariamente detenido por su hermana, interesada en hacerlo pasar por loco para apoderarse de sus bienes. El juez no podrá sostener que la detención es legal, porque no existe decreto judicial ni gubernativo que la justifique. Por consiguiente, se ha cometido un atentado contra la libertad y los bienes de un ciudadano pacífico; el que lo ha liberado ha sido sólo el instrumento muy respetable de la vindicta pública.

Aquí se detuvo Díaz para decir con sorna a Quintaverde:

-¿Qué tal el alegato, Comandante? Se ve que estoy en la clase de Derecho.

-Y, sobre todo -replicó Quintaverde-, el juez verá que usted sabe tergiversar y que le enreda la madeja, para que no pueda encontrar la punta del hilo, dejándolo sin saber si usted niega o si confiesa que sacó al loco de su prisión.

-Nada de eso, comandante: tenga paciencia. El juez, después de oír mi alegato y conociendo que está en mal terreno, me dirá ahuecando la voz: “Yo no le pregunto a usted si el loco estaba legalmente detenido o no. Le pregunto que me diga categóricamente si usted lo ayudó a fugarse”. Yo le responderé entonces: “Sí, Usía; yo lo ayudé a fugarse”. Ya ve, comandante, que no tergiverso.

-¡Ah! ¡Al fin usted lo confiesa! -exclamó Quintaverde, como el que vence a duras penas una resistencia tenaz.

-Ya lo ve, pues, lo confieso; pero oiga lo que sigue y verá la chambonada que va usted a cometer. El juez me preguntará entonces cómo le ayudé a fugarse a don Julián; y si no me lo pregunta, no importa porque yo se lo explicaré. Supongamos, pues, que me pregunta:

“¿Cómo le ayudó usted a fugar-se?” Yo le diré: “Abriéndole la puerta del calabozo”. “¿Con qué llave la abrió usted?” “Con la llave que tiene siempre guardada doña Manuela.” “¿Y cómo pudo usted tener esa llave?” Yo le contestaré: “Usía, me cuesta mucho decirlo.” “No me mienta, acusado”, me dirá entonces el juez. Fíjese, comandante, en mi respuesta - dijo el mozo. Yo contestaré entonces: “Si me lo ordena, tengo que confesárselo: quien me dio la llave fue el marido ultrajado”.

Quintaverde tuvo un estremecimiento como quien recibe un golpe al que no podía esperarse. Díaz, entre provocativo y risueño, prosiguió:

-El juez tiene que preguntarme: “Explíquese usted. ¿Qué quiere decir con eso? “Quiere decir, Usía, que hay un marido ultrajado en la casa donde estaba el prisionero, y que yo conseguí que el marido ultrajado le sacase la llave a su mujer para vengarse de ella. ¿Quiere Usía que lo nombre? El marido se llama don Matías Cortaza, y su mujer, doña Manuela Estero.”

El mozo se dirigió entonces, no ya al juez imaginario, sino a Quintaverde.

-¿Sabe usted, comandante, como se llama el ultrajador de don Matías?

El jefe de policía ocultó su turbación, acudiendo a la audacia.

-Lo que dice usted es una infame invención.

-¿Le parece? No se afarole, comandante, y no se figure que su insulto me da miedo. Lo que digo es la verdad, y puedo probarlo.

-Probarlo; no esté diciendo tonterías.

-Probarlo, si, señor. Usted me mostró hace poco dos cartas, diciendo que bastarían como prueba de mi culpabilidad. Pues, yo también haré que muestren al juez dos cartas suyas, comandante. sí: “Reina de mi corazón” y está firmada: “Tu Quinta”. La otra principia:

“Prenda idolatrada”, y la firma: “Tu verde”. El Juez no tiene más que juntar las firmas para leer clarito: “Quintaverde”. Ya ve, pues, si le conviene que yo hable.

El comandante perdía toda su arrogancia. Veía que aquel mocito risueño estaba armado de una astucia maquiavélica, apoyada en una voluntad de hierro.

-Yo no tengo ningún interés en que usted hable, sino en saber dónde está el loco -dijo, con tono inseguro.

-Pero para saberlo tomó usted el peor camino. Si usted me entrega al juez yo hablo; y si hablo, usted es el denunciador de la mujer que ha sacrificado a su marido por amor a usted. ¡Y en qué momento! Cuando usted abandona a esa mujer para casarse con otra. ¡Ah! No me diga que no. Todo se sabe aquí en Santiago.

No hallando qué responder y por no confesarse vencido, Quintaverde interrumpió al joven con tono enfadado:

-Le prohíbo a usted ocuparse de mis asuntos particulares.

-No me ocupo de ellos si usted no me toca; pero si me entrega al juez, entonces todo se sabrá: a usted le corresponde pesar las consecuencias.

El comandante se quedó pensativo. Su situación era sin salida. Por evitar que se divulgase la deshonra de doña Manuela Estero le era forzoso rendirse a las exigencias de Carlos Díaz.

Viéndolo meditativo, Díaz añadió:

Tendrá que ver el modo de que la familia no presente querella judicial contra don Julián. Mientras tanto, nadie sabe por qué he sido yo traído a la cárcel. Usted puede hacerme salir de su propia autoridad.

Quintaverde, haciendo un ademán de brusca resolución, tendió su mano a Díaz, con aire de franca cordialidad:

-Don Carlos, aquí está mi mano. Lo creo a usted un hombre de honor. Vamos a salir juntos de aquí: me fío en su palabra.

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