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XVII

XVII

Tras del apresamiento de Carlos Díaz, nadie dudó ya de la existencia de una confabulación atroz entre el ñato y el loco para asesinar a doña Manuela, y, probablemente, para incendiar la casa y tal vez entregar el barrio entero a las llamas.

Ña Gervasia había salido en busca de unos remedios y llevaba especial encargo de pasar a la vuelta a casa de las tías Lizarde, a preguntar noticias del joven. Por este medio había sabido sobre el apresamiento. Estas ocurrencias mantenían en constante alarma el espíritu de Deidamia. La figura de Carlos Díaz tomaba en su imaginación las proporciones románticas de un ser misterioso del que no podía explicarse los actos; pero que se sacrificaba por algún noble propósito. Su ansiedad no le permitió dejar pasar más de dos horas, sin volver a enviar a ña Gervasia a casa del joven en busca de nuevas noticias. La sirvienta llegó sofocada con la magnitud de la nueva de que era portadora. “Don Carlitos había vuelto a la casa, cuando todos lo creían preso en la cárcel”.

-¿Y tú lo viste? -preguntó con júbilo la chica.

-Lo vi, Pues, señorita, como estoy viendo a su mercé, y me dijo que le entregara esta cartita.

Ña Gervasia sacaba de debajo del rebozo una carta, que entregó a Deidamia. La chica llena de emoción, corrió a su pieza para poder leerla a solas:

“Linda, tengo mil cosas que contarte. Esta tarde, a eso de las cuatro, iré a la huerta de don Guillén con los niños a encumbrar volantines: no dejes de estar ahí y conversaremos”.

Al salir de la cárcel, acompañado por Quintaverde, el ñato había corrido a tranquilizar a sus tías, quedado muy amigos con el jefe de policía.

Las tías parecieron rejuvenecidas al encontrarse con el niño. Mientras él almorzaba, la menor de ellas corrió a San Francisco, a prender una vela al patrono de la Orden, en acción de gracias. Fue en ese momento que tuvo lugar la visita de la emisaria de Deidamia y la entrega de la carta para la joven.

Después de esto, Díaz dijo que antes de reposarse de la agitación de la mañana debía aprovechar el tiempo en ir a ver a don Matías Cortaza al ministerio . Estaba seguro de encontrarlo en su oficina.

Cortaza se hallaba allí, en efecto, sentado en absoluta inmovilidad, delante de un rimero de expedientes. La velada de la noche a la cabecera de su mujer y las mortificantes vacilaciones de su ánimo, le daban un aspecto de profundo abatimiento. La sombra de la barba de varios días, aumentaba esa palidez del rostro con la ascética morbidez de los monjes pintados por Zurbarán. Ante la aparición de Díaz, Cortaza tuvo un sobresalto de sorpresa.

-Seguro que no me esperaba, don Matías -dijo el joven, acercándose, risueño, al archivero.

-¡Don Carlitos!, qué, ¿no estaba preso, hombre? -exclamó don Matías, tocando tímidamente la mano que el mozo le tendía por sobre los legajos amontonados en la mesa.

-Como no, pues; estaba preso, pero ahora estoy libre.

-Entonces, ¿lo han soltado o se ha arrancado de la cárcel?

-Me soltaron y voy a contarle cómo.

-¡Vean que diablo de don Carlitos!

Cortaza quería ganar tiempo. Su inquietud de neurasténico le infundía el temor de que la visita del joven trajese una revelación inquietante. El pobre archivero atravesaba una de sus crisis de pesimismo. Díaz se puso a referirle, a grandes rasgos, la fuga con el loco, la seguridad de tenerlo a esas horas al abrigo de toda persecución y, las peripecias de su vuelta a casa de las tías, en la misma noche; la manera de cómo había burlado la vigilancia, y cómo después había preferido entregarse en vez de andar perseguido como un malhechor.

Don Matías, lo escuchaba, atónito. De cuando en cuando sus manos vagaban con extraños movimientos sobre los papeles, a impulsos de supersticiosas invocaciones, que marcaban los trances que iba pasando su espíritu. Cuando el mozo llegó en su narración al acto de su excarcelamiento, aterrado Cortaza, ante la posibilidad que el ñato hubiese revelado su participación en la aventura, permaneció con los nervios crispados del que espera oír el estallido de un arma que alguien está a punto de descargar.

-Esto si que se lo voy a contar con todos sus pormenores -le dijo el mozo, al anunciarle la llegada de Quintaverde al cuarto de la cárcel, en el que se hallaba encerrado.

Cortaza lo miró con aire de pavor. Díaz conoció su angustia, y se apresuró a tranquilizarlo:

-Empezaré por decirle, don Matías, que no dejé sospechar ni por un momento, que usted me hubiese dado la llave para abrir el calabozo.

No se detuvo ante esta mentira por no alarmar a Cortaza.

-¡Hombre!, ¡Qué bueno!, ¡no sabe cuánto le agradezco!.

Sus ojos miraban sin embargo, al mozo con el temor de ver surgir nuevos peligros.

Díaz refirió entonces. con minuciosa exactitud toda su entrevista con el comandante de policía.

-¿Y para qué fue a hablar de las cartas, hombre? -exclamó Cortaza, avergonzado.

-Porque sin eso no me habrían dejado salir, ¡Qué gracia!, ¡Entonces habría habido interrogatorio del juez, averiguaciones de nunca acabar y qué sé yo!

Don Matías meneaba la cabeza descontento. Díaz repuso:

-Esas cartas no son un secreto para el comandante, con ellas lo tendremos mansito, ¿no ve?, don Matías; téngalas bien guardadas, y no habrá temor que el hombre nos ataque.

Este razonamiento dio alguna serenidad a Cortaza. La palabra. de ese mozo, que había impuesto condiciones al odiado comandante de policía, cobraban en el ánimo del archivero una autoridad incontestable. Sin esperar su aprobación, el joven repuso:

-Ahora, don Matías, cuénteme lo que pasó en su casa.

Enredándose en los detalles, el archivero, puso a Díaz, al cabo de lo acontecido después de la fuga de don Julián.

-Yo pasé la noche cuidando a Mañunga; ¿qué quería?, amigo, aunque ella ha sido tan mala conmigo, me daba lástima verla así.

-Hizo bien, don Matías; al enemigo que está en el suelo no hay que ponerle el pie encima.

-Así es, pues -suspiró Cortaza, contento de que el mozo no se burlase de la debilidad de su carácter.

-Cómo no, pues -apoyó Díaz-, ¿no ve que después le vendría a usted el arrepentimiento, si la señora se muriese?

-¡Cómo, si se muriese! No esté diciendo esas cosas don Carlitos; ¡cómo se ha de morir! ¡No esté presagiando desgracias, hombre, por Dios!

Era el grito de su corazón, que se abría paso ante la catástrofe posible. La voz de Díaz, emitiendo como probable la hipótesis de la muerte de la enferma, había sacado al espíritu de Cortaza el invencible amor, amor físico y del alma, aterrado y comprimido en el fondo de su ser por la rabia de los celos, por la ignominiosa certidumbre de su abyección.

Olvidado de su neurastenia, Cortaza parecía asumir una personalidad nueva y miraba con el relámpago de la resolución en los ojos al joven, admirado de la repentina metamorfosis.

-¿Entonces la quiere, don Matías? Para qué está disimulando, ¡todavía la quiere!

-¿Quién le ha dicho que la quiero? No hay tal cosa; ¡cómo la he de querer!

Le había temblado la voz al pronunciar ese desmentido, y sintiendo acudirle un arroyo de lágrimas a los ojos, don Matías, se volvió con precipitación hacia los estantes del archivo.

Sus manos temblorosas cogieron desatinadamente algunos papeles.

Díaz se sintió avergonzado de su ligereza. Como el que se detiene ante la profundidad de un abismo, el joven tuvo en ese momento la revelación de lo insondable de esa enfermedad de amor, que su inexperiencia de la vida le había hecho ignorar hasta entonces. Un sentimiento de pudor le obligó a buscar el modo de cambiar la conversación ; mas, ante todo, quiso disculparse.

-No haga caso de mis bromas, don Matías; no quise ofenderlo; dispénseme. No lo hice con mala intención.

-No crea que me he enojado; pero esas bromas no me gustan -dijo, con humildad Cortaza.

-Bueno, pues, hablaremos de lo que ha pasado en casa de usted.

Don Matías, resumió su narración.

-Poco antes de que yo saliese de casa para abrir el ministerio, Agapito, mi concuñado, me presentó un escrito en papel sellado, pidiéndome que lo firmase. Había ido temprano donde un amigo tinterillo que él tiene y le hizo extender un escrito, acusando criminalmente al loco por el sablazo que hirió a la Mañunga.

-Pero usted no firmó, don Matías.

-¿Qué quería usted que hiciese? Hasta habrían dicho que yo estaba de acuerdo con don

Julián y usted, y tuve que firmar no más. Si usted hubiera visto lo que me costó para no firmar otro escrito, diciendo que yo sospecho que usted es el que ha favorecido la salida del loco. A eso respondí que yo no podía lanzar así contra usted una acusación calumniosa que no podía probar.

-No sacarán mucho con su escrito, porque no han de poder pillar a don Julián -dijo el joven, en tono de perfecta seguridad.

-Sí, pero habrá sumario indagatorio y nos tomarán declaración a todos los de la casa.

Don Matías, reflexionaba como pesimista, admitiendo todas las hipótesis adversas.

-Si le preguntan algo, no hay que confesar por nada. Si usted no habla, ¿cómo puede sospechar el juez que usted me dio la llave?. Pero si habla está perdido, ¿no ve? Diga que no sabe nada, que no oyó nada, y que casi se fue de espalda cuando vio entrar al loco con el sable al comedor.

-Y si toman a don Julián, ¿qué haremos?

· -Lo mismo; no hay que chistar palabra. Responda usted que todos son cuentos del loco, que todo lo que cuenta son invenciones y manténgase: ahí mudo el perro, don Matías, ¿oye?

-Bueno, pues, así lo haré.

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