|
|
|
|
|
|
|
|
|
XVIII Satisfecho así de haber preparado el terreno para hacer frente a los interrogatorios del juez, Díaz se despidió de Cortaza y tomó el camino de la casa de don Guillén Cuningham. Eran poco o más o menos la hora en que había mandado decir a Deidamia que se encontraría en la huerta. Guillén y Javier corrieron a abrazarlo. Díaz se sintió conmovido ante esta franca manifestación de cariño. -Nos habían dicho que te habían tomado preso. -Que te habían encerrado en la cárcel. -Así fue, pero ya ven ustedes que estoy libre. Los dos chicos lo miraban con tímido respeto. El compañero de sus juegos infantiles tomaba para ellos la importancia de un héroe inmortal. ¡Había estado preso en la cárcel y nada se le conocía! Los dos muchachos sospechaban una participación misteriosa del ñato en el trágico suceso de la noche última, porque los había hecho abrirle la puerta de calle. -¿Tú sabes que el loco se salió anoche de su calabozo y que se ha arrancado? -dijo Javier, como anunciando un peligro. -Y que casi mató a doña Manuela -agregó Guillén. Para decir esto, bajaba la voz, a manera de hacer una revelación misteriosa. -Así me han contado -dijo el joven, con aparente indiferencia. Javier repuso en el mismo acento confidencial: -Don Agapito dice que tú eres quien le abrió la puerta al loco. -¡Qué mentira! -exclamó Díaz-, ¿qué sabe ese tonto? -Nosotros no le hemos dicho a nadie que te abrimos la puerta de la calle -dijo Guillén, con importancia. Javier añadió. -Este quería que se lo contásemos a mamá; pero yo le dije que no fuese leso, que era mejor que nos quedásemos callados. -Hicieron muy bien de no decir nada -aprobó Díaz. Y, cambiando de tono, repuso-: No hablemos más de eso: vamos a encumbrar volantines; hay muy buen viento. Pero los chicuelos, profundamente impresionados todavía con la tragedia, de la que debía quedarles un recuerdo indeleble, preguntaron al ñato, con inquietud.: -¿Y el loco?, ¿qué se hizo?; ¿sabes tú? -Por ahí andará suelto, pues; yo no sé. -Si anda suelto -observó Guillén-, es capaz de venir esta noche a la casa chica a matarlos a todos. -Dicen que tiene más fuerza que diez hombres juntos -aseguró Javier. -¡Qué ha de venir! No estén pensando disparates. Traigan los volantines y vámonos a la huerta. Alentados con esas palabras, los chicos sacaron sus volantines y siguieron a Díaz, sin volver a hablar del loco ni de los acontecimientos de la víspera. No tardó en hacerse oír del lado del huerto de la casa chica la armoniosa voz de Deidamia. El ñato corrió en busca de la escalera, y subió apresurado hasta la banda de la tapia divisoria. -¡Ay!, linda, ¡qué felicidad de verte! Radiante de alegría, el joven lanzaba su exclamación, enviando a la muchacha un apasionado beso con los dedos. Deidamia extendió cuanto pudo el brazo, y le paso un ramo de flores que acababa de formar con las más fragantes de su jardín. -Ese es mi saludo -le dijo, con cierto temblorcillo en la voz, distinto del tono de chanza con que acostumbraba hablarle. Y ambos, por un momento, con íntima emoción, se miraron en silencio. Ella y él sentían que un profundo cambio se había producido. Hallábanse en una de esas circunstancias de la vida en que las horas toman su valor de tiempo transcurrido, más que por el número de ellas, por la magnitud de los acontecimientos acaecidos durante su curso. Se les figuraba que su separación había sido de muchos días, tal era la transformación de sus sentimientos, desde que, en la tarde anterior, se habían separado. -Me parece que ayer pasó hace mucho tiempo -dijo el joven, con acento cargado de cierta gravedad reflexiva, que Deidamia no había oído nunca resonar en su voz-; ¿y sabes por qué, linda? Por la cartita que me mandaste anoche, aconsejándome que huyese. La chica, en vez de la franca risa con que acostumbraba a mofarse de los requiebros del ñato, bajó la vista, ligeramente ruborizada. -Yo sabía que iban a perseguirte, por eso te escribí. -Pensé -dijo el mozo- que si yo no te importase nada, no me habrías escrito, y con eso me puse tan contento como si me hubieses dicho que me querías. Deidamia no contestó directamente, pero no lo contradijo. -¡Figúrate mi susto cuando supe que te habían llevado preso! -¿No habrías ido a yerme a la cárcel? -Sí, habría ido con tus tías -contestó ella, con resolución, mirando fijamente al joven. -¡Ay, preciosa! ¡Qué daría yo por ir a ponerme a tus pies, para adorarte por esa respuesta! Después de esa exclamación quedarónse en silencio. La chica se sentía intimidada ante la realidad del amor, que de la noche a la mañana había nacido de su pecho, como esas flores que abren sus pétalos en el misterio del silencio nocturno. Díaz, por su parte, no se atrevió a insistir en expresar su adoración. Temía que pidiendo a la joven una explícita confesión de amor ella rompiese el encantamiento de aquel instante con alguna risa burlesca. Así, los dos se detenían turbados en los linderos del mágico recinto donde se unían ya sus almas en una de esas confesiones tácitas, a las que da el silencio la solemnidad de un juramento apasionado. La joven buscó el modo de reanudar la conversación de una manera natural. -A todo esto -dijo, con una sonrisa casi forzada-, nada me cuentas de lo que hiciste anoche. -¿Anoche? ¡Ah, si! -respondió Díaz despertando de su enajenación -¿Qué hice? Primero, te estuve esperando en el patio. -¡Como podías figurarte que me hubiese atrevido a ir! -La esperanza es tan crédula -exclamó el ñato, con una risa que ahogaba un suspiro. -Si estabas en el patio, ¿entonces tú viste salir a don Julián? -Aguárdate, voy a contarte; pero dime primero: ¿cómo le va a doña Manuela? -¡La pobre tía! El médico la encuentra mejor. ¿Sabes que el loco pudo haberla muerto? -¿Así sería, pues? ¿Pero tú no has pensado que yo tuviese parte en eso? -¡Ay, no!, ni por un instante: si lo hubiese creído, no estaría aquí hablan-do contigo. -Bueno, pues, entonces voy a contarte. Y en vez de empezar, señaló con el ademán la silla de las lecturas de Cortaza. -Tráela, linda, estamos tan lejos; es capaz que me ponga ronco para que me oigas, si no te acercas. En dos minutos, Deidamia, de pie sobre la silla, dejaba que el mozo le tomase una mano. -Así, sí, pues, que se puede hablar -exclamó él, perdiendo su mirada en las luminosas pupilas de la joven. Pronto le hubo referido todas las peripecias en que había tomado parte la noche anterior, y aun en la mañana del día en que hablaban. Deidamia tuvo que contentarse con poco precisas explicaciones acerca de cómo había podido el joven entrar al patio de la casa y llegar a tener la llave del calabozo de don Julián. Hacía el ñato su narración con sencillez. Al entrar, media horas después, a casa de sus tías, encontró en el patio a Onofre Tapia esperándolo. -Don Carlito, le traigo una mala noticia -fueron las primeras palabras del antiguo asistente de don Julián Estero. -Si es mala la noticia, ¿para qué me la trae? -dijo el joven, entre risueño y alarmado. -Porque es preciso que la sepa. -A ver, pues, hable; no crea que me vaya a desmayar de susto. -Mi capitán se me ha perdido, don Carlitos. -No me esté embromando, ño Tapia; el capitán no es un niñito, para que se pierda así no más. -Le voy a contar, para que vea. Después que usted salió de mi casa, fui a buscar a mi compadre, que vive por la calle San Pablo afuera, y le dije que si podía recibirme un alojado, pariente mío, que anda un poco enfermo y quiero que lo cuiden bien. El compadre me dijo “Cómo no, pues, tráigamelo no más, y aquí se lo cuidaremos” Cuando lo dejé todo arreglado, me fui a casa del caballero Topín y le conté a mi capitán lo convenido con mi compadre, diciéndole que vendría a buscarlo por la noche para llevarlo. Mi capitán me preguntó las señas de la casa y quedó muy contento. Entonces me vine a buscarlo a usted. Aquí me dijeron que acababan de llevarle a usted a la cárcel. Fui corriendo a la cárcel, y el alcaide me dijo que para hablar con usted debía traer orden de mi comandante Quintaverde. Entonces me fui donde mi capitán y le conté lo que pasaba. Mi capitán se volvió una furia, pero al cabo de un rato se puso más suave. Cuando le dejé para volver al cuartel, me prometió que me esperaría. En el cuartel mi comandante no había llegado todavía. “Tal vez estará en la cárcel”, me dijeron. Ligerito volví entonces a la cárcel; y, ¿sabe lo que me dijo el alcaide?: “¡El comandante y su prisionero salieron de aquí hace poco rato, conversando muy amigos!” Aunque ya yo estaba cansado, me eché a andar para la casa de don Miguel Topín, a llevarle la buena noticia a mi capitán. Pero ahí ni señas de él. El sirviente me dijo que el caballero alojado había salido y no había vuelto. Ya me entró susto, don Carlito, y fui a trote largo donde mi compadre. Nada, nadie había ido por ahí. -No le busque más; seguro que ha ido a entregarse a la policía -dijo el ñato, fríamente. Y, poniendo el índice de la mano izquierda sobre la sien de ese lado, agregó: -El hombre no es loco, pero algún tomillo le falta, ¿no ve? Ya desde anoche en la calle le había tomado ese tema. -Y, entonces, ¿qué haremos, don Carlito? -Usted nada, pues. Es preciso que nadie sepa que usted está con nosotros. Venga mañana y le daré noticias.
|
|
|
||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran
mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación.
Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines
educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la
actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que
se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos
para retirarlo de inmediato. Actualmente hay 63 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com |
|
Contenidos distribuidos bajo una Licencia de Creative Commons. |
|