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XX Por un momento, los dueños de casa y su visitante se quedaron en silencio. Quintaverde sentía la hostilidad de la señora, y hubiera querido encontrarse muy lejos de su presencia. Para don Matías, el manifiesto desagrado de Quintaverde ante la actitud de doña Manuela le parecía un signo en favor de su dicha futura. Como a todos los tristes, una alegría inesperada le daba una locuacidad de semiembriaguez. Rompió el silencio, sonriéndose, como quien se da cuenta de algún acontecimiento feliz: -¡Vea, qué diablo de comandante!, ¡como también va a casarse! -exclamó a manera de chanza familiar. -¡Oh!, se dicen tantas cosas -replicó, confuso, Quintaverde. -La mentira es hija de algo, comandante; no esté negando lo que es cierto -exclamó, con acento sarcástico En ese instante entró Deidamia. La chica había corrido después de despedirse precipitadamente del ñato. -Ven mañana, y te contaré lo que me diga mi tía. Gervasia, al transmitir a Deidamia el llamado de doña Manuela, había dicho que la señora se encontraba en la cuadra con don Matías y el comandante Quintaverde. -¿Sabes a qué viene Quintaverde? -exclamó Díaz-; viene sin duda a nombre de su sobrino, a recordar la promesa de casamiento. -Cuando menos, ¡y yo que estoy tan dispuesta a cumplirla! -dijo, riéndose, Deidamia-; hablan muy a tiempo. -Dile de mi parte al comandante que no se descuide con su sobrino, si no quiere que yo le corte las orejas. -Bonito se vería: yo no me caso con un motilón. Ambos soltaron una ruidosa carcajada, y Deidamia echó a correr, ágil y graciosa. -Háblale a tu tía por mi, linda, será el mejor momento -le gritó el ñato, siguiendo con la vista a la muchacha, hasta que se perdió tras la puerta de comunicación con el patio. El saludo de Quintaverde fue ceremonioso. Doña Manuela se apresuró a hablar. En su voz, de nerviosa impaciencia, las palabras resonaban desapacibles. -Aquí tiene al señor Quintaverde, que viene de parte de su sobrino. En vez de mirar al comandante, la chica bajó los ojos. Quintaverde, viéndola en esa actitud auguró mal resultado de su misión, y habló con dificultad bajo la mirada de fuego de doña Manuela: -Mi sobrino, señorita, me ha encargado que la salude de su parte, y que le diga que ya que misia Manuelita se encuentra completamente repuesta, le parece que ha llegado el tiempo de hablar del casamiento concertado con los padres de usted y aprobado también por misia Manuelita. Deidamia miró a su tía, extrañándose de que no hubiese contestado por ella: -Como tus padres no están por el momento en casa -dijo la señora-, Matías y yo hemos dicho al comandante que lo mejor sería que hablase contigo. Deidamia miró entonces resueltamente a Quintaverde. Lo que acababa de decir doña Manuela le dio ánimo para explicarse con entera libertad comprometida. -Pero usted, señorita, aceptaba el compromiso -arguyó Quintaverde. -Yo no decía nada, ¡era para tanto tiempo después! El comandante se puso de pie: -Creo que estas cosas no pueden discutirse; yo hablaré con su papá, para que él me diga su determinación. -Agapito y Sinforosa -dijo doña Manuela- no contrariarán a su hija y dirán que se equivocaron. -Eso es, pues -interpuso Cortaza, deleitado por la confusión del militar-. Si la niña no quiere, no hay más que hacer; ¿no ve? Quintaverde juzgó inútil prolongar su visita. El desahucio no podía ser más categórico. Despidióse entonces fríamente, y salió de la casa. El aire libre le devolvió su serenidad. “Era un mal trago que había que pasar; ya está ella notificada de mi casamiento. No podrá decir que la he traicionado. Por lo que hace a Emilio, ¡qué me importa! Novia no le ha de faltar.” Fue la oración fúnebre con que enterraba sus amores pasados. Los que quedaron en la sala de recibo lo vieron cruzar el patio con el aire de un hombre exento de cuidado, que siente el vigor de su cuerpo en cada movimiento. Doña Manuela se sentó, esforzándose por ocultar su abatimiento. En ese instante, todo su amor al hombre que le volvía la espalda se tomaba en odio desesperado. -Hiciste bien en contestar de ese modo -dijo a la chica, poniéndole una mano sobre la cabeza. Con un esfuerzo de altanera voluntad, quería ocultar su despecho, para sofocar los celos turbulentos aferrados, cual tenazas candentes, a su corazón, y hablaba así a la chica para tener el aire de interesarse por algo que no fuera su punzante sinsabor. Para Deidamia, todo aquello era una gran sorpresa. Se había despedido de Díaz resuelta a luchar. Al oír que el comandante Quintaverde estaba de visita en la sala, no dudó de que viniese a nombre de Emilio Cordonel; Acostumbrada a leer en el rostro de su tía las emociones que la afectaban, la chica notó ya, al entrar, que una gran agitación dominaba a la señora. Mas, ni el tono de su voz ni la mirada con que la había recibido le parecieron justificar los temores con que ella llegaba. Lo que había seguido hasta la salida de Quintaverde fue para ella una revelación tan prodigiosa como inesperada. Sin darse cuenta de lo que hubiese podido producir aquel cambio de actitud de su tía, sintióse tan penetrada de reconocimiento hacia ella, que, al recibir su caricia, se alzó rápidamente y le enlazó con sus brazos el cuello. Cortaza habría querido hacer otro tanto. El hecho sólo de que su mujer lo hubiese llamado a la sala en vez de ocultarle la visita de Quintaverde bastó para disipar de su espíritu la tortura de los celos que le había hecho prorrumpir en amargas imprecaciones en el fondo de la huerta. El tono desdeñoso de su mujer al hablar al comandante en presencia de él y la libertad en que había dejado a Deidamia para romper el compromiso, eran sobradas pruebas, en su sentir, de que doña Manuela rompía con el pasado y lo llamaba a una sincera reconciliación. La antigua herida estaba, por supuesto, allí, sin cicatrizarse; era la bala en el cuerpo -se decía otra vez-, con que viven tantos inválidos de la guerra. La esperanza de alcanzar felicidad relativa en lo futuro, renacía ahora. El espectáculo de doña Manuela y de su sobrina tiernamente abrazadas le regocijaba el corazón como un presagio feliz. -Tía, ¡qué feliz me encuentro! -le dijo, en un tierno murmullo-, y se lo debo a usted; yo no podía conformarme con ese casamiento. Doña Manuela fijó en ella una mirada interrogativa. -¡Y por qué? -preguntó- -Emilio no me gusta, nunca lo habría querido. -¿Y quién te gusta, entonces? Deidamia bajó los ojos, y casi entre dientes: -Usted sabe muy bien. Recordó al contestar así la recomendación de Díaz de hablar a la señora en favor de él. Nunca podría presentársele tan propicia ocasión de hacer a su tía la confidencia de su amor y los proyectos matrimoniales del ñato; pero, al alzar la vista para observar en el semblante de doña Manuela el efecto de su respuesta, su esperanza, como un castillo de naipes, rodó por el suelo. -¡Cómo!, ¿de quién estás hablando? Una mirada a la que el encendido color de la señora daba reflejos de amenaza, acompañó a esa interrogación. Turbada, pero resuelta a defender su causa, la chica murmuró: -Usted sabe, pues; le hablo de Carlos Díaz. -¡Cómo! ¿Tú quieres a ese ñato insolente? ¡Era lo que faltaba! Deidamia inclinó la cabeza para dejar pasar la tormenta. Doña Manuela repuso con acento de desprecio: -¡Un mocoso atrevido! La muchacha continué silenciosa, sin levantar la frente. No sintiéndose contradicha, doña Manuela pasó de las exclamaciones a las razones: -¿Qué sacas con quererlo? Un chiquillo que no tiene maduro el juicio todavía y que no está en edad de casarse. -Va a tener los veintiún años; hay muchos que se casan a esa edad murmuré, tímidamente, Deidamia. La observación irrité a la señora. No pudiendo negar la verdad de lo que su sobrina aseveraba, dejó hablar a su imperioso carácter. -En fin, yo no apruebo ese disparate, y me admira que te atrevas a hablarme de un muchacho que me ha enfrentado en todo Santiago. ¡Jamás, jamás permitiré entrar a ese atrevido en mi casa! El ademán autoritario, el tono áspero, acentuaban la amenaza. No era ya dueña de sí misma. Un delirio de lucha daba repentino vigor a las fuerzas debilitadas por la enfermedad. Los propósitos de indulgente mansedumbre se desvanecían al soplo de su despecho. Con alaridos de jauría exasperada por la pérdida de la presa, sus celos impotentes le gritaban el acerbo desengaño del abandono: los virtuosos propósitos de enmienda espontánea se habían convertido en humillante y forzosa necesidad. Era su amor propio de mujer despreciada lo que buscaba descargar así sobre Deidamia el peso del rubor que la agobiaba. Arrastrada por la vehemencia de su desazón, doña Manuela, repitió: -¿Me oyes?, ¡jamás entrará en mi casa ese insolente! Deidamia se dejó caer sobre una silla, sollozando, mientras que su tía, sin querer que nadie la acompañase, se dirigió a su dormitorio. Cortaza, prudentemente, se había escabullido. En su dormitorio, doña Manuela expuso a Sinforosa y su marido las pretensiones de Deidamia, declarándoles su abierta oposición a ellas. Un coro de denuestos contra el ñato fue la respuesta a esa declaración. -¡No faltaba más! Un muchacho callejero como ése -exclamó Sinforosa. -El es, el muy pícaro, quien hizo arrancarse al loco -dijo don Agapito-; de ahí viene toda esta bolina. -Que se meta con su amigo Chanfaina -repuso Sinforosa, con ademán de desprecio. En la comida, la chica, sorda a los denigrantes calificativos que hacían llover sus padres sobre Díaz, absteniéndose con desdén de comentar, mirando obstinadamente en el vacío, juraba en silencio que nadie la haría desistir de su propósito. -Deidamia, anda a acostarte. Salió del comedor tras don Matías, que en ese momento llegaba al pasadizo, dirigiéndose al dormitorio de su mujer. Fuera ya de la vista de sus padres, Deidamia dejó estallar la violencia de su pena. -No te aflijas, hijita -díjole, compasivo, don Matías, al verla cubrirse el rostro con las manos. Y oyendo los sollozos que hacían estremecerse a la muchacha: -Déjalos que griten no más: yo le hablaré a la Manuelita, pero poco a poco, no hay que atropellar las cosas: ya verás que tu tía acabará por consentir. Deidamia, sin oír más, se alejó de él. -De balde me dice eso, yo conozco a mi tía, y es ella la que manda. -¡Pobre chiquilla! -suspiró, deplorando su nulidad, que no le permitía consolar ese dolor tan aflictivo de la mujer que llora. Doña Manuela, fingiendo una calma que estaba muy distante de tener, había despedido a Gervasia, para que fueses a servir la comida. -¿Entonces, su mercé va a quedarse sola? -preguntó la criada. -¡Si, sí, no tengo necesidad de nada; me acostaré cuando hayan concluido de comer. Pronunció esas palabras con la reprimida impaciencia, ansiosa de ver salir del cuarto a la sirvienta, que no se daba prisa, con ademanes de prever lo que necesitaba la señora, extendiéndole una manta sobre las rodilla, acercándole los objetos de que podría necesitar. -¡Anda, anda, Gervasia, déjame sola, vas a sacarme de paciencia. Apenas la sirvienta cerró la puerta, doña Manuela sacó de su seno la carta de Quintaverde. Durante las escenas que acababan de pasar en la sala de recibo, esa carta era un ascua que le quemaba el pecho, un roedor oculto, testigo y prueba de su oprobio, que la sometía a un doble sufrimiento: el disimulo de los suyos y el devorante deseo de leer su contenido y buscar alguna frase consoladora. Sentada cerca de la ventana, desplegó el papel y empezó su lectura. En los primeros momentos, sus ojos veían confundirse las palabras, desvanecerse las letras en tintes fugitivos de arco iris, ondular los renglones de curvas serpentinas. Sólo mirando al patio con voluntad intensa de dominarse y pensando en que nada iba a leer que no lo supiese ya, pudo sobreponerse al sacudimiento que la agitaba y leer por fin, con relativa calma, las primeras frases. Mas, a medida que avanzaba la lectura, las aceleradas palpitaciones del corazón le enviaban al cerebro, en ondas tumultuosas, la agitada sangre, le anudaban la garganta, como un dogal que aprieta una fuerza extraña, hacían bailar en su imaginación, en una zarabanda fantástica, los enconados sarcasmos, las irritadas acusaciones, la forzada risa de un impotente desprecio. Todo era hipócrita mentira; ninguna explicación bastaba a disminuir la insultante falsía; nada alcanzaba a atenuar la cruel realidad del abandono. En ese círculo de amargas reflexiones, daba vueltas, precipitada por un turbión de desengaños, su mente adolorida. Así llegó, sintiendo despedazársele el corazón, con sus tumultuosos latidos, a la última frase. El mal velado anuncio del casamiento fue como un dardo de fuego que le hubiese atravesado el pecho. Ante la insultante realidad, escrita ahí delante de sus ojos, por la misma persona, pródiga de juramentos de inextinguible amor ayer apenas, la señora sintió resonar dentro de los oídos un confuso rumor de espanto del que, maquinalmente, quiso huir, pidiendo auxilio. Pero, al levantarse, las manos buscaron en vano un apoyo en el vacío, el semblante enrojeció amoratado y el cuerpo, como una columna sacada de repente de su base, cayó sobre la poltrona, quedando sin movimiento. Pocos instantes después entró Cortaza al dormitorio. La luz de la tarde empezaba a declinar. Al ver desde la puerta a su mujer desmayada sobre la poltrona, con la cabeza inclinada sobre el pecho, figuróse que estaba durmiendo, y se adelantó a ella sin hacer ruido, pero, al acercarse, oyó su respiración afanosa y pudo ver el rojo tinte de su rostro. -¡Manuela!, ¡Manuela!, ¿qué tienes? -exclamó, espantado, tratando de levantarla. Su exclamación no tuvo respuesta. Entonces dio la alarma, llamando a voces. -¡Deidamia! ¡ Sinforosa! ¡Gervasia! Nadie respondió. El había cerrado la puerta al entrar, y su voz no alcanzaba a oírse desde las otras piezas de la casa. Precipitadamente trató de colocar a la enferma en una postura que le mantuviese alta la cabeza, a fin de correr él a la puerta a repetir su llamado. Al incorporase, vio sobre la alfombra la carta de Quintaverde, que las manos de la señora habían dejado caer. La vista de ese papel lo detuvo. Al cogerlo con miedo, una sospecha certera le atravesó el pensamiento, como una luz repentina. Ocultando el papel en su bolsillo, lanzóse entonces a la puerta y llamó nuevamente. Pronto acudieran Sinforosa, Deidamia y Gervasia. - Le ha dado un desmayo; yo la encontré así: acuéstenla pronto, voy a llamar al médico. Don Matías dijo todo eso con visible agitación, y salió, casi corriendo, de la pieza. En la vecina, encontró a don Agapito, que acudía el último, y le refirió la alarmante ocurrencia. -Yo me siento sin fuerza para llegar hasta la casa de alguno de los médicos; ¿no podrás ir tú, Agapito?; hazme ese favor. - -Bueno, yo iré -contestó Linares, que prefería el paseo por la calle a quedarse con las mujeres. Después de verlo salir, Cortaza corrió a su cuarto. La lectura de la carta dio el golpe de gracia a sus recientes ilusiones. Al caer despeñado de sus modestas esperanzas de porvenir, sintió doblemente el dolor de ese golpe: el atroz desengaño ponía a descubierto las heridas de su alma no cicatrizadas aún. Pero un rugido de salvaje alegría mitigó su desesperación. Las frases de la carta eran el mejor castigo que él podía haber ideado para vengarse de su mujer. El comandante le vengaba. La memoria enloquecida invocó, sin buscarlo, el recuerdo de una de sus conversaciones con el ñato Díaz en la oficina del ministerio: ¡Catatán!, ¡Catatán!, le gritaba sarcástico con cruel satisfacción la voz del joven. El ñato tenía razón, ¡si él se hubiese hecho respetar, ella le habría tenido miedo! El médico traído por don Agapito dejó su enigmática receta en latín y habló vagamente de una meningitis. Sinforosa y Gervasia opinaron porque no se debía hacer caso de la receta. Lo importante era continuar con los remedios caseros. Al siguiente día los médicos llamados a consulta confirmaron el diagnóstico del que había visitado a la enferma la noche anterior. A medida que se sucedían las horas, la casa tomaba por momentos aspecto lúgubre. Los envíos a la botica por nuevos remedios se sucedían a cada instante. Era la batalla contra la muerte, en que la ciencia hacía avanzar como una reserva sus últimas fuerzas. En la tarde hubo una vislumbre de mejoría. La enferma pareció dormir con alguna tranquilidad. Deidamia, después de observarla por un rato, salió de la pieza y corrió a la huerta. El ñato la esperaba en su puesto de la tapia. Las voces de Guillén y Javier resonaban alegremente, encomiando cada uno su propio volantín como el más encumbrado de todos los que por allí poblaban el espacio. El ñato conocía ya por sus tías el nuevo ataque de doña Manuela, del que todo el vecindario hablaba a esas horas. El semblante pálido y descompuesto de la chica confirmaba las alarmantes noticias. -¿Cómo está tu tía? -le preguntó con interés. - Muy mal me parece. Al responder, Deidamia se cubrió los ojos con su pañuelo, sintiéndolos nublados por las lágrimas. -Pero, ¿cómo?, ayer estaba perfectamente. ¿Para qué te llamaba? La joven le refirió todo. Con su egoísmo de enamorado, el ñato pensó en sus intereses. -Que se oponga a que nos casemos, poco importa -dijo con desprecio-. Me basta con que le hayan dado el pasaporte al oficialito; el consentimiento vendrá después. Deidamia se encogió de hombros, incrédula. -No hablemos de eso ahora. Tú sabes que te quiero y que con nadie me casaré sino contigo. Pero ahora no puedo ocuparme sino de la salud de mi tía; me voy a cuidarla. Te aseguro que tengo un susto atroz, que no tuve el otro día, cuando la vi herida. -¡Qué lástima que te vayas!, yo te traía una buena noticia. -¿Qué noticia? Si es buena, dímela pronto. -Don Julián, tu tío, ha sido puesto en libertad. La corte aprobó la sentencia del juez. -¿En libertad? ¿Entonces va a venir a casa? -exclamó con aire enternecido la chica. -No; acabo de dejarlo en el convento de San Francisco, donde me envió a pedirle asilo. No quiere ver a nadie. La noticia de la recaída de doña Manuela lo ha puesto más callado que lo que estaba en la cárcel. -¡Pobre!, me alegro de que esté libre -dijo Deidamia sin entusiasmo. El joven notó la poca impresión que su noticia había causado a Deidamia. -Don Julián -le dijo- será nuestro protector. -¿Cómo lo sabes tú? -Porque él me lo ha prometido, y don Julián, libre, tendrá que ser respaldado por toda la familia. Por eso te dije que el consentimiento de tu tía vendrá después.
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