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XXI Don Julián ocupaba una vasta celda en el segundo patio del convento. Díaz le explicó las ocurrencias acaecidas en la casa, que acababa de saber por Deidamia; la visita del comandante Quinta-verde, la violenta fiebre de doña Manuela, que era, a juicio de la joven, una consecuencia de esa visita; le habló de la exaltada manera como había expresado la señora a Deidamia su inflexible oposición a su casamiento con él; le pintó, por fin, el alarmante estado de doña Manuela y la encarecida súplica de que fuese don Julián a verla, que venían a traerle don Matías y don Agapito. Don Julián se paseó sombrío y agitado por la pieza. -¿Y qué piensa usted que debo hacer? -preguntó deteniéndose delante del joven. Temeroso de la violencia de su carácter, había renunciado a guiarse por su propio criterio en lo concerniente a su familia. La rectitud y la decisión del juicio de su libertador le inspiraba plena confianza. -En su lugar, yo iría -contestó el ñato-, mejor es ser generoso, don Julián. Estero pareció vacilante, sin embargo. Díaz salió del aposento y emprendió a paso acelerado el camino de la portería. Los vastos corredores repetían el eco de su marcha sobre los gastados ladrillos del piso. -Vengan, vengan ligerito -dijo a los dos que esperaban-; el hombre parece bien dispuesto; no hay que dejar que se le pase el buen humor. Pronto llegaron a la celda ocupada por don Julián. Díaz abrió la puerta y entró, haciendo señas a los dos concuñados de seguirlo. Los visitantes entraron con timidez. Don Julián los miró de frente, sin saludarlos. Hubo entonces un espacio de inquietador silencio. Intimidado por la mirada del que los recibía, don Agapito dijo en voz baja a Cortaza. -Hable, pues, don Matías. Cortaza quiso congraciarse, con un sonrisa amable, la buena voluntad del hermano de su mujer y dijo con voz tímida. -Aquí venimos, pues, a verlo, don Julián... Díaz lo interrumpió: -Mejor es que los deje solos hablar de sus asuntos de familia. Y se adelantó hacía la puerta del aposento. Don Julián lo detuvo. -No, amigo Díaz, no se vaya; yo quiero que usted oiga nuestra conversación-. Y volviéndose hacía Cortaza-: Diga, señor, lo estoy oyendo -dijo secamente. -Aquí venimos a visitarlo de parte de mi mujer, que está muy enferma y que desea mucho verlo. -Mi visita no la ha de curar -dijo con áspero tono don Julián. -Ella cree que si -replicó Cortaza, con acento de rendida súplica. Don Julián repuso con el mismo tono áspero con que había hablado. -Yo creía que ustedes venían a pedirme perdón a nombre de ustedes también. Los dos visitantes palidecieron. Aquellas palabras les parecían precursoras de algún terrible estallido de cólera de parte del que aún creían loco. -Sí, pues, también a pedirle perdón -dijo con deferente complacencia don Matías. Don Agapito hizo eco: -También, por supuesto, a pedirle perdón. El miedo de alguna embestida súbita arrancó esas palabras a Linares, a pesar de la humillación que sentía de tener que decirlas delante del ñato. El acto de contrición de sus cuñados pareció suavizar el tono de voz de don Julián. -Si todos piden perdón es otra cosa. Así veremos si alguna vez puedo perdonamos. Ahora no hablemos de lo pasado; por el momento me basta con la vergüenza que ustedes y mis hermanas deben sentir por la crueldad con que me han martirizado. -La pobre Mañunga creía que usted no estaba en su juicio -dijo con voz quebrantada don Matías. -Y nos lo hacía creer a nosotros -dijo cobardemente don Agapito. Don Julián hizo señas de rechazar esa justificación por inadmisible. -Repito que dejo atrás lo pasado, por ahora -acentuó, recalcando la voz sobre las dos últimas palabras-: me ocupo sólo del presente. Ustedes vienen a suplicarme de parte de Manuela que vaya a verla porque está muy enferma y solicita mi perdón: ¿no es así? -Así es, pues -dijeron los dos amedrentados emisarios. -Pues yo les declaro a ustedes que, si llego a acceder a esa súplica, lo haré únicamente por darle gusto a mi joven amigo don Carlos Díaz. Es preciso que ustedes sepan que es él quien me ha aconsejado el perdón y que a él tendrán que darle las gracias. -Le damos las gracias, don Carlitos -dijo Cortaza con verda-dero acento de gratitud. -Yo también le doy las gracias, amigo -le dijo don Agapito entre dientes. -Hacen bien en mostrarse humildes -repuso don Julián-, porque yo tengo que poner mis condiciones. Empezaré por decirles que ya tienen que agradecerme que me haya venido de la cárcel a este convento, cuando podría haberme ido a mi casa a hacer valer mis derechos de dueño y hacerlos salir a todos ustedes de ella. Dejó pasar un momento. Quería hacerlos medir el peso de esa declara- -Esperando que me agradezcan mi prudencia -repuso-, voy a decir la condición expresa que pongo para consentir en lo que me piden. Me ha dicho mi amigo Díaz que él quiere casarse con mi sobrina Deidamia y que cuenta con el amor de la niña, pero que sus padres y Manuela se oponen a ello. Pues bien, yo no iré a ver a Manucla hasta que ustedes me traigan el consentimiento de los tres y que le pidan a Díaz que vuelva a casa de ustedes. Don Agapito pensó que era una gran felicidad el poder salir del paso a tan poca costa. -Yo doy desde luego mi consentimiento. -Yo también, por supuesto -apoyó Cortaza. -Está bien, vayan entonces a pedir su consentimiento a Manuela y a Sinforosa; yo quiero que mi amigo Díaz sea recibido con la mayor consideración por toda la familia. Le debo mi libertad. Ustedes todos le deben el gran servicio de impedirles que continuasen cometiendo el crimen de que yo era víctima. Ninguna entonación de odio resonó en su voz. Hablaba con la solemnidad del juez que pronuncia un fallo de alta justicia. -Mil gracias por lo que me toca, don Julián -díjole el joven estrechándole calurosamente una mano. -Hablo como debo, amigo -respondió Estero. Volviéndose a sus cuñados, agregó: -No se figuren ustedes que este caballero me haya pedido que pusiese la condición que yo impongo. Cuando él quiere una cosa, no tiene necesidad de que le ayuden; pero yo soy su agradecido, y así como he hablado en su favor, yo sabré todavía cómo probarle que no soy un ingrato. Con sencilla majestad volvió la espalda a sus cuñados. Estos se dieron prisa en salir. Mientras caminaron por los largos y solitarios corredores, Cortaza y Linares guardaron silencio. Al encontrarse en la calle, don Agapito habló el primero: -Me he convencido de que el hombre no está loco. Mientras recorrían la distancia de la celda a la portería del convento había tenido tiempo de reflexionar. El interés de Deidamia y el de sus padres estaba en inclinarse ante la voluntad de don Julián. Este pensamiento le hizo añadir: -¿Y a qué viene esa oposición de la Mañunga? Si ha despedido al sobrino de Quintaverde, estamos libres de compromiso, ¿no le parece, don Matías? Entonces empéñese conmigo para que la Mañunga se deje de oposiciones y de tonterías. Cortaza no contestó. A pesar de su amargo desconsuelo, estaba inquieto por su mujer. Los médicos, en su última visita, se habían mostrado enigmáticos sobre la salud de la enferma. Al entrar en la casa, el semblante de los que esperaban aumentó esa inquietud. -La Mañunga sigue mal -dijo Sinforosa a su marido, enjugándose las lágrimas. Los dos hombres entraron a la pieza de la enferma. Doña Manuela los miró con ansiedad. -¿Viene? -preguntó con voz debilitada. -Sí, vendrá -dijo don Agapito. Pero había que expresar a la enferma la condición de la visita de don Julián. Con tímidos circunloquios, don Matías contó la entrevista y llegó al fin a la exigencia concerniente a Carlos Díaz. -Es el único modo de hacer la paz -agregó don Agapito en tono persuasivo. Por causa de su abatimiento físico y por el terror de su espíritu, la energía con que siempre hiciera triunfar su voluntad se había desvanecido en la señora. -Sí, sí, hagan lo que quieran -exclamó con vehemencia-, pero que venga pronto. Corran a llamarlo; vayan los dos- añadió dirigiéndose a Cortaza y a su cuñado. -Se lo vamos a traer ligerito -díjole Linares, para tranquilizarla. Cortaza, abatido, se había acercado a la cama. -Corre, hijito -le dijo la enferma en un lamento de súplica. En sus ansias, la infeliz hacía depender su salvación en esta y la otra vida del perdón de su hermano. -Si me perdona, voy a sanar -decía con lánguida voz. Los dos emisarios atravesaron el patio casi corriendo. Al llegar al convento vieron salir un grupo de gente de la portería. -¡El viático! -exclamó sobrecogido de pánico don Matías. -¡El viático! -hizo eco con voz temblorosa don Agapito. Ambos se descubrieron, poniéndose de rodillas sobre el suelo de la calle. Delante de ellos pasó un ruido de campanillas y su murmullo de oraciones el lúgubre grupo. Un monaguillo precedía la marcha llevando la cruz, y seguía tras éste el sacerdote revestido de sobrepelliz, sosteniendo con ambas manos el cáliz. A su lado, otros dos monaguillos agitaban con afán las campanillas. Los transeúntes, con devota reverencia, se ponían de hinojos, descubierta y humillada la frente, santiguándose con religioso terror al ver pasar el apresurado séquito, mensajero de la última esperanza. Cortaza y su compañero, con fúnebres presentimientos, permanecieron de rodillas hasta que el ruido de las campanillas se perdió en la distancia. Levantándose, anduvieron a paso largo, hasta desaparecer por la misma puerta por donde acababa de salir el viático. Don Julián oyó con aire turbado el mensaje de que sus dos cuñados eran portadores. -Puesto que se respeta mi deseo -dijo-, yo estoy dispuesto a cumplir mi promesa. -Si le parece, nos iremos al instante -dijo don Matías, en cuyos oídos resonaban con siniestro retintín las campanillas del Sacramento. -Estoy pronto, amigo Díaz, vamos andando. A pesar del tono resuelto de la respuesta, el semblante de don Julián acusaba una visible emoción. -Vayan ustedes primero, para que puedan anunciarme; nosotros los seguimos -dijo a don Matías. Algunos minutos después que Cortaza y don Agapito habían salido, don Julián y Carlos Díaz los siguieron. -Amigo Díaz, hago este sacrificio por usted; había jurado no ver jamás a esas gentes. -Mucho se lo agradezco, don Julián. Antes de llegar a la casa encontraron el viático de vuelta. Los dos hombres apresuraron el paso en silencio. Delante de la puerta de calle, un grupo de curiosos se había formado al ruido de las campanillas. La servidumbre de don Guillén, reunida del lado de la casa grande, estaba presenciando cuanto ocurría en la casa chica. Por una ventana, Guillén y Javier, sin atreverse a salir, aguardaban la llegada del que para ellos era todavía el loco. Al divisar a Carlos Díaz, los dos chicos salieron corriendo hasta encontrarse con el joven; los niños no habían reconocido a don Julián Estero en el hombre bien vestido que acompañaba a su amigo. -Ñato, ñato -le dijeron en voz baja, con cariño-, qué , ¿no ibas a venir con el loco? ¿Dónde está? -Cállense -les dijo el mozo, alejándolos de don Julián-; es este caballero que viene conmigo. Los chicos miraron incrédulos a Estero, que se había detenido a esperar a Díaz. -¡Los niños de don Guillén!, ¡tanto que los envidiaba en sus juegos! -dijo don Julián, enternecido. Los de la familia salían a recibir a los recién llegados. Sinforosa y su hija, con lágrimas sin enjugar, saludaron a don Julián tímidamente. Este puso una mano sobre la cabeza de Deidamia. -Sobrina -le dijo-, abrace a su tío, que le promete quererla siempre. La chica se arrojó sollozando en brazos de don Julián, sin tener fuerza de proferir una sola palabra. Los demás contemplaron mudos aquella escena, en la que don Julián empezaba a manifestar el propósito de hacer cumplir su voluntad con respecto a la futura suerte de la chica. Cortaza, Sinforosa y don Agapito habían entrado a anunciar la llegada de don Julián. Gervasia sostenía a la enferma, que se había sentado, esperando la aparición de su hermano. -Llévame donde tu tía -dijo don Julián a Deidamia. La chica anduvo delante de él. -Por aquí, tío. Atravesaron hasta la puerta de la enferma. Hubo en ese momento un solemne recogimiento entre los que rodeaban a doña Manuela. Todos fijaron la vista entonces en su hermano. Don Julián avanzó con lento paso hacia el. lecho de la paciente, sin hablar, como un cuerpo movido por una fuerza extraña, cubriendo a la señora con una profunda mirada de intensa tristeza. Doña Manuela extendió las manos, cubierto el rostro de palidez cadavérica. Emitió algunos sonidos inarticulados, que terminaron en un estertor de agonía, y la lívida frente se inclinó sobre el pecho con el abandono de la eterna inmovilidad.
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