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XXII Del borde de la tumba, la tierra cayó sobre el ataúd con el rudo desapacible de los cuerpos que no tienen resonancia. Un grupo escaso de amigos presenció con ánimo indiferente y compungido rostro la fúnebre tarea de los sepultureros. Para cada cual, ese fin aterrador estaba lejos, oculto allá en la noche de esperanzas con que el cielo envuelve las incertidumbres del inevitable problema. Cortaza miró desaparecer poco a poco el cajón sin emoción aparente. Apenas, de cuando en cuando algún ademán hacía sospechar las trágicas sensaciones que cruzaban por su cerebro. Tras el negro cajón, sobre el que la tierra iba amontonándose, él veía las pálidas facciones, respetadas por la muerte en su majestuosa hermosura. Y sus ojos no podían llorar en la eterna despedida. Su corazón oprimido se negaba al enternecimiento. Estoico, siguió entonces con Carlos Díaz a los concurrentes agrupados tras el sacerdote, que se retiraba después de haber murmurado las últimas oraciones. En la puerta del cementerio se despidió de todos para regresar a pie a su casa. La caricia del sol lo estremeció con un temblor desconocido. Su pecho respiró ensanchado, libre de su constante opresión. Dejaba atrás, en el cementerio, su miserable existencia de engañado inconsolable. Algo en el fondo de su alma entonaba un himno de contento. ¡Libre! ¡libre!, ya no volvería a tener celos. El joven entró con él en la casa. Don Matías se dirigió a su cuarto con tranquilo continente. Tomó de una mesa el “Robinson Crusoe” y fue a sentarse como antes al fondo de la huerta: Ahora podía leer las aventuras de aquel solitario sin envidiarlo. Díaz entró a la sala de recibo, donde lo esperaba Deidamia. La palidez de la chica se iluminó con un rayo de consuelo al sentir en su frente el beso apasionado con que la saludó el joven, sentado junto a ella, estrechándole con ternura las manos. -Ahora, linda, miremos para adelante y dejemos reposar en paz a la que se queda en el camino. Don Julián quiere que nos casemos ya. Te da como regalo de boda esta casa, y a mí la casa de la calle San Pablo, donde iremos a vivir, reservándole una pieza. El se retira a su chacra y nos convida a ir a verlo cuando queramos. Guillén y Javier, con aire de infantil incertidumbre hablaron al través de la reja. -¿Cierto que tú te vas a casar con Deidamia? -Cierto, y ustedes serán mis padrinos -les dijo el mozo alborozado. -¡Viva el ñato! -gritaron los dos chicuelos, entrando en la sala y abrazando a los novios con ruidosas señales de alegría. FIN
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