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Baldomero Lillo Casi al final de la avenida
encontré el número indicado en la hoja impresa que llevaba en el bolsillo. Pasé
a la acera de enfrente y examiné la fachada del edificio, en la cual se
ostentaba en grandes caracteres en letrero que decía: -¿Puedo hablar con el jefe de la casa? El empleado se volvió para mirar a través de una vidriera que había a su espalda y, en seguida, reanudando la tarea de despachar al único cliente que había en el almacén, me dijo: -El señor Pirayán está en este momento ocupado, pero no tardará en venir. Me apoyé en el mostrador y esperé. A pesar de aquel pomposo por mayor y menor y de la hábil y estudiada colocación de las mercaderías en las armazones para llenar los huecos y aparentar una gran existencia, su adquisición no habría arruinado a ningún Rotschild. El Anzuelo de Plata no
pasaba de ser un modesto tenducho con un giro insignificante. Comprendí que me hallaba delante
del jefe de la casa y, sacándome cortésmente el sombrero, le dije, al mismo
tiempo que desplegaba el diario que tenía en la diestra: Sus ojos se clavaron
en los míos y durante algunos segundos me sentí escudriñado y analizado por
aquella mirada penetrante. Con voz reposada me contestó: -Sí, señor -le interrumpí-, aquí tiene certificados y recomendaciones que acreditan mi honorabilidad y competencia. Los hojeó un instante
y luego devolviéndomelos masculló con tono displicente: Pareció que mis respuestas le hacían reflexionar. Después en breve silencio me dijo: -Amigo, esta casa, por
su antigüedad y la extensión de su giro, en nada cede a las más importantes de
esta plaza. Ser empleado de Pirayán y Compañía es un honor difícil de conseguir.
El aviso que a usted le trae apareció sólo ayer y ya han venido más de cuarenta
pretendientes, de los cuales la mayor parte son gente ya fogueada en el
mostrador, veteranos hábiles y no aprendices como usted. El señor Pirayán me oía en silencio sin quitar de mi rostro su aguda mirada. Por fin, como quien hace una concesión enorme, irguiéndome majestuosamente, me dijo con tono solemne: -Pues bien, contrariando nuestras prácticas voy a hacer en favor de usted una excepción. Lo tomo con estas condiciones: estará en la tienda todos los días, incluso los domingos, a las siete de la mañana. Hará todos los trabajos que se le encomienden. En la noche se cierra a las nueve, pero no podrá retirarse sino después de haber barrido, puesto en su sitio las mercaderías desarregladas por la venta y renovado el muestrario de las vitrinas. El domingo cerramos a
las doce, pero se aprovecha la tarde en sacudir y dar una nueva colocación a las
existencia para variar el aspecto del almacén. -Ninguno, señor. Estoy listo. La primera faena que se me encomendó, a pesar del entusiasmo que estaba poseído, me produjo cierto estremecimiento que recorrió mi epidermis desagradablemente. Se trataba de lavar algunos centenares de botellas vacías, sin más elemento que una tina, el agua de la llave y una libra de perdigones.. Mas, deseoso de demostrar que ningún trabajo me arredraba, me quité el vestón y los puños de la camisa y me puse denodadamente a la tarea. Con los brazos arremangados, las manos ennegrecidas y los pies en el agua, permanecí en aquella execrable faena hasta la hora de comer. Después de la comida que, por su frugalidad era digna de un anacoreta, pasé al almacén. Las luces estaban ya encendidas. Mientras el otro
empleaba despachaba a algunos parroquianos, el señor Pirayán me hizo una seña
para reunirme con él en un extremo del mostrador y ahí, sin preámbulo de ninguna
especie, me espetó el siguiente discurso-programa en el que estaban señalados
todos los deberes de mi nuevo cargo. Antes de dar un precio, examine al comprador para ver qué lugar le corresponde en la clasificación que ha hecho la casa de todos sus clientes y, según dicho examen, recargará usted el precio sobre el mínimo marcado en el artículo. . Esta clasificación hecha por grupos es un poco difícil para los principiantes, pero ya la dominará usted con la práctica. Cuando le pidan alguna mercadería, jamás muestre usted la de mejor clase. Se debe siempre empezar por la de
calidad inferior. No se debe dejar ir ningún comprador con las manos vacías. El
lema de la casa es: "vender por la persuasión o la astucia". Si apurados todos
los recursos el cliente se muestra intransigente, se apela a los grandes medios.
En esto la casa es una Me pareció tan
absoluta esta afirmación que no pude menos que sonreír disimuladamente. -Mida usted. Efectué la operación
con escrupulosa exactitud y dije convencido: Tomó la tela y midió a su vez. -Seis varas y media -exclamó con énfasis, clavándome sus ojillos chispeantes de ironía. Lo miré embobado y dije aturdido: -¿Cómo puede ser eso? ¡Imposible! ¡Yo medí exactamente! -Pues ha medido usted mal, y veo, oportunamente por cierto, que no sirve para el oficio. ¡Dar una vara de más en un pedazo tan pequeño es un colmo! Con un empleado como usted íbamos a la quiebra por la posta. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Aterrorizado por la perspectiva de una nueva campaña a caza de empleo, balbucí con lágrimas en los ojos: -Señor, confieso mi torpeza. Indíqueme usted dónde está el error y le aseguro que no caeré en él otra vez. Pareció que mi
sumisión le ablandaba, porque con tono conciliador me dijo: -¿Cuánto? -pregunté anhelante. -Veinte centímetros, más o menos -me respondió, fijando en mi rostro aquella mirada escrutadora que me producía cierto vago malestar. Lo miré a los ojos fijamente. Empezaba a comprender el honradísimo arte de Mercurio, pero mi principal sostuvo la mirada y añadió negligentemente: -Cuide, sí, de que el comprador no se aperciba de la maniobra, porque es un egoísta que quiere obtener siempre todas las ventajas… La equidad le es desconocida. Sin duda, pensé. Pero. ¡Veinte centímetros en cada vara! ¡Qué dedos, Dios mío! Y aterrado miré los míos para ver si en realidad tenían aquel diámetro descomunal. Aquella noche mientras, rendido por la fatiga, me desnudaba para tenderme en el lecho, pensaba con temor en el día siguiente, en el cual, tras el mostrador, debía poner en práctica todas las instrucciones de mi respetabilísimo jefe. Cuando al día
siguiente me presenté al almacén, vi con cierta zozobra que me había retrasado.
Apenas puse el pie en el umbral de la puerta, percibí detrás del mostrador dos
ojos investigadores que me contemplaban severamente. Balbucí una excusa,
recibiendo en respuesta un mandato seco y duro: Obedecí, deseoso de borrar con mi diligencia la mala impresión que mi tardanza había producido. El trabajo que tenía que hacer era pesado y laborioso. Consistía en vaciar el contenido de los estantes para sacudir el polvo y, en seguida, volver a colocar en ellos las mercaderías, clasificándolas por artículos. Subido en la escalerilla ejecutaba concienzudamente la atera, cuando de pronto un tragaluz, situado a la altura de mi cabeza, me hizo testigo de una escena curiosísima. Desde mi observatorio vi como el señor Pirayán -abandonando precipitadamente el umbral de la puerta, desde el cual en zapatillas y calado el gorro observaba el movimiento de la calle- se entraba en la tienda, desierta a esa hora, y se metía debajo del mostrador, agazapándose como un gato puesto en acecho. Antes de que volviera
de mi sorpresa, oí el grito de un vendedor que pregonaba: Cuando estuvo frente a la puerta se detuvo y, a una señal del empleado, avanzó hasta el mostrador, donde colocó la cesta con la mercadería, entablándose inmediatamente el siguiente diálogo: -¿A cómo la docena? A peso, patrón. -Y por todo ¿cuánto pides? -No sé, patrón, tendría que contarlos. -Los compro todos a cincuenta centavos la docena. Al mismo tiempo que hacía esta oferta, apoderábase sorpresivamente del canasto y lo ponía en el suelo al lado de adentro del mostrador. -¿Está loco, patrón? ¡Ni robados que fueran! El dependiente insistía repitiendo. -¡Cincuenta centavos,
con canasto y todo! ¡Los pago en el acto! -Bueno, hombre, llévatelos; ¡que te paguen el peso los tontos! El propietario del canasto recuperó su mercancía y salió diciendo socarronamente: -Será usted un lince, patroncito; le robaré los huevos al águila, pero a mí no me mete naide el dedo en la boca. No volvía de mi asombro. Si no fuera por las carcajadas que resonaban en la tienda como escopetazos, me hubiera parecido un sueño lo visto. Mis ideas se embrollaban. Sentía que algo, que yo creía inconmovible, perdía su base. Hallábase desorientado. Y por algunos días aquel procedimiento originalísimo de la casa Pirayán y Cía. para avituallarse, me pareció que no armonizaba del todo con su seriedad, honradez, etc., pero no pude menos de convenir en que, ante su economía, resultaba insuperable. Hacía algunas horas que trabajaba con empleo, cuando oí la voz tonante del jefe que me llamaba. Acudí presuroso. La tienda estaba llena de compradores y jefe y dependiente iban de un lado a otro atareadísimos. Como principiante mi ayuda se limitó por de pronto a despejar el mostrador de la avalancha de especies en él desparramadas. La actividad del señor Pirayán me maravilló. Su rostro estaba carmesí y sus vivaces ojillos relucían como ascuas. Para todo tenía frases oportunas y dichos agudos que hacían reír. Su labia era inagotable, y su voz meliflua tomaba las más variadas inflexiones, pasando de la cortesía estudiada y pegajosa a la familiaridad más encantadora. Su "mimbre" dorsal parecía próximo a romperse a cada instante. Detenía al comprador descontento, en su retirada hacia la puerta, con un chiste, con una oferta nueva, con una rebaja ventajosa. Pero, sobre todo, lo que causaba mi asombro dejándome a veces estupefacto, eran su aplomo y serenidad para pedir veinte por lo que valía cinco, para jurar con unción arrebatadora que tejidos de algodón o de cáñamo eran de lana, de purísima lana sin mezcla alguna. Todas esas mercaderías, de la mejor calidad, de la última moda y que casi no costaban nada, eran fabricadas especialmente para la casa. A creer lo que aseguraba, el mundo industrial del planeta tenía el pensamiento fijo en el Anzuelo de Plata, cuya instrucciones respecto a dibujo y colorido de las telas eran aguardadas con ansia, dando la pauta del buen gusto en el orbe entero. Los fabricantes se disputaban los pedidos de Pirayán y Cía. a cablegrama limpio; lo menos una docena recibíase diariamente. Cuando algún cliente encontraba que el lienzo era ordinario y pedía otro de clase superior, profería, dándose una palmada en la frente: -¡Cabalmente!, acabamos de recibir uno fabricado especialmente para la casa y que, además de ser un cuero. No tiene pizca de goma. Y tomando la tela desechada, doblábala cuidando de ocultar la marca. Agachábase, en seguida, detrás del mostrador y reaparecía después de un instante con el mismo género y, poniéndolo delante de la compradora, decíale con el convencimiento que da una fe profunda: -Aquí tiene usted algo muy especial, lo mejor que hay en plaza. Vea usted el ancho, la suavidad y firmeza de este tejido. Y después de ponderar en todos los tonos las excelencias de la tela, concluía por pedirle el doble de su precio. Cuando la cliente iba
a retirarse llevando por treinta la que no había querido por veinte, frotábase
las manos y le decía bonachonamente: La compradora sonreía satisfecha y se retiraba pavoneándose. En la fiebre de la venta aturullábanse aquella mañana con mandados y órdenes contradictorios. Aturdido por esa tempestad de gritos perdí la cabeza completamente. Los "¡esto no, imbécil", "aquello de allá, borrico", "te dije que lo otro, animal!", llovíanme como granizada. Por fin la hora del mediodía puso término a aquella vorágine y pude volver a la trastienda con el cuerpo dolorido y el alma más adolorida aún.. Pero mi voluntad era inquebrantable. Soportaría todo aquello antes que recorrer otra vez las calles, diario en mano, repitiendo el consabido: "Señor, vengo por el aviso éste…" Después de almuerzo hubo una novedad. El señor Pirayán tuvo precisión de salir y nos lo comunicó con estas breves palabras: -Tengo que ir al Banco a depositar el producto de la venta. Les recomiendo la mayor vigilancia y circunspección. Mas, de súbito, encarándose con el dependiente, le dijo, señalándome con el dedo: -Vigíleme usted a éste. Es un torpe que todo lo hace al revés. Aunque recomendación y calificativo no me supieron a mieles, tuve un minuto de alegría ante la perspectiva de un momento de descanso que la ausencia de mi principal me iba, sin duda, a proporcionar, pero mi esperanza se desvaneció bien pronto a la vista de la señora de Pirayán que, después de acompañar a su marido hasta la puerta, colocó detrás del mostrador una silla y, sentándose en ella con majestuoso continente, paseó una mirada de soberana por el almacén, diciéndome después de un momento de expectación: -Venga acá, coja la escoba y barra estos papeles. Es una indecencia como tienen la tienda. ¡Hombres habían de ser! Enrojecí hasta la raíz de los cabellos, pero doblando la cerviz tomé el mango del infamante utensilio y empecé a repartir escobazos con verdadera furia. La voz enérgica de la principal me detuvo: -¡Hombre, qué modo de
barrer es ése! ¿Dónde lo ha aprendido usted? -Cuando se es tan caballero nose debe tomar otra profesión que la de rentista. ¡Enojarse! ¡Vaya con el señor! Sepa usted que aquí, cuando es necesario, no sólo se barre la tienda, sino la acera y el medio de la calle. ¡Jesús, y qué humos gasta el señorito! Y la ilustre dama hubiera proseguido su filípica si el regreso de su marido no hubiese puesto fin a la escena. El aspecto del principal llamó mi atención. Parecía hondamente preocupado. Cruzó en silencio el almacén y desapareció en las habitaciones interiores. Su mujer le siguió. Por primera vez desde mi regreso a la casa, yo y mi camarada el dependiente quedábamos solos. Era un muchacho de estatura mediana, bien conformado, de recias espaldas. Tenía el aire de un campesino, simple y astuto a la vez. Me aproximé deseoso de entablar conversación: -¿Se fijó usted en el señor Pirayán? Parece le hubiera ocurrido algo desagradable. Malos negocios, sin duda. Sin mirarme y sin interrumpir la tarea de empaquetar docenas de pañuelos de bolsillo poniendo entre ocho de una clase cuatro de calidad inferior, pero que por su tamaño y dibujo ofrecían el mismo aspecto que los otros, me contestó: -¡Quién sabe, no he visto nada! Y luego, echando una mirada furtiva al interior, me dijo precipitadamente: -Váyase a trabajar. Me han prohibido hablar con usted. Lo medí de alto abajo con desprecio y me alejé pensativo. Esas palabras, las primeras palabras que cruzábamos sin testigos, me dejaron una penosa impresión. ¿Quién era aquel
compañero, de dónde venía? Lo único que sabía de él era que se llamaba José, don
Pepito para los parroquianos. A pesar de mi falta de experiencia, algo se me
alcanzaba de que aquella prohibición era una táctica hábil para que,
desconfiando el uno del otro, no fuésemos a caer en la tentación de organizar,
tal vez, una alianza ofensiva y defensiva contra el enemigo común, Después de una ausencia reapareció tras el mostrador el señor Pirayán, atendiendo a la clientela con su ordinario despejo y verbosidad. Sin embargo, una sombra parecía velar, a veces, su rostro rubicundo. Como si efectuase mentalmente el balance de su activo y pasivo, caía a ratos en una profunda abstracción. ¡Vencimiento! ¡Crédito dudoso! Imposible me hubiera sido adivinar el motivo de su actitud. Dos días más transcurrieron y mi aprendizaje horteril no avanzaba gran cosa. Ocupando la mayor parte del día en las más penosas tareas, no disponía de bastante tiempo para profundizar el difícil arte de vendedor. Con frecuencia había oído decir que para comerciante me hacía falta algo muy indispensable: la vocación. Y, acaso, era la verdad. Porque si la poseía, ¿a qué atribuir, entonces, ese rubor intempestivo y pueril que me encendía el rostro cuando, bajo la mirada de Argos de mi principal, veíame obligado a decir que lo blanco era negro o lo negro blanco y que lo que valía diez, importaba veinte o costaba treinta? ¡Y luego ese tartamudeo vergonzoso al proclamar el resultado de la medida de un pedazo de tela, bajando la vista sin afrontar la mirada del comprador! Y esos ímpetus irresistibles que me asaltaban a veces de salvar de un brinco el mostrador y echar a correr detrás de un pobre diablo de parroquiano y decirle poniéndole en la mano algunas monedas: -¡Tome usted, esto es
suyo, me he equivocado de precio! Al sexto día de mi permanencia en la casa pensé que era tiempo de saber si el jefe que ella había ya fijado su criterio respecto de mis aptitudes, y si podía abrigar la esperanza de obtener la plaza con sus emolumentos respectivos. Firme en esta resolución, decidí aprovechar la primera oportunidad para tener una explicación sobre este punto con el señor Pirayán. Pero cada vez que me acercaba a él con este objeto, me miraba de un modo tan desconcertante para mi natural timidez que, acobardado, retrocedía, diciéndome: mas tarde será. Y transcurrió el día sin que diera ese paso que se me hacía cada vez más difícil. En la noche, después de cerrado el almacén, mientras renovaba el muestrario de las vitrinas, tuve una idea salvadora. Ahora, pensé, está solo, despachando su correspondencia. Iré a preguntarle si quito las corbatas rojas y pongo en su lugar las azules y, con este pretexto, llevaré la conversación aunque sea por los cabellos al terreno conveniente. Muy imbécil he de ser si no le arranco una contestación definitiva. Lleno de resolución
entré en la trastienda, al fin de la cual había una puerta que comunicaba con un
pasadizo que conducía al gabinete de trabajo del principal. Apenas había dado
algunos pasos en el corrredor cuando el ruido de una animada charla hirió mis
oídos. Quiso volverme por el mismo camino, pero unas frases tomadas al vuelo
claváronme en el piso como si hubiera echado raíces. Conocí en los que hablaban
la voz del señor Pirayán y la de un íntimo de la casa. La conversación,
amenizada con alegres risas, no tenía trazas de concluir. Íntimo. -¿De modo que
no gastas en sueldos, gratificaciones y otras zarandajas? No quise oír más y me alejé de puntillas, cogí mi sombrero y salí a la calle. ¡Qué torbellino de ideas y sensaciones aquella revelación inesperada desató en mi alma! Los más descabellados proyectos de venganza fulguraron en mi cerebro excitado. ¿Pegaría fuego a la casa, publicaría aquella iniquidad a los cuatro vientos, llevaría una queja a los tribunales? Lamentaba no tener el alma de un Ravachol para hacer a los Pirayán y Cía. más allá del sistema planetario, Mas, el frío de la noche calmó esa fiebre de exterminio. A la ira y el despecho sucedió la calma. El desaliento concluyó por serenarme. Y luego la frase aquella: "les he descorrido un poquito la cortina" me hizo ver que la aventura, aunque desastrosa, era fecunda en enseñanzas. Eso sí que se había alzado el telón un poco bruscamente. Fijé una última mirada en el Anzuelo de Plata, que seguiría mordiendo quizás cuantos incautos, y eché andar por las calles desiertas obsesionado por esta idea: -¡Dios mío, cuándo llegaré a ser escoba vieja!
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