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Santo Remedio

Eduardo Barrios
Santo Remedio

Se me ocurre que mientras dormimos también el espíritu suele quedar en una mala postura, y que por ello, algunas mañanas, aun cuando el cuerpo esté ágil y normal, amanecemos con el espíritu trabado de incomodidad. Nos movemos todo el tiempo entre los seres y las tosas con el tino zurdo, predispuestos a toda clase de fracasos. Y aun se diría que atraemos malas situaciones o conducimos nuestros pasos cabalmente allá donde hallaremos sucesos desagradables.

Convencido de esto por la experiencia, no debí yo ir aquel día a la oficina... Tamarugal. La llamaré así, Tamarugal, porque aún vive alguien que se lastimaría si no alejase yo toda referencia valedera para identificarlo con algún personaje de este recuerdo.

A la oficina Tamarugal fui, pues, a parar, obediente al mandato de la misteriosa zurdería.

Por lo demás, se me había hecho un hábito el salir a cambiar ambiente, apenas concluían las tareas del fin de mes. El 30, los empleados nos amanecíamos en el escritorio, liquidando sus libretas a los trabajadores y saldando el libro de jornales; de suerte que el 1°, sin esperas o interrupciones, y a las horas de rigor, se dieran saldos y fichas y el mecanismo burocrático rodara como si no hubiese habido balance mensual ni labor alguna extraordinaria.

Luego, cumplido el afán cotidiano como siempre, un baño y un desayuno reparaban fatigas, y disponíamos de la tarde para el descanso.

Yo prefería, repito, mudar de aires. Y tras de mucho pensar adonde iría, terminaba por dirigirme a la Tamarugal, porque la vía férrea la comunicaba con mi oficina, y, así, no era preciso cabalgar. Un pequeño tranvía tirado por caballos y dirigido por el sereno me conducía muellemente.

Y sólo había, para mi preferencia, esta razón de molicie sobre cansancio.

No era que la tertulia de la Tamarugal me atrajese. Más bien me aburría. No había caracteres allí que me acomodasen. Aunque..., ¿acaso los había en otra parte?

Soy —y lo fui desde niño— uno de los seres que, dondequiera se sitúen, siempre se sienten en “la tierra de nadie”. Los unos aquí, allá los otros; antagonismos o concordancias; bandos, banderas y banderías... Yo, en medio ajeno, ecuánime por comprender demasiado, irremediablemente solo en “la tierra de nadie”.

Sin embargo, no se puede vivir fuera del mundo. Hay que ir adonde la complicidad de lo exterior con nuestras voliciones determina.

Y fui a la Tamarugal aquella vez, como tantas. Al poner pie en la plazoleta de la administración, advertí ya que algo inusitado sucedía. Desde luego, el aire parecía detenido. No lo estremecía el menor ruido. Ni las chancadoras marcaban su compás de sordas mandíbulas. Ni los winches chirriaban elevando vagonetas sobre los planos inclinados. Tampoco acezaba la locomotora, ni carreta alguna derrumbaba el estrépito de su caliche buzones adentro. Había cesado todo tráfago y sólo allá, bajo nivel de suelo, ante la aglomeración parda de la maquinaria que veinte años de polvo cubrían y frente a la primera chancadora, una multitud se apretujaba en silencio. Apenas medio cuerpo arriba del bajo sobresalía, y un estandarte con crespones asomaba entre las cabezas.

Pronto supe a qué atenerme. Era el funeral de un “chanchero” muerto por descuido entre las muelas de su “chancho”.

Experimenté una violenta angustia, seguida de cólera. Otra vez, aún, la chancadora, el “chancho”, como la apodaban los obreros por su movimiento de masticación para moler el mineral, hacía una víctima.

Solo, pues que nadie pudo haber para mi recibimiento, me dirigí al grupo.

Cuando llegué, acabada de enrojecer un discurso en sus estandartes el delegado de la Mancomunal Obrera. La Providencia me había hecho gracia de oírlo. En cambio, lamenté no haber escuchado las veinte palabras, de seguro tan precisas como sorprendentes, de “el Hombre”, como llamaban al administrador, don Jesús Morales.

Jesús Nazareno fue “el Hijo del Hombre”; éste era el Hombre mismo, en crudo y desnudo, sin la más remota luz de divinidad, sino terreno, despierto, simple y cabal. Solía opinarse que, por su franqueza rayana en el cinismo, encarnaba el perfecto bruto; pero contradecían la afirmación quienes, concordes con el anónimo autor del apodo, preferían lidiar con él la vida entera antes que con tanto miserable recamado de urbanidad. A mí, unas veces me incomodaba por su dureza, tan falta de savia sentimental; otras, me sorprendía divertidamente, y, en tal cual momento, hasta me había soplado al oído interior la pregunta de si debería ser en realidad así el hombre en total salud y perfecto equilibrio.

Me acerqué a él y tomé lugar en la fila administrativa.

Nos abríamos todos en abanico frente a una vagoneta colmada de molido caliche. Habían traído de la maestranza un gigantesco y estrafalario ataúd de roble forrado en zinc por su interior, en el cual debían caber restos del difunto y grava salitral, todo ello junto y mezclado, por haberlo hecho inseparable la molienda y haberlo evacuado así la chancadora dentro de la vagoneta.

Ya las miradas interrogaban todas al Hombre; de manera que éste dio la voz:

—Adelante.

El mayordomo sacó entonces la chaveta de la tolva del carrito, y se yació en el suelo la trágica carga.

Entreverados con el polvo y los pedruscos debían encontrarse los restos del chanchero. Y sus cuatro camaradas de cuadrilla empuñaron palas, y, decidido el gesto, vencedores de la repugnancia, emprendieron la faena.

Pronto descubriéronse las primeras manchas de sangre embebida en el mineral Luego, poco a poco, ropas y trozos de carne, ropas y huesos triturados, ropas y entrañas. Un zapato hecho un barquillo manaba una borra viscosa. Tras él se dio con lo que debió ser el tronco, sanguinolenta masa de tierra, cascajo, intestinos, piltrafas de pantalón con vísceras. Una media boliviana chorreante pendió por varios segundos en un tornillo y después cayó como reptil despanzurrado.

Los peones trabajaban con fiebre.

—¡Más cuidado! —les gritaron.

Pero ellos continuaron, enloquecidos en su labor.

Y nadie insistió.

No atinábamos sino a mirar, a pesar del deseo de no ver. Los rostros estaban verdes y sentíase la emoción temblar en todo,, hombres y cosas. Mas en el momento de reconocerse el cráneo, masticado con el gorro de lana, muchos tuvimos que volver la cara. Mis ojos se habían detenido en un viejo corpulento que lloraba sobre su abdomen, cuando de entre la multitud subió un alarido al cielo.

—¡Las mujeres! ¡Llévense a las mujeres, carajo! —rugió alguien.

El Hombre levantó los brazos.

—¡Chit! Calma —ordenó, y fue obedecido.

Ahora ya no febrilmente, sino con respetuoso cuidado, manejaban los braceros sus palas, escogiendo el material con despojos y llenando con él la enorme caja. Colmada quedó de carnes, tierra y guijas. Por fin, le soldaron el zinc y le atornillaron la tapa. Media tonelada pesaría cuando la subieron al carrito en que viajaría al cementerio.

Allí la veíamos ya, cual obra cumplida, en toda su importancia, monumental y negra, con su. gran cruz blanca y el nombre al pie:
FROILÁN JORQUERA
Q.E.P.D.

Algo como el alivio de un suspiro final sosegó a la gente, y la actividad de los impasibles, que habían permanecido a la espera, encontró empleo en la ordenación del funeral. Con otros semblantes, se organizaron las filas, los endomingados recompusieron sus trajes, dos mulas se engancharon al carro y el cortejo partió por la vía férrea, hacia Huara, donde estaban la estación y el cementerio, y hallarían paz el difunto y unas copas de “quitapenas” la concurrencia.

Viéndolos alejarse bajo aquel sol que ponía en el desierto un refulgir de ascua; que agrietaba los salares y fundía en sudor los cuerpos, permanecimos algunos minutos.

Luego nos llevó el Hombre a beber, a la sombra del corredor, la cerveza inglesa de la Compañía.

Se cambiaron allí comentarios. Se repitieron vulgaridades. Y tan pronto el Hombre divisó al boletero en lo alto de la rampa, se despidió. Quería reanudar cuanto antes las faenas.

Opté por abandonar la tertulia y seguirlo. Forma siempre la rampa un montículo de diez a. doce metros sobre el piso natural; más construcción que cerro. Por un lado, funciona el ascensor para las vagonetas que la locomotora trae desde los acopios, y que se vuelcan en seguida dentro de los buzones. Otra casa está constituida por el muro, en cuya base empotran las chancadoras, las fauces abiertas al buzón receptor del mineral, las bocas de expulsión abajo, encima de la línea donde otras vagonetas reciben el molido, para subir con él un plano inclinado y vaciarse en los cachuchos hirvientes que darán sus caldos ricos en yodo y salitre. Y el costado que bautiza el total es la verdadera rampa, por donde las carretas trepan y van a despeñar también su pedrazón en los buzones. Después, sólo una garita para el boletero que recibe, cuenta y da la contraseña de constancia.

—Las dejé cosiendo los vestidos de luto —contaba el boletero al reunirnos a ellos—. Están muy agradecidas.

—¿ Agradecidas?

—Sí, señor; por los quinientos pesos.

—¡Hombre! A mí que no me den las gradas. Es la Compañía quien paga. No me gusta adornarme con plumas ajenas.

—Sin embargo, usted ordena con buen corazón...

—Ordeno lo que ordeno porque me pagan para pensar, no para sentir; para proceder con buen ojo, amigo, a fin de evitar complicaciones y hacer ganar siempre dinero a los accionistas. Yo no miento, ni simulo, ni me consigo afectos. No soy bueno.

—¡Cómo!

—Ni bueno ni malo. Algunos dicen que soy malo. Soy buen administrador. No hago maldades porque no cometo torpezas. Y a propósito, ¿qué familia queda?

—Ellas, no más. Las tres Jorqueras.

—La viuda y las dos hijas. ¿Y el muchachón?

—¿Segundo? Anda por Negreiros.

—Que lo llamen. Mientras tanto, pueden seguir ellas con su cantina. ¿Tienen muchos pensionistas?

—Comen ahí como quince solteros.

—Están muy bien. Ganan bastante. Pero el muchacho, que lo busquen. Le daremos el trabajo del padre. A ver si él no se mata. Escarmentará con la muerte del viejo.

—El finado nunca escuchó advertencias. ¡ Inútil, señor!

—Porque son unos boquiabiertos porfiados pasan estos accidentes — añadió el Hombre, volviéndose a mí.

Caminamos unos pasos, hasta situarnos a la orilla del buzón.

La desgracia se había producido como ciento se produjeran ya. En la gran zanja que es el buzón, los caliches se derraman por una ladera de mucho declive.

Cada chanchero, valiéndose de un largo garfio de hierro, debe ir dirigiendo las colpas hacia la boca de su chancadora. Para esto anda sobre los trozos de caliche, pisa en ellos, resbala, se equilibra, mas no ha de colocarse jamás ante las fauces, pues una mala pisada le hará rodar y caer dentro.

—Y este hombre, pues, señor, dale con que sabía lo que hacía. Pasaba siempre encima de los bolones en bajada. Se creía maromero; señor.

—¿Usted lo vio caer?

—Yo salí de la garita a los gritos. Cuando llegué, Tiburcio y Joaco lo tenían de los brazos, forcejeando. La máquina, como usted sabe, cuando agarra no suelta; tira para adentro. Por algo se llama chancho. Tira para adentro, masca y masca, y no hay fuerzas que le quiten la presa. Nosotros tiramos mucho. ¡Inútil! Se lo comió, no más. Si yo hubiese tenido un hacha, le corto las piernas desde un principio.

—Un hacha...

—Digo yo. Más hubiese, valido que perdiese las piernas y no la vida. Además, desde un comienzo se le había ido el sentido, con el sufrimiento. La imaginación pintó en mí tal cuadro de horror, que no atendí a pormenores. Así, tan sencillamente, ocurrían siempre las desgracias.

Largo rato conversaron ellos. El trabajo se había reanudado bajo el sol tostador, entre las nubes de polvo y los ruidos de la ferretería, al compás sordo de los chanchos. Los chancheros del turno, en silencio, ponían toda precaución en sus movimientos.

El Hombre calló hasta que nos retiramos.

—¿Ve usted? —me dijo en el camino—. Testarudos, brutos. Se habla de dispositivos protectores. Pamplinas. Se han puesto rejas sobre los cachuchos, porque los trabajadores solían caer al caldo hirviente. Ahora pierden las piernas como antes las perdían, porque andan sobre las rejas. Los técnicos no siempre son psicólogos. El remedio hay que buscarlo en forma que obre dentro de las cabezas. Yo veré de hallarlo.

“Y es capaz de idear un buen medio”, pensé. No sé qué tenía, ese hombre brutal, que inspiraba fe. Su aspereza resultaba muy a menudo desagradable; pero algo había en su faz de moro, en su corpachón blanco pero afinado como el de un bajá, aun en las arrugas de interior blanquísimo que ocultaban sus facciones tostadas, por todo lo cual se adivinaba una capacidad de raza. Pocos le querían. Tampoco yo. Su conducta demasiado abierta, sin prudencias ni reservas, su hábito de hablar sin miramientos para nadie, como si reflexionase a solas, le presentaban áspero, agrio, agresivo.

Recordé que cierta vez, ante la investigación de unas cuentas, un cajero había formulado protestas de honradez.

—Nadie me ha podido decir ladrón hasta hoy, señor.

Y él, tranquilo y con la cara llena de risa, le repuso:

—Hijo, nadie es ladrón hasta que lo cogen.

Esto, sin maldad, sin objeto de ofender. Sólo porque él era así, todo a la vista. Tanto, que en aquella ocasión había terminado jugando al póquer con gran naturalidad y en muy cordial camaradería con el subalterno.

Se le conocía mucho, para ofenderse con él.

En todo caso, el día me había fracasado. No acepté quedarme a comer.

Y regresé a mi oficina tan pronto como el tranvía me fue dispuesto.

Por muchos meses evité volver a la Tamarugal. Aunque mi espíritu hubiese dormido en la más cómoda de las posturas, el mal recuerdo me desganaba.

Pero había de regresar un día. Y ocurrió que en tal ocasión necesité subir a la rampa del accidente.

Hablaba con el boletero, a causa de mi personal diligencia, cuando descubrí en el muro de las chancadoras, colgante de un gancho, un objeto extraño: un hacha descomunal.

—¿Y eso? —pregunté.

—¡Hem! ¡Cosas del Hombre!

—¿Un hacha?

—El la nombra “el verdugo”. O de no, “la mano de Dios”.

Cuando volví la cara, estaba el propio administrador a mi espalda. Soltó una carcajada ante mis ojos espantados.

—Y ahora —dijo— la puedo llamar además “el santo remedio”.

Era el dispositivo psicológico, que operaba dentro de las cabezas, que gritaba su amenaza de caer sobre las piernas y hacía cuidadosos a los testarudos, por obra del espanto.

—Pues no ha vuelto a ocurrir ningún accidente, amigo. ¡ Santo remedio! —concluyó, arrastrándome del brazo a beber el amargo schop de la Compañía.

Francisco Núñez de Pineda | Pablo Neruda | Gabriela Mistral | Baldomero Lillo | Vicente Huidobro | Mariano Latorre | Alberto Blest Gana | Eduardo Barrios


 


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