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Cuarta Parte

Cuarta parte

Dejome pues, Tereupillán en aquella parcialidad, en casa de su amigo y deudo Quilalebo, y en mi compañía uno de los chicuelos, hijo suyo, que me asistía de ordinarios y con grande oraciones. Agregáronse a mí luego el mestizo hijo de Quilalebo con otros muchachos vecinos, que como todavía yo lo era, fácilmente se allegaban a comunicarme. Salíamos a la campaña a entretenernos unas veces a la pelota, otras a la chueca, y a ratos íbamos a ayudar a las mujeres a sembrar lo que habíamos arado. Asistimos con ellas una tarde, ayudándoles más a beber que a trabajar; nuestro viejo Quilalebo, hallándose solo, vino en nuestra demanda y nos halló dando fin a un cántaro de chicha y comiendo unos bollos de maíz y porotos muy bien sazonados. Convidamos al viejo luego que llegó, y él se sentó a mi lado, echándome los brazos y diciéndome:

-Capitán, muy enojado me tenéis porque no habíais a mi hija, habiéndoosla dado para que os sirva.

-Ya le dije a vuestra mujer, y a ella por lo consiguiente -respondí- al cacique-, que no podíamos los cristianos tener cohabitación con las mujeres que no lo eran nuestras y profesaban diferente ley. Esto es lo que me acorta para no extender mis acciones a lo que mi agradecimiento debe y la voluntad se inclina.

-Pues, si no es más que esa la dificultad -dijo el viejo-, fácil es cristianarla, que eso lo podéis hacer cuando tuvieres gusto.

-Síguese mayor inconveniente de esta acción -repliqué-, por quedar ligado en parentesco muy cercano, de tal suerte que vengo a ser padre espiritual, como lo sois vos por naturaleza; y como es cosa torpe y fea mezclarse los padres con las hijas, fuera mayor mi delito.

-Callad, capitán. ¿Yo no soy cristiano también, que me he criado entre españoles y los conozco más bien que a mis manos? ¿Para qué me decís a mí eso?

-Pues, si sois cristiano, como decís, y os habéis criado con ellos, ¿no sabéis que hay Dios que castiga nuestros pecados, porque aborrece la maldad y la insolencia, Quilalebo amigo?

-Eso debe ser así, pero yo no lo he visto. No me hagáis hablar, capitán, que os diré tantas cosas que os admiraréis de escucharlas.

-No me maravillaré -dije-, porque somos hombres frágiles y estamos sujetos a todas las desdichas, si nos deja Dios de su mano.

-En aquellos tiempos -prosiguió el viejo- no vimos que a ninguno castigase Dios.

Bien pude decirle cuán castigados habían sido sus primeros dueños, como después se lo advertí. Pero como teníamos trabada conversación, no quise cortar el hilo de su discurso, antes le fui abriendo la puerta para que prosiguiese con materia que deseaba saber y hacerme capaz de aquellos antiguos alzamientos y alborotos. Así, le respondí que me holgaría de saber algunas cosas mal hechas que le parecieran a él dignas del castigo de Dios, porque había oído ciertas cosas exageradas.

-Ahora, pues, capitán amigo, ya que me sacáis a barrera, os contaré la causa de nuestros alborotos y de haber quedado yo con tan mala querencia a vuestros antepasados.

-Mucho gusto tendré en escuchar vuestras razones, porque verdaderamente hay varias opiniones que se encaminan unas a culpar a los españoles, otras a la inconstancia de vuestros naturales.

-Pues, escuchadme un rato, por vuestra vida repitió el viejo-, y juzgaréis después lo que os pareciere.

«Los pateros en quienes teníamos puestas nuestras esperanzas de que hallaríamos segura protección y amparo cierto eran peores que los propios seglares nuestros amos. Como nuestras poblaciones y rancherías estaban de ordinario sin la asistencia de indios tributarios, por estar trabajando en sus tareas, los contenidos padres doctrineros, con pretexto de enseñar a rezar a los muchachos y chinas, se entraban en las casas con descoco y hacían de las mujeres lo que querían por engaño y dádivas; y cuando se resistían constantes, las mandaban ir a la iglesia para que aprendiesen a confesarse, y en las sacristías las atemorizaban y les decían que en aquel lugar en que estaban, si no consentían con lo que el patero les decía, que el «Pillán algue» las había de castigar severamente, y que si hablaban palabra o lo que al oído les decía, y lo que hacían, las había de quemar vivas. De esta suerte, dentro de las iglesias violentaban muchas doncellas, forzaban casadas y reducían a su gusto a las solteras. Algunas mujeres casadas comunicaron con todo secreto a sus maridos el caso, encargándoles encarecidamente el silencio y que no lo publicasen.

«Resolviose uno de los lastimados a llegar a solas a su amo, que le mostraba voluntad, a decirle que por vida de sus hijos y mujer se sirviera escucharle dos razones, con cargo de que habían de ser sólo entre los dos. El amo le aseguró todo silencio, deseoso de saber alguna novedad, creyendo que podría ser el aviso de algún alboroto o rebelión entre ellos. Díjole el indio.

«Habéis de saber, capitán y señor, que vengo a deciros una cosa que desde que la supe me ha tenido el corazón entre dos piedras, y tan lastimado y dolorido, que me ha sido forzoso significaros mi pesar.

«Y refiriéndole lo que arriba queda indicado, le preguntó si lo que hacían aquellos padres con sus mujeres era antigua costumbre entre los españoles, y si con sus mujeres hacían lo propio.

«El amo de este indio sin duda era discreto y entendido, como lo mostraron sus razones. Respondiole suspenso y admirado, haciéndose cruces en el rostro, con grandes demostraciones de sentimiento:

-«No puedo creer que eso sea así de ninguna suerte. Y mirad que es caso grave el que me habéis dicho, que si averiguase por algún camino que algún sacerdote ha cometido delito semejante, lo quemarían vivo, y por lo consiguiente, si alguien levantase testimonio el sacerdote o revelase lo que no era, por hacer daño, tendría el mismo castigo. Así callad la boca y averiguaremos el caso de secreto. Si tuviere fundamento lo que me habéis dicho con todo secreto, sin que lo sienta la tierra, veréis cómo es castigado con toda severidad y rigor. Por vuestra vida, que no publiquéis esto, que a todos importa; traed esta noche a vuestra mujer a mi casa, que quiero examinarla con cuidado. Hízolo así el indio; el amo se informó de ella y citó a otras, con cuyas declaraciones quedó manifiesta la del indio. Con esto, encargó a todas el silencio, dándoles a entender que con todo recato y disimulo se había de castigar a aquel sacerdote y llevarlo a parte donde purgase su pecado. Y el castigo que le dieron fue enviarlo a Santiago, donde supimos que se estaba paseando. Y ésta fue la pena que tuvo maldad tan grave, ¿Cómo decís los españoles que las iglesias no son más que para rezar y decir misa en ellas? Sois unos embusteros, aunque perdonéis, capitán.

-Con admiración he escuchado vuestras razones -respondí al cacique- y ahora no me maravillo de que fuesen asoladas, destruidas y abrasadas estas ciudades antiguas; que aunque os parece, amigo Quilalabo, que no tuvieron castigo de la mano de Dios semejantes excesos y maldades, las propias ruinas de estas poblaciones y edificios abatidos, las muertes y cautiverios de tantos españoles y españolas nos están insinuando con manifiestas acciones la recta justicia de nuestro Dios y Señor.

Quedamos con el fin del día recogidos en el rancho de mi amigo y suegro Quilalebo, o por lo menos en demanda de su abrigo, caminando a aquellas horas a gozar del sosiego y descanso que con su descanso la noche nos ofrece. Estando en los segundos tercios de ella, cuando las voces ni humanos ecos se escuchan, y aun cuando las de los canes más vigilantes se suspenden, como dijo Ovidio, llegó un mensajero de Tereupillán con aviso de que habían bajado algunos valentones del distrito de la cordillera con pretexto de comprar algunos bastimentos, siendo au principal intento ver si me podían haber a las manos y, como aves de rapiña, arrebatarme súbitamente y llevarme a un parlamento que se estaba disponiendo para quitarme la vida; porque, como dije más atrás, quedaron los caciques serranos corridos y avergonzados por no haberles cumplido Maulicán la palabra que en el camino les había dado. Por esta causa, se habían convocado con un toqui principal llamado Lemullanca, de la parcialidad y territorio de Llaneare y Maulicán, mis amos, quien hacía todo esfuerzo y ponía todo su poder en dar trazas y modos para conseguir su pretensión y la de sus aliados. Además de haber esparcido más de veinte indios en cuadrillas de a seis y de ocho, envió dos mensajeros al cacique Tereupillán, en cuyo poder me había dejado el dueño de mi libertad, para que me sacasen con fraudulento mensaje.

Luego que el cacique Quilalebo oyó el mensaje que Tereupillán le había enviado, no dejó de alborotarse, por haber sabido dos días antes de cómo habían llegado una legua de su casa algunos de estos compradores, con achaque de comprar maíz, pescado y otras legumbres. Receloso de lo que podía sucederme, se levantó de la cama a aquellas horas y me dijo que quería llevarme a una cueva que tenía oculta y muy secreta, mientras pasaba aquel rumor y también en qué paraba el parlamento que estaban disponiendo en Repocura. Le respondí que para qué me quería llevar a padecer penalidades y trabajos en soledad desierta, lóbrega y triste; que de qué se recelaba, estando en su tierra y en su casa, acompañado de sus hijos, parientes y amigos; que quién se había de atrever a mirarme a la cara, estando bajo su amparo y favor; que esos indios que decían no habían de andar en parcialidades ajenas con armas en las manos, sino como tratantes y mercaderes de lo que tenían necesidad. Y aunque hubieran venido con el designio que nos aseguraba el mensajero, sería por si podían cogerme solo o con algunos muchachos en la campaña, como los días pasados en que nos alargamos hasta el río de la Imperial, y puede ser que hubiesen tenido ciertas noticias de nuestro paseo y viniesen a buscar otra ocasión como la pasada.

Habéis pensado bien, me dijo Quilalebo. Estaos en casa, que aquí tendremos a nuestros parientes y amigos con toda prevención para lo que se pueda ofrecer.

Mandó a hacer fuego y sacar un cántaro de chicha para el recién venido mensajero, del que entre todos bebimos. Sosegados con las razones que me oyeron, volvimos a continuar el sueño, habiendo antes enviado a prevenir que vinieran con sus armas los comarcanos, deudos y amigos que en distrito de una cuadra o poco más tenían sus ranchos. Al amanecer estuvieron con nosotros más de veinte indios con sus lanzas y flechas a saber del cacique lo que había de nuevo. Con su llegada nos levantamos todos, y el cacique Quilalebo, agradecido de su puntualidad y cuidado, los festejó con ocho o diez cántaros de chicha y con un espléndido almuerzo, porque el viejo era magnánimo, ostentativo y agradable, causa por la cual todos los comarcanos, lo estimaban con respeto. Retiráronse luego a sus casas, habiéndoles dado a entender el aviso que había tenido. Respondieron todos que no tenía que darle cuidado lo propuesto, que como yo no me desmandase en andar solo por esas campañas de donde me pudiesen arrebatar al vuelo, de lo demás que recelábamos me podía asegurar, porque ellos no podían faltar a mi defensa y a todo lo que les ordenase y fuese de su mayor gusto. Con estas razones se despidieron, dejando a Quilalebo agradecido y gustoso y el mensajero se volvió a casa de Tereupillán de quien había sido despachado.

Habiendo despedido a nuestros huéspedes, las mujeres y chusma de la casa se fueron a sus chacras a resembrarlas, limpiarlas y asistirlas.

Quedamos solos Quilalebo y yo a las espaldas del rancho, gozando de los apacibles rayos del sol, que en aquella altura la primavera tiene más frescos efectos que aun el mismo invierno. El abrigo y lo templado del día nos convidaron a suspender un rato los sentidos, y si a mí me solicitaba el deseo de haber visto al buen viejo dormido y sosegado, por otra parte me desvelaban los cuidados con que me hallaba.

Al cabo de dos horas, el viejo Quilalebo con alegre semblante despertó del sueño, llamándome apresurado, y significándome lo que en mi favor había soñado.

-Habéis de saber, capitán, me dijo, que acabo de llegar de vuestra tierra con una capa azul que me habíais dado, habiéndoos dejado con gusto entre los vuestros, que con grande aplauso y regocijo os recibieron. Mirad que esto no puede faltar, porque nunca mis sueños han salido en vano.

-Yo os agradezco, le respondí, el consuelo y alivio que con vuestras proféticas palabras dais a mis pesares y congojas En ellos se conocen los verdaderos deseos que tenéis de mi rescate y de que vuelva gustoso, a gozar de mi libertad perdida, porque el sueño no es otra cosa que una representación viva y eficaz de lo que en el discurso del día se continúa en la memoria. Así, juzgo que habéis soñado lo que vuestro amor y buena voluntad me desean.

-Es verdad, me respondió, que todo lo que os toca y es de vuestra conveniencia y encaminado al seguro de vuestra vida, os lo deseo y solicito. Y tened por cierto lo soñado.

-Quiéralo Dios así, amigo Quilalebo, que cuando se cumpla vuestra profecía, no os podrá faltar la capa azul y lo que más fuere de vuestro gusto.

-Mucho estimo vuestro ofrecimiento, capitán, me respondió el buen viejo; y porque conozcáis cuánto es lo que os estimo, aunque veo cargado de muchos años, no os tengo que dejar de la mano hasta que con todo seguro os ponga entre los vuestros. Y tomad esta palabra de mí, que la cumpliré a ley de quien soy, y no se pasarán muchos días sin que veáis ejecutado lo que es he dicho.

Agradecí al cacique la oferta que me hizo y proseguimos nuestra conversación, que fue de varias cosas.

Las causas que justifican las guerras que contra infieles jamás vistos ni adoctrinados, se emprenden, son el haber estorbado o impedido que nuestra fe católica entrase en su tierras o distritos, habiéndola querido entrar por buenos y apacibles medios, o habiéndola blasfemado con persecuciones patentes o perversas persuasiones. Habiendo permiso declarado del príncipe, se les puede hacer guerra, bien manifiestas y averiguadas estas causas.

Reconocida por los efectos la intención con que entraron guerreando nuestros primeros conquistadores, no se hallará que ninguna de estas referidas causas concurriese en los principios de esta conquista. En la bula de Alejandro VI, pontífice sumo de la Iglesia, concedida a nuestros Reyes Católicos, tampoco he hallado cosa que contradiga a la opinión probada, ni que expresamente diga que se entable entre los infieles nuestra fe católica a fuerza de armas; que se reduzcan si conforme a la piedad cristiana y a la ley suave y amorosa del Evangelio, sobre lo cual dice estas razones en la parte final:

«Y allende esto, os mandamos, en virtud de santa obediencia, que así como también lo prometéis y no dudamos por vuestra grandísima devoción y magnanimidad real que dejaréis de hacer, procuréis enviar a las dichas tierras firmes e islas, hombres buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios y expertos, para que instruyan a los susodichos naturales y moradores en la fe católica y les enseñen buenas costumbres, poniendo en ello toda diligencia que conviene.»

Éstas son las palabras de la bula cuyo sentido penetró más bien nuestro católico Rey Fernando que los que han querido interpretar y dar otro viso a sus claras razones, pues ordenó al primer descubridor de las Indias lo que por cédula siguiente aparece:

CEDULA REAL

Por ende, Sus Altezas, deseando que nuestra santa fe católica sea aumentada y acrecentada, mandan y encargan al dicho almirante, virrey y gobernador, que por todas las vías y maneras que pudiere, procure atraer a los moradores de las dichas islas y tierra firme a nuestra fe. Para ayuda de ello, Sus Altezas envían allá al devoto padre fray Buyl, juntamente con otros religiosos, que el dicho almirante consigo ha de llevar; los cuales, por mano e industria de los indios que acá vinieron, procuren que sean bien informados de las cosas de nuestra santa fe, pues ellos sabrán y entenderán ya mucho de nuestra lengua, y procurando de instruirlos en ella lo mejor que se pueda. Y porque esto mejor se pueda poner en obra, después que en buena hora sea llegada allá la armada, procure y haga el dicho almirante que todos los que en ella van y los que más fueren de aquí adelante traten muy bien y amorosamente a los dichos indios, sin que les hagan enojo alguno, procurando que tengan los unos con los otros conversación y familiaridad, haciéndose las mejores obras que ser puedan. Y asimismo el dicho almirante les dé algunas dádivas graciosamente de lascosas de mercadería de Sus Altezas que lleva para el rescate, y los honre mucho, y si acaso fuere que alguna o algunas personas trataren mal a los indios en cualquiera manera que sea, el dicho almirante, como virrey y gobernador de Sus Altezas, lo castigue mucho, por virtud de los poderes de Sus Altezas que para ello lleva, etc.»

Estas palabras y las de la bula más se encaminan a que con razones y con el ejemplo y santa vida de personas expertas y sabias sean reducidos los indios infieles, que no a que sean compelidos ni obligados con violencia a entrar en el gremio de la Iglesia, ni que para esto sean despojados de sus tierras, de sus haciendas y casas, ni arrebatados sus hijos ni mujeres para aprovecharse de ellos, como lo han hecho en estas conquistas.

Proseguimos con la conversación trabada Quilalebo y yo, sentados a las espaldas del rancho. Pasó en esta sazón un español cautivo con su amo que se encaminaban para la costa en demanda de algunas legumbres, mariscos y pescado, de lo cual teníamos en abundancia los que nos hallábamos vecinos a una laguna que estaría de nuestros ranchos poco más o menos de una cuadra. A ésta la bañaba la mar y tenía sus crecientes y menguantes como ella; y como era tan apacible y sosegada, había adentro cantidad de embarcaciones, balsas, canoas y piraguas, en que los muchachos y chinas andaban de ordinario, por vía de entretenimiento, mariscando y pescando con redes y trasmallos. Con gran facilidad sacaban choros, erizos, ostiones, pejerreyes, róbalos y otros géneros en abundancia, así para comer como para feriarlos a los que de la cordillera y otras partes distantes venían en su demanda. Entre éstos llegó, como he dicho, este indio valeroso y soldado con su cautivo, que él quería bien, y lo mostraba el buen tratamiento que le hacía. Apeáronse de sus caballos y se sentaron a las espaldas del rancho donde nosotros estábamos platicando. Al punto, como acostumbran los principales caciques, les sacaron dos cántaras de chicha, algunos bollos de maíz y panes de lo mismo y un guisado de ave que teníamos para merendar. De ello comimos todos en buena compañía y en la mía el soldado cautivo, después de habernos abrazado con sumo gusto y amor, porque era de los prisioneros que conmigo cautivaron y de mi propia compañía. Luego que me vio, se le cayeron las lágrimas de los ojos y yo no pude detener las mías. Enternecidos nuestros amos, nos consolaron grandemente, diciendo que no todos los cautivos tenían la dicha de encontrar amos de tan buenas entrañas y apacibles condiciones como los que teníamos, que mañana u otro día se ofrecería ocasión de rescates y que sin duda seríamos los primeros y los más bien librados. Acabaron de comer y de beber, y trató luego el forastero de proseguir su viaje para la costa, donde tenía un amigo conocido. Al despedirnos, fue forzoso volver a enternecernos, rogándome el soldado que no le olvidase cuando me hubiese de rescatar; que en la frontera de donde él venía daban por cosa cierta que no estaría yo muchos días entre ellos, porque ya se habían principiado los rescates, los que sólo por mí se habían abierto. Yo le prometí que haría todo lo posible por llevarle conmigo, lo que cumplí, como se verá después. Con esto, se despidieron de nosotros.

Y lo restante de la tarde quedamos conversando Quilalebo y yo sobre la pasada del indio con su español cautivo, bien tratado y bien querido, de lo que se originó decirme el viejo las siguientes razones:

-Veis aquí, capitán, los más cautivos españoles que andan entre nosotros y el tratamiento que tienen: comen con nosotros, beben con nosotros, visten de lo que nosotros, y si trabajan, es en compañía nuestra como lo habréis experimentado en vuestro compañero y otros. No quiero yo entraros a vos en ese número, porque corréis por diferente camino, por quien sois, por capitán y por vuestro agrado, que naturalmente os lleváis las voluntades de todos. ¿Por qué los españoles nos tienen por tan malos como dicen que somos? En las acciones y en sus tratos se reconoce que son ellos de peores naturales y crueles condiciones, pues a los cautivos los tratan como a perros, los tienen con cormas, con cadenas y grillos, metidos en una mazmorra y en continuo trabajo, mal comidos y peor vestidos, y como a caballos, los hierran en las caras, quemándolas con fuego. Si acá hiciéramos eso con vosotros, no habría que maravillarse, cuando seguíamos vuestro camino.

Verdaderamente que no dejé de quedar avergonzado, porque todo lo que dijo era así. Respondí al cacique que en algunas cosas tenía razón y que era cierto lo que había dicho; pero que era imposible tener entre nosotros a los cautivos sin prisiones ni guardias, a causa de que al instante se ausentaban y a cualquier descuido se desaparecían de entre las manos, como perdices.

-Y al quemarles las caras, capitán, ¿por qué lo hacen? ¿No es porque naturalmente nos quieren mal y porque quieren vernos consumidos y abrasados? Nosotros, ¿qué es lo que hacemos? Defender nuestras tierras, nuestra amada libertad y nuestros hijos y mujeres. Pues, ¿no es peor sujetarnos a padecer desdichas, miserias, vejaciones y agravios? Los tenemos tan en la memoria, que es imposible que la tierra vuelva a sujetarse a los españoles y deje de haber guerra, porque aunque no quede más que un indio solo, ése ha de andar con las armas en las manos y perecerá con ellas, antes que vivir sujeto.

Yo no supe realmente qué responder a las razones que con tanta justicia y verdad el viejo me proponía. Sólo respondí que no me maravillaba que tuviese tan presente los antiguos modos con que fueron maltratados y oprimidos; que aunque a presente corrían por otro estilo el agasajo y amor con que eran tratados los indios amigos en sus reducciones, no dejaba de haber algunos mal contentos y desabridos. Esto fue por disculpar en algo nuestras acciones, de lo que el cacique no quedó muy satisfecho.

-Vuestras quejas, camaradas, agregué, son tan justificadas, que no me dan lugar a deciros más de que lo malo y perjudicial que tenemos es el estar sujetos y subordinados a sólo una voluntad y al gusto y apetito del que nos gobierna; que si éste obra mal y es llevado de la codicia, no hay quién pueda irle a la mano, con que todos venimos a ser culpados en sus acciones cuando son mal encaminadas. Entre nosotros hay muchos ajustados a la razón, piadosos, apacibles y de excelentes naturales, y que sienten semejantes excesos como los que me habéis referido; aunque los más ministros superiores del ejército se van con la corriente y gusto que gobierna.

-Me dijisteis, capitán, que era diferente el tratamiento que hoy hacían a los indios amigos, y con todo eso, vemos que se vienen muchos a vivir entre nosotros, y no los de menor esfera mi menos cuenta, como Calboche, gran soldado de la cordillera, y Lientur, que gobierna hoy las armas y es caudillo principal de la guerra por su valor y sagacidad; y según he entendido, el uno se vino porque inquietaban sus mujeres las de sus compañeros, y el otro porque resueltamente se las quitaron, siendo la cosa de mayor estimación que tenemos nosotros. Éstos no son buenos agasajos, como decís, ni lícitos tratamientos.

-Si eso es así, Quilalebo, no puedo deciros otra cosa más que entre los que son buenos hay malos españoles y no puede un superior que gobierna llegar a saber todo lo que pasa y se hace en las reducciones, a menos de que se quejen las partes lastimadas. Y al habiéndolo hecho, el cabo o capitán a cuyo cargo está el remediarlo no castiga severamente esos atrevimientos, hacen muy bien en dejar nuestra comunicación y trato.

Lo que hemos experimentado es, en esta chilena nación, entre los principales y hombres nobles, gran agradecimiento a los beneficios que reciben y ser contumaces en extremo en perdonar las molestias y los agravios que les hacen. El común y la plebe tienen su más y su menos, y los otros son más hijos del rigor que del halago, si bien es conveniente mezclar el uno con el otro, de manera que no les obligue el demasiado amor a ser altivos, ni la severidad, acompañada de ira cruel, les solicite alientos desesperados para ejecutar cautelosos lo que el valor y esfuerzo no intentaran, que la angustia y opresión en el humilde siervo, suele hacer animoso al más cobarde.

Por singular y célebre, referiré la victoria que tuvieron en el río Bueno, que fue bien malo para nosotros, pues de aquel suceso se originó el año siguiente la total ruina de las fronteras y de nuestras haciendas y heredades.

Estando sosegado todo lo más de la tierra hasta la de los Cuncos, que estaba confinante con las armas y ejército de Valdivia y distante de los nuestros más de setenta leguas, por codicia de las piezas y esclavitud de esta nación, se ponía en campaña el ejército con toda incomodidad y trabajo, marchando estas setenta leguas y más un año y otro sucesivo. El enemigo, considerándose acosado y perseguido, por una parte del ejército de la población de Valdivia, como más inmediata, y por otra de las armas de Chiloé, ciudad de Castro y por las nuestras del ejército de Chile, aunque alejadas, determinó aguardarlas en la otra banda del río Bueno, con resuelta intención de morir o vencer desesperadamente, antes que volver las espaldas al peligro con descrédito de sus personas, menoscabo de sus haciendas y pérdida de su mujeres e hijos. Así lo ejecutaron los Cuncos. Habiendo llegado nuestro ejército a las orillas de aquel caudaloso río -memorable en nuestro daño- y solicitando pasarlo, se puso de la otra parte el escuadrón enemigo con las mujeres e hijos a su lados, manifiestamente y a la vista de los nuestros. Con esto, se aumentó de nuestra parte la codicia perniciosa, y teniendo a sus ojos el blanco de sus deseos y juagando muy de su parte la victoria, se arrojaron al peligro, valerosos, por encima de unos puentes de madera que a modo de balsas habían fabricado de prisa y sobre falso para el intento. Bien lo repugnaron los soldados más antiguos viendo que el riesgo era con evidencia conocido; mas quisieron, como leales vasallos del rey, perder antes con crédito las vidas que manchar, contumaces, la militar obediencia. Fueron pasando, pues, a pura fuerza y maña y como era imposible arrojar a un tiempo considerable número de gente que pudiese resistir el ímpetu feroz de la muchedumbre enemiga, embistió ésta con violencia a los primeros, los cuales, con indios amigos, serían poco menos de doscientos. Atropellados fácilmente, quedaron muertos en las riberas del buen río más de cien españoles, capitanes valerosos y soldados, y de los indios amigos, más de treinta. Los demás, se libraron como pudieron, arrojándose al río, donde muchos malheridos acabaron sus días.

Estos fines resultan de una intención avara y codiciosa; y de la congoja y opresión del enemigo, se originan efectos valerosos, con valerosas resoluciones y más que de hombres.

He referido este suceso -que pudieran acompañarle otros- por dar a entender que no es buen gobierno usar de todo rigor con los siervos amigos y reducidos a nuestra obediencia, porque de ello resultan y han resultado en este reino semejantes infortunios, como el pasado.

Volvimos a coger entre manos la hebra de nuestra conversación, porque verdaderamente deseaba tener muchas noticias de los acontecimientos antiguos. Así todas las veces que podía abrir la puerta al camarada, no excusaba hacerlo.

-Habéis de saber, capitán, continuó el viejo, que cuando mataron al gobernador Loyola, se levantó nuestra tierra y se despoblaron las ciudades que entre nosotros había.

-Tened por vuestra vida, dije al cacique, que habéis llegado a tocar una materia que deseaba en extremo saber, y me haréis grande favor en contármelo antes que paséis más adelante.

-Aunque no podré con todas circunstancias, respondió el viejo, deciros de la suerte que fue ese suceso, con todo os referiré por mayor lo que alcancé a saber por algunos que se hallaron en su muerte.

-El gobernador Loyola, prosiguió según la voz común, era muy buen «apo». Y verdaderamente que había venido a estas ciudades antiguas a remediar muchos excesos y malos tratamientos que por los vecinos y encomenderos padecían los naturales. Con su asistencia, aunque por poco tiempo, experimentaron su piadoso celo y generoso corazón. Determinó volverse a las fronteras con harta repugnancia de los pobres, que con su presencia y amparo tenían algún consuelo. Estando, pues, para salir de esta ciudad de La Imperial y subir en su hacanea, oí decir por cosa cierta que se le cayó el freno a su caballo; otros dijeron que un lebrel que le acompañaba, al poner pie en el estribo, embistió al caballo y con los dientes hizo presa en las cabezas y se lo quitó rabioso, cosa que con admiración ponderaron todos, rogando al gobernador que suspendiese su viaje por algunos días, mientras aquel prodigio manifestaba con el tiempo efectos contrarios a los que daba a entender en su partida. Atropelló valeroso el gobernador del común concurso, deseoso, de volver a sus fronteras, entonces molestadas solamente por los Purenes y sus contornos. Porque lo restante de la tierra estaba sujeta a los españoles, si bien algunos de grado y otros a más no poder y a fuerza de armas. Estos daban paso y aviso a los rebeldes de los designios que los españoles entre sí maquinaban. Salió pues, el gobernador con sesenta capitanes -que a los hombres de valor y reformados les daban ese título- y con otros muchos de la ciudad que le acompañaron a la primera jornada y a la segunda los despidió, quedándose sólo con los sesenta, poco más o menos. En esta sazón, algunos corsarios de los enemigos Purenes asechaban solícitos los caminos o por algún aviso secreto buscaban la ocasión que deseaban. Otros dicen que salieron sólo con designio de vaquear en las montañas para llevar carne a sus habitadores, y que inopinadamente reconocieron al gobernador, que al segundo día venía a alojarse al valle de Curalaba; que estos vaqueadores dieron aviso a Pelantaro, gobernador de aquellas «ayllareguas». Éste determinó salir con doscientos indios en su demanda y gozar de la ocasión que el tiempo les ofrecía.

-Ésa es la más contante opinión, dije a Quilalebo, entre otras que dicen que le fueron siguiendo los enemigos y que antes de llegar a visitar las ciudades, ejecutaron su intento con la muerte lastimosa del gobernador y los suyos.

-Ésta es verdad infalible, replicó el viejo, porque a mí me consta que le vi en esta ciudad de La Imperial, después de haber corrido y visitado las otras. Salió Pelantaro con los doscientos indios referidos, y al romper el día las tinieblas llegó sobre los altos del río y valle de Curalaba, donde sin prevención alguna ni militar vigilancia, estaban a rienda suelta y tendida, ocupados del sueño y del descanso, bien ajenos de la mala fortuna que les aguardaba. Fuéronse acercando al sitio, y como amaneció nublado y la tierra cubierta de una niebla oscura, se pudieron acercar, de manera que de manos a boca se encontraron con un muchacho que salía a buscar los caballos. Éste les dio razón del descuido y sosiego con que todos estaban reposando, sin que hubiese persona que velase. Con este aviso, acometieron, seguros de no hallar resistencia, y en breve rato dieron fin a las vidas de aquellos valerosos españoles, que sin lugar a levantarse, al ponerse en pie, hallaban sobre sí el golpe fiero de la macana que riguroso les pasaba el alma. Entre ellos, pereció desdichadamente el gobernador Loyola sin poderse valer de los suyos, ni tampoco sus valerosos capitanes defenderle por el descuido en que estaban todos. Éste fue el desastrado fin de este buen gobernador, con que estaréis satisfecho y enterado de lo que tanto deseabais saber y yo habré cumplido con la obligación de daros en lo que tan anheloso me pedisteis.

-Y yo os estimo mucho el favor que me habéis hecho, respondí a mi amigo.

Y le rogué que continuara, lo que hizo el buen viejo con las siguientes razones:

-Con la muerte de Loyola, pasó la flecha de los de Purén a todas nuestras parcialidades, las más de las cuales hubieron menester poco para alborotarse. Así, con el aviso del lastimoso caso para los españoles, como para nosotros bien afortunado, en breve tiempo se unieron las voluntades de los vejados vasallos, que fácilmente ejecutaron la ira y enojo que tenían contra sus señores y encomenderos. Unas ciudades fueron asoladas y otras estuvieron algunos días sitiadas, hasta que al cabo la necesidad y el hambre trajeron algunas a nuestras manos; entre éstas, la ciudad de Osorno. Pasados algunos días, hallaron ocasión los nuestros de embestir el fuerte donde se habían recogido los sitiados, por haber apresado a los centinelas, bajo cuya vigilancia se encontraban seguros. Por esta causa, habían salido del fuerte las mujeres y criados a buscar de comer porque perecían: lo que solicitaban eran algunas hierbas del campo y cosas inmundas. Embistieron al fuerte, como he dicho, matando y cautivando a los que hallaron fuera. Y fueran dueños de todo lo demás que había adentro si la codicia del pillaje no los hubiera cegado. Ocupados en él y en la presa de las mujeres, que tenían por suyas, dejaron de acudir a lo principal, que era acabar de rendir el fuerte y sujetar los pocos españoles que quedaban dentro. Éstos, habiendo visto a los nuestros embarazados con la presa que tenían, se determinaron, valerosos, y embistiendo concertados, desbarataron a los nuestros y recuperaron lo perdido, quitando las mujeres que ya tenían por suyas nuestros soldados. Sin embargo, entre éstas tres o cuatro quedaron presas porque sus dueños se adelantaron y se vinieron con ellas. A una de estas monjas la trajo a su casa un indio principal y valeroso soldado, hijo de un cacique viejo y estimado de todos por su consejo, sagacidad y astucia. Habiéndola elegido por su mujer, llevado de su pasión y apetito, me contó varias veces que quiso llegar a la ejecución de su deseo, y queriendo cogerla de los brazos, se hallaba como impedido y maniatado sólo con mirarle la señora, cubiertos de lágrimas los ojos, sin hablarle palabra. Llevaba un saco de jerga sobre su cuerpo y en lugar de camisa me significó que traía puesto a raíz de sus carnes un jubón de cerdas de caballo. Todo esto dijo que le obligó a tenerle tanto respeto, mezclado con un temor originado del alma, que no le daba lugar a forzarla, aunque se inclinaba a ello, porque es de ánimos generosos lastimarse de los afligidos.

«Redújose entonces a lo dicho y aguardó a que la monja se sosegase y enjugase las lágrimas que la afligían, por ver si la hallaba de diferente semblante que al principio. Llegó cuando pensaba que estaría más consolada y fuera del pavor del asalto y con palabras amorosas, blandas y corteses, le dijo:

«-Bien sabéis, señora, que sois mi esclava y como tal debéis estar sujeta a mis mandatos; éstos se encaminarán tan solamente a que os ajustéis a hacer mi gusto, admitiéndome de grado por vuestro esposo y con buena voluntad para que yo os lo agradezca y estime más, pues sabéis que con violencia y a pesar de vuestro gusto pudiera yo obligaros a lo que, humilde y manso, os estoy rogando.

«A esto respondió, con severo rostro y religiosa autoridad, que siendo esposa del Rey de cielos y tierra, cómo podía admitir en su pecho a otro ninguno para que ni aun con el pensamiento manchara su corazón; que primero perdería mil vidas, si las tuviese, que faltar a la obligación de verdadera esposa de Cristo, a quien estaba consagrada con voto inviolable; y que así, no se cansase ni se persuadiera de que había de hallar en ella la menor flaqueza del mundo; y que cuando él quisiese tener con ella tal atrevimiento, queriendo poner en ejecución sus torpes deseos, que tenía por muy cierto que había de quedar muy rigurosamente castigado y aun muerto de la mano de Dios.

«Estas razones le obligaron a no proseguir con su pretensión con su pretensión, porque, dijo, le causaron temor y espanto su severo rostro y su traje penitente. Antes bien, fue tanto el respeto y reverencia con que después la miraba, que la puso en casa aparte con criadas que la sirviesen y regalasen, y viendo que la buena señora todos los días continuos suspiraba por su quietud y clausura, no mostrando consuelo ni alegría, por más que procuraba regalarla, solicitó entregarla a los españoles. Para esto, aguardó a que el ejército entrara a sus tierras o cerca de ellas, y sin temor ni recelo se entró con su cautiva por medio del cuartel y sus tiendas, hasta llegar a la del gobernador, a quien se la presentó para que la llevase a su convento. Esta acción fue tan agradecida de los españoles, como estimada y premiada con muchos dones que le hicieron.

Esto que me refirió el cacique llegué a averiguar y saber con evidencia, después que estuve libre entre los nuestros, por algunos naturales antiguos y españoles prácticos. El padre Diego Álvarez de Paz añade más sobre este caso, diciendo que este tal indio se quedó entre nosotros, pidiendo bautismo encarecidamente, y que se fue siguiendo a esta religiosa y le sirvió de esclavo toda su vida, con notable ejemplo y edificación de todos.

Estando entretenidos el cacique Quilalebo y yo en los referidos sucesos, llegó un mensajero del «utanmapu» de este cacique viejo con flecha de convocación. Un cacique fronterizo hacía junta y ejército para nuestras fronteras, y aunque para los indios de adentro y de La Imperial no era obligación acudir al llamamiento, con todo esto, estaban obligados los caciques guerreros a dar parte a sus distritos de las juntas y convocaciones que se hacían para la guerra, porque había muchos que naturalmente eran inclinados a ella y de su voluntad y bella gracia acudían con gusto a semejantes concursos.

En el rancho de este cacique asistía un bizarro mocetón, dispuesto y de buena traza, que debía salir a estas facciones militares. Por esa causa, sin duda, se encaminó a este rancho el mensajero, a quien hospedaron aquella noche por ser tarde, con grande agasajo, dándole de cenar, de beber y cama en que dormir. Al amanecer, pasó con su flecha a otras parcialidades, dejando hechos nudos en un hilo grueso de lana por el término señalado de ocho días, en el último de los cuales habían de estar juntos en las tierras de Ecol.

Luego que fue aplazado este valeroso soldado, ordenó a su mujer que le hiciese cama aparte y no quiso dormir más con ella. Juzgando yo que aquella noche lo hacía por dormir con el mensajero, como lo hizo, no fue tan grande el cuidado que puse en la división de la cama y divorcio que con la mujer hizo, como el que tuve en las demás noches, hasta el tiempo de su partida, en que continuó durmiendo sin su compañía.

Después de haber partido el buen soldado a cumplir con la obligación de puntual guerrero, conversando a solas con mi viejo, solicité cuidadoso la causa de mi reparo. Me respondió el prudente anciano que era costumbre entre los suyos, siempre que salían a jornada los soldados, no dormir con las mujeres, principalmente los que eran capitanes y caudillos en sus «regues».

Más confuso y suspenso me habéis de dejar -dije- si no me dais a entender el fundamento que tuvieron los antiguos para entablar por buena esa costumbre.

-Yo os lo diré, capitán -respondió el viejo; y prosiguió-: Habéis de saber, Pichi Álvaro amigo, que en los tiempos pasados, más que en los presentes, se usaban en todas nuestras parcialidades unos «huecubuyes» que llamaban «renis». Éstos andaban vestidos de una manta larga con los cabellos largos, y 1os que no los tenían los traían postizos de cochayuyo o de otros géneros para diferenciarse de los demás indios naturales. Acostumbraban estar separados de las gentes, y por tiempos, no ser comunicados, aislados en diversas montañas; allí tenían unas cuevas lóbregas donde consultaban al Pillán, a quien conocen por Dios los hechiceros y endemoniados «machis». Como os he dicho, por tiempos señalados estaban sin comunicar mujeres ni cohabitar con ellas. De esta costumbre sacaron y alcanzaron con la experiencia que se hallaba con más fuerzas el que se abstenía de llegar ni tratar con ellas, y de aquí se originó esta costumbre. Como el sustento que llevan a estas facciones militares es sólo una taleguilla de harina tostada, por no embarazarse con más cargas -como hacen los españoles-, a pocos días quedaran sin vigor ni fuerzas si las llevaran gastadas, porque no hay cosa que más las minore y menoscabe que la cohabitación con las mujeres. Ésta es la causa por la que mi camarada, luego que fue avisado de la entrada que se hacía a tierra de los españoles, apartó cama y se excusó de dormir con la mujer, con lo que ya os habré dado gusto y satisfecho vuestra duda.

Que unos infieles bárbaros alcancen y conozcan que el vicio torpe, lascivo y deshonesto de la concupiscencia los afemina, los debilita y deja sin valor ni fuerzas, y que sepan sujetar sus pasiones, ¿no es para maravillarnos, y aun para avergonzar nuestras costumbres; acciones y libidinosos apetitos? Pues no pueden marchar nuestros ejércitos cristianos sin éste tropiezo de mujeres en las entradas y campeadas que se hacen. Que entren con sus maridos las criadas, parece que puede permitirse, pero ha habido veces en que los ministros han agorado las jornadas emprendidas, por llevar en su compañía, en hábito de hombres, a sus amigas. Y hubo ocasión en que los indios bárbaros amigos vituperaron semejante acción y pronosticaron, antes el adverso suceso, diciendo que el superior había hecho un «perimol» muy grande. Y fue así, pues perecieron en aquella ocasión más de cien capitanes y soldados de los más lucidos, sin muchos indios amigos.

Al cabo de algunos días, volvió de la jornada el indio camarada de mi amigo Quilalebo, maltratado del viaje y mal herido de una pierna. Entre otros derrotados, heridos y muertos, se escapó él a nado por gran dicha, arrojándose al río Bío-Bío, en cuyas orillas tuvo nuestro ejército una considerable suerte, de la cual se originó la brevedad de mi rescate. Cautivaron en esta ocasión a tres caciques principales, entre ellos, uno comarcano y vecino de Maulicán, mi amo, quien, enamorado de una hija de este Taygüelgüeno --que así se llamaba el vecino-, recibió en primer lugar, entre las pagas que por mí le dieron esta prenda deseada, que era el primer objeto de su gusto, con lo que se facilitaron nuestros trueques y cambios.

Volvió de la guerra, como he dicho, este soldado joven y arrogante, y sus mujeres y parientes tenían para su recibimiento muchas cántaras y botijas de chicha. Con esta prevención, se juntaron otro día después de

su llegada todos los deudos y parientes, así los suyos como los de su mujer y comarcanos amigos, que harían en total un número de más de ciento y otras tantas y más mujeres, sin la chusma de muchachos y chinas. Comieron y bebieron con grande regocijo y consolaron al amigo guerrero que ya se encontraba en mejoría de su lastimada y herida pierna. Para mayor fausto del festejo, antes de resonar los tamboriles y dar principio al baile acostumbrado, le dieron con trompetas y clarines el sermón y parlamento que acostumbran en tales ocasiones. Dieron la mano a un retórico, discreto en su lenguaje, de buena proporción y gentil hombre, compositor de tonos y romances, por cuya causa era aplaudido de mayor concurso. Parló éste por más de media hora con bizarra energía y buen desgarro, aunque con palabras tan oscuras y encrespadas, que fueron muy pocas las que pude dar a la memoria, porque también entre bárbaros hay predicadores cultos que se precian de no ser entendidos ni entenderse.

Después de haber dado fin a su oración el galante y presumido predicador, se levantó un anciano, a poder de años y experiencias docto, y en breves razones, claras y de mucho más peso que las del otro, habló, teniendo a todos atentos.

El asunto principal del viejo fue alabar y engrandecer a los soldados que por defender sus tierras y sus patrias, no excusaban poner la vida en peligro, como lo acostumbraba el bien venido varón y caudillo de aquella parcialidad, a quien todos debían dar muchos parabienes, como se los daba él, y otros tantos agradecimientos en nombre de su amada patria, pues, como verdadero hijo de ella, solicitaba su defensa, la quietud y el descanso de sus habitadores, quienes debían imitar las acciones de tan gran soldado, etc.

En otra ocasión he anotado con razones ponderativas la estimación y aprecio que estos bárbaros hacen de los que son so1dados valerosos, y profesan el militar ejercicio. Y presumo ser ésta la causa principal de haber sustentado tantos años esa prolija guerra inacabable, oponiéndose con esfuerzo y valentía a nuestra nación española con armas desiguales e interiores a las nuestras. Porque también sus consejos no son de estado ni de hacienda; el de guerra es el único que se practica y allí se consultan y prefieren los que son más a propósito y están más ejercitados en las armas. A éstos dan la mano, a éstos respetan y a éstos obedecen, porque no hay letrados que soliciten para sí y para sus deudos las medras, los oficios y las dignidades, que fuera de mucha importancia a nuestra real corona no franqueárselas tan a manos llenas.

Después del sermón, plática y razonamiento exhortativos del anciano prudente, a quien todos brindaron y dieron honrosos parabienes, principiaron los tamboriles con otros instrumentos de alegría a dar bastantes muestras de contento, pues saltaron y ocuparon toda la noche en comer y beber, cantar y bailar, con grande regocijo.

Otro día, por la mañana, llegó un mensajero de casa de Tereupillán. Habían llegado a Maulicán cartas del gobierno para mí y mensaje del cacique preso Taygüelgüeno con un cuñado suyo llamado Molbunante, indio de buena razón y retórico en su lengua y de arrogante resolución, pues luego que llegó a su noticia la prisión de su cuñado, entró en nuestras tierras, debajo de la real palabra, a verle y a consolarle y a tratar con el gobernador de su rescate. Y como se deseaba el mío con efecto, se efectuaron fácilmente los conciertos y quedaron los tratos asentados. Por esta razón, me escribía el gobernador que lo comunicase con los caciques de mi devoción y parientes de los presos y amigos de mi amo, para que con toda brevedad me trajesen al fuerte de Nacimiento, donde estarían los caciques que se habían de trocar por mí y todo lo que yo pidiese de caudal y fuese necesario, en lo que no pondrían límite ni tasa.

Grande fue el regocijo y alegría que recibí con la carta del gobernador y con la embajada de Maulicán, quien antes de venir a verme Molbunante, el mensajero que la trajo, pasó por donde yo estaba, y dejando asentada mi salida y trueque con él, y satisfechas las pagas que a su usanza dieron por mí, me envió a decir que ya había llegado la hora de cumplir su palabra de buscar ocasión de rescatarme y de enviarme a ojos de mi padre a gozar de mi libertad y de los bienes y hacienda que en mi tierra y amada patria me esperaban. Este mensaje me despachó con un pariente de mi amo, que vino en compañía del mensajero a lo del cacique Quilalebo, mi amo. El dicho Molbunante, embajador principal y solicitador de estos tratos, se quedó a esperarme en casa de Tereupillán.

Con este aviso, se regocijaron todos mis amigos, principalmente Quilalebo, que con gran amor y muestras de placer regaló al mensajero y festejó su llegada con muchos cántaros de chicha y un gran almuerzo. Después nos hizo levantar a todos para que con él fuésemos al baile, como lo hicimos, dando algunas vueltas entre las mujeres y muchachas, las cuales cantaban en voz alta un romance y tono que hicieron a mi llegada, cuando fuimos convidados a aquella gran borrachera que ya tengo narrada.

Dentro de un breve rato, deseoso ya de ver a Molbunante, dije al mensajero que tratase de que nos fuéramos, pues había venido en mi demanda. Con estas razones, se determinó a decir a Quilalebo que, con su licencia, quería volverse y llevarme a casa de Tereupillán, donde me aguardaba Molbunante, para que respondiese al gobernador con toda brevedad, porque quedó de estar con la respuesta dentro de diez días y ya se habían pasado cuatro. Respondió Quilalebo que le parecía muy bien que abreviásemos nuestro viaje; que él también me había de acompañar por el amor que me tenía y por la obligación en que estaba de entregarme al cacique Tereupillán, cuyo permiso y buena voluntad había asistido algunos días en su casa. Hizo al punto que trajese cabalgaduras para él, para un hijo suyo y para mí, y habiéndolas traído el criado con toda presteza, montamos en ellas y cogimos el camino era la mano... Por abreviar, dejo la despedida de todo aquel concurso, que suspendiendo el canto y los tambores, llegaban a abrazarme y a despedirse de mí, algunos tan tiernamente, que a veces perturbaban el gozo que tenía con las esperanzas que llevaba de ir a ver con brevedad a mi amado padre. Principalmente, cuando llegaron la mujer española de Quilalebo, y su hija a echarme los brazos, porque, como en profecía estaban dedicadas la una para suegra y la otra para esposa, mostraron sentimientos muy del alma y prometieron casa de Tereupillán antes de que me despachasen a los míos.

Poco antes de ponerse el sol, llegamos a la casa del cacique Tereupillán, habiendo caminado cerca de tres leguas que había de distancia de una parte a la otra. Allí fuimos muy bien recibidos y festejados aquella noche, ya que como rico y poderoso, este cacique mi huésped siempre tenía su casa provista de lo necesario para semejantes ocasiones. El mensajero Molbunante hízome grandes agasajos y trató de que la respuesta y su despacho quedasen aquella noche hechos. Entre todos se consultó lo que al gobernador había yo de responder y el tiempo en que Taygüelgüeno y Licanante, sobrino de Paylamacho y otro habían de estar en el fuerte de Nacimiento, para que luego que el mensajero volviese con la respuesta, me llevaran con toda puntualidad y cuidado. Escribí, pues, aquella noche al gobernador, agradeciendo su desvelo y solicitud y diciéndole que esperaba en su divina majestad, mediante sus buenas diligencias, que en volviendo el mensajero y trayendo razón de que los prisioneros quedaban en Nacimiento, iría sin duda a ojos de su señoría a gozar más de cerca sus favores y a agradecer humilde sus acciones, echándome a sus pies, como esperaba.

Por la mañana, al salir el sol, tenía Molbunante, sus caballos ensillados, que eran el suyo el de su compañero, pariente de mi amo, y el del criado o confidente que le servía. A estas horas, tenían ya las mujeres de Tereupillán, en tres fogones, dispuesto el almuerzo que nos dieron con los brindis acostumbrados y abundantes; mas como el mensajero se hallaba con prisa y con grandes deseos de poner en libertad a su cuñado con la mayor brevedad que pudiese, se apresuró con el desayuno.

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Cautiverio Feliz


 


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