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Segunda parte Al cabo de algunos días que los comarcanos, amigos y parientes de Maulicán había festejado su llegada con mucha chicha, bailes y entretenimientos, despacharon los caciques de la cordillera, en conformidad del trato que en el camino habían efectuado, cuatro embajadores con las pagas prometidas. Y como el río, con la continuación de las aguas, venía caudaloso y abundante sin que se pudiese pasar a menos que dando voces para que enviasen las canoas que estaban a la vista de la casa, habiendo llamado de la otra banda, imaginó luego Maulicán que sin duda serían los mensajeros y que entre ellos vendría algún cacique de los contenidos en el trato; por cuya causa determinó que no pasasen a la otra banda más que la canoa pequeña, en que no cabían sino el cancero o balseador y otro compañero, para que no pudiera venir en ella sino tan solamente uno de ellos y que éste fuese a hablar con su padre Llangareu. Hizo el barquero lo que le ordenaron y pasó con el principal embajador, quien después de haber visto a Llangareu se encaminó a dar su embajada a Maulicán sobre el trato efectuado en el camino. Éste lo recibió no con buen semblante ni buenas razones. Habiendo querido el mensajero desmedirse con palabras mayores, diciendo que era malas correspondencias las que usaba con toda su parcialidad y que mirase lo que hacía, porque sus caciques habían de sentir en extremo la falta de su palabra y la poca estabilidad de su trato, por parecerles que hacía chanza y burla de la autoridad de su persona. A esto respondió Maulicán que no hacía caudal de sus razones, que estando en su tierra y entre los suyos no los había menester de ninguna suerte y que la palabra que les había dado de entregar a su español cuando enviasen por él fue violentado y sin su gusto. -Bien pudierais haberlo mirado entonces, -replicole el mensajero-, y no habernos hecho venir con estos temporales pasando esteros y ríos con grandes penalidades, cargados de las pagas que os ofrecieron. No os metáis vos en eso -le respondió Maulicán-, que si yo me hubiese hallado en aquella ocasión con otros tantos amigos como ellos eran, hablara muy a mi gusto y lo que ahora respondo les hubiera dicho entonces. Mas como conocí la intención que llevaban y la traición con que iban, me fue forzoso sufrir y disimular mi aprieto. Porque tuve aviso cierto de que iban determinados a quitarme mi español si yo le negase o hiciese alguna resistencia a su propuesta. Hoy estoy a entre los míos y en mi tierra, donde soy tan cacique como ellos en la suya, y más estimado, porque soy más valiente. Decidles que si quieren algo conmigo y experimentan lo que os he dicho, que uno a uno, o como les pareciere, no me excusaré de verlos. Y a ese Butapichún y a Inailicán, que son los que más me han apretado en quitarme a este español, decidles que yo los conozco y ellos a mí, que no saben más que hablar y que cuando yo estoy peleando, ellos están a lo largo dando voces y haciendo ruido solamente. Volviole con eso las espaldas y entrose a su casa, desde donde estuvo escuchando sus razones. Y vi al mensajero quedarse tan suspenso y corrido, que tuvo por bien el volverse sin replicarle otra palabra. El viejo Llangareau estuvo tan cuerdo y sagaz que, habiendo visto la resolución de su hijo y el desabrimiento con que despidió al mensajero, le llamó y llevó a su rancho convidándolo a comer y a beber con agasajo. Éste previno como anciano y prudente el daño que puede originar de no hacer buena acogida a los embajadores. A una de tres razones o causas me parece que podremos encaminar su dictamen, según el mío lo presumió: lo primero, que como cacique y principal de su parcialidad quiso hacer demostración de su magnánimo pecho y de su generoso corazón, no haciendo estimación, aunque pobre, de lo que entre ellos se reputaba por rico, por grande, ya ostentoso. Lo segundo que se puede juzgar y entender de la poca estimación que hizo Maulicán de las referidas pagas es que por espera de mayores bienes se pueden dar de manos los menores; tenía puesta la mira con mi rescate a muchas más medras e intereses, porque a los diez o doce días de haber llegado a su casa tuvimos cartas los caciques y yo del gobernador y Capitán General, asegurando por mi vida la hacienda que quisiesen y a los caciques que estaban presos y cautivos entre nosotros que eran de la parcialidad de mi amo. Y como vio que para sólo este efecto habían dado libertad a una india que pocos días antes habían cautivado de la misma parcialidad, la cual significó las grandes ofertas y pagas considerables que ofrecían por mi rescate, reconoció lo que le importaba el asegurarme la vida y tratarme con todo agasajo y respeto. Lo tercero y principal que pude colegir de la firmeza y constancia que en defenderme y ampararme tuvo el dueño de mis acciones, fue la Providencia divina, que le ponía esfuerzo y ánimo varonil para que se opusiese a las contradicciones y aprietos que le hacían, solicitándole la voluntad por todos los caminos para la consecución de mi suerte y de mi fin desastrado. Volviéronse los mensajeros con mal despacho de lo que aguardaban los caciques de la cordillera, quienes se indignaron grandemente con Maulicán por haber faltado a lo que había quedado con ellos; por lo que determinaron al instante confederarse con un cacique émulo y contrario de Maulicán, llamado Lemullanca, de su misma parcialidad y compañero de los consejos y juntas de guerra del cacique principal, Llancareu, padre de mi amo. Esta confederación fue secreta, para que por su parte Lemullanca solicitase por varios modos y caminos enviarles mi cabeza o mi persona, así porque Maulicán no saliese con su intento de rescatarme, como para convocar toda la tierra y hacer un grueso ejército con la muerte del hijo de Álvaro; volver a molestar nuestra frontera y seguir la buena dicha y fortuna que sus aciertos le habían manifestado con tan sucesivas victorias como las que habían tenido. Admitió la flecha de este oculto trato el Lemullanca con mucho gusto como apasionado y envidioso de las glorias y nombres que había adquirido su contrario por la suerte que tuvo en mi prisión y cautiverio. Dispuso pues hacer un parlamento con malicioso fraude, convocando a otros de su devoción y ahillo, para que fomentasen su determinación y mal intento y sin dar a entender a Maulicán ni a su padre Llancarau, toqui principal y de los primeros de su parcialidad, para lo que se encaminaba su convocación y junta de guerra. Llegó el día señalado y, como motor y fundamento principal de este cónclave, el cacique Lemullanca había llevado gran cantidad de botijas de chicha, ovejas de la tierra, de las de Castilla y vacas al «lepum», que así llaman al lugar destinado para tales llamamientos y juntas de guerra, el cual es un sitio distante y apartado del común concurso, media legua o una poco más o menos. Este cacique traidor a sus comarcanos había comunicado en secreto y dado a entender a sus compañeros y amigos que le parlamento era sólo encaminado a quitar la vida al hijo de Álvaro, y que si Maulicán lo repugnase, lo había de matar por fuerza y poner en ejecución su intento. Y aunque algunos admitieron sus propuestas, otros le avisaron en secreto de la traición que intentaba Lemullanca. En este tiempo habíamos subido a caballo mi amo y yo, Llancareu y otros sujetos para ir al parlamento, sin saber lo que nos aguardaba, y estando ya a más de seis u ocho cuadras de nuestros ranchos, nos encontró un indio mensajero que venía a darnos aviso de lo que Lemullanca maliciosamente intentaba. Y habiendo quedado suspensos y parados, consultando la resolución que habían de tomar, llegó otro embajador de parte de Lemullanca, nuestro adversario, encaminado al toque principal Llancareu y a Maulicán, diciendo que a ellos solos aguardaban en el «lepum» -como si dijese en el senado- y que también decía que llevasen al hijo de Álvaro, porque importaba su persona mucho. Luego que Maulicán oyó estas razones, dijo enfurecido al mensajero: -Id y decid a ese mal intencionado tuerto -que lo era y muy mal agestado- que ya he sabido con certidumbre a lo que su «cojau» se encamina; que no quiero ir a él; que si tiene deseos de ensangrentar su toqui y de matar españoles en sus parlamentos, que vaya a la guerra a cogerlos y aventure su vida en las fronteras, como yo lo hago y lo he hecho siempre, que este capitán me ha costado muchos trabajos y grandes disgustos y no lo he traído a mi casa para que él ni otro alguno quiera adquirir nombre y gloria con su muerte. Con estas razones, le volvió las espaldas, cogió el camino para su habitación y alegres le seguimos todos los que, ignorantes de lo que nos aguardaba en el parlamento, nos habíamos puesto en camino para él. El viejo Llancareu, luego que vio a su hijo retirarse, le siguió también juntamente con el otro indio que había venido con la advertencia de los amigos de mi amo y algunos otros comarcanos de su parcialidad y distrito que se habían juntado, teniendo por bien acordada su resolución. Volviose el mensajero al lugar en que le aguardaba Lemullanca, el cual hallose burlado. Habiendo visto en fin la falta de su promesa y que le era forzoso dar algún expediente a su cojau y parlamento, dio principio a su propuesta significando con energía lo que importaba mi cabeza para el sosiego de sus tierras y comodidad de sus habitadores, y que Maulicán no quería de ninguna suerte ayudar a establecer y fijar sus toquis con la sangre de españoles, pues tan descaradamente me defendía. Se retiraron a sus casas los caciques y huéspedes comarcanos y el viejo Llancareu me llevó a su rancho. Asistían allí con él un hijo casado, una hija soltera y sus nietos, y todos con estimación, respeto y benignidad me miraban. Luego que entramos, hicieron que asentase al fuego, y, aunque habíamos cenado y comido muy a gusto, me sacaron un cántaro de chicha de frutilla seca, extremada, clara, gustosa y picante, que es de las mejores que se usan. El viejo se asentó a mi lado y a él y los demás brindé y alabé grandemente la bebida, porque el licor era sazonado y cordial al gusto. Mandó el viejo que me la guardasen y que de ella no bebiesen otros, a lo que respondió la hija que no me faltaría de aquel género porque ella tenía frutilla bastante con que aumentarse la bebida. Agradecile mucho la oferta y le dije que en todo lo que me quisiese ocupar la serviría con todo amor y respeto. El viejo, su padre, la volvió a encargar con encarecimiento que tuviese gran cuidado conmigo en darme de comer y beber, que hiciese cuenta que yo era su hijo, porque en ese grado me había de tener; mandó disponer la cama y que la hiciesen ancha y blanda, añadiendo los pellejos y otras frazadas. El buen viejo estaba ya muy cerca de la edad de los niños, pues se burlaba y entretenía con ellos a ratos y a mí me miraba como a tal, porque entonces lo era sin pelo de barba, y me mostraba grande amor y voluntad. Por lo cual me dijo que había de dormir con sus nietos y con él porque no tuviese frío. Uno de los muchachos sería de doce a trece años, y el menor de diez a once. Después de haber conversado un rato con sus hijos y con los compañeros, me llevó el viejo a la cama, donde él y los nietos nos acostamos, quedando el viejo entre nosotros, todos con calzones, que así duermen los más, aunque yo me quedé con calzones, coleto y jubón y no hice más de quitarme de encima dos camisetas grandes que traía para el abrigo, con que nos echamos todas las mantas y camisetas encima de las frazadas para repararnos de las heladas y del frío, que en aquel valle eran continuos. Como entonces era la fuerza del invierno, junio y julio, padecí algunas penalidades originadas de la nieve y hielo que de ordinario nos cercaban y combatían, y por ser gente pobre y desdichada la que asistía en aquel distrito, soldados fronterizos y perseguidos de los nuestros con malocas, entradas y corredurías. Acostámonos pues, en la ancha cama y, después de haberme quitado las mantas, me santigüé despacio para encomendarme a Dios, a cuya acción estuvieron todos muy atentos y el viejo me preguntó que para qué hacía aquellas señales con la mano y en el rostro. Le respondí que era una antigua costumbre de los cristianos porque el demonio de noche no nos inquietase y que con aquellas señales de cruz que hacíamos lo ahuyentábamos de nosotros. -Pues, enseñad también a mis nietos -dijo el viejo-, que me parece muy bien lo que decís. -De muy entera voluntad les enseñaré -le respondí- y también a rezar para que invoquen el nombre de Dios y le conozcan. El nietecito mayor, que estaba arrimado a mí, me preguntó lo que era Dios. Le respondí en breves razones que era el Señor de Cielos y tierra, el Criador de todas las cosas, por quien los vivientes tenían vida; el que hacía que los campos se matizasen de flores, que los árboles brotasen y de verdes hojas se vistiesen, las plantas produjesen frutos, los cielos estuviesen en continuo movimiento, el sol con sus lucientes rayos iluminase la tierra y aclarase el día, la luna y las estrellas a la noche presidiesen y que a tiempo lloviese para la fertilidad de los campos. Y últimamente les dije que si tenían gusto de saber muchas más grandezas de nuestro Dios y Señor, las conocerían fácilmente si de todo corazón lo deseasen. Oídas mis razones y bien atendidas, el muchacho que estaba a mi lado me dijo: -Nos enseñaréis, capitán, desde mañana, que yo aprenderé con mucho gusto. -Gran consuelo me dais -respondí al chicuelo- con veros a conocer a Dios tan inclinado. Y para que tengáis mayor contento, os enseñaré las sagradas oraciones en visto doctrinar a vuestros indios algunos ratos, tenía las tres oraciones hasta el Credo en la memoria- y de esa suerte podréis entender mejor las cosas de nuestro Dios y Señor. Descansemos ahora lo que queda de la noche que ya es tarde y parece que el viejo se ha quedado dormido y se ha quejado antes de dormirse. -Así lo hace siempre -dijo el nietecito-, porque la vejez lo tiene como niño. Permitió su Divina Majestad que llegásemos con bien el día para darle las gracias, como se las di reconociendo sus inmensos favores y beneficios, y, dejando dormidos al viejo y a los muchachos, me puse en pie al salir el sol, que amanecía claro y luciente y sin estorbo alguno. Salí fuera del rancho a rezar mis devociones, y por estar la campaña cubierta de escarcha y nieve helada, causada de la serenidad de la noche, fui a ponerme debajo de unos árboles frondosos que con sus hojas y tupidas ramas, que todo el año se conservan verdes, habían defendido del hielo su contorno. En esta sazón volvían ya del río las mujeres de Maulicán y sus hijos, muy frescas de bañarse. Con muestras de amor y buena voluntad, me saludaron todas diciendo cómo había madrugado y dejado la cama tan de mañana, habiendo amanecido el prado helado y fresco con la sobrada helada que lo cubría. Les respondí diciendo que eran las noches tan crecidas que obligaban a desear el día con extremo. Con esto, fueron siguiendo su viaje para el rancho y una de las mujeres de mi amo, más anciana, me convidó a almorzar, diciendo que volviese a su casa luego a desayunarme con algo y a calentarme al fuego porque hacía un gran frío. Agradecile el cuidado y los «mari maris» que me dieron, correspondiendo alegre con otros tantos, y, dejándome solo y sin testigos, di principio a dar gracias al Criador, orando fervoroso con grande afecto. Y porque los que pasaban de una parte a otra no me viesen hincado de rodillas en camino pasajero y parte tan descubierta, no me arrodillé en la tierra, porque no pareciese afectada hipocresía que sencilla ni pura devoción. Acabada mi oración, poco a poco me fui acercando a la orilla del río que, generoso, bañaba aquellas vegas. Allí me lavé las manos y refresqué el rostro en sus corrientes. En esta ocasión, llegó Maulicán con sus hijos pequeños y los sobrinos nietos del viejo. Saludome con agasajo y como cautivo estimé el cariño; y me preguntó por qué causa me había levantado tan temprano. Y lo parecía, porque al salir el sol luciente y claro, con una niebla oscura se subió la helada escarcha -lo que entre ellos llaman «pirapilín»- y tras este accidente suele de ordinario ser cierta el agua. Le respondí que era más tarde de lo que parecía. En el intermedio de nuestras razones, se desnudaron todos y se arrojaron alegres al agua, persuadiéndome a lo propio. Excuseme con palabras corteses a su invite, porque me juzgaba muerto si en ejecución ponía sus intentos. Salieron frescos del agua, y nos fuimos en buena conversación y compañía a buscar el abrigo de los ranchos, donde nos tenían bien dispuestos los fogones, aunque poco de comer, porque su ordinario sustento no eran otra cosa que un plato de mote de cebada, unas papas bien limitadas y un poco de chicha. Yo hubiera llegado a sentir con extremo tanta abstinencia y ayuno, si no se entreverasen muchos días de bodas, fiestas y bailes, a que nos convidaban los vecinos caciques, de donde solían llevar carne cocida y cruda, tortillas y bollos de maíz, ya que por ver al hijo de Álvaro -que por este nombre era más conocido -armaban algunos entretenimientos, borracheras y juntas joviales. Habiendo llegado a tener noticias el gobernador Ancanamón de que yo asistía en el valle de Repocura, confinante a su parcialidad, dispuso una gran fiesta y borrachera, que ellos llamaban «cagüín»; y ésta era una circunstancia de entretenimiento deshonesto, llamado en su lenguaje «Hueyelpurun». (En su lugar se dirá de la suerte que es este baile.) Envió a convidar para esta fiesta a Maulicán y juntamente al hijo de Álvaro, su cautivo, rogándole me llevase para el día señalado, cuyo plazo fue de cuatro días. En estos se fue disponiendo nuestro viaje, alistando las armas y limpiando los aceros, lavando capotillos y calzones y demás adherentes necesarios. Y estando una mañana, después de haber almorzado, al abrigo y reparo del rancho, gozando del sol y de sus apacibles rayos, me dijo Maulicán con grande agrado: -¿No lavaremos tus calzones, capitán? Porque has de ir conmigo al festejo de Ancanamón, que nos ha enviado a convidar, y es forzoso que vamos a su llamado, y hemos de salir y caminar de aquí a dos días. Le respondí que me había alegrado infinito que se hubiese ofrecido aquella ocasión para rogarle se los pusiese y acomodase para sí; que me hallaba muy mal con ellos y con el hato que traía encima; que estaba ya tan vieja y sucia la camisa, que antes me servía de mayor tormento a causa de la comenzón que me afligía, con tantos animalejos como había criado, y que estimaría que me diese gusto en lo que le pedía, dándome otros calzones de manta y un par de camisetas que mudarme, además de que parecía muy bien con mi vestido, armas y aderezo de espada plateada que estábamos limpiando. -¡Ea, pues!, capitán -me respondió-, ya que tú gustas de eso y me lo pides, yo lo estimo y agradezco encarecidamente. Lavaremos tus calzones y te haremos otros de un pedazo de paño que he de tener guardado; voy por él para hacerlo luego. Bien echaba yo de ver que miraba los calzones con buenos ojos y con alguna codicia, pero, como me trataba con respeto, no se atrevía a significarme su gusto; y antes que se resolviese a quitármelos, como dueño que era de todo, quise por buen camino ofrecerle lo que era suyo, sin dar lugar a que la codicia le obligase a principio a estragar la cortesía con que me trataba, porque, en abriendo la puerta a la primera desmesura, son muy ciertas la segunda y las demás. Volvió Maulicán dentro de breve rato con el paño, o por mejor decir, calzones ya cortados a su usanza. Trajo también otros nuevos de manta y me dijo que con ellos podía mudarme. Los de paño hizo que los acabasen luego y mandó echarles un pasamano de los que usan de lana, a modo de galón. Quiteme mis calzones y mudé de traje, y, aunque el corazón se me puso entre dos piedras, disimulé lo que pude el pesar que me causó el desnudarme del coleto, jubón y mangas. Y como eran cabos del vestido raso pardo atrencillados de plata, le dije que había de parecer con aquello muy galán en la junta y fiesta de Ancanamón, con las armas y aderezo plateado, y que me alegría mucho verle a los ojos de tamaño concurso vistoso, lucido y bien mirado. Agradeciome en extremo y, pareciéndole que me hacía algún placer y cortesía, me dijo con amor y agrado: -Capitán, las mangas y calzones llevaré solamente, pues tú gustas; que el jubón y coleto podrás llevar puesto para que te abrigue. -Lo que tú dispusieres y mandares haré con sumo gusto -le respondí-, aunque no me sirve más que de molestarme, como te he dicho, por estar sucio y maltratado. Llamó entonces a una hija suya, a quien mandó fuese a lavarle luego y le secase. La china hizo lo que le mandó su padre, y yo me puse los calzones de manta y una camisa a raíz de las carnes, fingiendo estar muy contento con aquellas vestiduras. Y como el sol reverberase luciente, dije a Maulicán que quería ir al río a refrescarme, por dar a solas algún alivio a mis cuidados, que grandes fueron las aflicciones que se me acrecentaron con la mudanza del traje. -Id, pues, capitán, en hora buena y decid a mi hija que os lave con brevedad el jubón y os lo seque, que yo quiero acabar de limpiar las armas y la espada. Salí de su presencia ya mudado en indio, deseoso de dar a las suspensas lágrimas rienda suelta, y antes de encaminar mis pasos para el río, me fui a la montaña umbrosa que de nuestro rancho estaba cerca, a donde acostumbrábamos ir por leña y a otros naturales ejercicios. Entreme a lo oculto y más escondido de aquel bosque, bañadas ya mis mejillas de copiosas lágrimas, y habiendo reconocido el sitio por una y otra parte despejado y solo, despedí de lo íntimo del alma unos suspiros y ayes con lastimosas voces, que, enternecidos los montes, imitaban y respondían lastimados. Puse en tierra las rodillas y en el cielo los ojos y el espíritu, dando gracias al Señor de todo lo criado por los favores y mercedes que me hacía, alumbrándome el entendimiento con trabajos y aflicciones para que supiese estimarlos y recibirlos con gusto de su bendita mano. Despedí con el llanto mi congoja y con la contemplación verdadera mi tristeza. Volví a salir del bosque consolado y con la voluntad de Dios conforme y reducido. Y entre los discursos y consideraciones que a la memoria se me venían, era la más continua y no desechable la transformación en que me veía, dándome vuelta y mirándome por una y otra parte, vestido como uno de los más desdichados indios, descalzo de pie y pierna, representándoseme la poca estabilidad de las cosas humanas, que no tienen fundamento ni firmeza alguna. De la suerte referida, me fui encaminando para el río y en el camino me encontré con los dos nietecitos del viejo Llancareu, mis compañeros y amigos, que en mi alcance andaban, quienes me preguntaron cuidadosamente de dónde venía, porque hacía buen rato que me había desaparecido de ellos y en mi demanda habían corrido las riberas del río, con deseos de hallarme para que les enseñase a rezar las oraciones que le había prometido la pasada noche. Gran regocijo tuve, reconocida la voluntad y afición que mostraban los chicuelos a las cosas de nuestra santa fe católica, pues sin haberles hablado más palabras que las pasadas al acostarnos, tuvieron en la memoria lo que de la grandeza de Dios les signifiqué de paso, pues me repitieron algunos puntos y razones. Yo confieso que con sus preguntas me pusieron en algún cuidado, considerando cómo había de satisfacer sus deseos cuando eran tan bien encaminados a saber lo que ignoraban. -Vamos caminando ahora hacia el río -les dije- nos asentaremos en sus orillas y despacio conversaremos: -Vamos pues, capitán -respondió el mayorcito-, el valle arriba, y traeremos de camino unos nabos que mi madre encargó llevásemos, y allí nos bañaremos muy despacio. -Paréceme muy bien lo que habéis dicho -le respondí gustoso. Encaminadnos luego para donde quisiereis, que todavía es temprano y nos podremos dilatar un rato en el paseo. (Y yo lo deseaba, por ir pensando lo que había de responder a sus dificultades.) Fuimos arriba de la vega, donde cogimos cada uno de nosotros un atado o manojo de nabos para llevar a casa, y después de haberlos lavado en aquel cristalino río y de haberse bañado despacio los muchachos, nos asentamos en sus apacibles y frescas orillas, donde me hallé con discursos y pensamientos varios para ver de dar principio a la doctrina y enseñanza de aquellos bien inclinados muchachos. Y aunque consideraba que no eran capaces de tanto misterio, por darles gusto en lo que me pedían, di principio a enseñarles a santiguarse. Y con un cuchillo que llevaba les hice una cruz moderada, lo más cuidadosamente que pude, dándoles a entender que de aquella insignia y señal de cruz, o de otra cualquiera semejante, huía el demonio, adversario común de nuestras almas, por haber muerto en ella el Supremo Señor Dios de lo criado. Y para darles a entender mejor les pregunté si sabían lo que era pecado, que entre ellos llaman «huerilcán». Respondiéronme que sí, que «damentún» era pecado, que es quitar la mujer a otro siendo propia, y que hurtar también lo era y matar a otro. Éstos son los ordinarios entre ellos, porque el privarse del juicio, ni emularse, ni cohabitar con las mujeres del trato y solteras no lo reputan por tal. Sólo tienen por vil y vituperable el pecado nefando, con esta diferencia: que el que usa el oficio de varón no es baldonado por él como el que se sujeta al de la mujer. Y a éstos los llaman «hueies», y más propiamente «putos», que es la verdadera explicación del nombre «hueies». Y estos tales no traen calzones sino mantichuela por delante que llaman «punus», acomódanse a ser «machis» o curanderos, porque tienen pacto con el demonio. Ajustado ya con ellos lo que era el pecado, les signifiqué el aborrecimiento que Dios, Nuestro Señor, tenía a los malos y pecadores, porque era suma bondad y perfección, y principalmente los que no eran cristianos estaban separados de su gracia y de su gremio, y que aunque nos había criado a su imagen y semejanza, con nuestros delitos y maldades borrábamos la perfección con que fuimos criados. Para su mejor inteligencia les puse un fácil ejemplo que de repente se me vino a la memoria. Estando cerca de donde estábamos asentados un remanso del río a modo de una poza sosegada y cristalina, me levanté diciéndoles: -Allegáos para acá y os significaré de la suerte que se mira Dios y se asemeja a los justos, puros y limpios; arrimaos a este remango y mirad en él vuestros rostros qué claros y qué propios se representan en este cristal bruñido. Miráronse con cuidado y respondieron admirados: -Es verdad, capitán; tenéis razón. -Pues volved a miraros atentamente, les dije, habiendo primero alborotado y ensuciado el agua con el cieno y barro que en su centro contenía. Miráronse otra vez en el propio espejo y no se les representaron como antes sus retratos. Pregunteles la causa de mostrarse tan escaso aquel remanso en dar lo que antes tan liberal les había comunicado. -Eso claro está, me respondieron, porque habéis alborotado y ensuciado el agua. -Decís muy bien -les dije-. Ése ha sido el embarazo para esa diferencia. Pues de la misma suerte se mira Dios en nosotros mientras estamos puros, claros y limpios de pecados, y, ensuciando con ellos el alma -que es el «pilli» que decís vosotros-, se aparta de nuestra presencia su imagen verdadera. Acabados estos discursos, me preguntó el mayorcito, que mostraba más capacidad y entendimiento, habiendo estado atento a mis razones, si Dios era como nosotros y si tenía manos, cuerpo y los demás miembros que nos componen. Para dar a entender a mis discípulos de la suerte que era Dios y en qué se asemejaba a nosotros, les pregunté si sabían lo que era el espíritu del hombre o el alma, a lo que me respondieron que no sabían. -¿No soléis -les repliqué- cuando se muere alguno, decir vosotros «tipainipilli», salió del cuerpo el espíritu, y también opinan muchos o es común sentir de los ancianos que este «pilli» o espíritu va a comer papas negras tras esas cordilleras altas y nevadas? -Sí, capitán -me respondieron-; así lo dicen nuestros viejos. -Advertid ahora y estad conmigo: ese espíritu «pilli» rige y gobierna el cuerpo y le da vida y no le veis ni se puede divisar ni conocer. Y para que más claramente podáis venir en conocimiento de lo que es espíritu, os lo daré a entender con un ejemplo claro: traed a la memoria a vuestra madre y a vuestro abuelo, el viejo, acordándoos de ellos en vuestro entendimiento y en vuestro espíritu. ¿No parece que los estáis mirando verdaderamente con todas sus facciones, ojos, narices y boca? -Es así -me respondieron. -Pues, ¿quién os trae a la memoria a vuestra madre y a vuestro abuelo y os lo representa como ellos son en sí cuando os acordéis de ellos? ¿No es el entendimiento o vuestro «pilli», que decís vosotros, que saliendo del cuerpo queda muerto y sin vida? Pues considerad ahora a Dios que es el alma y el «pilli» de todo cristiano. Volviome a preguntar el muchacho que discurría y dificultaba sobre lo que oía, que dónde estaba ese Dios de quien les había significado tantas grandezas; que tenía deseos de conocerle. Le respondí que Dios estaba en el cielo, en la tierra y en todo lugar. -Ahora, pues -les dije-, si tanto deseo tenéis de conocer a este nuestro Dios, os enseñaré a rezar y la manera como hemos de pedirle que nos mire como a sus hijos, nos socorra y nos defienda como padre y nos libre y aparte de nuestros enemigos como Señor Todopoderoso. -Con mucho gusto aprenderemos -respondieron los muchachos-. Enseñadnos luego algo, porque lo estamos deseando. Di principio por el Padrenuestro en su lengua y natural idioma; estuvieron con atención y cuidado repitiendo lo que yo les decía. Y para ponerles más codicia y que con brevedad se hiciesen dueños y capaces de la oración que aprendían, les di a entender que hasta que supiesen el Padrenuestro no les había de enseñar otra oración. Después de haberles repetido seis o siete veces la oración, nos retiramos a los ranchos. Cerca de ellos hallamos a Maulicán, muy gozoso, aliñando las mangas y los calzones que había lavado y añadido un pedazo de paño hacia la pretina, porque de otra suerte era imposible ponérselos, por ser de estatura disforme. Recibiome placentero, brindándome con un jarro de chicha y el viejo Llancareu con un plato de mote con muchas achupallas y yerbas del campo que dan buen gusto a sus guisados. La hija del viejo a quien había encargado mi persona me trajo otro plato de papas y un pedazo de cecina sin sal, mal seca al humo, que ellos no tenían otros regalos por ser fronterizos, y un jarro de chicha de la que me había hecho guardar el viejo la primera noche que entré en su rancho. Llamé a los muchachos mis compañeros y comimos a la resolana; que aun era temprano, pues todos los habitadores de la casa estaban al sol trabajando, haciendo unas lozas, ollas y cántaros; otros tejiendo, y a las orillas del río, otros lavando. Y Maulicán ocupado en aliñar su vestido, las armas y la espada, porque al día siguiente habíamos de salir para la fiesta y convite de Ancanamón, por llegar el día señalado con bastante tiempo. Fuese acercando la noche y con su vecindad nos fuimos acercando y recogiendo al abrigo de las casas, habiendo ante todas cosas ido todos los varones por un viaje de leña para calentarnos, que éste era el ordinario ejercicio que teníamos, sin reservas aun los mismos caciques. Al acostarnos, me volvieron a rogar mis camaradas, los muchachos y discípulos, les volviese a enseñar la oración del Padrenuestro, porque ya iban entrando en ella. Hícele así por darles gusto y por el que yo tenía de verlos tan inclinados al conocimiento de Dios, Nuestro Señor. Y después de haberlos enseñado, me encomendé a nuestro Dios y a su Madre Santísima y, acabadas mis oraciones, dimos rienda suelta con el sueño a nuestros fatigados sentidos. Al día siguiente, cerca de las tres de la tarde, salimos para la fiesta de los vecinos, sujetos y comarcanos de Llancareu, con Maulicán, su hijo y sus familias, quedando en resguardo de los ranchos las mujeres más viejas e impedidas. Llegamos aquella noche a alojarnos (a) una legua de donde la borrachera se hacía, en cuyo sitio tuvimos noticias de que la misma tarde se juntaban al lugar disputado Ancanamón y los dueños del convite, para el día siguiente dar principio a su festejo y a su jovial entretenimiento. -En muy buena ocasión hemos llegado -dijo Maulicán-, porque mañana entraremos a tiempo que nos reciban a nuestra usanza en el palenque. Salgan nuestros caballos a comer ahora; los más gordos y altaneros pueden manearlos porque no se alarguen y no nos detengan por la madrugada. Y esto sin tener recelo de que les hurtasen algunos, porque viven en sus tierras, debajo de su libertad., con más justa ley y natural razón que los que la profesamos. Habiendo quedado con mis compañeros alojados a las orillas de un apacible estero, en una tan amena vega como fértil, fue Dios servido de enviarnos su luz, aunque rebozada con nieblas gruesas y con muestras muy ciertas de convertirse en agua. Di gracias infinitas a la Majestad Suprema por haberme dejado llegar con bien de gozar de la luz clara de aquel día y, después de haber almorzado y recogido los caballos, montando en ellos, fuimos marchando al paso de algunas indias y muchachos que iban a pie, porque no hubo cabalgaduras para todos. Por mi gusto, me apeé del caballo en que iba y acompañé a las indias un buen rato para entrar en calor y no sentir tanto el riguroso frío que nos apretaba. Llegamos a medio día a vista del lugar en que se iban juntando con el gobernador Ancanamón los convidados para dar principio a su festejo. Los que íbamos a caballo desmontamos de ellos en frente del palenque y del andamio que tenían hecho para sus bailes y entretenimientos. En medio de él estaba puesto un árbol de canelo de los mayores y más fornidos que pudieron hallarse, con otros adherentes de sogas y maromas que pendían de él para hacer sus ceremonias. Luego que Ancanamón y sus compañeros caciques divisaron nuestra tropa y conocieron a Maulicán y al hijo de Álvaro a su lado, con los demás de su parcialidad y al toqui principal Llancareu, se aguardaban a que a su usanza los recibiesen; por haber sido llamados al convite, envió un recaudo al toqui Llancareu para que nos acercásemos al concurso de los demás. Hicímoslo así, habiéndose agregado a nuestra gente tres caciques más, compañeros y comarcanos de Llancareu, con sus sujetos, que por todos haríamos un número de cien varones, sin contar la chusma de indias, chinas y muchachos. En forma de procesión, caminamos a pie todos juntos y nos arrimamos hacia la puerta descubierta que hacía el cuartel formado en triángulo, hechas sus ramadas a modo de galeras. Allí tenían las botijas de chichas, los carneros, las vacas, las ovejas de la tierra y lo demás necesario para dar de comer y beber a los forasteros huéspedes. Hicimos alto a distancia de cincuenta pasos del bullicio que iba concurriendo, y como el concurso que llevábamos era copioso, yendo yo adelante en medio de él y de Llancareu y de su hijo Maulicán, pasó la voz de que había llegado el hijo de Álvaro, a quien deseaba con extremo ver la muchedumbre, con lo que se suspendió y paró toda la junta y salieron muchos de sus lugares y asientos a vernos recibir y entrar dentro del formado cuartel para la fiesta. Salió el gobernador de aquellas «aillareguas» y dueño de aquel festejo con diez o doce caciques de su parcialidad, deudos y amigos que ayudaban al gasto y al desempeño del convite. Llevaban tras de sí otras tantas mujeres e hijas suyas con un cántaro moderado de chicha cada una y un jarro para irla repartiendo; cogiendo cada cual de los caciques el suyo, primeramente Ancanamón, los llenaron de los licores y bebidas que traían y con ellos nos fueron brindando que es la cortesía que a su usanza tienen unos caciques con otros cuando son convidados para tales fiestas. Después de haber brindado el gobernador Ancanamón al toqui principal, que era Llancareu, e imitándole los demás caciques en la acción, llegó a brindarme a mí y a decirme que se alegraba infinito en verme con salud en sus tierras, porque conocía mucho a mi padre Álvaro, que era gran valiente y de opinión conocida entre los suyos; que él también lo era, que había peleado en muchas ocasiones con él y que tenía experimentada su buena fortuna y su valor, y juntamente que estaba satisfecho y enterado de su apacible trato y piadoso corazón, por haber estado cautivo y preso entre nosotros su pariente Inavilo. Éste le significó el buen agasajo que le hizo, el respeto y regalo con que lo trató. Esto lo dijo varias veces, mostrándose bastante agradecido a sus acciones. -Y fuelo tanto y tan amigo de tu padre -me volvió a repetir-, que se excusó volver a continuar la guerra y en varias ocasiones le dio muchos avisos en secreto que le importaron mucho. Y así, capitán, ten buen ánimo y esperanzas ciertas de hallar entre nosotros el mismo agasajo y cortesía. Yo le respondí rindiéndole las gracias de los favores que me hacía. Y verdaderamente que quedé muy consolado, porque no dejaba de darme algún cuidado el hallarme en semejantes juntas y borracheras, donde se privan del juicio, quedando la vida de un pobre prisionero a la voluntad de cualquiera mal intencionado, por no tener esta nación cabeza superior que los sujete ni a quien ellos rigurosamente tengan temor ni respeto, porque cada uno en su parcialidad y en sus casas es tenido y acatado conforme a sus caudales y el séquito de deudos y parientes que le asisten. Ésta es una de las mayores barbaridades que entre estos indios chilenos se reconoce y de la cual podremos tener algunas esperanzas de que no han de ser estables sus repúblicas, ni permanecer en su fiereza y contumacia. Después de haber brindado a todos los caciques y hombres principales, Ancanamón con los suyos cogió la delantera y dio principio a nuestra marcha, hasta llegar al sitio al que habíamos de asistir, inmediato al palenque y andamio del baile. Allí nos sentamos en unos tapetes o esteras los que éramos de nuestra parcialidad. Trajeron luego una oveja de la tierra, que sería a modo de camello, para nuestro viejo Llancareu, como toqui principal de su concurso, y a su hijo Maulicán un carnero, y a los demás caciques de la misma suerte, aunque particularizaron con una ternera más a Maulicán, por haber sido a quien envió a convidar con su español para su festejo. Para el común y chusma que llevábamos, pusieron de antemano veinte «menques» de chicha, de más de arroba cada uno. Dispusieron las mujeres hacer fuego y los muchachos el desollar los carneros para que comiesen, después de haber degollado cada uno el que le dieron, conforme lo acostumbrado entre ellos. Sólo la oveja de la tierra quedó en pie, por haberla reservado el viejo Llancareu, a quien le fue presentada, para llevarla a su tierra, donde son entre ellos de gran estimación y los que las tienen son hombres de cuenta y poderosos. Además de este convite que el gobernador Ancanamón nos hizo luego que llegamos, otros caciques de su parcialidad y compañeros le fueron imitando en los presentes, aunque no con la abundancia y ostentación que manifestó el gobernador. Con ello hubo suficientemente que comer, que beber y algún ganado que llevar en pie a nuestra tierra; porque además de estos regalos por mayor, se allegaron otros moderados de unos que nos llevaban el carnero, la ternera y el cordero, cántaros de chicha, platos de carne guisada, mariscos y otras viandas de pescados diferentes. En este recibimiento pasamos aquel día entretenidos y se dio principio a la borrachera al ausentarse el sol de nuestra vista. Juntáronse todos los caciques que se hallaban presentes de diferentes «regües» y parcialidades con Ancanamón y los de la suya, los cuales arrimándose al palenque, donde bailando y cantando estaban los mocetones con la plebe y el común concurso, callaron los cantores y los danzantes suspendieron el ruido y en silencio quedó la muchedumbre. Tomó Ancanamón la mano como dueño del convite, y estuvo un gran rato razonando, a modo de un sermón, entre nosotros. Los oyentes le miraban atentos, porque de verdad el indio era arrogante, discreto y desenfadado. Acabada su oración y discurso, entonaron los músicos sus romances, dando principio con uno en alabanza del gobernador, que ayudaron los caciques a cantar y a dar dos vueltas en el baile con las mozas y galanes. Y dejando establecida ya la fiesta, se retiraron los caciques principales a sus ramadas y ranchos, porque la noche helada y fría obligaba a solicitar abrigos y reparos. Quedáronse en el sitio la plebe y el común, con gran ruido de voces, tamboriles, flautas y otros instrumentos, comiendo, bebiendo, cantando y bailando sin cesar toda la noche. Después de haberse recogido los caciques a sus ranchos y ramadas, convidó uno de ellos a Maulicán a que fuese a su choza a gozar del abrigo que ofrecía, la cual estaba como a una cuadra del bullicio. Aceptó el ofrecimiento con Llancareu, su padre, y con ellos fuimos la familia solamente, porque nuestros compañeros y comarcanos quedaron en el baile entretenidos con el demás concurso, que sería de más de cuatro mil almas. Entramos en la casa del cacique, que era muy cercano y pariente de Ancanamón y tenían los ranchos tan vecinos y tan unos, que no se diferenciaban más que en las puertas. Aunque el de nuestro huésped era moderado, nos acomodamos todos arrumbados unos sobre otros, y como los más se hallaban privados de sus sentidos, no hicieron más que tenderse en aquellos rincones y quedarse dormidos. A este tiempo llegó el gobernador Ancanamón (cuya casa estaba tan cercana, que lo que se hablaba en una se escuchaba en la otra fácilmente), hallándonos sentados al amor del fuego a mí y a Llancareu bebiendo un cántaro de chicha que el dueño nos había puesto delante para que nos fuésemos a dormir con los demás compañeros. Sentose Ancanamón a mi lado y le brindé con un «melgue» de chicha que admitió con agrado. Y después de haber bebido, brindó a mi viejo Llancareu, que ya estaba también de buena, y díjole: -Déjame llevar a mi casa a este capitán para que vaya a cenar conmigo. -Vaya en buena hora -respondió el viejo- que solamente a ti pudiéramos fiar nuestro español. Levantose Ancanamón y llevome a su rancho, donde tenía tres fogones, por ser capaz y anchuroso. En el uno estaban bebiendo algunos caciques, mujeres y niños; en el otro, la familia de Ancanamón, con muchas ollas de guisados diferentes y asadores de carne, gallinas, perdices y corderos; en el otro solamente asistía una mestiza, hija de Ancanamón, y una de sus mujeres mocetonas, que debía ser la más estimada. A este fogón me llevó, y en una estera o tapete que ellos usan nos sentamos al fuego y mandó que nos trajesen de cenar. Al instante pasaron del otro fogón al nuestro los asadores y las ollas y nos pusieron unos platos limpios por delante y el asador de perdices, del cual sacó una el huésped y me la puso en el plato; pidió luego el de cordero y cortó por encima lo más bien asado y reforzó con él la porción primera y con unas tortillas sazonadas, platos de pepitorias, para que la perdiz y la carne comiese con aquella jalea y otros guisados de aves y hervidos a su usanza con legumbres de papas y porotos, y por postre unos buñuelos de viento muy bien hechos. Cenamos con gusto y alegría porque nos brindamos con extremadas chichas de frutillas que para mí eran el mayor regalo que se me podía hacer. En medio de nuestra cena, me preguntó por nuestro padre Álvaro, diciendo que no había conocido otra persona de tanta opinión ni que fuese tan temido de ellos, y por otra parte, bien querido, porque había muchos cautivos a quienes había hecho muy buen pasaje y solicitado sus rescates y puéstoles en libertad, con lo que mostraba su valor y generoso pecho, que los que son cobardes son naturalmente crueles y sangrientos. -Tenéis razón -le respondí-, que eso lo tengo experimentado desde que estoy entre vosotros preso, pues los más valerosos y principales caciques, como vos, que sois conocido en toda la tierra, así de los vuestros como de nosotros, por gobernador de estas fronteras, valiente y esforzado capitán, me han defendido y amparado, perturbando intenciones depravadas que han solicitado por varios caminos quitarme la vida. Proseguimos nuestra conversación y me volvió a preguntar qué es lo que decían de él entre nosotros, si tenía opinión de soldado y de valiente. Le respondí que entre ellos no había otra persona que sobresaliese ni otro nombre que en nuestras tierras fuese más conocido que el suyo, pues hasta las mujeres y los niños tenían en la memoria el de Ancanamón. Con esta relación que le hice tuve mucho placer y gusto, porque no hay ninguno a quien le pese ser alabado y aplaudido. Entonces me significó con gran amor cómo siempre había sido muy afecto a los españoles y a su traje y que a que a más no poder defendía sus tierras y seguía a los demás, y también porque en una ocasión tuvieron muy mal trato con él y le llevaron sus mujeres a Palcaví bajo conveniencias de paz y no se las quisieron devolver. -En verdad -le dije- que he oído hablar de esa materia en que te culpan algunos de la muerte de los padres de la Compañía y otros abonan en tu causa por haberte quitado tus mujeres y cada uno habla conforme sus intenciones buena o no tal. Mucho me holgara ciertamente saber el fundamento de la muerte de esos religiosos. -Pues, si tienes gusto que la historia te cuente -dijo Ancanamón-, te referiré lo que me pasó con un «patero» (que así llaman a los religiosos) que decían era gobernador y que traía del rey muchos negocios de importancia para nuestra quietud y sosiego. -De mucha estimación y gusto será para mí -le respondí- que me refieras el caso como sucedió en aquel tiempo, para tener certidumbre de lo que varios informes han puesto dudoso. -Habrás de saber, capitán -dijo el gentil valeroso-, que ese patero o padre tenido por gobernador nos envió a decir que venía enviado por el rey sólo a pacificar, poner en sosiego nuestra tierra y que nos estuviésemos en ella quietos, sin hacer guerra a los españoles, ni ellos a nosotros. Sin esta conformidad, permitimos que viniese un español lenguaraz con mensaje como embajador a mi distrito, por ser el fronterizo más cercano. Vino un alférez que se llamaba Meléndez con otro compañero, grande intérprete y ladino en nuestra lengua, a quienes recibí en mi casa con grande amor y agasajo. Regalándole con lo que tenía y sirviéndole mi persona, llamé a mis amigos y a los caciques de mi parcialidad y consultamos lo que debíamos hacer sobre la proposición que nos trajo el embajador del padre Luis de Valdivia, que así se llamaba este gobernador padre. Resolvimos que yo saliese acompañado de otro cacique a significar a las demás parcialidades de la costa hasta La Imperial las conveniencias y utilidades que reconocíamos en el trato de paces que nos proponía el padre. Abrazamos muy bien todos los de nuestra parcialidad este convenio, con que dispuse mi viaje a los seis u ocho días después de la llegada del alférez. Y al tiempo de mi partida se allegó a mí una de mis mujeres y me dijo en secreto que el embajador se había revuelto con la mujer española, a quien tuve buena voluntad y en quien tenía una hija. No dejó de darme algún cuidado y aun pesadumbre, pero, con simulación, no le di a entender a la que me vino con el aviso; antes le dije que callara la boca y no fuese bachillera ni divulgase tal cosa porque me enfadaría con ella grandemente y que no se maravillase de que la española mirara con buenos ojos a los de su nación y propia tierra, que lo propio haría ella si se viese entre los españoles y hallase ocasión de comunicar a los suyos. Con esto, la despedí sin hacer demostración de lo que tenía en el alma. Quedeme por aquel día con esta sospecha y con alguna mala intención de matar aquel español y vengar mi agravio, por no darle lugar a poner en ejecución lo que no pensé en mi casa. Volví en mí y entré conmigo en cuenta y pensé que si quitaba la vida a aquel español habían de colegir no bien de mi acción y, aunque se enterasen de mi razón y de la causa, que era justa, no habían de juzgar los españoles ser así, porque ya nos tienen por sospechosos y traidores y sin duda dijeran que por no admitir las treguas a paces que nos ofrecían, habíamos dado muerte al mensajero. Disimulé como pude mi pesar y suspendí mi apasionada intención, juzgando que llevado de mi agrado y cortesía, para en aquélla solamente su perversa inclinación y mala correspondencia. Y hallé que fue peor mi disimulo, porque el que es de natural maligno y no de esclarecida sangre, es ingrato y desconocido. -Tenéis razón por cierto -le dije al cacique-, que el que es noble y de prosapia ilustre, es cuanto a lo primero temeroso de Dios, atento en sus acciones y reconocido al bien que se le hace. Proseguid con vuestra historia, que me tiene admirado y suspenso la disolución tan grande de ese hombre. -¿Pues, de qué os maravilláis, capitán? No fue lo más insolente y lo que a mí me causó mayor disgusto lo pasado, porque yo ya tenía determinado que la española que se fuese a su tierra en asentando nuestro trato, admitimos de todo corazón y (por el que) salí a que se efectuase con los demás caciques de La Imperial y la cesta. Escuchad más adelante y veréis lo que hizo este hombre en mi casa. Salí otro día con el cacique mi compañero y mis criados y dejé al español en ella -a pesar de ir advertido de su mal trato- con orden de que lo regalase con lo que tenía y a un hermano mío que lo asistiese y acudiera a suplir mi falta. Así lo hizo, festejándolo con mucha chicha, perdices, corderos y terneras. Y en el tiempo que falté por estar haciendo la causa de los españoles y reduciendo a mi voluntad a los demás caciques de toda mi «regue» y parcialidad, el español mensajero estaba en mi casa haciéndome traición y disponiendo dejarla robada, como lo hizo. No habiéndose contentado con revolverse con 1a española, me inquietó dos muchachas a quienes quería bien, y tres o cuatro días antes que yo llegase previno sus caballos y una noche subió en ellos y me llevó la española y mis dos mujeres al fuerte de Palcaví. «Cuando llegué, habiéndome avisado del destrozo que había hecho aquel mal hombre en mi familia, ¿qué sentiría mi alma y qué aflicciones tendría en mi corazón? Lloré como una criatura la falta de mis mujeres y en este tiempo llegaron mis suegros, padres de las muchachas, y me pusieron de suerte que no faltó sino matarme, diciéndome que era traza mía el haber enviado mis mujeres por delante para irme yo tras ellas a vivir con los españoles. Me vi en tan notable aprieto, que fue menester valerme de mi prudencia, de mi valor y esfuerzo, para no hacer una locura y desesperada acción. Traté de ponerme en camino para ir en demanda de mis mujeres al fuerte de Palcaví, juzgando que los españoles, luego que yo llegase, me devolverían mis mujeres y castigarían al que hizo conmigo semejante maldad. Rogué a mis suegros que me asistiesen y acompañasen, que por mis razones echarían de ver y conocerían mi inocencia y cuán ajeno estaba de lo que me habían acumulado. Aceptaron luego el convite y vinieron en ir conmigo por el deseo que tenían de ver a sus hijas. «Salimos otro día por la mañana hasta veinte indios amigos y los caciques mis suegros y llegamos al fuerte de Paicaví a significar el agravio que aquel español me había hecho, diciéndoles que como permitían tan gran desafuero a quien iba a tratar medios de paces y conveniencias públicas; que los más y el común juzgarían haber sido trato doble fraguado entre todos ellos y que así estimaría grandemente que no frustrasen mis esperanzas, ni diesen lugar a que los caciques, mis compañeros y padres de las dos chinas que me habían robado, juzgasen en contra de los que le tenían informado, y asegurado de que volverían mis mujeres y castigarían severamente a quien en tan inhumano y mal correspondiente había procedido en mi casa. (Además les dije) que la española podía quedarse, pues se hallaba ya en su tierra y entre los suyos, que solamente pedía las dos hijas de aquellos caciques que se hallaban presentes para consuelo mío y alivio de sus padres. Estas y otras razones, salidas del corazón con todo sentimiento y pena les dije, sin que en ellos causasen efecto alguno. Me respondieron desabridamente que las chinas no querían volver a nuestro poder porque eran ya cristianas. Pues, ¿por qué las cristianasteis con tanta brevedad, me volvía a decirles, sabiendo de la suerte que ese mal hombre las había traído sin aguardar el fin de mi viaje, que claro está que sabríais que estaba fuera de mi casa en ejecución y complimiento de vuestra embajada? ¡Nunca yo la hubiera permitido, pues estoy experimentando vuestras traiciones y dobles tratos! Con negarme ahora mis mujeres nos habéis dado a entender que todos sois uno y sólo tratáis de destruirnos y acabarnos. Y luego decís que nosotros somos los traidores y los que vivimos con doblados pechos. Finalmente, nos volvimos desconsolados y tristes, mis suegros sin sus hijas y yo sin mis mujeres, rabioso de haber admitido aquel español en mi casa y deseoso de hallar ocasión de vengarme de aquel patero «apo» que nos envió a engañar y hacer burlas y chanzas de nosotros. En este tiempo, acabado de llegar a mi casa, tuve noticia cierta de que habían llegado al valle de Ilicura dos pateros o padres de la Compañía de Jesús enviados del propio padre que nos engañó. Y para que mis suegros entendiesen cuán lastimado volvía y para tener en alguna parte venganza de tamaña ofensa, convoqué hasta doscientos indios amigos y comarcanos, fui a donde ellos, estaban y los hice matar rabiosamente. «Mirad ahora si tuve sobrada razón o no, después de recibidos los agravios que os he referido. Atónito y suspenso me quedé, por cierto, habiendo escuchado la relación de este cacique, que nunca juzgué fuese tan verdadera hasta que, después de conseguida mi libertad, me informé del caso por algunas personas antiguas y de crédito y comprobé lo que el cacique me había contado. Y aun más me agregaron. No supe qué responder a razones tan ciertas y agravios tan conocidos como los que me refirió este cacique, sino decirle que su indignación había sido justificada. -Muchas cosas pudiera referiros -me volvió a decir Ancanamón- de lo que los españoles hicieron con nosotros en sus principios, pues, por no haber podido nuestros antiguos antepasados tolerar las vejaciones y agravios que les hacían, los obligaron a coger las armas y sacudir el yugo de su servidumbre, que tal vez al más cobarde suele la desesperación dar valor y esforzado atrevimiento. -Decís muy bien -respondí al cacique- que esa verdad se ha experimentado en muchas ocasiones. En el tiempo que estuvimos cenando y en buena conversación entretenidos, se armó un gran baile y jovial entretenimiento en el rancho de mis compañeros, desde el cual yo salí para el de Ancanamón. Y como estaba tan vecino el uno del otro, se fueron a él todos los indios y muchachos y muy gran parte de las indias, por cuya causa me provocó el dueño a que siguiésemos a nuestros compañeros y fuésemos a bailar con ellos un rato. Por darle gusto, fui en su compañía, bien forzado, porque más se inclinaba mi deseo a buscar la quietud y mi descanso que al bullicio y las voces de sus cantes roncos. Entrome en medio de los que estaban en rueda dando vueltas y bailando, y luego que nos divisaron llegaron los unos y los otros a brindarnos con algunas bebidas fuertes y algo espesas, de las que bebí muy poco y aun sin gusto, por haber tenido con la cena y bebida del cacique. Éste parece que advirtió lo desganado que me hallaba, porque me dijo que si tenía deseo de irme a descansar, que lo hiciese con mis compañeros, pues me habían venido a buscar los dos muchachos nietecitos de nuestro viejo Llancareu. Agradecile el favor y regalo que en su casa me había hecho y más el haberme dado licencia para ir a buscar el sosiego que solicitaba el fatigado cuerpo. Salí de aquel confuso laberinto y me acomodé gustoso en un rincón donde estaba con su familia Maulicán y di infinitas gracias a Dios Nuestro Señor por los favores que cada día experimentaba de su bendita mano, hallando entre mis enemigos tan corteses acciones y amorosos agasajos como los de Ancanamón y otros caciques principales con que fue mi prisión dichosa como feliz el cautiverio. Salimos por la mañana con el gobernador Ancanamón los que habíamos dormido en sus ranchos, y nos llevó al lugar que el día antecedente habíamos tenido con mucho acompañamiento. Los que ayudaban al festejo nos llevaron de almorzar y que beber con abundancia para que los huéspedes se entretuviesen y alegrasen, porque la fiesta es comer, beber y bailar, cantando durante todo el día y toda la noche, como lo hicieron más de cuatro mil almas que se quedaron en los andamios con los cantores y en sus sitios y lugares otros. Llevaron a Ancanamón todos los caciques principales al centro del concurso, donde chicos y grandes, mujeres y hombres estaban bailando en rueda. Y cogiéndole en medio, lo recibieron con el romance que el día anterior cantaron en su alabanza. Después de esto salieron diez o doce mocetones desnudos y en carne, tiznados con carbón y barro hasta los rostros. Ya dije antes de esto que en medio del palenque estaba hincado o clavado un árbol de canelo muy crecido, y para que no se blandease o hiciese pedazos al tiempo que fuese más necesario, por ser madera vidriosa y delicada, le tenían liado a otros dos árboles gruesos y fornidos, de donde pendían unas maromas gruesas cuyos extremos llegaban a fijarse en otros postes firmes y robustos que servían de estribos a los bancos del baile y al palenque. Estos danzantes ridículos traían ceñidas a la cintura unas tripas de caballo bien llenas de lana y más de tres o cuatro varas a modo de cola, colgando, tendidas por el suelo. Entraban y salían por una y otra parte bailando al son de los tamboriles, dando coladas a las indias, chinas y muchachos; que se andaban tras ellos haciéndoles burlas y riéndose de su desnudez y desvergüenza. Después de haber andado de la suerte referida por entre todo el concurso de hombres y mujeres, subieron a las maronas que a modo de jarcias estaban puestas; subían a lo alto y volvían a bajar; otras veces se paraban sobre los estribos de los andamios de los cuales pendían las puntas de las maromas y se ataban de las partes vergonzosas un hilo de lana de un dedo de grueso, de donde les tiraban las mujeres y muchachos, bailado los unos y los otros al son de sus instrumentos. Ésta es la fiesta más solemne que entre estos bárbaros se acostumbra, imitando a la antigüedad, que usaban en sus convites bárbaros, para la solemnidad de sus banquetes, hacer otro tanto, emborrachando a algunos y poniéndoles en cueros para que sirviesen de risa y entretenimiento. Volvimos, por segunda vez, Llancareu, Maulicán y su familia a los ranchos de Ancanamón, donde alrededor de los fogones se armaron diferentes bailes y convites que duraron hasta el otro día. Por segunda vez me llamó a su rancho Ancanamón, y fue tanto el amor que me cobró, que lo manifestó con obras y agasajos, pues, además de ellos, me ofreció una nieta -que lo era también de la española que le llevó con las demás el fraudalento embajador-; propúsome y diome a entender con benévolo semblante la voluntad que me tenía y el gusto que recibiría si yo me quedara en su casa; que por mí daría a mi amo las pagas que quisiese y que me casaría con su nieta. Agradecile su oferta con extremo y le respondí muy a su satisfacción; lo primero, le signifiqué el amor que me tenía Maulicán, mi amo; los disgustos y pesadumbres que por mi culpa había tenido; los empeños en que se había puesto por defenderme, y que sin su gusto y beneplácito no parecía bien tratar de mis comodidades, que por tales juzgaba las que me ofrecía. Lo segundo que se me podía por delante era el que con brevedad aguardaba resolución de mi rescate, porque los caciques de la costa me habían remitido cartas de mi gobernador y enviado respuesta mía, con lo que tenía por sin duda que se efectuarían los tratos principales por aquella parte. -Es verdad -dijo Ancanamón- que con mi permiso pasaron estas cartas y han vuelto las vuestras y esperamos rescatar nuestros caciques presos por vuestra persona. Pero si en el entretanto quisiereis habitar conmigo, estaréis más cerca y será con gusto de Maulicán, a quien le daré aquí las pagas que quisiere. -No quisiera -le respondí- que entendiese que yo solicitaba el dejar su compañía y faltar de su obediencia, porque, aunque estoy conociendo que vuestra compañía fuera para mí en gran conveniencia y para mis mayores medras, así por estar amparado en vuestra casa, como para librarme de los riesgos de la vida en que por allá me veo, porque han principiado a perseguirme los caciques de la cordillera y algunos de nuestros vecinos y comarcanos. Con todo eso, quiero más asistirle y no faltar a su gusto, que no que se persuada a que falto a la obligación de agradecido y verdadero correspondiente. Si yo estuviese cierto haber de ser dilatada mi asistencia entre vosotros, sin que hubiese persona alguna que se acordase de mí para rescatarme, ¿qué mejor suerte podía tener que la que me ofrece vuestra gracia y benevolencia?... Mas tener por cierto que si este verano no se efectúa lo tratado y mis esperanzas se malogran, he de solicitar el venir a serviros. -Mucho gusto me han dado vuestra razones -me respondió-, que por todos los caminos manifestáis lo ilustre de vuestra sangre y la nobleza de vuestro pecho, ya que sabéis agradecer la voluntad de Maulicán y sus agasajos. Con todo eso, le daré una puntada, y le rogaré que os deje conmigo. Estando en estas demandas y respuestas, se allegaron a nuestro fogón a brindarnos dos mocetonas solteras conocidas de Ancanamón. Y como estaban alegres con la continuidad de las bebidas, con facilidad mostraron lo liviano y jocoso de sus naturales. Abrioles la puerta el cacique -que también tenía los espíritus calientes y alborotados los sentidos, aunque no privado totalmente del juicio- con algunas palabras amorosas y de chocarrería, y echando los brazos sobre los hombros de la una, dijo a la compañera que comunicase conmigo y se me arrimase. -Pues sí, al me allegaré a él -respondió la moza-, porque es para querer y de mi gusto. Luego que oí semejantes razones, como avergonzado, miré a Ancanamón y me arrimé más a su lado. -Bien puedes, capitán -me dijo-, dar gusto a esa «malguén», que yo te haré espaldas. Esto era cerrada la noche y, aunque había luces en el rancho, algunos rincones estaban oscuros y tenebrosos, adonde se apartaban a comunicarse a solas los conocidos; además de que en aquellas ocasiones ninguno atiende más que a beber, a bailar y a cantar y también a encontrarse cada uno con la mujer que puede o desea. Yo juzgué que lo hacía el cacique por tentarme y por reconocer la inclinación que tenía al sensual apetito. Por esto le respondí, advertido, que estimaba en extremo la amorosa acción de la dama, pero que perdonase mi cortedad y el no poder servirla en correspondencia torpe y deshonesta, que aceptaba el brindis que me hacía y que a la voluntad que me mostraba quedaba bastante agradecido, porque nosotros los cristianos no podíamos ofender a Dios N. S. tan a las claras y más con mujeres infieles, porque era pecado doble y de mayor marca. -Si lo hacer de vergüenza o de temor -me replicó el cacique-, bien puedes no recelarte, porque esa moza no tiene marido que la mire y es dueña de su libertad; quédate con ella, que yo me voy a despachar a esta otra y luego vuelvo. Acercose la mocetona a mí y significome más despacio lo que el cacique me había dicho. Por no dejarla corrida, le dije que estimaba su voluntad y amor; que yo la solicitaría al descuido, cuando no nos viese ni pudiese notarlo persona alguna; ni tampoco tenía gusto de que el cacique supiese mi liviandad ni conociese mi flaqueza, y que así se fuese en buena, que después, en la bulla del baile, la solicitaría con cuidado. Bebí la chicha con que me brindó y le devolví la vasija. Con esto la eché de mí y quedé sosegado en compañía de mis dos camaradas, los muchachos, acabados de llegar en mi demanda para llevarme adonde estaba su abuelo Llancareu. Llegó Ancanamón, estando con mis compañeros asentados al fuego, gozando de sus apacibles llamas, y la otra moza con él, preguntando por su compañera. Le respondí que luego se había mudado a otro fogón. -Pues, para qué la dejasteis -me dijo el cacique-. No debió hallar buena correspondencia en vos y se iría corrida. -No fue sino es con mucho gusto que me pareció burlona y desenfadada, y no hay que hacer aprecio de sus palabras, ya que con todos debe hacer lo propio. Y aunque no fuesen fingidas sus razones, ya te he significado, Ancanamón, que no podemos los cristianos cometer semejante delito. -Pues ¿cómo otros españoles no reparan en esas cosas? Porque ha habido muchos entre nosotros muy demasiados y libres en solicitar mujeres ajenas, que de las que son sueltas y del trato no hay quien les pida cuentas. -Esos serían -le respondí- hombres sin obligaciones que no temían a Dios ni se avergonzaban de las gentes. -Decís muy bien, capitán. Y ahora os estimo, y quiero más porque sois atento y mirado en vuestras acciones. -Luego, si yo me hubiese sujetado a vuestro parecer y a la que me facilitabais, ¿hubierais hecho diferente concepto de mí, amigo Ancanamón? Claro está -me respondió- que no os tuviera por tan cuerdo, que en vuestros tiernos años es muy de notar vuestra prudencia. Pero en tales ocasiones como ésta de bailes y entretenimientos, antes se tiene por cortés y agradable al que se acomoda al tiempo y hace lo que ve hacer a los demás. -Eso se entenderá de los que son dueños de su libertad y no con los que somos cautivos y rendidos a obediencia. -Vos no os podéis tener por cautivo, capitán, pues vuestro amo os tiene como a hijo y yo de la propia suerte os estimo y amo, porque mi corazón se inclina a ello naturalmente. -Decía muy bien por cierto -le respondí- que a no conocer yo mi dicha y buena fortuna en la estimación de mi persona, fuera muy falto de entendimiento. Estando en nuestra conversación entretenidos, se levantaron los muchachos para irse retirando. Los demás de nuestra parcialidad estaban bebiendo y holgándose. Pedí licencia al cacique para ir a dar una vista a mi amo, la que me dio luego, diciendo que volviese después a visitarle y no le olvidase. Fuime en compañía de mis camaradas a donde estaban mis parciales y comarcanos, los cuales, fatigados ya de comer, beber y bailar, se habían echado a dormir. Por esta causa rogué a los muchachos que hiciéramos lo propio y sin repugnancia alguna vinieron en lo que les pedí, porque también lo deseaban ellos. Y al rumor y ruido de las voces de los danzarines y del agua que caía con precipitado viento nos quedamos dormidos. Amaneció con bien después de la tormenta, más humano el tiempo y apacible el día, por lo que se determinaron Llancareu y su hijo Maulicán a volverse conmigo a su habitación. Habiendo traído los caballos, fuimos a despedirnos del gobernador y toqui principal Ancanamón, que en su casa estaba bebiendo con una tropa de caciques. Allí nos hizo asentar y poner adelante tres o cuatro cántaros de chicha y nos dio de almorzar con mucho gusto y abundantemente. Y por prisa que quisieron darse, eran más de las dos de la tarde cuando vinieron a despedirse los unos de los otros. Aunque hizo el cacique algunos aprietos porque me dejase con él, no lo pudo alcanzar de mi amo por haberle antepuesto algunos inconvenientes. Despidiéronse amigablemente. Yo me llegué a abrazarle, y él lo hizo con notable amor y pesar de que no quedase en su compañía, advirtiéndome de que si no me rescataban tan presto como me presumía, me había de volver a su casa, aunque fuese contra el gusto de mi amo. Y quitándose una camiseta de las mejores que tenía puestas, me la echó encima para que me sirviese de abrigo y me acordase de él. A mi amo le encargó mucho mi persona, haciéndole presente la estimación que haría de que me defendiera de todos mis contrarios y que si para el efecto y para la seguridad de mi vida fuera necesario oponerse con su autoridad y ayuda, que le avisase luego; ya que por su camino y parcialidad se había dado principio a los tratos y rescate de sus compañeros, también le tocaba a él defenderme y asegurarme. Agradecieron mis amos en extremo la oferta y resolución de Ancanamón y se consolaron mucho por llevarle de su parte y empeñado en mi defensa. Yo le volví de nuevo a abrazar, agradeciéndole las finezas que conmigo había hecho. Salimos aquella tarde de las tierras del cacique nuestro bienhechor y amigo y volvimos al hacer noche al valle y estero donde el día de la borrachera llegamos a hacer tiempo los de nuestra parcialidad de Repocura. Llevamos por delante dos ovejas de la tierra, dos vacas mansas, tres terneras y veinte ovejas de Castilla y mucha carne cocida y cruda. Alojamos en aquel valle en diferentes chozas y ranchuelos que para el propósito hicimos con cuidado, porque nos amenazaba el tiempo con muestras de querer volver a continuar sus lluvias. Hiciéronse fogones muy copiosos con varios asadores de carne a la redonda, de los cuales cenamos en buena compañía y nos brindaron con algunos licores que las mujeres habían traído en su calabazos. Después nos acomodamos el viejo Llancareu, sus dos nietos y yo en una choza y los demás fueron haciendo lo propio en las que tenían dispuestas, con sus hijos y familias. Al acostarnos, los muchachos me notaron el descuido que había tenido aquellos días en enseñarles a rezar. Les respondí que yo no sabía si tendrían gusto de rezar o no, o se enfadarían si continuamente les tratase de ellos. Respondiéronme con alegría: -Pues, callad la boca, capitán. Ya veréis cómo os apuramos cada día porque no nos digáis otra vez eso. -Mucho gusto recibiré siempre que me solicitéis para ese efecto. Decid, pues, ahora la lección y veremos lo que sabéis. Y recitaron más de un tercio del Paternóster; de dos o tres veces que se los había repetido, tenían en la memoria gran parte de él, porque en la campaña, cuando salíamos por leña, ellos iban entre sí refiriendo las palabras que se acordaban y yo les corregía sus yerros y encaminaba sus palabras. Al otro día salimos de nuestro alojamiento con toda prisa por haber amanecido con señales ciertas de volver a descargar sobre nosotros las preñadas nubes sus helados partos (!). Y aunque procuramos apresurar el paso, no pudimos, porque era forzoso seguir nuestra marcha conforme la que llevaban los ganados y algunas indias mayores, que por no saber andar a caballo iban a pie, o porque es costumbre entre ellos que en tales ocasiones caminen de esa suerte las mujeres por delante y su maridos por detrás encabalgados. Por esta causa, llegamos a nuestros ranchos con buen rato de la noche, bien remojados y helados de frío. Entramos al abrigo de las chozas, donde con prevención tenían las viejas guardianas extremados fogones y copiosas llamas. Habiendo secado nuestras vestiduras, comido y bebido de lo que llevábamos, nos recogimos al rancho del viejo Llaneare mis compañeros y yo. (Allí) me pidieron que les repitiese la oración que les iba enseñando, lo cual hice con mucho gusto. Y habiéndoles repetido el Páter Néstor tres o cuatro veces y ellos imitado mis palabras, nos quedamos sin sentir dormidos, por haber llegado fatigados del camino.
Pocos días después, cuando con más gusto me hallaba en varios entretenimientos y ejercicios, cazando pájaros, corriendo perdices y a ratos ayudando a sembrar y hacer chácara a las mujeres, me sobrevino una pesadumbre y disgusto repentino, que no puede faltar la parábola del sabio: «En medio del consuelo está el pesar mezclado y el llanto ocupa el lugar donde parece que hay más alegría». Estando una tarde entretenido con los amigos y comarcanos de mi amo en una siembra de chacras; vino oculto un mensajero -como que pasaba a la costa a otros negocios- enviado de Calboche, aquel indio amigo en cuya casa quedó el soldado mi compañero. Con todo secreto habló con el toqui principal Llaneare y con Maulicán, hallándome yo presente, como a quien venía más encaminado el mensaje, significándonos la resolución con que estaban los caciques de la cordillera, nuestros enemigos, de venir a los ranchos de Maulicán una noche a maloquearlos por cogerme en ellos descuidado, llevarme resueltamente y poner en ejecución su intento a fuerza de armas. Para esto habían convocado más de doscientos indios con todo silencio y disimulación para que no se divulgara. Sin duda alguna, no pasarían cuatro noches sin que tuviese efecto lo que decía. Pero que no se diera por entendido ni se alborotara, sino que con toda brevedad procurase poner en cobro a su español, a quien, si no hallaban en su rancho ni en los demás comarcanos, habiéndolos registrado, se volverían sin intentar otra cosa en su daño. Esto era lo que se había dispuesto y consultado entre todos. Agradeció Maulicán el aviso con extremo y yo de la misma suerte quedé tan reconocido que di dos abrazos al mensajero y le rogué que se los diese en mi nombre a Calboche y que no se olvidara de favorecer a aquel pobre soldado que dejamos en su compañía. Después de esto, habiendo regalado a nuestro nuncio con lo que se acostumbra entre ellos, pasó adelante hacia la costa. Disimuló por entonces la embajada Maulicán, no dándolo a entender a ninguno de los suyos y encargándome a mí también el secreto. Con esto, nos volvimos donde los demás estaban cavando y sembrando las chacras. Con la noche, acabamos nuestra faena, y cuando se pusieron a beber en el rancho de mi amo y a bailar, como se acostumbra después del trabajo, salió Maulicán con su padre del concurso de los demás y comunicaron despacio el mensaje que nos habían traído y acordaron manifestarlo a los otros caciques y compañeros en la cava. Hicieron así y resolvieron entre todos convocar en secreto a todos sus sujetos, amigos, deudos y parientes; que Maulicán se ausentase de su rancho y se fuese a casa de uno de los caciques que se hallaban en aquella ocasión con él, y que a mí me dejaran en el monte bien escondido, en parte donde aunque me buscasen no diesen conmigo. Con esta resolución, prosiguieron su fiesta y entretenimiento. Gran consuelo recibí por haber reconocido en aquellos caciques natural afecto y con resolución valerosa, grande arresto en mi defensa, con lo que se aminoraron mis congojas. Al cabo de algunas horas después de la medianoche, cuando más enfervorecidos y alegres se hallaban los compañeros, me llamaron Maulicán y el viejo Llaneare, y sacándome fuera del rancho, me dijo: -Ya sabes, capitán, el aviso que hemos tenido de la resolución de los caciques de la cordillera y que sin duda alguna han de venir a maloquearnos sólo para matarte. Así, has de tener paciencia y sufrimiento, que quiero llevarte al monte, donde estés algunos días mientras pasa la furia de nuestros adversarios. Mis sobrinos irán de noche a dormir contigo y hacerte compañía y te llevarán de comer, sin que lo sepan ni entiendan más que los de mi casa. Vamos a la montaña, que aquí cerca te pondré, donde; si estuvieses muchos años y te solicitasen hallar con todo cuidado; no habrían de topar contigo. Yo le agradecí la prevención y el cuidado que ponía en asegurar mi vida y en defenderme de mis enemigos. Salimos a aquellas horas Maulicán y yo y, en nuestra compañía, los dos muchachos que llevaban la cama en que nos acomodábamos los tres y nos fuimos adentrando en la montaña, la cual estaría de los ranchos cerca de dos cuadras. En nuestro favor llevábamos la claridad y resplandor de la luna, que estaba en víspera de su lleno, porque de otra suerte habría sido imposible penetrar lo denso y escabroso de las ramas. Llegamos al sitio que estaría como media cuadra de la entrada del monte. Había allí una espesura grande de árboles muy crecidos y empinados, tan vecinos de la barranca del río, que parecía que estaban pendientes de ella. Y entre dos de los mayores y más poblados de hojas, que conservaban todo el año, estaba armado un rancho o chozuela, en el que cabían tres o cuatro personas con apretura. Para llegar a él era necesario subir por uno que al pie suyo estaba descombrado y algo raso del sitio. Y para que no se entendiera que por allí subían al emboscadero, fuimos de rama en rama y de árbol en árbol caminando; después de haber atravesado diez o doce de la suerte referida, llegamos al que tenía la choza en medio de sus frondosas hojas emboscada. Allí nos quedamos los dos muchachos y yo, y Maulicán se volvió a su habitación, sin dar a entender a persona alguna de dónde venía ni el sitio en que me dejaba. Este ranchuelo y otros de la misma forma tenían los más fronterizos en quebradas y montes ásperos e inexpugnables, a donde en tiempo de verano y de alborotos de armas se recogían a dormir, temerosos de las malocas continuas con que eran molestados. Allí, en aquel elevado emboscadero, estaba solo todo el día, porque los muchachos se retiraban al rancho. Al mediodía me traían de comer ellos y una chicuela, hija de mi amo, que me había cobrado gran amor y voluntad y solía buscar en diferentes ranchos legumbres de las de comer para llevarme. A veces, sin saber los de su casa, me llevaba de estos géneros cocidos y alguna poca de cecina que hallaba desmandada. La segunda vez que fue esta chica -que tendría cuando más doce o trece años- a llevarme de comer sola, le pregunté que quién la enviaba y me respondió que su voluntad y la compasión que le causaba el verme solo; que no dijese a su padre ni a persona alguna que ella continuaba el verme y tendría cuidado siempre de llevarme de comer lo que hallase. Le agradecí el amor que me mostraba y la lástima que me tenía, pero le rogué que viniese acompañada de mis compañeros y no sola cuando tuviese gusto de hacerme algún bien, porque no presumiesen que la llevaban otros fines. No obstante lo que le dije, venía sola y otras veces con los muchachos a traerme de comer. En ocasiones o en las más me hallaban abajo del árbol, donde me solía estar recostado, porque tal vez iba el viejo Llaneare o Maulicán a verme cuando entraban a la montaña por leña. Esto fue a los principios, porque al segundo día que estuve en mi retiro se fue Maulicán a casa de un amigo suyo, distante como una legua, por consejo y acuerdo de los demás caciques. A los cuatro días que estuve en aquel emboscadero y mi amo ausente, llegaron por la noche, al cuarto del alba, los caciques de la cordillera, mis adversarios, con tropa de más de doscientos indios armados. Unos enderezaron a los ranchos de Maulicán y Llaneare y otros encaminaron al monte a registrarlo. Los muchachos y yo estábamos durmiendo, y al gran ruido de los caballos y de sus voces recordamos afligidos cuando dieron el asalto. Dije a mis compañeros que no hiciesen movimiento alguno, porque sin duda era la gente de la cordillera que venía en mi demanda. -No deben ser sino los españoles que vienen a maloquearnos -dijo uno de ellos. -Es imposible -les respondí- porque no es tiempo de eso, que están los ríos muy crecidos y muy dilatadas nuestras armas. Callemos ahora y no hagamos ruido, que parece que andan cerca de nosotros. Con esto, nos sosegamos y oímos gran ruido de caballerías hacia los ranchos y en la montaña. Algunas voces y razones decían: -Aquí anda gente; venid por aquí y volved por allá. Otros en altas voces decían, como que divisaban algunas personas: -Salid acá, que os hemos visto. Venid acá antes que vamos por vosotros. Yo me quedé verdaderamente suspenso, juzgando que habían oído algún ruido desde nuestro bamboleo de los árboles. Con estos sustos y recelos nos estuvimos sin mover pie ni mano ni osar hablar una palabra, hasta que Dios fue servido que sosegase aquel tumulto y que al romper el día las oscuras cortinas de la noche viésemos pasar las cuadrillas y tropas enemigas por la otra banda. Se retiraban después de haber penetrado nuestro monte y registrado los ranchos de mi amo, a quien no hallaron (tampoco). Sólo hallaron al viejo Llaneare y las mujeres, quienes les dijeron que fuesen donde estaban Maulicán, que allí me tenían a mí; que bien cerca estaba; que fuesen a buscarlo, que él sabría defenderse y volver por sí y por su español. Y como no hallaron lo que deseaban, habiéndoles salido en vano su desvelo, al esclarecer el día se volvieron a sus tierras. Y con haberlos visto retirarse a toda prisa, no nos atrevimos a hacer ruido ni a hablar una palabra, hasta que salido el sol, al muy buen rato, vinieron Llaneare y un hermano suyo con su mujer y la chicuela que me solía traer de comer. Arrimándose al paso por donde subíamos al ranchuelo, nos llamaron repetidas veces. Conocidas las voces de los nuestros, bajaron mis compañeros y llamaron después, asegurándome del recelo y temor con que había quedado por el alboroto y tropel de aquella noche. Bajé con gusto de la garita, y como no estaba acostumbrado a descolgarme de las ramas como los muchachos mis compañeros, con tiento y recelo asegurándome venía por entre ellas como a gatas. De esto se originó grande risa y alborozo alegre entre los que me esperaban al pie de aquella escalera, a quienes ayudé a reír y a regocijar el gusto que tuvieron de verme atribulado y aferrado entre las ramas densas. Cuando bajé, ya habían comenzado a hacer buena candelada algo distante del árbol por donde bajábamos y subíamos. Allí nos sentamos al amor del fuego a almorzar muy despacio y a beber un cántaro de chicha que llevaron. Tratose de la maloca que nos habían hecho los serranos enemigos y de la importancia que tuvo el aviso que nos dio nuestro amigo Calboche, que a no haberlo traído, nos hubieran cogido sin duda descuidados y sin prevención alguna. Acabábamos de comer y de beber en buena compañía y despidiéronse el viejo y los demás de mí, dejándome de comer en una olla y de beber en un cántaro para cuando el apetito me brindase, mientras todos ellos se iban a cavar y sembrar una chacrilla, que era faena de todo el día. Quedeme recostado en una frazadilla que me dejaron, y a la sombra de aquellos árboles y la suavidad del fuego me quedé dormido y descansando, porque la noche antecedente me habían desvelado los cuidados y alborotos de mis contrarios y crueles enemigos, cuya determinación airada nunca juzgué por cierta hasta que los vi sobre nosotros. Estando dormido en la montaña de la suerte que he dicho, como a las tres o cuatro de la tarde llegó la chicuela hija del amo a despertarme: me traía una taleguilla de harina tostada, unas papas cocidas y un poco de mote de maíz y porotos. Luego que la vi, despertando de mi sueño algo despavorido y asustado del repente con que me llamó, se empezó a reír de verme alborotado. Díjela como enfadado qué era lo que buscaba; que se fuese con Dios, porque no la viesen venir tantas veces sola y que fuese causa de que me viniere algún daño por el bien que me deseaba, dando que pensar a su padre que no era leal en su casa. Por eso le suplicaba que no viniera más a verme sola; que advirtiese que por donde juzgaba hacerme algún favor y lisonja, me daba un gran pesar, porque siempre que la veía venir me temblaban las carnes, pensando que ya la veían entrar o salir de donde yo estaba; que si fuese vieja y no de tan buen parecer como lo era, sobre muchacha, no tuviera tantos recelos ni su vista me alborotara tanto. Estuvo a mis razones muy atenta la muchacha, y respondiome: -¿Pues yo había de venir, capitán, de manera que me pudiesen ver y presumir que venía a donde tú estás? Créeme que cuando vengo, extravío el camino y aguardo a que todos estén en alguna ocupación embarazados, como lo está ahora en la chacra. Así, no tienes por qué recelarte. -Con todo eso, puedes venir tantas veces, que alguna entre otras no puedes excusar el que te vean. Anda, vete, por tu vida, y no vengas más acá, porque me he de esconder de ti si no vienes acompañada. Habiéndole dicho estas razones con algún desabrimiento, puso la taleguilla de harina y lo demás que traía junto a mí y me dijo: -Capitán, si no quieres que yo vuelva más acá y me echas de esa suerte, no volveré sola ni acompañada, que yo entendí que agradecieras lo que hago por ti más de lo que lo haces. Y esto fue volviendo las espaldas y retirándose a prisa. Yo no quise satisfacerla ni desenojarla por no darle ocasión a que continuase sus visitas, por el riesgo y peligro en que podían poner la conservación del cuerpo y la salud del alma, que es lo principal. Porque el que no huye del peligro y se arroja en él con arrogancia, continuando la comunicación de las mujeres, es imposible que salga triunfante. Por eso me pareció conveniente desabrir a aquella moza, por no volver a verla a solas, que el amor entra por los ojos y en la soledad imprime con más fuerza sus ardores. He narrado este amoroso suceso con todas circunstancias, por haber sido los informes que se hicieron en el Perú, a quien hizo una comedia de las cosas de Chile, muy a la contra del hecho, representándose estos amores, muy a lo poético, estrechando los afectos a lo que las obras no se desmandaron. Sólo pudo dar el motivo el haber cautivado a estar china después de mi rescate y, en presencia del gobernador, haber hecho llamar al capitán Pichi Álvaro, que así me llamaban en su tierra. Habiendo llegado donde estaba, en un concurso grande de capitanes y soldados que se había allegado a la tienda del gobernador por oír hablar tan desenvueltamente a la muchacha, al punto que no me vio llegar acompañado de algunos amigos y camaradas, me representó los servicios que me había hecho cuando estuve cautivo bajo la potestad de su padre y de ella. Me dijo que bien sabía yo las finezas que había hecho conmigo en el tiempo en que sin libertad me hallaba; el amor entrañable que me tuvo; la lástima y compasión con que me miraba cuando me tuvieron escondido en la montaña y cómo andaba de rancho en rancho solicitando las papas, porotos y maíces para que comiese y no me fatigara de hambre; que ahora que ella se veía sin su libertad, en poder de mis amigos, trocadas las suertes, mostrase ser quién era y la correspondencia que le debía, rescatándola luego, porque no había de estar con otra persona que conmigo. Dio mucho gusto al gobernador la resolución con que me habló la china, y le dijo que si quería estar con él, que la tendría en su compañía y la regalaría mucho. Respondió que no, de ninguna suerte, que pues ella había sido mi ama y señora, ahora le tocaba a ella estar bajo mi dominio y mando. Con esto, me fue forzoso el comprarla, dando por ella luego todo lo que me pidieron. Y ya que he tocado esta materia y el cambio de nuestras suertes, no será bien dejar en blanco la que esa moza feliz tuvo para su salvación conocida. Llevé a mi casa a esta china con deseos de volverla a su tierra y remitirla a su padre, por mostrarme agradecido a los favores que me hizo siendo su esclavo. Por esta causa excusé el hacerla cristiana, aunque en el poco tiempo que estuvo en mi casa sabía las oraciones principales, porque rezaba de noche con la gente del servicio. En esta sazón llegó a la ciudad de Chillán, donde yo tenía mi vecindad, un padre de la Compañía de Jesús, conocido y amigo, comisario del Santo Oficio, a ciertas diligencias de importancia. Alojose en mi casa, porque no había allí colegio ni fundación alguna de esta religión. Y dentro de tres o cuatro días se acercó la china al reverendo padre y le dijo que yo no quería que fuese cristiana, cuando ella lo estaba deseando en extremo. El religioso la examinó despacio y halló que sabía las oraciones necesarias para poder recibir el agua del santo bautismo y conoció en ella un fervoroso celo de admitirlo. Con esto, se acercó a mí, encargándome la conciencia y diciendo que no podía evitar que aquella chica fuese cristiana si ella lo deseaba con todo afecto. Díjele la causa que me movía, y que no me parecía que era cosa ajustada enviarla a su barbarismo prendada en los preceptos de nuestra religión cristiana, a lo que me respondió que no tenía ningún deseo de volverse a su tierra ni adonde estaba su padre. Hicimos llamar a la muchacha y dijo resueltamente que no tenía gusto de volverse a casa de su padre, sino de ser cristiana y conocer a Dios, pues ya tenía principios de ello. Con esta determinación, rogué al padre que la industriase nuestra santa fe y la cristianase. Hízolo así el día de la Natividad del señor y, como yo la tenía en lugar de hija, festejé su bautismo con algunos regocijos y un espléndido banquete. Y estando con muy entera salud, gorda y colorada, amaneció el segundo día con una calentura recia y con una hemorragia de sangre que en dos días la puso mortal. Al tercer día hizo llamar al reverendo padre y le dijo que la confesase, lo que hizo con notable gusto del confesor y mío, por haberme dicho que una persona muy ejercitada en aquel sacramento no podía haberse confesado como ella. Por esta causa, mandó el padre que al día siguiente se le diese el viático. Así se la llevó Dios N. S. la víspera de Año Nuevo, con tan grande premisa de su salvación que nos dejó a todos muy consolados. El día de la Circuncisión, Año Nuevo, fue enterrada con la solemnidad que su dichosa muerte merecía y mi obligación forzosa demandaba. Volvamos, pues, a nuestra historia. Despidiose de mí la muchacha algo disgustada, porque di de mano su favores. Y verdaderamente me admiraba que no me hubiese salido a la cara el desdén que le hice. Porque una mujer picada suele buscar su despique por varios modos, como me sucedió con otra en los distritos de La Imperial. Quedeme solo como antes. Y como el sol por aquella parte iba dando fin a su carrera y refrescaba la tarde, solicité algunos materiales que aumentasen el fuego que me acompañaba. Estando en este ejercicio gustosamente ocupado, llegaron mis compañeros con aviso de que mi amo había vuelto a su casa deseoso de verme y abrazarme, y que al echar la noche sus cortinas negras nos fuéramos al rancho, dejando nuestra cama en la garita como estaba, porque habíamos de volver a dormir en ella después de cenar, pues se hallaba Maulicán aun con recelos de la traición del cacique Lemullanca, que del ladrón de casa y del enemigo arrebozado es de quien se deben guardar los más leales. Salimos de la montaña con los vislumbres de la luna que asomaba, aunque por entre nublados, que con sus obscuridades prometía volver a continuar sus aguas. Llegamos a los ranchos como ocultos, donde hallamos a Maulicán con Llaneare y toda su familia. Recibiéronme gustosos, sentándome en medio padre e hijo, después de haberme abrazado. Maulicán me dijo con alegre semblante: -¿Cómo te ha ido en la montaña y encima de aquellos árboles? ¿Cómo te acomodaste? Respondile que sin su abrigo y amparo, cómo me podía ir sino mal y a mi disgusto, y más cuando tuve sobre mí aquel tropel y gran ruido de las armas de nuestros enemigos. -Dígote de verdad -le repetí- que fue grande el aprieto en que me vi y lo más sensible en la ocasión fue el considerarte ausente y verme sin el abrigo de tu valerosa persona cuando me contemplé entre las ramas y garras de aquellas sangrientas fieras. |