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Segunda parte Al cabo de algunos días que los comarcanos, amigos y parientes de Maulicán había festejado su llegada con mucha chicha, bailes y entretenimientos, despacharon los caciques de la cordillera, en conformidad del trato que en el camino habían efectuado, cuatro embajadores con las pagas prometidas. Y como el río, con la continuación de las aguas, venía caudaloso y abundante sin que se pudiese pasar a menos que dando voces para que enviasen las canoas que estaban a la vista de la casa, habiendo llamado de la otra banda, imaginó luego Maulicán que sin duda serían los mensajeros y que entre ellos vendría algún cacique de los contenidos en el trato; por cuya causa determinó que no pasasen a la otra banda más que la canoa pequeña, en que no cabían sino el cancero o balseador y otro compañero, para que no pudiera venir en ella sino tan solamente uno de ellos y que éste fuese a hablar con su padre Llangareu. Hizo el barquero lo que le ordenaron y pasó con el principal embajador, quien después de haber visto a Llangareu se encaminó a dar su embajada a Maulicán sobre el trato efectuado en el camino. Éste lo recibió no con buen semblante ni buenas razones. Habiendo querido el mensajero desmedirse con palabras mayores, diciendo que era malas correspondencias las que usaba con toda su parcialidad y que mirase lo que hacía, porque sus caciques habían de sentir en extremo la falta de su palabra y la poca estabilidad de su trato, por parecerles que hacía chanza y burla de la autoridad de su persona. A esto respondió Maulicán que no hacía caudal de sus razones, que estando en su tierra y entre los suyos no los había menester de ninguna suerte y que la palabra que les había dado de entregar a su español cuando enviasen por él fue violentado y sin su gusto. -Bien pudierais haberlo mirado entonces, -replicole el mensajero-, y no habernos hecho venir con estos temporales pasando esteros y ríos con grandes penalidades, cargados de las pagas que os ofrecieron. No os metáis vos en eso -le respondió Maulicán-, que si yo me hubiese hallado en aquella ocasión con otros tantos amigos como ellos eran, hablara muy a mi gusto y lo que ahora respondo les hubiera dicho entonces. Mas como conocí la intención que llevaban y la traición con que iban, me fue forzoso sufrir y disimular mi aprieto. Porque tuve aviso cierto de que iban determinados a quitarme mi español si yo le negase o hiciese alguna resistencia a su propuesta. Hoy estoy a entre los míos y en mi tierra, donde soy tan cacique como ellos en la suya, y más estimado, porque soy más valiente. Decidles que si quieren algo conmigo y experimentan lo que os he dicho, que uno a uno, o como les pareciere, no me excusaré de verlos. Y a ese Butapichún y a Inailicán, que son los que más me han apretado en quitarme a este español, decidles que yo los conozco y ellos a mí, que no saben más que hablar y que cuando yo estoy peleando, ellos están a lo largo dando voces y haciendo ruido solamente. Volviole con eso las espaldas y entrose a su casa, desde donde estuvo escuchando sus razones. Y vi al mensajero quedarse tan suspenso y corrido, que tuvo por bien el volverse sin replicarle otra palabra. El viejo Llangareau estuvo tan cuerdo y sagaz que, habiendo visto la resolución de su hijo y el desabrimiento con que despidió al mensajero, le llamó y llevó a su rancho convidándolo a comer y a beber con agasajo. Éste previno como anciano y prudente el daño que puede originar de no hacer buena acogida a los embajadores. A una de tres razones o causas me parece que podremos encaminar su dictamen, según el mío lo presumió: lo primero, que como cacique y principal de su parcialidad quiso hacer demostración de su magnánimo pecho y de su generoso corazón, no haciendo estimación, aunque pobre, de lo que entre ellos se reputaba por rico, por grande, ya ostentoso. Lo segundo que se puede juzgar y entender de la poca estimación que hizo Maulicán de las referidas pagas es que por espera de mayores bienes se pueden dar de manos los menores; tenía puesta la mira con mi rescate a muchas más medras e intereses, porque a los diez o doce días de haber llegado a su casa tuvimos cartas los caciques y yo del gobernador y Capitán General, asegurando por mi vida la hacienda que quisiesen y a los caciques que estaban presos y cautivos entre nosotros que eran de la parcialidad de mi amo. Y como vio que para sólo este efecto habían dado libertad a una india que pocos días antes habían cautivado de la misma parcialidad, la cual significó las grandes ofertas y pagas considerables que ofrecían por mi rescate, reconoció lo que le importaba el asegurarme la vida y tratarme con todo agasajo y respeto. Lo tercero y principal que pude colegir de la firmeza y constancia que en defenderme y ampararme tuvo el dueño de mis acciones, fue la Providencia divina, que le ponía esfuerzo y ánimo varonil para que se opusiese a las contradicciones y aprietos que le hacían, solicitándole la voluntad por todos los caminos para la consecución de mi suerte y de mi fin desastrado. Volviéronse los mensajeros con mal despacho de lo que aguardaban los caciques de la cordillera, quienes se indignaron grandemente con Maulicán por haber faltado a lo que había quedado con ellos; por lo que determinaron al instante confederarse con un cacique émulo y contrario de Maulicán, llamado Lemullanca, de su misma parcialidad y compañero de los consejos y juntas de guerra del cacique principal, Llancareu, padre de mi amo. Esta confederación fue secreta, para que por su parte Lemullanca solicitase por varios modos y caminos enviarles mi cabeza o mi persona, así porque Maulicán no saliese con su intento de rescatarme, como para convocar toda la tierra y hacer un grueso ejército con la muerte del hijo de Álvaro; volver a molestar nuestra frontera y seguir la buena dicha y fortuna que sus aciertos le habían manifestado con tan sucesivas victorias como las que habían tenido. Admitió la flecha de este oculto trato el Lemullanca con mucho gusto como apasionado y envidioso de las glorias y nombres que había adquirido su contrario por la suerte que tuvo en mi prisión y cautiverio. Dispuso pues hacer un parlamento con malicioso fraude, convocando a otros de su devoción y ahillo, para que fomentasen su determinación y mal intento y sin dar a entender a Maulicán ni a su padre Llancarau, toqui principal y de los primeros de su parcialidad, para lo que se encaminaba su convocación y junta de guerra. Llegó el día señalado y, como motor y fundamento principal de este cónclave, el cacique Lemullanca había llevado gran cantidad de botijas de chicha, ovejas de la tierra, de las de Castilla y vacas al «lepum», que así llaman al lugar destinado para tales llamamientos y juntas de guerra, el cual es un sitio distante y apartado del común concurso, media legua o una poco más o menos. Este cacique traidor a sus comarcanos había comunicado en secreto y dado a entender a sus compañeros y amigos que le parlamento era sólo encaminado a quitar la vida al hijo de Álvaro, y que si Maulicán lo repugnase, lo había de matar por fuerza y poner en ejecución su intento. Y aunque algunos admitieron sus propuestas, otros le avisaron en secreto de la traición que intentaba Lemullanca. En este tiempo habíamos subido a caballo mi amo y yo, Llancareu y otros sujetos para ir al parlamento, sin saber lo que nos aguardaba, y estando ya a más de seis u ocho cuadras de nuestros ranchos, nos encontró un indio mensajero que venía a darnos aviso de lo que Lemullanca maliciosamente intentaba. Y habiendo quedado suspensos y parados, consultando la resolución que habían de tomar, llegó otro embajador de parte de Lemullanca, nuestro adversario, encaminado al toque principal Llancareu y a Maulicán, diciendo que a ellos solos aguardaban en el «lepum» -como si dijese en el senado- y que también decía que llevasen al hijo de Álvaro, porque importaba su persona mucho. Luego que Maulicán oyó estas razones, dijo enfurecido al mensajero: -Id y decid a ese mal intencionado tuerto -que lo era y muy mal agestado- que ya he sabido con certidumbre a lo que su «cojau» se encamina; que no quiero ir a él; que si tiene deseos de ensangrentar su toqui y de matar españoles en sus parlamentos, que vaya a la guerra a cogerlos y aventure su vida en las fronteras, como yo lo hago y lo he hecho siempre, que este capitán me ha costado muchos trabajos y grandes disgustos y no lo he traído a mi casa para que él ni otro alguno quiera adquirir nombre y gloria con su muerte. Con estas razones, le volvió las espaldas, cogió el camino para su habitación y alegres le seguimos todos los que, ignorantes de lo que nos aguardaba en el parlamento, nos habíamos puesto en camino para él. El viejo Llancareu, luego que vio a su hijo retirarse, le siguió también juntamente con el otro indio que había venido con la advertencia de los amigos de mi amo y algunos otros comarcanos de su parcialidad y distrito que se habían juntado, teniendo por bien acordada su resolución. Volviose el mensajero al lugar en que le aguardaba Lemullanca, el cual hallose burlado. Habiendo visto en fin la falta de su promesa y que le era forzoso dar algún expediente a su cojau y parlamento, dio principio a su propuesta significando con energía lo que importaba mi cabeza para el sosiego de sus tierras y comodidad de sus habitadores, y que Maulicán no quería de ninguna suerte ayudar a establecer y fijar sus toquis con la sangre de españoles, pues tan descaradamente me defendía. Se retiraron a sus casas los caciques y huéspedes comarcanos y el viejo Llancareu me llevó a su rancho. Asistían allí con él un hijo casado, una hija soltera y sus nietos, y todos con estimación, respeto y benignidad me miraban. Luego que entramos, hicieron que asentase al fuego, y, aunque habíamos cenado y comido muy a gusto, me sacaron un cántaro de chicha de frutilla seca, extremada, clara, gustosa y picante, que es de las mejores que se usan. El viejo se asentó a mi lado y a él y los demás brindé y alabé grandemente la bebida, porque el licor era sazonado y cordial al gusto. Mandó el viejo que me la guardasen y que de ella no bebiesen otros, a lo que respondió la hija que no me faltaría de aquel género porque ella tenía frutilla bastante con que aumentarse la bebida. Agradecile mucho la oferta y le dije que en todo lo que me quisiese ocupar la serviría con todo amor y respeto. El viejo, su padre, la volvió a encargar con encarecimiento que tuviese gran cuidado conmigo en darme de comer y beber, que hiciese cuenta que yo era su hijo, porque en ese grado me había de tener; mandó disponer la cama y que la hiciesen ancha y blanda, añadiendo los pellejos y otras frazadas. El buen viejo estaba ya muy cerca de la edad de los niños, pues se burlaba y entretenía con ellos a ratos y a mí me miraba como a tal, porque entonces lo era sin pelo de barba, y me mostraba grande amor y voluntad. Por lo cual me dijo que había de dormir con sus nietos y con él porque no tuviese frío. Uno de los muchachos sería de doce a trece años, y el menor de diez a once. Después de haber conversado un rato con sus hijos y con los compañeros, me llevó el viejo a la cama, donde él y los nietos nos acostamos, quedando el viejo entre nosotros, todos con calzones, que así duermen los más, aunque yo me quedé con calzones, coleto y jubón y no hice más de quitarme de encima dos camisetas grandes que traía para el abrigo, con que nos echamos todas las mantas y camisetas encima de las frazadas para repararnos de las heladas y del frío, que en aquel valle eran continuos. Como entonces era la fuerza del invierno, junio y julio, padecí algunas penalidades originadas de la nieve y hielo que de ordinario nos cercaban y combatían, y por ser gente pobre y desdichada la que asistía en aquel distrito, soldados fronterizos y perseguidos de los nuestros con malocas, entradas y corredurías. Acostámonos pues, en la ancha cama y, después de haberme quitado las mantas, me santigüé despacio para encomendarme a Dios, a cuya acción estuvieron todos muy atentos y el viejo me preguntó que para qué hacía aquellas señales con la mano y en el rostro. Le respondí que era una antigua costumbre de los cristianos porque el demonio de noche no nos inquietase y que con aquellas señales de cruz que hacíamos lo ahuyentábamos de nosotros. -Pues, enseñad también a mis nietos -dijo el viejo-, que me parece muy bien lo que decís. -De muy entera voluntad les enseñaré -le respondí- y también a rezar para que invoquen el nombre de Dios y le conozcan. El nietecito mayor, que estaba arrimado a mí, me preguntó lo que era Dios. Le respondí en breves razones que era el Señor de Cielos y tierra, el Criador de todas las cosas, por quien los vivientes tenían vida; el que hacía que los campos se matizasen de flores, que los árboles brotasen y de verdes hojas se vistiesen, las plantas produjesen frutos, los cielos estuviesen en continuo movimiento, el sol con sus lucientes rayos iluminase la tierra y aclarase el día, la luna y las estrellas a la noche presidiesen y que a tiempo lloviese para la fertilidad de los campos. Y últimamente les dije que si tenían gusto de saber muchas más grandezas de nuestro Dios y Señor, las conocerían fácilmente si de todo corazón lo deseasen. Oídas mis razones y bien atendidas, el muchacho que estaba a mi lado me dijo: -Nos enseñaréis, capitán, desde mañana, que yo aprenderé con mucho gusto. -Gran consuelo me dais -respondí al chicuelo- con veros a conocer a Dios tan inclinado. Y para que tengáis mayor contento, os enseñaré las sagradas oraciones en visto doctrinar a vuestros indios algunos ratos, tenía las tres oraciones hasta el Credo en la memoria- y de esa suerte podréis entender mejor las cosas de nuestro Dios y Señor. Descansemos ahora lo que queda de la noche que ya es tarde y parece que el viejo se ha quedado dormido y se ha quejado antes de dormirse. -Así lo hace siempre -dijo el nietecito-, porque la vejez lo tiene como niño. Permitió su Divina Majestad que llegásemos con bien el día para darle las gracias, como se las di reconociendo sus inmensos favores y beneficios, y, dejando dormidos al viejo y a los muchachos, me puse en pie al salir el sol, que amanecía claro y luciente y sin estorbo alguno. Salí fuera del rancho a rezar mis devociones, y por estar la campaña cubierta de escarcha y nieve helada, causada de la serenidad de la noche, fui a ponerme debajo de unos árboles frondosos que con sus hojas y tupidas ramas, que todo el año se conservan verdes, habían defendido del hielo su contorno. En esta sazón volvían ya del río las mujeres de Maulicán y sus hijos, muy frescas de bañarse. Con muestras de amor y buena voluntad, me saludaron todas diciendo cómo había madrugado y dejado la cama tan de mañana, habiendo amanecido el prado helado y fresco con la sobrada helada que lo cubría. Les respondí diciendo que eran las noches tan crecidas que obligaban a desear el día con extremo. Con esto, fueron siguiendo su viaje para el rancho y una de las mujeres de mi amo, más anciana, me convidó a almorzar, diciendo que volviese a su casa luego a desayunarme con algo y a calentarme al fuego porque hacía un gran frío. Agradecile el cuidado y los «mari maris» que me dieron, correspondiendo alegre con otros tantos, y, dejándome solo y sin testigos, di principio a dar gracias al Criador, orando fervoroso con grande afecto. Y porque los que pasaban de una parte a otra no me viesen hincado de rodillas en camino pasajero y parte tan descubierta, no me arrodillé en la tierra, porque no pareciese afectada hipocresía que sencilla ni pura devoción. Acabada mi oración, poco a poco me fui acercando a la orilla del río que, generoso, bañaba aquellas vegas. Allí me lavé las manos y refresqué el rostro en sus corrientes. En esta ocasión, llegó Maulicán con sus hijos pequeños y los sobrinos nietos del viejo. Saludome con agasajo y como cautivo estimé el cariño; y me preguntó por qué causa me había levantado tan temprano. Y lo parecía, porque al salir el sol luciente y claro, con una niebla oscura se subió la helada escarcha -lo que entre ellos llaman «pirapilín»- y tras este accidente suele de ordinario ser cierta el agua. Le respondí que era más tarde de lo que parecía. En el intermedio de nuestras razones, se desnudaron todos y se arrojaron alegres al agua, persuadiéndome a lo propio. Excuseme con palabras corteses a su invite, porque me juzgaba muerto si en ejecución ponía sus intentos. Salieron frescos del agua, y nos fuimos en buena conversación y compañía a buscar el abrigo de los ranchos, donde nos tenían bien dispuestos los fogones, aunque poco de comer, porque su ordinario sustento no eran otra cosa que un plato de mote de cebada, unas papas bien limitadas y un poco de chicha. Yo hubiera llegado a sentir con extremo tanta abstinencia y ayuno, si no se entreverasen muchos días de bodas, fiestas y bailes, a que nos convidaban los vecinos caciques, de donde solían llevar carne cocida y cruda, tortillas y bollos de maíz, ya que por ver al hijo de Álvaro -que por este nombre era más conocido -armaban algunos entretenimientos, borracheras y juntas joviales. Habiendo llegado a tener noticias el gobernador Ancanamón de que yo asistía en el valle de Repocura, confinante a su parcialidad, dispuso una gran fiesta y borrachera, que ellos llamaban «cagüín»; y ésta era una circunstancia de entretenimiento deshonesto, llamado en su lenguaje «Hueyelpurun». (En su lugar se dirá de la suerte que es este baile.) Envió a convidar para esta fiesta a Maulicán y juntamente al hijo de Álvaro, su cautivo, rogándole me llevase para el día señalado, cuyo plazo fue de cuatro días. En estos se fue disponiendo nuestro viaje, alistando las armas y limpiando los aceros, lavando capotillos y calzones y demás adherentes necesarios. Y estando una mañana, después de haber almorzado, al abrigo y reparo del rancho, gozando del sol y de sus apacibles rayos, me dijo Maulicán con grande agrado: -¿No lavaremos tus calzones, capitán? Porque has de ir conmigo al festejo de Ancanamón, que nos ha enviado a convidar, y es forzoso que vamos a su llamado, y hemos de salir y caminar de aquí a dos días. Le respondí que me había alegrado infinito que se hubiese ofrecido aquella ocasión para rogarle se los pusiese y acomodase para sí; que me hallaba muy mal con ellos y con el hato que traía encima; que estaba ya tan vieja y sucia la camisa, que antes me servía de mayor tormento a causa de la comenzón que me afligía, con tantos animalejos como había criado, y que estimaría que me diese gusto en lo que le pedía, dándome otros calzones de manta y un par de camisetas que mudarme, además de que parecía muy bien con mi vestido, armas y aderezo de espada plateada que estábamos limpiando. -¡Ea, pues!, capitán -me respondió-, ya que tú gustas de eso y me lo pides, yo lo estimo y agradezco encarecidamente. Lavaremos tus calzones y te haremos otros de un pedazo de paño que he de tener guardado; voy por él para hacerlo luego. Bien echaba yo de ver que miraba los calzones con buenos ojos y con alguna codicia, pero, como me trataba con respeto, no se atrevía a significarme su gusto; y antes que se resolviese a quitármelos, como dueño que era de todo, quise por buen camino ofrecerle lo que era suyo, sin dar lugar a que la codicia le obligase a principio a estragar la cortesía con que me trataba, porque, en abriendo la puerta a la primera desmesura, son muy ciertas la segunda y las demás. Volvió Maulicán dentro de breve rato con el paño, o por mejor decir, calzones ya cortados a su usanza. Trajo también otros nuevos de manta y me dijo que con ellos podía mudarme. Los de paño hizo que los acabasen luego y mandó echarles un pasamano de los que usan de lana, a modo de galón. Quiteme mis calzones y mudé de traje, y, aunque el corazón se me puso entre dos piedras, disimulé lo que pude el pesar que me causó el desnudarme del coleto, jubón y mangas. Y como eran cabos del vestido raso pardo atrencillados de plata, le dije que había de parecer con aquello muy galán en la junta y fiesta de Ancanamón, con las armas y aderezo plateado, y que me alegría mucho verle a los ojos de tamaño concurso vistoso, lucido y bien mirado. Agradeciome en extremo y, pareciéndole que me hacía algún placer y cortesía, me dijo con amor y agrado: -Capitán, las mangas y calzones llevaré solamente, pues tú gustas; que el jubón y coleto podrás llevar puesto para que te abrigue. -Lo que tú dispusieres y mandares haré con sumo gusto -le respondí-, aunque no me sirve más que de molestarme, como te he dicho, por estar sucio y maltratado. Llamó entonces a una hija suya, a quien mandó fuese a lavarle luego y le secase. La china hizo lo que le mandó su padre, y yo me puse los calzones de manta y una camisa a raíz de las carnes, fingiendo estar muy contento con aquellas vestiduras. Y como el sol reverberase luciente, dije a Maulicán que quería ir al río a refrescarme, por dar a solas algún alivio a mis cuidados, que grandes fueron las aflicciones que se me acrecentaron con la mudanza del traje. -Id, pues, capitán, en hora buena y decid a mi hija que os lave con brevedad el jubón y os lo seque, que yo quiero acabar de limpiar las armas y la espada. Salí de su presencia ya mudado en indio, deseoso de dar a las suspensas lágrimas rienda suelta, y antes de encaminar mis pasos para el río, me fui a la montaña umbrosa que de nuestro rancho estaba cerca, a donde acostumbrábamos ir por leña y a otros naturales ejercicios. Entreme a lo oculto y más escondido de aquel bosque, bañadas ya mis mejillas de copiosas lágrimas, y habiendo reconocido el sitio por una y otra parte despejado y solo, despedí de lo íntimo del alma unos suspiros y ayes con lastimosas voces, que, enternecidos los montes, imitaban y respondían lastimados. Puse en tierra las rodillas y en el cielo los ojos y el espíritu, dando gracias al Señor de todo lo criado por los favores y mercedes que me hacía, alumbrándome el entendimiento con trabajos y aflicciones para que supiese estimarlos y recibirlos con gusto de su bendita mano. Despedí con el llanto mi congoja y con la contemplación verdadera mi tristeza. Volví a salir del bosque consolado y con la voluntad de Dios conforme y reducido. Y entre los discursos y consideraciones que a la memoria se me venían, era la más continua y no desechable la transformación en que me veía, dándome vuelta y mirándome por una y otra parte, vestido como uno de los más desdichados indios, descalzo de pie y pierna, representándoseme la poca estabilidad de las cosas humanas, que no tienen fundamento ni firmeza alguna. De la suerte referida, me fui encaminando para el río y en el camino me encontré con los dos nietecitos del viejo Llancareu, mis compañeros y amigos, que en mi alcance andaban, quienes me preguntaron cuidadosamente de dónde venía, porque hacía buen rato que me había desaparecido de ellos y en mi demanda habían corrido las riberas del río, con deseos de hallarme para que les enseñase a rezar las oraciones que le había prometido la pasada noche. Gran regocijo tuve, reconocida la voluntad y afición que mostraban los chicuelos a las cosas de nuestra santa fe católica, pues sin haberles hablado más palabras que las pasadas al acostarnos, tuvieron en la memoria lo que de la grandeza de Dios les signifiqué de paso, pues me repitieron algunos puntos y razones. Yo confieso que con sus preguntas me pusieron en algún cuidado, considerando cómo había de satisfacer sus deseos cuando eran tan bien encaminados a saber lo que ignoraban. -Vamos caminando ahora hacia el río -les dije- nos asentaremos en sus orillas y despacio conversaremos: -Vamos pues, capitán -respondió el mayorcito-, el valle arriba, y traeremos de camino unos nabos que mi madre encargó llevásemos, y allí nos bañaremos muy despacio. -Paréceme muy bien lo que habéis dicho -le respondí gustoso. Encaminadnos luego para donde quisiereis, que todavía es temprano y nos podremos dilatar un rato en el paseo. (Y yo lo deseaba, por ir pensando lo que había de responder a sus dificultades.) Fuimos arriba de la vega, donde cogimos cada uno de nosotros un atado o manojo de nabos para llevar a casa, y después de haberlos lavado en aquel cristalino río y de haberse bañado despacio los muchachos, nos asentamos en sus apacibles y frescas orillas, donde me hallé con discursos y pensamientos varios para ver de dar principio a la doctrina y enseñanza de aquellos bien inclinados muchachos. Y aunque consideraba que no eran capaces de tanto misterio, por darles gusto en lo que me pedían, di principio a enseñarles a santiguarse. Y con un cuchillo que llevaba les hice una cruz moderada, lo más cuidadosamente que pude, dándoles a entender que de aquella insignia y señal de cruz, o de otra cualquiera semejante, huía el demonio, adversario común de nuestras almas, por haber muerto en ella el Supremo Señor Dios de lo criado. Y para darles a entender mejor les pregunté si sabían lo que era pecado, que entre ellos llaman «huerilcán». Respondiéronme que sí, que «damentún» era pecado, que es quitar la mujer a otro siendo propia, y que hurtar también lo era y matar a otro. Éstos son los ordinarios entre ellos, porque el privarse del juicio, ni emularse, ni cohabitar con las mujeres del trato y solteras no lo reputan por tal. Sólo tienen por vil y vituperable el pecado nefando, con esta diferencia: que el que usa el oficio de varón no es baldonado por él como el que se sujeta al de la mujer. Y a éstos los llaman «hueies», y más propiamente «putos», que es la verdadera explicación del nombre «hueies». Y estos tales no traen calzones sino mantichuela por delante que llaman «punus», acomódanse a ser «machis» o curanderos, porque tienen pacto con el demonio. Ajustado ya con ellos lo que era el pecado, les signifiqué el aborrecimiento que Dios, Nuestro Señor, tenía a los malos y pecadores, porque era suma bondad y perfección, y principalmente los que no eran cristianos estaban separados de su gracia y de su gremio, y que aunque nos había criado a su imagen y semejanza, con nuestros delitos y maldades borrábamos la perfección con que fuimos criados. Para su mejor inteligencia les puse un fácil ejemplo que de repente se me vino a la memoria. Estando cerca de donde estábamos asentados un remanso del río a modo de una poza sosegada y cristalina, me levanté diciéndoles: -Allegáos para acá y os significaré de la suerte que se mira Dios y se asemeja a los justos, puros y limpios; arrimaos a este remango y mirad en él vuestros rostros qué claros y qué propios se representan en este cristal bruñido. Miráronse con cuidado y respondieron admirados: -Es verdad, capitán; tenéis razón. -Pues volved a miraros atentamente, les dije, habiendo primero alborotado y ensuciado el agua con el cieno y barro que en su centro contenía. Miráronse otra vez en el propio espejo y no se les representaron como antes sus retratos. Pregunteles la causa de mostrarse tan escaso aquel remanso en dar lo que antes tan liberal les había comunicado. -Eso claro está, me respondieron, porque habéis alborotado y ensuciado el agua. -Decís muy bien -les dije-. Ése ha sido el embarazo para esa diferencia. Pues de la misma suerte se mira Dios en nosotros mientras estamos puros, claros y limpios de pecados, y, ensuciando con ellos el alma -que es el «pilli» que decís vosotros-, se aparta de nuestra presencia su imagen verdadera. Acabados estos discursos, me preguntó el mayorcito, que mostraba más capacidad y entendimiento, habiendo estado atento a mis razones, si Dios era como nosotros y si tenía manos, cuerpo y los demás miembros que nos componen. Para dar a entender a mis discípulos de la suerte que era Dios y en qué se asemejaba a nosotros, les pregunté si sabían lo que era el espíritu del hombre o el alma, a lo que me respondieron que no sabían. -¿No soléis -les repliqué- cuando se muere alguno, decir vosotros «tipainipilli», salió del cuerpo el espíritu, y también opinan muchos o es común sentir de los ancianos que este «pilli» o espíritu va a comer papas negras tras esas cordilleras altas y nevadas? -Sí, capitán -me respondieron-; así lo dicen nuestros viejos. -Advertid ahora y estad conmigo: ese espíritu «pilli» rige y gobierna el cuerpo y le da vida y no le veis ni se puede divisar ni conocer. Y para que más claramente podáis venir en conocimiento de lo que es espíritu, os lo daré a entender con un ejemplo claro: traed a la memoria a vuestra madre y a vuestro abuelo, el viejo, acordándoos de ellos en vuestro entendimiento y en vuestro espíritu. ¿No parece que los estáis mirando verdaderamente con todas sus facciones, ojos, narices y boca? -Es así -me respondieron. -Pues, ¿quién os trae a la memoria a vuestra madre y a vuestro abuelo y os lo representa como ellos son en sí cuando os acordéis de ellos? ¿No es el entendimiento o vuestro «pilli», que decís vosotros, que saliendo del cuerpo queda muerto y sin vida? Pues considerad ahora a Dios que es el alma y el «pilli» de todo cristiano. Volviome a preguntar el muchacho que discurría y dificultaba sobre lo que oía, que dónde estaba ese Dios de quien les había significado tantas grandezas; que tenía deseos de conocerle. Le respondí que Dios estaba en el cielo, en la tierra y en todo lugar. -Ahora, pues -les dije-, si tanto deseo tenéis de conocer a este nuestro Dios, os enseñaré a rezar y la manera como hemos de pedirle que nos mire como a sus hijos, nos socorra y nos defienda como padre y nos libre y aparte de nuestros enemigos como Señor Todopoderoso. -Con mucho gusto aprenderemos -respondieron los muchachos-. Enseñadnos luego algo, porque lo estamos deseando. Di principio por el Padrenuestro en su lengua y natural idioma; estuvieron con atención y cuidado repitiendo lo que yo les decía. Y para ponerles más codicia y que con brevedad se hiciesen dueños y capaces de la oración que aprendían, les di a entender que hasta que supiesen el Padrenuestro no les había de enseñar otra oración. Después de haberles repetido seis o siete veces la oración, nos retiramos a los ranchos. Cerca de ellos hallamos a Maulicán, muy gozoso, aliñando las mangas y los calzones que había lavado y añadido un pedazo de paño hacia la pretina, porque de otra suerte era imposible ponérselos, por ser de estatura disforme. Recibiome placentero, brindándome con un jarro de chicha y el viejo Llancareu con un plato de mote con muchas achupallas y yerbas del campo que dan buen gusto a sus guisados. La hija del viejo a quien había encargado mi persona me trajo otro plato de papas y un pedazo de cecina sin sal, mal seca al humo, que ellos no tenían otros regalos por ser fronterizos, y un jarro de chicha de la que me había hecho guardar el viejo la primera noche que entré en su rancho. Llamé a los muchachos mis compañeros y comimos a la resolana; que aun era temprano, pues todos los habitadores de la casa estaban al sol trabajando, haciendo unas lozas, ollas y cántaros; otros tejiendo, y a las orillas del río, otros lavando. Y Maulicán ocupado en aliñar su vestido, las armas y la espada, porque al día siguiente habíamos de salir para la fiesta y convite de Ancanamón, por llegar el día señalado con bastante tiempo. Fuese acercando la noche y con su vecindad nos fuimos acercando y recogiendo al abrigo de las casas, habiendo ante todas cosas ido todos los varones por un viaje de leña para calentarnos, que éste era el ordinario ejercicio que teníamos, sin reservas aun los mismos caciques. Al acostarnos, me volvieron a rogar mis camaradas, los muchachos y discípulos, les volviese a enseñar la oración del Padrenuestro, porque ya iban entrando en ella. Hícele así por darles gusto y por el que yo tenía de verlos tan inclinados al conocimiento de Dios, Nuestro Señor. Y después de haberlos enseñado, me encomendé a nuestro Dios y a su Madre Santísima y, acabadas mis oraciones, dimos rienda suelta con el sueño a nuestros fatigados sentidos. Al día siguiente, cerca de las tres de la tarde, salimos para la fiesta de los vecinos, sujetos y comarcanos de Llancareu, con Maulicán, su hijo y sus familias, quedando en resguardo de los ranchos las mujeres más viejas e impedidas. Llegamos aquella noche a alojarnos (a) una legua de donde la borrachera se hacía, en cuyo sitio tuvimos noticias de que la misma tarde se juntaban al lugar disputado Ancanamón y los dueños del convite, para el día siguiente dar principio a su festejo y a su jovial entretenimiento. -En muy buena ocasión hemos llegado -dijo Maulicán-, porque mañana entraremos a tiempo que nos reciban a nuestra usanza en el palenque. Salgan nuestros caballos a comer ahora; los más gordos y altaneros pueden manearlos porque no se alarguen y no nos detengan por la madrugada. Y esto sin tener recelo de que les hurtasen algunos, porque viven en sus tierras, debajo de su libertad., con más justa ley y natural razón que los que la profesamos. Habiendo quedado con mis compañeros alojados a las orillas de un apacible estero, en una tan amena vega como fértil, fue Dios servido de enviarnos su luz, aunque rebozada con nieblas gruesas y con muestras muy ciertas de convertirse en agua. Di gracias infinitas a la Majestad Suprema por haberme dejado llegar con bien de gozar de la luz clara de aquel día y, después de haber almorzado y recogido los caballos, montando en ellos, fuimos marchando al paso de algunas indias y muchachos que iban a pie, porque no hubo cabalgaduras para todos. Por mi gusto, me apeé del caballo en que iba y acompañé a las indias un buen rato para entrar en calor y no sentir tanto el riguroso frío que nos apretaba. Llegamos a medio día a vista del lugar en que se iban juntando con el gobernador Ancanamón los convidados para dar principio a su festejo. Los que íbamos a caballo desmontamos de ellos en frente del palenque y del andamio que tenían hecho para sus bailes y entretenimientos. En medio de él estaba puesto un árbol de canelo de los mayores y más fornidos que pudieron hallarse, con otros adherentes de sogas y maromas que pendían de él para hacer sus ceremonias. Luego que Ancanamón y sus compañeros caciques divisaron nuestra tropa y conocieron a Maulicán y al hijo de Álvaro a su lado, con los demás de su parcialidad y al toqui principal Llancareu, se aguardaban a que a su usanza los recibiesen; por haber sido llamados al convite, envió un recaudo al toqui Llancareu para que nos acercásemos al concurso de los demás. Hicímoslo así, habiéndose agregado a nuestra gente tres caciques más, compañeros y comarcanos de Llancareu, con sus sujetos, que por todos haríamos un número de cien varones, sin contar la chusma de indias, chinas y muchachos. En forma de procesión, caminamos a pie todos juntos y nos arrimamos hacia la puerta descubierta que hacía el cuartel formado en triángulo, hechas sus ramadas a modo de galeras. Allí tenían las botijas de chichas, los carneros, las vacas, las ovejas de la tierra y lo demás necesario para dar de comer y beber a los forasteros huéspedes. Hicimos alto a distancia de cincuenta pasos del bullicio que iba concurriendo, y como el concurso que llevábamos era copioso, yendo yo adelante en medio de él y de Llancareu y de su hijo Maulicán, pasó la voz de que había llegado el hijo de Álvaro, a quien deseaba con extremo ver la muchedumbre, con lo que se suspendió y paró toda la junta y salieron muchos de sus lugares y asientos a vernos recibir y entrar dentro del formado cuartel para la fiesta. Salió el gobernador de aquellas «aillareguas» y dueño de aquel festejo con diez o doce caciques de su parcialidad, deudos y amigos que ayudaban al gasto y al desempeño del convite. Llevaban tras de sí otras tantas mujeres e hijas suyas con un cántaro moderado de chicha cada una y un jarro para irla repartiendo; cogiendo cada cual de los caciques el suyo, primeramente Ancanamón, los llenaron de los licores y bebidas que traían y con ellos nos fueron brindando que es la cortesía que a su usanza tienen unos caciques con otros cuando son convidados para tales fiestas. Después de haber brindado el gobernador Ancanamón al toqui principal, que era Llancareu, e imitándole los demás caciques en la acción, llegó a brindarme a mí y a decirme que se alegraba infinito en verme con salud en sus tierras, porque conocía mucho a mi padre Álvaro, que era gran valiente y de opinión conocida entre los suyos; que él también lo era, que había peleado en muchas ocasiones con él y que tenía experimentada su buena fortuna y su valor, y juntamente que estaba satisfecho y enterado de su apacible trato y piadoso corazón, por haber estado cautivo y preso entre nosotros su pariente Inavilo. Éste le significó el buen agasajo que le hizo, el respeto y regalo con que lo trató. Esto lo dijo varias veces, mostrándose bastante agradecido a sus acciones. -Y fuelo tanto y tan amigo de tu padre -me volvió a repetir-, que se excusó volver a continuar la guerra y en varias ocasiones le dio muchos avisos en secreto que le importaron mucho. Y así, capitán, ten buen ánimo y esperanzas ciertas de hallar entre nosotros el mismo agasajo y cortesía. Yo le respondí rindiéndole las gracias de los favores que me hacía. Y verdaderamente que quedé muy consolado, porque no dejaba de darme algún cuidado el hallarme en semejantes juntas y borracheras, donde se privan del juicio, quedando la vida de un pobre prisionero a la voluntad de cualquiera mal intencionado, por no tener esta nación cabeza superior que los sujete ni a quien ellos rigurosamente tengan temor ni respeto, porque cada uno en su parcialidad y en sus casas es tenido y acatado conforme a sus caudales y el séquito de deudos y parientes que le asisten. Ésta es una de las mayores barbaridades que entre estos indios chilenos se reconoce y de la cual podremos tener algunas esperanzas de que no han de ser estables sus repúblicas, ni permanecer en su fiereza y contumacia. Después de haber brindado a todos los caciques y hombres principales, Ancanamón con los suyos cogió la delantera y dio principio a nuestra marcha, hasta llegar al sitio al que habíamos de asistir, inmediato al palenque y andamio del baile. Allí nos sentamos en unos tapetes o esteras los que éramos de nuestra parcialidad. Trajeron luego una oveja de la tierra, que sería a modo de camello, para nuestro viejo Llancareu, como toqui principal de su concurso, y a su hijo Maulicán un carnero, y a los demás caciques de la misma suerte, aunque particularizaron con una ternera más a Maulicán, por haber sido a quien envió a convidar con su español para su festejo. Para el común y chusma que llevábamos, pusieron de antemano veinte «menques» de chicha, de más de arroba cada uno. Dispusieron las mujeres hacer fuego y los muchachos el desollar los carneros para que comiesen, después de haber degollado cada uno el que le dieron, conforme lo acostumbrado entre ellos. Sólo la oveja de la tierra quedó en pie, por haberla reservado el viejo Llancareu, a quien le fue presentada, para llevarla a su tierra, donde son entre ellos de gran estimación y los que las tienen son hombres de cuenta y poderosos. Además de este convite que el gobernador Ancanamón nos hizo luego que llegamos, otros caciques de su parcialidad y compañeros le fueron imitando en los presentes, aunque no con la abundancia y ostentación que manifestó el gobernador. Con ello hubo suficientemente que comer, que beber y algún ganado que llevar en pie a nuestra tierra; porque además de estos regalos por mayor, se allegaron otros moderados de unos que nos llevaban el carnero, la ternera y el cordero, cántaros de chicha, platos de carne guisada, mariscos y otras viandas de pescados diferentes. En este recibimiento pasamos aquel día entretenidos y se dio principio a la borrachera al ausentarse el sol de nuestra vista. Juntáronse todos los caciques que se hallaban presentes de diferentes «regües» y parcialidades con Ancanamón y los de la suya, los cuales arrimándose al palenque, donde bailando y cantando estaban los mocetones con la plebe y el común concurso, callaron los cantores y los danzantes suspendieron el ruido y en silencio quedó la muchedumbre. Tomó Ancanamón la mano como dueño del convite, y estuvo un gran rato razonando, a modo de un sermón, entre nosotros. Los oyentes le miraban atentos, porque de verdad el indio era arrogante, discreto y desenfadado. Acabada su oración y discurso, entonaron los músicos sus romances, dando principio con uno en alabanza del gobernador, que ayudaron los caciques a cantar y a dar dos vueltas en el baile con las mozas y galanes. Y dejando establecida ya la fiesta, se retiraron los caciques principales a sus ramadas y ranchos, porque la noche helada y fría obligaba a solicitar abrigos y reparos. Quedáronse en el sitio la plebe y el común, con gran ruido de voces, tamboriles, flautas y otros instrumentos, comiendo, bebiendo, cantando y bailando sin cesar toda la noche. Después de haberse recogido los caciques a sus ranchos y ramadas, convidó uno de ellos a Maulicán a que fuese a su choza a gozar del abrigo que ofrecía, la cual estaba como a una cuadra del bullicio. Aceptó el ofrecimiento con Llancareu, su padre, y con ellos fuimos la familia solamente, porque nuestros compañeros y comarcanos quedaron en el baile entretenidos con el demás concurso, que sería de más de cuatro mil almas. Entramos en la casa del cacique, que era muy cercano y pariente de Ancanamón y tenían los ranchos tan vecinos y tan unos, que no se diferenciaban más que en las puertas. Aunque el de nuestro huésped era moderado, nos acomodamos todos arrumbados unos sobre otros, y como los más se hallaban privados de sus sentidos, no hicieron más que tenderse en aquellos rincones y quedarse dormidos. A este tiempo llegó el gobernador Ancanamón (cuya casa estaba tan cercana, que lo que se hablaba en una se escuchaba en la otra fácilmente), hallándonos sentados al amor del fuego a mí y a Llancareu bebiendo un cántaro de chicha que el dueño nos había puesto delante para que nos fuésemos a dormir con los demás compañeros. Sentose Ancanamón a mi lado y le brindé con un «melgue» de chicha que admitió con agrado. Y después de haber bebido, brindó a mi viejo Llancareu, que ya estaba también de buena, y díjole: -Déjame llevar a mi casa a este capitán para que vaya a cenar conmigo. -Vaya en buena hora -respondió el viejo- que solamente a ti pudiéramos fiar nuestro español. Levantose Ancanamón y llevome a su rancho, donde tenía tres fogones, por ser capaz y anchuroso. En el uno estaban bebiendo algunos caciques, mujeres y niños; en el otro, la familia de Ancanamón, con muchas ollas de guisados diferentes y asadores de carne, gallinas, perdices y corderos; en el otro solamente asistía una mestiza, hija de Ancanamón, y una de sus mujeres mocetonas, que debía ser la más estimada. A este fogón me llevó, y en una estera o tapete que ellos usan nos sentamos al fuego y mandó que nos trajesen de cenar. Al instante pasaron del otro fogón al nuestro los asadores y las ollas y nos pusieron unos platos limpios por delante y el asador de perdices, del cual sacó una el huésped y me la puso en el plato; pidió luego el de cordero y cortó por encima lo más bien asado y reforzó con él la porción primera y con unas tortillas sazonadas, platos de pepitorias, para que la perdiz y la carne comiese con aquella jalea y otros guisados de aves y hervidos a su usanza con legumbres de papas y porotos, y por postre unos buñuelos de viento muy bien hechos. Cenamos con gusto y alegría porque nos brindamos con extremadas chichas de frutillas que para mí eran el mayor regalo que se me podía hacer. En medio de nuestra cena, me preguntó por nuestro padre Álvaro, diciendo que no había conocido otra persona de tanta opinión ni que fuese tan temido de ellos, y por otra parte, bien querido, porque había muchos cautivos a quienes había hecho muy buen pasaje y solicitado sus rescates y puéstoles en libertad, con lo que mostraba su valor y generoso pecho, que los que son cobardes son naturalmente crueles y sangrientos. -Tenéis razón -le respondí-, que eso lo tengo experimentado desde que estoy entre vosotros preso, pues los más valerosos y principales caciques, como vos, que sois conocido en toda la tierra, así de los vuestros como de nosotros, por gobernador de estas fronteras, valiente y esforzado capitán, me han defendido y amparado, perturbando intenciones depravadas que han solicitado por varios caminos quitarme la vida. Proseguimos nuestra conversación y me volvió a preguntar qué es lo que decían de él entre nosotros, si tenía opinión de soldado y de valiente. Le respondí que entre ellos no había otra persona que sobresaliese ni otro nombre que en nuestras tierras fuese más conocido que el suyo, pues hasta las mujeres y los niños tenían en la memoria el de Ancanamón. Con esta relación que le hice tuve mucho placer y gusto, porque no hay ninguno a quien le pese ser alabado y aplaudido. Entonces me significó con gran amor cómo siempre había sido muy afecto a los españoles y a su traje y que a que a más no poder defendía sus tierras y seguía a los demás, y también porque en una ocasión tuvieron muy mal trato con él y le llevaron sus mujeres a Palcaví bajo conveniencias de paz y no se las quisieron devolver. -En verdad -le dije- que he oído hablar de esa materia en que te culpan algunos de la muerte de los padres de la Compañía y otros abonan en tu causa por haberte quitado tus mujeres y cada uno habla conforme sus intenciones buena o no tal. Mucho me holgara ciertamente saber el fundamento de la muerte de esos religiosos. -Pues, si tienes gusto que la historia te cuente -dijo Ancanamón-, te referiré lo que me pasó con un «patero» (que así llaman a los religiosos) que decían era gobernador y que traía del rey muchos negocios de importancia para nuestra quietud y sosiego. -De mucha estimación y gusto será para mí -le respondí- que me refieras el caso como sucedió en aquel tiempo, para tener certidumbre de lo que varios informes han puesto dudoso. -Habrás de saber, capitán -dijo el gentil valeroso-, que ese patero o padre tenido por gobernador nos envió a decir que venía enviado por el rey sólo a pacificar, poner en sosiego nuestra tierra y que nos estuviésemos en ella quietos, sin hacer guerra a los españoles, ni ellos a nosotros. Sin esta conformidad, permitimos que viniese un español lenguaraz con mensaje como embajador a mi distrito, por ser el fronterizo más cercano. Vino un alférez que se llamaba Meléndez con otro compañero, grande intérprete y ladino en nuestra lengua, a quienes recibí en mi casa con grande amor y agasajo. Regalándole con lo que tenía y sirviéndole mi persona, llamé a mis amigos y a los caciques de mi parcialidad y consultamos lo que debíamos hacer sobre la proposición que nos trajo el embajador del padre Luis de Valdivia, que así se llamaba este gobernador padre. Resolvimos que yo saliese acompañado de otro cacique a significar a las demás parcialidades de la costa hasta La Imperial las conveniencias y utilidades que reconocíamos en el trato de paces que nos proponía el padre. Abrazamos muy bien todos los de nuestra parcialidad este convenio, con que dispuse mi viaje a los seis u ocho días después de la llegada del alférez. Y al tiempo de mi partida se allegó a mí una de mis mujeres y me dijo en secreto que el embajador se había revuelto con la mujer española, a quien tuve buena voluntad y en quien tenía una hija. No dejó de darme algún cuidado y aun pesadumbre, pero, con simulación, no le di a entender a la que me vino con el aviso; antes le dije que callara la boca y no fuese bachillera ni divulgase tal cosa porque me enfadaría con ella grandemente y que no se maravillase de que la española mirara con buenos ojos a los de su nación y propia tierra, que lo propio haría ella si se viese entre los españoles y hallase ocasión de comunicar a los suyos. Con esto, la despedí sin hacer demostración de lo que tenía en el alma. Quedeme por aquel día con esta sospecha y con alguna mala intención de matar aquel español y vengar mi agravio, por no darle lugar a poner en ejecución lo que no pensé en mi casa. Volví en mí y entré conmigo en cuenta y pensé que si quitaba la vida a aquel español habían de colegir no bien de mi acción y, aunque se enterasen de mi razón y de la causa, que era justa, no habían de juzgar los españoles ser así, porque ya nos tienen por sospechosos y traidores y sin duda dijeran que por no admitir las treguas a paces que nos ofrecían, habíamos dado muerte al mensajero. Disimulé como pude mi pesar y suspendí mi apasionada intención, juzgando que llevado de mi agrado y cortesía, para en aquélla solamente su perversa inclinación y mala correspondencia. Y hallé que fue peor mi disimulo, porque el que es de natural maligno y no de esclarecida sangre, es ingrato y desconocido. -Tenéis razón por cierto -le dije al cacique-, que el que es noble y de prosapia ilustre, es cuanto a lo primero temeroso de Dios, atento en sus acciones y reconocido al bien que se le hace. Proseguid con vuestra historia, que me tiene admirado y suspenso la disolución tan grande de ese hombre. -¿Pues, de qué os maravilláis, capitán? No fue lo más insolente y lo que a mí me causó mayor disgusto lo pasado, porque yo ya tenía determinado que la española que se fuese a su tierra en asentando nuestro trato, admitimos de todo corazón y (por el que) salí a que se efectuase con los demás caciques de La Imperial y la cesta. Escuchad más adelante y veréis lo que hizo este hombre en mi casa. Salí otro día con el cacique mi compañero y mis criados y dejé al español en ella -a pesar de ir advertido de su mal trato- con orden de que lo regalase con lo que tenía y a un hermano mío que lo asistiese y acudiera a suplir mi falta. Así lo hizo, festejándolo con mucha chicha, perdices, corderos y terneras. Y en el tiempo que falté por estar haciendo la causa de los españoles y reduciendo a mi voluntad a los demás caciques de toda mi «regue» y parcialidad, el español mensajero estaba en mi casa haciéndome traición y disponiendo dejarla robada, como lo hizo. No habiéndose contentado con revolverse con 1a española, me inquietó dos muchachas a quienes quería bien, y tres o cuatro días antes que yo llegase previno sus caballos y una noche subió en ellos y me llevó la española y mis dos mujeres al fuerte de Palcaví. «Cuando llegué, habiéndome avisado del destrozo que había hecho aquel mal hombre en mi familia, ¿qué sentiría mi alma y qué aflicciones tendría en mi corazón? Lloré como una criatura la falta de mis mujeres y en este tiempo llegaron mis suegros, padres de las muchachas, y me pusieron de suerte que no faltó sino matarme, diciéndome que era traza mía el haber enviado mis mujeres por delante para irme yo tras ellas a vivir con los españoles. Me vi en tan notable aprieto, que fue menester valerme de mi prudencia, de mi valor y esfuerzo, para no hacer una locura y desesperada acción. Traté de ponerme en camino para ir en demanda de mis mujeres al fuerte de Palcaví, juzgando que los españoles, luego que yo llegase, me devolverían mis mujeres y castigarían al que hizo conmigo semejante maldad. Rogué a mis suegros que me asistiesen y acompañasen, que por mis razones echarían de ver y conocerían mi inocencia y cuán ajeno estaba de lo que me habían acumulado. Aceptaron luego el convite y vinieron en ir conmigo por el deseo que tenían de ver a sus hijas. «Salimos otro día por la mañana hasta veinte indios amigos y los caciques mis suegros y llegamos al fuerte de Paicaví a significar el agravio que aquel español me había hecho, diciéndoles que como permitían tan gran desafuero a quien iba a tratar medios de paces y conveniencias públicas; que los más y el común juzgarían haber sido trato doble fraguado entre todos ellos y que así estimaría grandemente que no frustrasen mis esperanzas, ni diesen lugar a que los caciques, mis compañeros y padres de las dos chinas que me habían robado, juzgasen en contra de los que le tenían informado, y asegurado de que volverían mis mujeres y castigarían severamente a quien en tan inhumano y mal correspondiente había procedido en mi casa. (Además les dije) que la española podía quedarse, pues se hallaba ya en su tierra y entre los suyos, que solamente pedía las dos hijas de aquellos caciques que se hallaban presentes para consuelo mío y alivio de sus padres. Estas y otras razones, salidas del corazón con todo sentimiento y pena les dije, sin que en ellos causasen efecto alguno. Me respondieron desabridamente que las chinas no querían volver a nuestro poder porque eran ya cristianas. Pues, ¿por qué las cristianasteis con tanta brevedad, me volvía a decirles, sabiendo de la suerte que ese mal hombre las había traído sin aguardar el fin de mi viaje, que claro está que sabríais que estaba fuera de mi casa en ejecución y complimiento de vuestra embajada? ¡Nunca yo la hubiera permitido, pues estoy experimentando vuestras traiciones y dobles tratos! Con negarme ahora mis mujeres nos habéis dado a entender que todos sois uno y sólo tratáis de destruirnos y acabarnos. Y luego decís que nosotros somos los traidores y los que vivimos con doblados pechos. Finalmente, nos volvimos desconsolados y tristes, mis suegros sin sus hijas y yo sin mis mujeres, rabioso de haber admitido aquel español en mi casa y deseoso de hallar ocasión de vengarme de aquel patero «apo» que nos envió a engañar y hacer burlas y chanzas de nosotros. En este tiempo, acabado de llegar a mi casa, tuve noticia cierta de que habían llegado al valle de Ilicura dos pateros o padres de la Compañía de Jesús enviados del propio padre que nos engañó. Y para que mis suegros entendiesen cuán lastimado volvía y para tener en alguna parte venganza de tamaña ofensa, convoqué hasta doscientos indios amigos y comarcanos, fui a donde ellos, estaban y los hice matar rabiosamente. «Mirad ahora si tuve sobrada razón o no, después de recibidos los agravios que os he referido. Atónito y suspenso me quedé, por cierto, habiendo escuchado la relación de este cacique, que nunca juzgué fuese tan verdadera hasta que, después de conseguida mi libertad, me informé del caso por algunas personas antiguas y de crédito y comprobé lo que el cacique me había contado. Y aun más me agregaron. No supe qué responder a razones tan ciertas y agravios tan conocidos como los que me refirió este cacique, sino decirle que su indignación había sido justificada. -Muchas cosas pudiera referiros -me volvió a decir Ancanamón- de lo que los españoles hicieron con nosotros en sus principios, pues, por no haber podido nuestros antiguos antepasados tolerar las vejaciones y agravios que les hacían, los obligaron a coger las armas y sacudir el yugo de su servidumbre, que tal vez al más cobarde suele la desesperación dar valor y esforzado atrevimiento. -Decís muy bien -respondí al cacique- que esa verdad se ha experimentado en muchas ocasiones. En el tiempo que estuvimos cenando y en buena conversación entretenidos, se armó un gran baile y jovial entretenimiento en el rancho de mis compañeros, desde el cual yo salí para el de Ancanamón. Y como estaba tan vecino el uno del otro, se fueron a él todos los indios y muchachos y muy gran parte de las indias, por cuya causa me provocó el dueño a que siguiésemos a nuestros compañeros y fuésemos a bailar con ellos un rato. Por darle gusto, fui en su compañía, bien forzado, porque más se inclinaba mi deseo a buscar la quietud y mi descanso que al bullicio y las voces de sus cantes roncos. Entrome en medio de los que estaban en rueda dando vueltas y bailando, y luego que nos divisaron llegaron los unos y los otros a brindarnos con algunas bebidas fuertes y algo espesas, de las que bebí muy poco y aun sin gusto, por haber tenido con la cena y bebida del cacique. Éste parece que advirtió lo desganado que me hallaba, porque me dijo que si tenía deseo de irme a descansar, que lo hiciese con mis compañeros, pues me habían venido a buscar los dos muchachos nietecitos de nuestro viejo Llancareu. Agradecile el favor y regalo que en su casa me había hecho y más el haberme dado licencia para ir a buscar el sosiego que solicitaba el fatigado cuerpo. Salí de aquel confuso laberinto y me acomodé gustoso en un rincón donde estaba con su familia Maulicán y di infinitas gracias a Dios Nuestro Señor por los favores que cada día experimentaba de su bendita mano, hallando entre mis enemigos tan corteses acciones y amorosos agasajos como los de Ancanamón y otros caciques principales con que fue mi prisión dichosa como feliz el cautiverio. Salimos por la mañana con el gobernador Ancanamón los que habíamos dormido en sus ranchos, y nos llevó al lugar que el día antecedente habíamos tenido con mucho acompañamiento. Los que ayudaban al festejo nos llevaron de almorzar y que beber con abundancia para que los huéspedes se entretuviesen y alegrasen, porque la fiesta es comer, beber y bailar, cantando durante todo el día y toda la noche, como lo hicieron más de cuatro mil almas que se quedaron en los andamios con los cantores y en sus sitios y lugares otros. Llevaron a Ancanamón todos los caciques principales al centro del concurso, donde chicos y grandes, mujeres y hombres estaban bailando en rueda. Y cogiéndole en medio, lo recibieron con el romance que el día anterior cantaron en su alabanza. Después de esto salieron diez o doce mocetones desnudos y en carne, tiznados con carbón y barro hasta los rostros. Ya dije antes de esto que en medio del palenque estaba hincado o clavado un árbol de canelo muy crecido, y para que no se blandease o hiciese pedazos al tiempo que fuese más necesario, por ser madera vidriosa y delicada, le tenían liado a otros dos árboles gruesos y fornidos, de donde pendían unas maromas gruesas cuyos extremos llegaban a fijarse en otros postes firmes y robustos que servían de estribos a los bancos del baile y al palenque. Estos danzantes ridículos traían ceñidas a la cintura unas tripas de caballo bien llenas de lana y más de tres o cuatro varas a modo de cola, colgando, tendidas por el suelo. Entraban y salían por una y otra parte bailando al son de los tamboriles, dando coladas a las indias, chinas y muchachos; que se andaban tras ellos haciéndoles burlas y riéndose de su desnudez y desvergüenza. Después de haber andado de la suerte referida por entre todo el concurso de hombres y mujeres, subieron a las maronas que a modo de jarcias estaban puestas; subían a lo alto y volvían a bajar; otras veces se paraban sobre los estribos de los andamios de los cuales pendían las puntas de las maromas y se ataban de las partes vergonzosas un hilo de lana de un dedo de grueso, de donde les tiraban las mujeres y muchachos, bailado los unos y los otros al son de sus instrumentos. Ésta es la fiesta más solemne que entre estos bárbaros se acostumbra, imitando a la antigüedad, que usaban en sus convites bárbaros, para la solemnidad de sus banquetes, hacer otro tanto, emborrachando a algunos y poniéndoles en cueros para que sirviesen de risa y entretenimiento. Volvimos, por segunda vez, Llancareu, Maulicán y su familia a los ranchos de Ancanamón, donde alrededor de los fogones se armaron diferentes bailes y convites que duraron hasta el otro día. Por segunda vez me llamó a su rancho Ancanamón, y fue tanto el amor que me cobró, que lo manifestó con obras y agasajos, pues, además de ellos, me ofreció una nieta -que lo era también de la española que le llevó con las demás el fraudalento embajador-; propúsome y diome a entender con benévolo semblante la voluntad que me tenía y el gusto que recibiría si yo me quedara en su casa; que por mí daría a mi amo las pagas que quisiese y que me casaría con su nieta. Agradecile su oferta con extremo y le respondí muy a su satisfacción; lo primero, le signifiqué el amor que me tenía Maulicán, mi amo; los disgustos y pesadumbres que por mi culpa había tenido; los empeños en que se había puesto por defenderme, y que sin su gusto y beneplácito no parecía bien tratar de mis comodidades, que por tales juzgaba las que me ofrecía. Lo segundo que se me podía por delante era el que con brevedad aguardaba resolución de mi rescate, porque los caciques de la costa me habían remitido cartas de mi gobernador y enviado respuesta mía, con lo que tenía por sin duda que se efectuarían los tratos principales por aquella parte. -Es verdad -dijo Ancanamón- que con mi permiso pasaron estas cartas y han vuelto las vuestras y esperamos rescatar nuestros caciques presos por vuestra persona. Pero si en el entretanto quisiereis habitar conmigo, estaréis más cerca y será con gusto de Maulicán, a quien le daré aquí las pagas que quisiere. -No quisiera -le respondí- que entendiese que yo solicitaba el dejar su compañía y faltar de su obediencia, porque, aunque estoy conociendo que vuestra compañía fuera para mí en gran conveniencia y para mis mayores medras, así por estar amparado en vuestra casa, como para librarme de los riesgos de la vida en que por allá me veo, porque han principiado a perseguirme los caciques de la cordillera y algunos de nuestros vecinos y comarcanos. Con todo eso, quiero más asistirle y no faltar a su gusto, que no que se persuada a que falto a la obligación de agradecido y verdadero correspondiente. Si yo estuviese cierto haber de ser dilatada mi asistencia entre vosotros, sin que hubiese persona alguna que se acordase de mí para rescatarme, ¿qué mejor suerte podía tener que la que me ofrece vuestra gracia y benevolencia?... Mas tener por cierto que si este verano no se efectúa lo tratado y mis esperanzas se malogran, he de solicitar el venir a serviros. -Mucho gusto me han dado vuestra razones -me respondió-, que por todos los caminos manifestáis lo ilustre de vuestra sangre y la nobleza de vuestro pecho, ya que sabéis agradecer la voluntad de Maulicán y sus agasajos. Con todo eso, le daré una puntada, y le rogaré que os deje conmigo. Estando en estas demandas y respuestas, se allegaron a nuestro fogón a brindarnos dos mocetonas solteras conocidas de Ancanamón. Y como estaban alegres con la continuidad de las bebidas, con facilidad mostraron lo liviano y jocoso de sus naturales. Abrioles la puerta el cacique -que también tenía los espíritus calientes y alborotados los sentidos, aunque no privado totalmente del juicio- con algunas palabras amorosas y de chocarrería, y echando los brazos sobre los hombros de la una, dijo a la compañera que comunicase conmigo y se me arrimase. -Pues sí, al me allegaré a él -respondió la moza-, porque es para querer y de mi gusto. Luego que oí semejantes razones, como avergonzado, miré a Ancanamón y me arrimé más a su lado. -Bien puedes, capitán -me dijo-, dar gusto a esa «malguén», que yo te haré espaldas. Esto era cerrada la noche y, aunque había luces en el rancho, algunos rincones estaban oscuros y tenebrosos, adonde se apartaban a comunicarse a solas los conocidos; además de que en aquellas ocasiones ninguno atiende más que a beber, a bailar y a cantar y también a encontrarse cada uno con la mujer que puede o desea. Yo juzgué que lo hacía el cacique por tentarme y por reconocer la inclinación que tenía al sensual apetito. Por esto le respondí, advertido, que estimaba en extremo la amorosa acción de la dama, pero que perdonase mi cortedad y el no poder servirla en correspondencia torpe y deshonesta, que aceptaba el brindis que me hacía y que a la voluntad que me mostraba quedaba bastante agradecido, porque nosotros los cristianos no podíamos ofender a Dios N. S. tan a las claras y más con mujeres infieles, porque era pecado doble y de mayor marca. -Si lo hacer de vergüenza o de temor -me replicó el cacique-, bien puedes no recelarte, porque esa moza no tiene marido que la mire y es dueña de su libertad; quédate con ella, que yo me voy a despachar a esta otra y luego vuelvo. Acercose la mocetona a mí y significome más despacio lo que el cacique me había dicho. Por no dejarla corrida, le dije que estimaba su voluntad y amor; que yo la solicitaría al descuido, cuando no nos viese ni pudiese notarlo persona alguna; ni tampoco tenía gusto de que el cacique supiese mi liviandad ni conociese mi flaqueza, y que así se fuese en buena, que después, en la bulla del baile, la solicitaría con cuidado. Bebí la chicha con que me brindó y le devolví la vasija. Con esto la eché de mí y quedé sosegado en compañía de mis dos camaradas, los muchachos, acabados de llegar en mi demanda para llevarme adonde estaba su abuelo Llancareu. Llegó Ancanamón, estando con mis compañeros asentados al fuego, gozando de sus apacibles llamas, y la otra moza con él, preguntando por su compañera. Le respondí que luego se había mudado a otro fogón. -Pues, para qué la dejasteis -me dijo el cacique-. No debió hallar buena correspondencia en vos y se iría corrida. -No fue sino es con mucho gusto que me pareció burlona y desenfadada, y no hay que hacer aprecio de sus palabras, ya que con todos debe hacer lo propio. Y aunque no fuesen fingidas sus razones, ya te he significado, Ancanamón, que no podemos los cristianos cometer semejante delito. -Pues ¿cómo otros españoles no reparan en esas cosas? Porque ha habido muchos entre nosotros muy demasiados y libres en solicitar mujeres ajenas, que de las que son sueltas y del trato no hay quien les pida cuentas. -Esos serían -le respondí- hombres sin obligaciones que no temían a Dios ni se avergonzaban de las gentes. -Decís muy bien, capitán. Y ahora os estimo, y quiero más porque sois atento y mirado en vuestras acciones. -Luego, si yo me hubiese sujetado a vuestro parecer y a la que me facilitabais, ¿hubierais hecho diferente concepto de mí, amigo Ancanamón? Claro está -me respondió- que no os tuviera por tan cuerdo, que en vuestros tiernos años es muy de notar vuestra prudencia. Pero en tales ocasiones como ésta de bailes y entretenimientos, antes se tiene por cortés y agradable al que se acomoda al tiempo y hace lo que ve hacer a los demás. -Eso se entenderá de los que son dueños de su libertad y no con los que somos cautivos y rendidos a obediencia. -Vos no os podéis tener por cautivo, capitán, pues vuestro amo os tiene como a hijo y yo de la propia suerte os estimo y amo, porque mi corazón se inclina a ello naturalmente. -Decía muy bien por cierto -le respondí- que a no conocer yo mi dicha y buena fortuna en la estimación de mi persona, fuera muy falto de entendimiento. Estando en nuestra conversación entretenidos, se levantaron los muchachos para irse retirando. Los demás de nuestra parcialidad estaban bebiendo y holgándose. Pedí licencia al cacique para ir a dar una vista a mi amo, la que me dio luego, diciendo que volviese después a visitarle y no le olvidase. Fuime en compañía de mis camaradas a donde estaban mis parciales y comarcanos, los cuales, fatigados ya de comer, beber y bailar, se habían echado a dormir. Por esta causa rogué a los muchachos que hiciéramos lo propio y sin repugnancia alguna vinieron en lo que les pedí, porque también lo deseaban ellos. Y al rumor y ruido de las voces de los danzarines y del agua que caía con precipitado viento nos quedamos dormidos. Amaneció con bien después de la tormenta, más humano el tiempo y apacible el día, por lo que se determinaron Llancareu y su hijo Maulicán a volverse conmigo a su habitación. Habiendo traído los caballos, fuimos a despedirnos del gobernador y toqui principal Ancanamón, que en su casa estaba bebiendo con una tropa de caciques. Allí nos hizo asentar y poner adelante tres o cuatro cántaros de chicha y nos dio de almorzar con mucho gusto y abundantemente. Y por prisa que quisieron darse, eran más de las dos de la tarde cuando vinieron a despedirse los unos de los otros. Aunque hizo el cacique algunos aprietos porque me dejase con él, no lo pudo alcanzar de mi amo por haberle antepuesto algunos inconvenientes. Despidiéronse amigablemente. Yo me llegué a abrazarle, y él lo hizo con notable amor y pesar de que no quedase en su compañía, advirtiéndome de que si no me rescataban tan presto como me presumía, me había de volver a su casa, aunque fuese contra el gusto de mi amo. Y quitándose una camiseta de las mejores que tenía puestas, me la echó encima para que me sirviese de abrigo y me acordase de él. A mi amo le encargó mucho mi persona, haciéndole presente la estimación que haría de que me defendiera de todos mis contrarios y que si para el efecto y para la seguridad de mi vida fuera necesario oponerse con su autoridad y ayuda, que le avisase luego; ya que por su camino y parcialidad se había dado principio a los tratos y rescate de sus compañeros, también le tocaba a él defenderme y asegurarme. Agradecieron mis amos en extremo la oferta y resolución de Ancanamón y se consolaron mucho por llevarle de su parte y empeñado en mi defensa. Yo le volví de nuevo a abrazar, agradeciéndole las finezas que conmigo había hecho. Salimos aquella tarde de las tierras del cacique nuestro bienhechor y amigo y volvimos al hacer noche al valle y estero donde el día de la borrachera llegamos a hacer tiempo los de nuestra parcialidad de Repocura. Llevamos por delante dos ovejas de la tierra, dos vacas mansas, tres terneras y veinte ovejas de Castilla y mucha carne cocida y cruda. Alojamos en aquel valle en diferentes chozas y ranchuelos que para el propósito hicimos con cuidado, porque nos amenazaba el tiempo con muestras de querer volver a continuar sus lluvias. Hiciéronse fogones muy copiosos con varios asadores de carne a la redonda, de los cuales cenamos en buena compañía y nos brindaron con algunos licores que las mujeres habían traído en su calabazos. Después nos acomodamos el viejo Llancareu, sus dos nietos y yo en una choza y los demás fueron haciendo lo propio en las que tenían dispuestas, con sus hijos y familias. Al acostarnos, los muchachos me notaron el descuido que había tenido aquellos días en enseñarles a rezar. Les respondí que yo no sabía si tendrían gusto de rezar o no, o se enfadarían si continuamente les tratase de ellos. Respondiéronme con alegría: -Pues, callad la boca, capitán. Ya veréis cómo os apuramos cada día porque no nos digáis otra vez eso. -Mucho gusto recibiré siempre que me solicitéis para ese efecto. Decid, pues, ahora la lección y veremos lo que sabéis. Y recitaron más de un tercio del Paternóster; de dos o tres veces que se los había repetido, tenían en la memoria gran parte de él, porque en la campaña, cuando salíamos por leña, ellos iban entre sí refiriendo las palabras que se acordaban y yo les corregía sus yerros y encaminaba sus palabras. Al otro día salimos de nuestro alojamiento con toda prisa por haber amanecido con señales ciertas de volver a descargar sobre nosotros las preñadas nubes sus helados partos (!). Y aunque procuramos apresurar el paso, no pudimos, porque era forzoso seguir nuestra marcha conforme la que llevaban los ganados y algunas indias mayores, que por no saber andar a caballo iban a pie, o porque es costumbre entre ellos que en tales ocasiones caminen de esa suerte las mujeres por delante y su maridos por detrás encabalgados. Por esta causa, llegamos a nuestros ranchos con buen rato de la noche, bien remojados y helados de frío. Entramos al abrigo de las chozas, donde con prevención tenían las viejas guardianas extremados fogones y copiosas llamas. Habiendo secado nuestras vestiduras, comido y bebido de lo que llevábamos, nos recogimos al rancho del viejo Llaneare mis compañeros y yo. (Allí) me pidieron que les repitiese la oración que les iba enseñando, lo cual hice con mucho gusto. Y habiéndoles repetido el Páter Néstor tres o cuatro veces y ellos imitado mis palabras, nos quedamos sin sentir dormidos, por haber llegado fatigados del camino.
Pocos días después, cuando con más gusto me hallaba en varios entretenimientos y ejercicios, cazando pájaros, corriendo perdices y a ratos ayudando a sembrar y hacer chácara a las mujeres, me sobrevino una pesadumbre y disgusto repentino, que no puede faltar la parábola del sabio: «En medio del consuelo está el pesar mezclado y el llanto ocupa el lugar donde parece que hay más alegría». Estando una tarde entretenido con los amigos y comarcanos de mi amo en una siembra de chacras; vino oculto un mensajero -como que pasaba a la costa a otros negocios- enviado de Calboche, aquel indio amigo en cuya casa quedó el soldado mi compañero. Con todo secreto habló con el toqui principal Llaneare y con Maulicán, hallándome yo presente, como a quien venía más encaminado el mensaje, significándonos la resolución con que estaban los caciques de la cordillera, nuestros enemigos, de venir a los ranchos de Maulicán una noche a maloquearlos por cogerme en ellos descuidado, llevarme resueltamente y poner en ejecución su intento a fuerza de armas. Para esto habían convocado más de doscientos indios con todo silencio y disimulación para que no se divulgara. Sin duda alguna, no pasarían cuatro noches sin que tuviese efecto lo que decía. Pero que no se diera por entendido ni se alborotara, sino que con toda brevedad procurase poner en cobro a su español, a quien, si no hallaban en su rancho ni en los demás comarcanos, habiéndolos registrado, se volverían sin intentar otra cosa en su daño. Esto era lo que se había dispuesto y consultado entre todos. Agradeció Maulicán el aviso con extremo y yo de la misma suerte quedé tan reconocido que di dos abrazos al mensajero y le rogué que se los diese en mi nombre a Calboche y que no se olvidara de favorecer a aquel pobre soldado que dejamos en su compañía. Después de esto, habiendo regalado a nuestro nuncio con lo que se acostumbra entre ellos, pasó adelante hacia la costa. Disimuló por entonces la embajada Maulicán, no dándolo a entender a ninguno de los suyos y encargándome a mí también el secreto. Con esto, nos volvimos donde los demás estaban cavando y sembrando las chacras. Con la noche, acabamos nuestra faena, y cuando se pusieron a beber en el rancho de mi amo y a bailar, como se acostumbra después del trabajo, salió Maulicán con su padre del concurso de los demás y comunicaron despacio el mensaje que nos habían traído y acordaron manifestarlo a los otros caciques y compañeros en la cava. Hicieron así y resolvieron entre todos convocar en secreto a todos sus sujetos, amigos, deudos y parientes; que Maulicán se ausentase de su rancho y se fuese a casa de uno de los caciques que se hallaban en aquella ocasión con él, y que a mí me dejaran en el monte bien escondido, en parte donde aunque me buscasen no diesen conmigo. Con esta resolución, prosiguieron su fiesta y entretenimiento. Gran consuelo recibí por haber reconocido en aquellos caciques natural afecto y con resolución valerosa, grande arresto en mi defensa, con lo que se aminoraron mis congojas. Al cabo de algunas horas después de la medianoche, cuando más enfervorecidos y alegres se hallaban los compañeros, me llamaron Maulicán y el viejo Llaneare, y sacándome fuera del rancho, me dijo: -Ya sabes, capitán, el aviso que hemos tenido de la resolución de los caciques de la cordillera y que sin duda alguna han de venir a maloquearnos sólo para matarte. Así, has de tener paciencia y sufrimiento, que quiero llevarte al monte, donde estés algunos días mientras pasa la furia de nuestros adversarios. Mis sobrinos irán de noche a dormir contigo y hacerte compañía y te llevarán de comer, sin que lo sepan ni entiendan más que los de mi casa. Vamos a la montaña, que aquí cerca te pondré, donde; si estuvieses muchos años y te solicitasen hallar con todo cuidado; no habrían de topar contigo. Yo le agradecí la prevención y el cuidado que ponía en asegurar mi vida y en defenderme de mis enemigos. Salimos a aquellas horas Maulicán y yo y, en nuestra compañía, los dos muchachos que llevaban la cama en que nos acomodábamos los tres y nos fuimos adentrando en la montaña, la cual estaría de los ranchos cerca de dos cuadras. En nuestro favor llevábamos la claridad y resplandor de la luna, que estaba en víspera de su lleno, porque de otra suerte habría sido imposible penetrar lo denso y escabroso de las ramas. Llegamos al sitio que estaría como media cuadra de la entrada del monte. Había allí una espesura grande de árboles muy crecidos y empinados, tan vecinos de la barranca del río, que parecía que estaban pendientes de ella. Y entre dos de los mayores y más poblados de hojas, que conservaban todo el año, estaba armado un rancho o chozuela, en el que cabían tres o cuatro personas con apretura. Para llegar a él era necesario subir por uno que al pie suyo estaba descombrado y algo raso del sitio. Y para que no se entendiera que por allí subían al emboscadero, fuimos de rama en rama y de árbol en árbol caminando; después de haber atravesado diez o doce de la suerte referida, llegamos al que tenía la choza en medio de sus frondosas hojas emboscada. Allí nos quedamos los dos muchachos y yo, y Maulicán se volvió a su habitación, sin dar a entender a persona alguna de dónde venía ni el sitio en que me dejaba. Este ranchuelo y otros de la misma forma tenían los más fronterizos en quebradas y montes ásperos e inexpugnables, a donde en tiempo de verano y de alborotos de armas se recogían a dormir, temerosos de las malocas continuas con que eran molestados. Allí, en aquel elevado emboscadero, estaba solo todo el día, porque los muchachos se retiraban al rancho. Al mediodía me traían de comer ellos y una chicuela, hija de mi amo, que me había cobrado gran amor y voluntad y solía buscar en diferentes ranchos legumbres de las de comer para llevarme. A veces, sin saber los de su casa, me llevaba de estos géneros cocidos y alguna poca de cecina que hallaba desmandada. La segunda vez que fue esta chica -que tendría cuando más doce o trece años- a llevarme de comer sola, le pregunté que quién la enviaba y me respondió que su voluntad y la compasión que le causaba el verme solo; que no dijese a su padre ni a persona alguna que ella continuaba el verme y tendría cuidado siempre de llevarme de comer lo que hallase. Le agradecí el amor que me mostraba y la lástima que me tenía, pero le rogué que viniese acompañada de mis compañeros y no sola cuando tuviese gusto de hacerme algún bien, porque no presumiesen que la llevaban otros fines. No obstante lo que le dije, venía sola y otras veces con los muchachos a traerme de comer. En ocasiones o en las más me hallaban abajo del árbol, donde me solía estar recostado, porque tal vez iba el viejo Llaneare o Maulicán a verme cuando entraban a la montaña por leña. Esto fue a los principios, porque al segundo día que estuve en mi retiro se fue Maulicán a casa de un amigo suyo, distante como una legua, por consejo y acuerdo de los demás caciques. A los cuatro días que estuve en aquel emboscadero y mi amo ausente, llegaron por la noche, al cuarto del alba, los caciques de la cordillera, mis adversarios, con tropa de más de doscientos indios armados. Unos enderezaron a los ranchos de Maulicán y Llaneare y otros encaminaron al monte a registrarlo. Los muchachos y yo estábamos durmiendo, y al gran ruido de los caballos y de sus voces recordamos afligidos cuando dieron el asalto. Dije a mis compañeros que no hiciesen movimiento alguno, porque sin duda era la gente de la cordillera que venía en mi demanda. -No deben ser sino los españoles que vienen a maloquearnos -dijo uno de ellos. -Es imposible -les respondí- porque no es tiempo de eso, que están los ríos muy crecidos y muy dilatadas nuestras armas. Callemos ahora y no hagamos ruido, que parece que andan cerca de nosotros. Con esto, nos sosegamos y oímos gran ruido de caballerías hacia los ranchos y en la montaña. Algunas voces y razones decían: -Aquí anda gente; venid por aquí y volved por allá. Otros en altas voces decían, como que divisaban algunas personas: -Salid acá, que os hemos visto. Venid acá antes que vamos por vosotros. Yo me quedé verdaderamente suspenso, juzgando que habían oído algún ruido desde nuestro bamboleo de los árboles. Con estos sustos y recelos nos estuvimos sin mover pie ni mano ni osar hablar una palabra, hasta que Dios fue servido que sosegase aquel tumulto y que al romper el día las oscuras cortinas de la noche viésemos pasar las cuadrillas y tropas enemigas por la otra banda. Se retiraban después de haber penetrado nuestro monte y registrado los ranchos de mi amo, a quien no hallaron (tampoco). Sólo hallaron al viejo Llaneare y las mujeres, quienes les dijeron que fuesen donde estaban Maulicán, que allí me tenían a mí; que bien cerca estaba; que fuesen a buscarlo, que él sabría defenderse y volver por sí y por su español. Y como no hallaron lo que deseaban, habiéndoles salido en vano su desvelo, al esclarecer el día se volvieron a sus tierras. Y con haberlos visto retirarse a toda prisa, no nos atrevimos a hacer ruido ni a hablar una palabra, hasta que salido el sol, al muy buen rato, vinieron Llaneare y un hermano suyo con su mujer y la chicuela que me solía traer de comer. Arrimándose al paso por donde subíamos al ranchuelo, nos llamaron repetidas veces. Conocidas las voces de los nuestros, bajaron mis compañeros y llamaron después, asegurándome del recelo y temor con que había quedado por el alboroto y tropel de aquella noche. Bajé con gusto de la garita, y como no estaba acostumbrado a descolgarme de las ramas como los muchachos mis compañeros, con tiento y recelo asegurándome venía por entre ellas como a gatas. De esto se originó grande risa y alborozo alegre entre los que me esperaban al pie de aquella escalera, a quienes ayudé a reír y a regocijar el gusto que tuvieron de verme atribulado y aferrado entre las ramas densas. Cuando bajé, ya habían comenzado a hacer buena candelada algo distante del árbol por donde bajábamos y subíamos. Allí nos sentamos al amor del fuego a almorzar muy despacio y a beber un cántaro de chicha que llevaron. Tratose de la maloca que nos habían hecho los serranos enemigos y de la importancia que tuvo el aviso que nos dio nuestro amigo Calboche, que a no haberlo traído, nos hubieran cogido sin duda descuidados y sin prevención alguna. Acabábamos de comer y de beber en buena compañía y despidiéronse el viejo y los demás de mí, dejándome de comer en una olla y de beber en un cántaro para cuando el apetito me brindase, mientras todos ellos se iban a cavar y sembrar una chacrilla, que era faena de todo el día. Quedeme recostado en una frazadilla que me dejaron, y a la sombra de aquellos árboles y la suavidad del fuego me quedé dormido y descansando, porque la noche antecedente me habían desvelado los cuidados y alborotos de mis contrarios y crueles enemigos, cuya determinación airada nunca juzgué por cierta hasta que los vi sobre nosotros. Estando dormido en la montaña de la suerte que he dicho, como a las tres o cuatro de la tarde llegó la chicuela hija del amo a despertarme: me traía una taleguilla de harina tostada, unas papas cocidas y un poco de mote de maíz y porotos. Luego que la vi, despertando de mi sueño algo despavorido y asustado del repente con que me llamó, se empezó a reír de verme alborotado. Díjela como enfadado qué era lo que buscaba; que se fuese con Dios, porque no la viesen venir tantas veces sola y que fuese causa de que me viniere algún daño por el bien que me deseaba, dando que pensar a su padre que no era leal en su casa. Por eso le suplicaba que no viniera más a verme sola; que advirtiese que por donde juzgaba hacerme algún favor y lisonja, me daba un gran pesar, porque siempre que la veía venir me temblaban las carnes, pensando que ya la veían entrar o salir de donde yo estaba; que si fuese vieja y no de tan buen parecer como lo era, sobre muchacha, no tuviera tantos recelos ni su vista me alborotara tanto. Estuvo a mis razones muy atenta la muchacha, y respondiome: -¿Pues yo había de venir, capitán, de manera que me pudiesen ver y presumir que venía a donde tú estás? Créeme que cuando vengo, extravío el camino y aguardo a que todos estén en alguna ocupación embarazados, como lo está ahora en la chacra. Así, no tienes por qué recelarte. -Con todo eso, puedes venir tantas veces, que alguna entre otras no puedes excusar el que te vean. Anda, vete, por tu vida, y no vengas más acá, porque me he de esconder de ti si no vienes acompañada. Habiéndole dicho estas razones con algún desabrimiento, puso la taleguilla de harina y lo demás que traía junto a mí y me dijo: -Capitán, si no quieres que yo vuelva más acá y me echas de esa suerte, no volveré sola ni acompañada, que yo entendí que agradecieras lo que hago por ti más de lo que lo haces. Y esto fue volviendo las espaldas y retirándose a prisa. Yo no quise satisfacerla ni desenojarla por no darle ocasión a que continuase sus visitas, por el riesgo y peligro en que podían poner la conservación del cuerpo y la salud del alma, que es lo principal. Porque el que no huye del peligro y se arroja en él con arrogancia, continuando la comunicación de las mujeres, es imposible que salga triunfante. Por eso me pareció conveniente desabrir a aquella moza, por no volver a verla a solas, que el amor entra por los ojos y en la soledad imprime con más fuerza sus ardores. He narrado este amoroso suceso con todas circunstancias, por haber sido los informes que se hicieron en el Perú, a quien hizo una comedia de las cosas de Chile, muy a la contra del hecho, representándose estos amores, muy a lo poético, estrechando los afectos a lo que las obras no se desmandaron. Sólo pudo dar el motivo el haber cautivado a estar china después de mi rescate y, en presencia del gobernador, haber hecho llamar al capitán Pichi Álvaro, que así me llamaban en su tierra. Habiendo llegado donde estaba, en un concurso grande de capitanes y soldados que se había allegado a la tienda del gobernador por oír hablar tan desenvueltamente a la muchacha, al punto que no me vio llegar acompañado de algunos amigos y camaradas, me representó los servicios que me había hecho cuando estuve cautivo bajo la potestad de su padre y de ella. Me dijo que bien sabía yo las finezas que había hecho conmigo en el tiempo en que sin libertad me hallaba; el amor entrañable que me tuvo; la lástima y compasión con que me miraba cuando me tuvieron escondido en la montaña y cómo andaba de rancho en rancho solicitando las papas, porotos y maíces para que comiese y no me fatigara de hambre; que ahora que ella se veía sin su libertad, en poder de mis amigos, trocadas las suertes, mostrase ser quién era y la correspondencia que le debía, rescatándola luego, porque no había de estar con otra persona que conmigo. Dio mucho gusto al gobernador la resolución con que me habló la china, y le dijo que si quería estar con él, que la tendría en su compañía y la regalaría mucho. Respondió que no, de ninguna suerte, que pues ella había sido mi ama y señora, ahora le tocaba a ella estar bajo mi dominio y mando. Con esto, me fue forzoso el comprarla, dando por ella luego todo lo que me pidieron. Y ya que he tocado esta materia y el cambio de nuestras suertes, no será bien dejar en blanco la que esa moza feliz tuvo para su salvación conocida. Llevé a mi casa a esta china con deseos de volverla a su tierra y remitirla a su padre, por mostrarme agradecido a los favores que me hizo siendo su esclavo. Por esta causa excusé el hacerla cristiana, aunque en el poco tiempo que estuvo en mi casa sabía las oraciones principales, porque rezaba de noche con la gente del servicio. En esta sazón llegó a la ciudad de Chillán, donde yo tenía mi vecindad, un padre de la Compañía de Jesús, conocido y amigo, comisario del Santo Oficio, a ciertas diligencias de importancia. Alojose en mi casa, porque no había allí colegio ni fundación alguna de esta religión. Y dentro de tres o cuatro días se acercó la china al reverendo padre y le dijo que yo no quería que fuese cristiana, cuando ella lo estaba deseando en extremo. El religioso la examinó despacio y halló que sabía las oraciones necesarias para poder recibir el agua del santo bautismo y conoció en ella un fervoroso celo de admitirlo. Con esto, se acercó a mí, encargándome la conciencia y diciendo que no podía evitar que aquella chica fuese cristiana si ella lo deseaba con todo afecto. Díjele la causa que me movía, y que no me parecía que era cosa ajustada enviarla a su barbarismo prendada en los preceptos de nuestra religión cristiana, a lo que me respondió que no tenía ningún deseo de volverse a su tierra ni adonde estaba su padre. Hicimos llamar a la muchacha y dijo resueltamente que no tenía gusto de volverse a casa de su padre, sino de ser cristiana y conocer a Dios, pues ya tenía principios de ello. Con esta determinación, rogué al padre que la industriase nuestra santa fe y la cristianase. Hízolo así el día de la Natividad del señor y, como yo la tenía en lugar de hija, festejé su bautismo con algunos regocijos y un espléndido banquete. Y estando con muy entera salud, gorda y colorada, amaneció el segundo día con una calentura recia y con una hemorragia de sangre que en dos días la puso mortal. Al tercer día hizo llamar al reverendo padre y le dijo que la confesase, lo que hizo con notable gusto del confesor y mío, por haberme dicho que una persona muy ejercitada en aquel sacramento no podía haberse confesado como ella. Por esta causa, mandó el padre que al día siguiente se le diese el viático. Así se la llevó Dios N. S. la víspera de Año Nuevo, con tan grande premisa de su salvación que nos dejó a todos muy consolados. El día de la Circuncisión, Año Nuevo, fue enterrada con la solemnidad que su dichosa muerte merecía y mi obligación forzosa demandaba. Volvamos, pues, a nuestra historia. Despidiose de mí la muchacha algo disgustada, porque di de mano su favores. Y verdaderamente me admiraba que no me hubiese salido a la cara el desdén que le hice. Porque una mujer picada suele buscar su despique por varios modos, como me sucedió con otra en los distritos de La Imperial. Quedeme solo como antes. Y como el sol por aquella parte iba dando fin a su carrera y refrescaba la tarde, solicité algunos materiales que aumentasen el fuego que me acompañaba. Estando en este ejercicio gustosamente ocupado, llegaron mis compañeros con aviso de que mi amo había vuelto a su casa deseoso de verme y abrazarme, y que al echar la noche sus cortinas negras nos fuéramos al rancho, dejando nuestra cama en la garita como estaba, porque habíamos de volver a dormir en ella después de cenar, pues se hallaba Maulicán aun con recelos de la traición del cacique Lemullanca, que del ladrón de casa y del enemigo arrebozado es de quien se deben guardar los más leales. Salimos de la montaña con los vislumbres de la luna que asomaba, aunque por entre nublados, que con sus obscuridades prometía volver a continuar sus aguas. Llegamos a los ranchos como ocultos, donde hallamos a Maulicán con Llaneare y toda su familia. Recibiéronme gustosos, sentándome en medio padre e hijo, después de haberme abrazado. Maulicán me dijo con alegre semblante: -¿Cómo te ha ido en la montaña y encima de aquellos árboles? ¿Cómo te acomodaste? Respondile que sin su abrigo y amparo, cómo me podía ir sino mal y a mi disgusto, y más cuando tuve sobre mí aquel tropel y gran ruido de las armas de nuestros enemigos. -Dígote de verdad -le repetí- que fue grande el aprieto en que me vi y lo más sensible en la ocasión fue el considerarte ausente y verme sin el abrigo de tu valerosa persona cuando me contemplé entre las ramas y garras de aquellas sangrientas fieras. -Pues, ¿yo te había de dejar «vochum» si no fuese en parte tan oculta y segura como aquélla? -Ahora me veo consolado en tu presencia -le dije- y fuera de los temores que me asustaban, estando debajo de tu sombra y de tu amparo. Sacaron de cenar de lo que tenían y acostumbraban, y la hija del viejo a quien me había encargado me puso delante un cántaro de chicha de frutillas secas, que para mí era el regalo mayor que se me hacía. Con ella brindé a mi amo y al viejo Llaneare. Acabamos de cenar con mucho gusto y volvimos a nuestra habitación mis compañeros y yo. Antes de acostarnos, me pidieron los muchachos que les enseñara otra oración, porque ya sabían el Padrenuestro. Las dije que lo repitiesen, que quería primero oírles y saber si lo tenían bien en la memoria. Recitolo cada uno de por sí escogidamente. Les alabé el cuidado y amor con que habían aprendido la lección y les di otra nueva del Ave María. Después de habérselas repetido tres o cuatro veces, les dije que tratásemos de dormir y desquitar el desvelo de la pasada noche. Con esta resolución, nos dimos con mucha brevedad al sueño. Al cuarto del alba, cuando más sepultados en el sueño nos hallábamos, nos despertó el ruido del agua y del viento grande, que la embocada por entre las ramas con tal fuerza, que atravesaba las pajas de nuestro pequeño albergue y limitada choza. Como continuaban con fuerza el viento y el bamboleo de los árboles, nos hizo estar en vela y asustados hasta que dio principio a esclarecer el día, pues los truenos, relámpagos y rayos que caían, más atemorizaban nuestros ánimos. Apenas descubrió la luz sus resplandores, nos descolgamos de las ramas con presteza, cargados de la cama en que dormíamos, y nos fuimos retirando a los ranchos. Como los de allí no habían experimentado tan de cerca como nosotros lo borrascoso de la noche, estaban en sus lechos durmiendo y sosegados. Cuando tan de madrugada nos vieron abrir las puertas y entrarnos, juzgó Maulicán que sin duda habíamos tenido algún alboroto del enemigo, pues asustado nos preguntó la causa de nuestro retiro tan al romper el día las tinieblas. Le respondimos que la borrasca grande de agua y viento, mezclada con granizos, truenos y relámpagos, y las goteras que atravesaban nuestro ranchuelo, sin haber parte alguna en que asegurarnos; nos habían desasosegado de tal suerte, que nos obligaron a desamparar el sitio apresuradamente. -Verdaderamente -dijo- que presumí obra cosa de vuestra apresuración y madrugada. Hagan fuego -dijo a las mujeres- para que se calienten los mancebos y háganles de almorzar alguna cosa. Se levantaron luego las más viejas y salieron al río por agua, de donde volvieron frescas y bañadas, como lo acostumbran de ordinario, y al punto se pusieron a hacernos de almorzar de lo que había. Fue entrando más el sol y con él amainando la tormenta. Estuvimos en los ranchos aquel día, y, consultando Maulicán con su padre y su amigos que le parecía más acertado quitarme del tropiezo del peligro, vinieron a resolver que convendría pasarme dos o tres leguas más adelante, a casa de un amigo suyo llamado Luancura, cacique de mucho respeto, poderoso, rico y muy inclinado a los españoles. Amaneció otro día y, como las cargas y aparatos que llevan se reducen solamente a un poncho o frazadilla, que es lo mismo, y ésta se lleva a la grupa o las ancas del caballo, no hicimos más que subir cada uno en el suyo y marchar a casa del cacique, que estaba a orillas del río Cholchol, que por otro nombre llaman Tavón. Llegamos allí a medio día y fuimos recibidos con sumo gusto y regalados con extremo, pues este cacique era españolado y muy ostentativo: tenía en su casa muchas aves, carne fresca, tocino, longanizas y pan de maíz y trigo, y lo principal entre ellos, mucha chicha de diferentes géneros. Después de haber comido muy a gusto, le significó Maulicán a lo que iba y las causas que le movían a llevarme a su casa. Dijo el buen Luancura que ya sabía y tenía noticias de lo que habían intentado y aun puesto en ejecución los de la parcialidad de la cordillera; y que le había pesado el que no le hubiera dado parte si llegó a tener antes algunas vislumbres del suceso, para que con sus amigos y comarcanos les hubiesen aguardado de emboscada, para que otro día no se atreviesen a maloquear parcialidades ajenas. Respondió Maulicán que el no haber hecho ruido ni avisado a sus amigos fue por excusar las controversias que se podían originar y por otros motivos que le movieron a ausentarse de su casa en ocasión semejante. Dejome en la parcialidad de aquel cacique, y por obviar, excuso lo más que comunicaron acerca de mi quedada. Despidiéronse amorosamente y mi amo me dijo que muy de ordinario iría a verme, pues estaba tan cerca, y que no debía darme cuidado su ausencia, porque me había de hallar muy a gusto con aquel cacique, que era amigo de españoles y de condición suave y apacible. Quedeme en aquella casa gustoso, porque el agrado del indio, no daba lugar a echar de menos los amores y agasajos de mi amo y porque era mayor el regalo que tenía. Aquella noche, después de haberme dado de un ave bien aderezada y otros compuestos de carne, me hicieron la cama con muchos pellejos de carneros limpios y peinados, cosidos los unos con los otros, que los hombres principales y ricos usan de este género de colchones. Por sábana echaron encima una manta blanda, y para cubrirme una frazada nueva, gruesa y grande, y para cabecera una almohadilla o costalejo de manta estofada con lana. Después de dispuesto el lecho como he dicho, me encaminó a él el cacique y me dijo que porque no durmiese solo, me daba su hijo querido para que me acompañase y le enseñara a rezar, pues ya sabía algo. Quedamos solos el muchacho y yo. Y era de tan buen natural como su padre: «agradable, apacible y amoroso. Al acostarnos le pregunté si quería saber rezar y me respondió que de muy buena gana, porque ya él sabía un poco que un español que había estado en su casa le solía enseñar. -Decid, pues, lo que sabéis y lo que os enseñaba ese soldado que decís. Principió a recitar el Padrenuestro en castellano y repitió hasta cerca del medio bien recitado. Preguntele si entendía algo y sabía lo que quería decir lo que había aprendido y me respondió que no. -Pues, yo os enseñaré en vuestro lenguaje las oraciones, para que entendiendo lo que contienen, las aprendáis con gusto. -Tendrelo muy grande, me respondió, por entender lo que dicen vuestras oraciones. -Decid, entonces, conmigo de esta suerte: «Inchi in ta inchao huenuneuta mileimi...», y así fui prosiguiendo con el Padrenuestro, y él, respondiendo con alegre semblante, mostraba el regocijo que tenía por ir entendiendo lo que rezaba. Repetímoslo tres o cuatro veces, y por último refirió solo más de un tercio de él, diciéndome que al día siguiente le había de recitar entero si yo no me cansaba de enseñarle. Le respondí que me daba mucho gusto de ver la codicia y afición con que deseaba saber las oraciones, que en cualquier tiempo que tuviese gusto, me hallaría dispuesto a su doctrina y enseñanza. Con estas razones, cerramos nuestra conversación y dimos al sosiego nuestros sentidos. Apenas daba muestras de esparcir el sol sus rayos, cuando el muchacho me despertó rogándome con ansiosos deseos que repitiéramos la oración del Padrenuestro, porque toda la noche, dijo, había estado soñando con él. Concedí con su gusto por el que yo tuve de verle tan inclinado y con natural afecto a las cosas de nuestra santa fe católica. Después de habérselo repetido cuatro o cinco veces, refirió más de la mitad sin ayudarle y me encareció el consuelo que recibía con ir aprendiendo aquella oración en su lengua, porque iba entendiendo lo que rezaba. -¿Cómo podéis entenderlo ni penetrar en el alma de estas razones? Entenderéis las palabras y no lo esencial de su contenido. -Sí, entiendo también, porque el que decís que es nuestro Padre, está arriba en los cielos; es Dios, «Vilpepilbue», que todo lo hace y todo lo puede. Pues, ¿no es así capitán? ¿«Inchi ta inchao», no quiere decir Padre nuestro? ¿«Huenuneu ta mileimi», que estás en los cielos? ¿«Ubchigue pe tami igri», sea reverenciado tu nombre? Lo demás que sabía lo fue refiriendo y explicando y verdaderamente me dejó el chicuelo suspenso y admirado, habiéndole preguntado si creía en Dios y en todo lo que decía el Padrenuestro. Y me respondió que sí, porque no podía ser menos de que hubiese un gran Pillán que sujetase a todos los demás pillanes y fuese su principio y estuviera sobre todos. -Decía muy bien -le dije- que ese Pillán que presumes es el Creador de todas las cosas. Y no digas Pillán, sino Dios, que así se llama. Yo os iré explicando las oraciones con todo cuidado y desvelo, por que he reconocido en vos más entendimiento y capacidad que la que os pudo comunicar la naturaleza, pues la tenéis acompañada de verdadera fe. Levanteme de la cama dando gracias a Nuestro Señor y salí afuera a continuar mis devociones. A poco rato llegó el muchacho en mi demanda, repitiendo lo que sabía de su lección y preguntando lo que no acertaba, de donde acabé de conocer su buena inclinación y natural afecto a nuestra santa fe católica. En ella le fui industriando con particular amor y le pregunté si quería ser cristiano e hijo de Dios por el bautismo. Dijo que de buena gana lo sería, porque con gusto aprendía las oraciones y deseaba con extremo hacerse capaz de las cosas de Dios. -Primero habéis de saber rezar -le dije. -Enseñadme, pues -me replicó-, que ya voy sabiendo el Padrenuestro y hoy lo tengo de saber sin errar. Se lo volví a repetir y él a seguir mis razones con gran atención. En esto salió su padre que iba al río a bañarse y nos llamó para que fuéramos a hacer lo propio en su compañía. Aunque a las principios llegué a sentir el imitarles en aquella acción y costumbre, después me hice tanto al baño de por la mañana, que era el primero que acudía a él sin repugnancia, porque real y verdaderamente conocí y experimenté ser saludable medicina para la salud. En todo el curso de mi vida me he hallado tan fuerte y vigoroso como después que continué aquel ejercicio. Y el haber vivido después acá con buena salud (a Dios las gracias principalmente) lo atribuyo al haber quedado acostumbrado a refrescarme de mañana; porque ya que no puedo ejecutar el baño -por no tener a mano cuando me levanto un cristalino arroyo a que arrojarme-, me hago echar en la cabeza y en el cerebro un cántaro de agua serenada, de buen porte, después de haberme lavado los brazos y la cara. Volvimos al rancho frescos y limpios, y al punto mandó el cacique que nos diesen de almorzar de unas longanizas sazonadas, mientras llegaba el mediodía, porque como los días eran más cortos de todo el año, muy presto llegaba la hora de comer. Después de haber almorzado nosotros, llegó un indio de tan mala figura, cuyo traje, perverso rostro y talle estaban significando lo que era. Lo habían mandado llamar el día antecedente para que curase a un indio enfermo que estaba en otro rancho muy al fin de su días. Jamás juzgan estos naturales que salen de esta vida por ser natural la muerte, sino por hechicerías y por bocados que se dan los unos a los otros con veneno. Por esta causa acostumbran consultar al demonio por estos curanderos «machis», hechiceros y encantadores. Y en esto imitan también a los antiguos, que usaban de adivinos, los cuales por arte mágica resucitaban a los muertos. Éste parecía un Lucifer en sus facciones, talle y traje. Andaba sin calzones, porque era de los que llamaban «hueyes», es decir, nefandos y de los que entre ellos se tienen por viles, por acomodarse al oficio de mujeres. Traía en lugar de calzones un «puño», al modo de las indias, y unas camisetas largas encima; traía el cabello largo, siendo así que todos los demás andan trenzados; las uñas tan disformes, que parecían cucharas; feísimo de rostro y en un ojo una nube. Muy pequeño el cuerpo, algo espaldudo y rengo de una pierna; de sólo mirarle, causaba horror y espanto. Llegose la hora de comer, y lo primero, como se acostumbra entre ellos, le pusieron delante un cántaro de chicha, de la que fue brindando a los demás después de haber bebido. En medio de esto, fueron sacando de comer, y teniéndome el cacique a su lado, me decía: -De esto comen en tu tierra y no lo extrañarás. Y me pusieron por delante un guisado muy bien hecho de ave, con muchos huevos el caldo, un buen asado de cordero, longaniza, morcilla y tocino. Finalmente, una cazuela tan bien dispuesta y sazonada, que nuestras cocineras no podrían aventajarla. Acabamos de comer y tratamos de ir al rancho a curar al enfermo. Esto fue ya sobre tarde y mientras fueron por algunos adherentes de ramos de canelo, un carnero, cántaros y ollas, fue acercándose la noche, con la cual se juntaron las indias y los indios vecinos y parientes del enfermo. Por no dejarme solo, me llevó el cacique en su compañía, habiendo preguntado al «machi» si estorbaría mi asistencia a sus ceremonias y habiendo respondido éste que no, que bien podía asistir en un rincón de la casa. Entramos ya de noche al sacrificio del carnero que ofrecían al demonio. En medio tenían muchas luces y en un rincón del rancho al enfermo -parte entre clara y oscura-, rodeado de muchas indias con sus tamborilejos pequeños, cantando una lastimosa y triste tonada con voces muy delicadas. Los indios no cantaban porque sus voces gruesas debían ser contrarias al canto. Cerca de la cabecera del enfermo había un ternero liado de pies y manos, y entre unas ramas frondosas de laureles tenían puesto un ramo de canelo de buen porte, del cual pendía un tamboril mediano; sobre un banco grande, a modo de mesa, una quita de tabaco encendida, de la cual el «machi» sacaba a ratos humo que esparcía por entre las ramas y por donde estaban el doliente y la música. A todo esto, las indias cantaban lastimosamente, y yo, con el muchacho mi camarada, en un rincón algo oscuro estuve atento a todas las ceremonias del hechicero. Los indios y el cacique estaban en medio de la casa sentados en rueda, cabizbajos, pensativos y tristes, sin hablar ninguno una palabra. Al cabo de haber incensado las ramas tres veces y al carnero otras tantas, se encaminaron hacia el enfermo y le hizo descubrir el pecho y estómago, habiendo callado las cantoras. Con la mano llegó a atentarle y sahumarle con el humo de la quita que traía de ordinario en la boca. Después le tapó el estómago con una mantichuela y se volvió al carnero. Mandó que cantasen otra diferente tonada, más triste y confusa, y sacando un cuchillo, abrió el carnero por medio, sacó el corazón vivo y palpitando, y lo puso en una ramita que para el efecto había antes aguzado. Luego cogió la quita y empezó a sahumar el corazón, que aun se mostraba vivo. Y a ratos le chupaba la sangre que despedía. Después sahumó toda la casa; llegose luego al doliente y, con el propio cuchillo que había abierto el carnero, le abrió el pecho, en el que patentemente se mostraron los hígados y las tripas, y los chupaba con la boca. Todos juzgaban que con aquella acción echaba afuera el mal y lo arrancaba del estómago. Las indias, cantando tristemente, y las hijas y mujeres del paciente, llorando a la redonda y suspirando. Volvió a hacer que cerraba las heridas, que a mi ver eran apariencias del demonio; cubriole el pecho nuevamente y de allí se fue donde estaba atravesado el corazón del carnero, haciendo en frente de él nuevas ceremonias. Entre ellas descolgar el tamboril que estaba pendiente del canelo e ir a cantar con las indias, él parado, dando algunos paseos, y las mujeres sentadas como antes. Habiendo dado tres o cuatro vueltas de esta suerte, vimos de repente levantarse de entre las ramas una neblina oscura a modo de humareda, que nos la quitó de la vista por un rato, y al instante cayó el encantador por el suelo como muerto, dando saltos el cuerpo como si fuera una pelota. El tamboril, a su lado, saltando de la misma manera, a imitación de su dueño. Esto me causó grande horror y recogimiento, obligándome a encomendar a Dios. Callaron los cantores y cesaron los tamboriles y sosegose el endemoniado, pero de manera el rostro que parecía el mismo Lucifer, los ojos en blanco y vueltos al colodrillo, con una figura horrenda y espantosa. Estando de esta suerte, le preguntaron si el enfermo sanaría. Respondió que sí, aunque sería tarde, porque la enfermedad era grave y el bocado se había apoderado de aquel cuerpo, de manera que faltaba muy poco para que la ponzoña llegase al corazón y le quitase la vida. Volvieron a preguntarle en qué ocasión se lo dieron, quién y cómo, y dijo que en una borrachera un enemigo suyo con quien había tenido algunas diferencias. Aunque se lo preguntaron, no quiso nombrar la persona. Y esto fue con una voz tan delicada que parecía salir de alguna flauta. Con esto volvieron a cantar las mujeres sus tonadas tristes, y dentro de un buen rato fue volviendo en sí el hechicero. Se levantó, cogiendo el tamboril de su lado y lo volvió a colgar donde estaba antes; fue a la mesa donde estaba la quita de tabaco encendida; cogió humo en la boca e incensó o ahumó las ramas (por mejor decir) y el palo donde el corazón del carnero había estado clavado; del cual no supimos qué se hizo, porque no se lo vimos sacar ni apareció más. Después de esto, se acostó entre las ramas de canelo a dormir y descansar. Allí lo dejaron y nosotros nos fuimos con el cacique a nuestra habitación. Luego de haber cenado muy a gusto, me rogó el muchacho que le enseñara otra ración, porque ya sabía el Padrenuestro; le dije que lo repitiese, lo que hizo con primor, y como era tarde, le pedí que dejásemos para otro día el dar principio a otra oración. Amaneció otro día bien cubierto el campo de escarcha helada, y por encima de sus cándidos tapetes fuimos todos a echarnos al estero, que aun el decirlo puede causar pavor a quien no ha visto y a los que no saben ser costumbre antigua de estos naturales. Volvimos limpios y frescos a sentarnos al amor del fuego, donde las mujeres dispusieron de darnos de almorzar en breve rato, porque tenían que ir a resembrar una chacra en que se habían de ocupar hasta la noche. Después de haber salido el sol claro y sereno, a poco rato se levantó una niebla cerrada y bien tupida, y acercándose más al mediodía su curso, se cubrió el cielo de nublados densos. Estos indios llaman a estos nublados «pirapilín», y de ordinario se convierten en agua. Las indias, habiendo reconocido el tiempo, se apresuraron en darnos de almorzar para salir luego a su faena, como lo hicieron, dejándonos en el rancho al cacique, a mí, al muchacho mi compañero y a otro pariente del caporal, casado, que alojaba también en la casa. Estuvimos en buena conversación entretenidos, y rodeándose la plática, me preguntó el cacique si los españoles que asistían en nuestras fronteras eran como los pasados que estuvieron en aquellas ciudades antiguas. Le respondí que sí porque los más eran descendientes de ellos, y claro está que habrían de ser parecidos los hijos y los nietos a sus padres. -Por ese camino habéis dicho muy bien -dijo el cacique-. No es eso lo que pregunto, sino es si son de tan malos naturales y de tan perversas obras como los que asistieron entre nosotros. -Eso no lo podré yo saber -le respondí- por no haber tenido noticias ciertas de lo que fueron ni de sus acciones. -¿Pues no habéis oído decir las causas y motivos que hubo para la desolación de estas ciudades, capitán amigo? -Verdaderamente -le volví a decir-, que, como muchacho y de pocas experiencias, no he cuidado hasta ahora de saber nada de lo que en esos tiempos pasó. -Pues si no lo sabéis, no quiero que de mí sepas sus procederos. Sólo os quiero decir -repitió el cacique- que si los que gobiernan hoy nuestras fronteras y los que tienen indios a su cargo son como los que por acá experimentamos, no han de durar mucho los amigos y vasallos que tienen entre manos y están bajo su obediencia. Y acordaos para lo de adelante de estas razones que os digo. -Mucha siento, cacique Luancura, que habiéndose ofrecido hablar de esta materia, me hayáis dejado ayuno de ello. -De otros más antiguos que yo que lo experimentaron y trataron más de cerca tendréis ciertas noticias -dijo el cacique-, que yo tampoco he llegado a saber más de lo que nuestros antepasados nos han dicho, si bien en La Imperial hallaréis todavía algunos ancianos que refrescan las memorias a los otros, para que tengan siempre muy presentes los agravios, molestias y crueldades que hicieron con nuestros padres. De ello se originaron las ruinas de vuestras casas y el sosiego de las nuestras. Eso basta por ahora, capitán, y vamos donde están nuestras mujeres a ayudarlas en algo para que acaben presto su trabajo. No puedo dejar de ponderar las razones de este cacique prudente. Y haciendo memoria de los pasados tiempos en que he militado, en algunas ocasiones he hallado cumplida y verificada la profecía del cacique, pues en el discurso del tiempo que he continuado el servir a S. M. en esta guerra a Chile, he experimentado que algunos alborotos y alzamientos que ha habido en las fronteras se han originado todos por malos ministros y gobernadores codiciosos. Salimos con el cacique y nos encaminamos para donde estaban las mujeres, a quienes ayudamos con deseos de que se ajustase brevemente la tarea. A los últimos fines de la tarde dio principio el agua, aunque menuda, a dejarse caer sobre nosotros, por lo que abreviamos nuestra vuelta, llevando por delante nuestros hacesillos de leña seca, que es todo el ordinario ejercicio. Llegamos al abrigo de la casa a tiempo que la luz del día se ausentaba y las lluvias crecían con el viento. Al instante, las indias aliñaron sus fogones y en el que hicieron aparte para el cacique nos sentamos los que salimos en su compañía. Allí nos trajeron de cenar después de haber pasado un buen rato y con sumo gusto y alegría nos brindamos con chichas diferentes. Nos quedamos después conversando al fuego y mi compañero y amigo me pidió que le enseñase otra oración, porque ya sabía la del Padrenuestro; la recitó muy a mi gusto y el padre lo mostró grande de haberle escuchado, pues me dijo que se hallaba muy pagado de que enseñase a su hijo con buena voluntad las oraciones. Le dije que yo estimaba más el haber reconocido en el más intención piadosa y natural afecto a nuestra doctrina, que el amor y agasajo que me hacían. A esto se allegaron dos mujeres del cacique, las más queridas, a escuchar un rato lo que hablábamos, porque como las oraciones que enseñaba eran en su lengua, parece que gustaban todas de oírlas recitar al muchachuelo. Antes de dar principio a la oración del Avemaría, pregunté a mi discípulo si le habían parecido bien las hechicerías y ceremonias del «machi» de la pasada noche. Me respondió que de ninguna manera se inclinaba a mirarlos, porque les tenía miedo, y más a aquel que parecía demonio. Principiamos el Avemaría en su lengua: «Upchia cimi María», Dios te salve, María, y con gran cuidado me preguntó que quién era María. Le respondí ser hija y madre de Dios. Y nació de ella por ser tan santa, tan pura, tan limpia como las estrellas, quedando pura, intacta y doncella y siempre virgen. ¿Cómo puede ser eso -replicó el muchacho- que la mujer que pare, quede virgen? Admirome la duda del muchacho y le respondí cuidadoso de satisfacérsela. Y aunque quise explicarle el sacramento con las palabras del santo rey, David, no me atreví y me valí de la explicación de algunos santos doctores. -Aunque habéis dicho muchas cosas -dijo el muchacho-, no os he entendido las más. Y el cacique, habiendo estado muy atento, me dijo lo propio. -Para que con más propiedad vengáis en este conocimiento -les dije-, os pondré un ejemplo a vuestro modo y veréis si sale mañana el sol en una batehuela de agua clara, penetrar con sus rayos los cristales y representarse en ellos de la misma suerte que están en el cielo. -¿Y ahora no podréis, capitán, hacer la experiencia con la luz de la vela? Aquí os traeremos una batehuela de agua clara. -Venga en hora buena -les respondí-, y veréis lo que digo, aunque no con la propiedad que con los rayos del sol. Trajeron la batea de agua; dejela sosegar muy bien y puse luego la vela ardiendo a la vista del agua, y como en un espejo se representaba el resplandor. Estuvieron mirando con atención el misterio y confesaron que tenía razón, pues la vela estaba dentro del agua del mismo modo que la teníamos presente afuera. -Pues así habéis de considerar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de María, Señora nuestra. Esto que he referido les expliqué con el mejor modo y estilo que pude, con razones vulgares y ejemplares. Proseguimos con el Avemaría, que repetí muchas veces en presencia de su padre y madre y de los demás que se habían agregado a nuestro fogón a escuchar las razones que al muchacho mi camarada refería, a las que todos estuvieron muy atentos. Después rogué al discípulo dejar para otro día la doctrina cristiana y que fuésemos a dar descanso a los cuerpos con el acostumbrado sueño, porque ya era tarde. -Vamos, pues, capitán, y en la cama me volveréis a enseñar otro rato. Con esto nos despedimos del padre y de los demás circunstantes. Fuimos a nuestro lecho, y después de habernos acostado y rezado yo mis devociones, repetí el Avemaría al compañero, a ruego suyo, tres o cuatro veces, porque no me dejaba sosegar un punto para que le enseñase a prisa. Después de la medianoche, habiendo dormido sólo un sueño, me recordó mi compañero, juzgando que no estaría dispuesto, cuando me hallaba con discursos varios desvelado, por ser las noches más crecidas del año. Al instante le respondí con deseos de saber lo que me quería. Y me dijo muy alegre que me había llamado para contarme lo que acababa de soñar. -Pues decid vuestro sueño -le dije-, que me alegraré escucharos en extremo. -Habéis de saber, Pichi Álvaro amigo, que estando durmiendo a pierna suelta, me puse a rezar las oraciones que me vais enseñando. Y cuando llegaba a decir «Ipchia cimi María» se acercaba a mí un negro grande a querer taparme la boca. Túvele miedo verdaderamente, y aunque quería hablar y llamarte, no podía. Estando en esta aflicción y atribulado, se me paró delante, en lugar del negro, un «pichigüinca», muy blanco; muy hermoso y más rubio que el sol: cuando lo miraba me deslumbraban sus cabellos y su agraciado rostro. Púsose después de esto a jugar con el agua de una fuente clara y cristalina, cogiendo en un jarro de plata la que cabía y al punto la volvía a vaciar muy poco a poco. Llegaron otros niños a jugar con él, no tan blancos ni tan agraciados, que parecían indiecitos como yo. Subiose entonces el niño bonito (lo digo tal como él lo significó) a un árbol que estaba arrimado a la fuente. Y en medio de las ramas parece que estaba una señora, cuyo rostro era semejante al del niño. Y por encima de aquel árbol andaban muchos niños como volando, que me pareció que tenían alas. Cogió otra vez agua de la fuente, estando en lo alto, sobre las faldas de la señora, y empezó a rociar a los niños desde arriba, y ellos pasaban corriendo por debajo. Volvió a llenar otra vez el jarro y se lo dio a la señora, y ella fue echando poco a poco, de manera que caía el agua como la del chorrillo donde vamos a recoger la que tiene aquella canalcita de palo. Así caía. Y los niños iban pasando por debajo uno a uno y recibían el agua en la cabeza, y vi que luego que les caía sobre ella, se les ponía nevada. ¿No habéis visto la escarcha que amanece en los prados cuando hiela? De la misma suerte se les ponían las cabezas. Habiendo visto el entretenimiento que tenían, me fui a entrar entre ellos y pasé también por debajo, pero no caía agua sobre mí; levanté los ojos hacia arriba y entonces me cayó el agua en el rostro y bajando la cabeza me la bañaron toda. Recibí tanto gusto que no quise apartarme hasta ver si me volvían a echar más agua, y como se pasó algún tiempo, volví a levantar los ojos y no vi más lo que de antes. Con esto desperté, gustoso de haber visto tan lindas cosas, que me holgara de estarlas mirando hasta ahora. Éste es mi sueño, capitán. ¿Qué te parece? ¿No es muy bueno? Le respondí que era mejor de lo que pensaba. -¿Cómo así? -me preguntó. -Yo os lo diré y explicaré: habéis de saber, amigo, que puede suceder lo que soñando se nos presenta eficazmente, y más cuando tiene fundamento en lo que honestamente deseamos... Así, vos habéis imaginado y deseado entre día ser cristiano y conocer a Dios y sus grandezas, por cuya causa aprendéis las oraciones con afecto, según habéis mostrado. -Es verdad, capitán -me respondió el muchacho- que he deseado con extremo ser cristiano y conocer a vuestro Dios y cada día estoy con mayores ansias y continuos deseos. -Pues ése es vuestro sueño, que como habéis tenido esos fervorosos designios, se os ha representado en sueños de la manera que lo habéis de ser bañándoos la cabeza con el agua que os echaré en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Con ella se pone blanca y resplandeciente como se os presentaron las cabezas de los niños del sueño. Y aquella señora que visteis sobre el árbol sentada, era la madre de aquel niño hermoso que es nuestra Redentor. Y porque alabais a su Madre Santísima con el Ave María, ahuyentó y apartó de vos aquel negro, que era el demonio, que os quería tapar la boca; porque es nuestro común adversario y está perturbando siempre nuestros buenos intentos y propósitos. -Decís muy bien, capitán, -me respondió el muchacho-, y me parece que habéis acertado con mi sueño; y así, por vuestra vida, os ruego que no dilatéis el cristianarme, pues habéis visto en mí sobrado afecto. -Será menester amigo y camarada -le dije- que pidáis licencia a vuestro padre, que no será razón que sin su gusto mudéis de religión y de vuestro estado. -¿Ya no sabéis -respondió- que mi padre gusta que me enseñéis a rezar? Claro está que también ha de querer que sea cristiano. -Pues bien, podréis prevenirle y avisarle. Para mañana haremos una buena cruz y la pondremos cerca de aquel árbol copado que está en frente de nuestra casa, para que debajo de sus copiosas ramas recibáis el agua del Santo Bautismo. -Mucho me habéis consolado, capitán amigo; yo se lo diré a mi padre y veréis el regocijo que muestra con mi determinación y vuestra enseñanza. Apenas iba el sol dando principio al día, cuando mi compañero empezó a levantarse de la cama y a decirme que ya sus rayos estaban con nosotros; que nos levantásemos y fuésemos a hacer la cruz que había dicho pondríamos arrimada al árbol. Con ello me obligó a levantarme, dando infinitas gracias a Dios por las mercedes que me había hecho en dejarme salir con bien aquel día. Salimos llevando un hacha que le pedí, con la que nos encaminamos al monte. Escogimos una vara larga y gruesa, la más derecha que topar pudimos; la cortamos con mucho gusto, la sacamos de la montaña y la enderezamos, cortándole las ramas y gajos que de ella se esparcían. Con una azuelilla de las que ellos usan, hicimos las muescas o encajes para el travesaño y brazo de la cruz; a falta de barreno, la taladramos con un asador ardiendo y la clavamos con unos clavos de madera fuerte y entre los dos la llevamos al sitio frente al copado árbol referido. En este tiempo estaba ya el cacique Luancura, padre del muchacho, con otros dos mocetones casados, parientes suyos, a la resolana, arrimados a las espaldas del rancho. Luego que nos vieron llegar con la cruz a cuestas, se levantaron y fueron donde estábamos los dos cogiendo algún resuello y descansando, porque verdaderamente era de buen porte el madero, y no dejó de fatigarnos algo. Y lo que me maravilló fue que siendo un muchacho tierno y delicado, pudiese soportar con esfuerzo la carga que a mis hombros, aunque más vigorosos y robustos, agobiaba. Preguntonos el cacique nuestro intento y a qué se encaminaba nuestro trabajo. Respondió el muchacho que me había rogado varias veces que lo bautizase y que no había querido hacerlo sin su consentimiento y gusto. El cacique respondió con agrado y placentero que recibiría grande júbilo y alegría en verlo hacerse cristiano, porque él lo era antiguo y tuvo siempre buena voluntad a los españoles, aunque sus temeridades obligaron a aborrecer sus acciones. -Pues, esta cruz que traigo -repitió el muchacho- la hemos hecho para ese efecto y la queremos poner al pie de ese frondoso «pengu» para que al pie de ella me bautice el capitán. -Paréceme muy bien -dijo el cacique-; nosotros ayudaremos a levantarla, y se bautizarán todos los de la casa. -Haced unos «pales» -dijo dirigiéndose a sus compañeros. El muchacho estaba ya disponiendo uno de éstos con una azuela pequeña que había llevado al propósito, y los dos muchachones hicieron otras con las cuales se hizo el hoyo en que se había de poner la cruz; con la ayuda del cacique y de los demás que nos habíamos juntado la levantamos en alto y la pusimos clavada, derecha y bien proporcionada. Acabada de poner, nos hincamos de rodillas al pie de ella e hice a mi compañero que rezase las oraciones, que eran las del Paternóster y Avemaría, lo que hizo con mucho gusto. Y el cacique y los demás a nuestra imitación hicieron lo propio, poniendo las rodillas en el suelo, alegrándose de ver la cruz, que señoreaba toda la campaña, y de haber oído a su hijo recitar las oraciones. Yo quedé maravillado, cierto de la devota acción del cacique, de donde se puede colegir con evidencia que el dócil natural de esta bárbara gente no fue cultivado en sus principios con el azadón y reja del ejemplo eficaz que necesitaba un nuevo gentilismo, porque importaban poco las palabras a los que con cuidado atendían más a las acciones, que sin duda no debieron ser ajustadas pues tan breve se reconoció el fruto que se sacó de ellas con la destrucción y pérdida de sus vanas ciudades. En esto se nos fue la mañana, porque, como los días eran los más pequeños del año, con el ejercicio que habíamos tenido, se nos fue el tiempo deslizando y sin sentir se nos acercó el mediodía. Llevonos, después de esto, el cacique a su rancho, y comimos con él de lo que las mujeres tenían dispuesto y sazonado: nos brindamos con extremados licores de manzanas, de frutillas y de maíz crudo, que es fuerte y de mucho sustento, y en el discurso de nuestros brindis platicamos largamente de los cristianos antiguos, cuyos principios no debieron ser tan ajustados a la doctrina cristiana y enseñanza que era conveniente para una nación bárbara, pues el cacique me dijo como admirado: -Capitán, ¿sabéis lo que he reparado en vuestra doctrina y enseñanza? Que los antiguos españoles no siguieron en ella vuestro estilo: vos repetís muchas veces lo que enseñáis a mi hijo y así aprende con facilidad. Los «pateros» sólo una vez enseñaban las oraciones, de año en año y de prisa, a las mujeres y a las muchachas y muchachos, porque los indios tributarios, pocos o ningunos asistían a sus casas, por lo que eran muy raros los que sabían rezar. -Pero los muchachos y chinas que servíais dentro de las casas de vuestros amos, ¿no rezabais todas las noches? -le pregunté. -En algunas partes -contestó el cacique- oí decir que solían hacerlo así en vuestro lenguaje castellano, por lo que ninguna llegaba a entender lo que rezaba; esto lo hacían algunas buenas señoras, que los «huincas», ya os lo he dicho, capitán, hacían algunas cosas no muy bien encaminadas, según las noticias que tuve de mis antepasados. Bien creo -dije- que había algunos de malos naturales, porque nuestra humana naturaleza siempre está sujeta a obrar mal antes que bien. Y habéis de advertir, amigo Luancura, que el mundo se compone de malos y buenos y que es mayor el número de los que se dejan llevar del licencioso apetito que los que se sujetan a la razón natural. Pero no me negaréis que entre los malos que decís habría algunos buenos también. -Muy pocos y muy contados -respondió el cacique- los que lo parecían; sólo decían los antiguos mucho bien de un «patero» o ermitaño que vivía solo en una ermita que tenía fuera del concurso de las gentes. Allí se sustentaba con yerbas del campo y con el pan que pedía de limosna, y lo más que traía lo repartía a los pobres indios y a los niños y muchachos que enseñaba a rezar; también oí decir que de noche se azotaba mucho dentro de su capilla. Así mismo tenían opinión de buenos religiosos los que llamaban «videpateros», que quiere decir los que tenían vestiduras de color de perdiz. Éstos -repitió el cacique- no buscaban oro ni plata, como los demás, y no tenían chacras ni heredades y se sustentaban de limosnas, como el ermitaño; a su convento y casa acudían a comer todos los pobres y los desamparados indios hallaban en ellos grande abrigo y consuelo. Pero dejémonos ahora, capitán, de estas pláticas, que, como era yo pequeño entonces, no pude llegar a tener tanto conocimiento, y así, tratemos de cristianar a mi hijo y a mis hijas, que yo tengo mucho gusto de que lo hagáis. -Por la mañana, si os parece -le dije-, podremos bautizarlos. Y esta tarde rezaremos todo al pie de la cruz; enseñará tu hijo las oraciones que sabe y dejaremos el sitio bien enramado y limpio el suelo. -Está muy bien -respondió el cacique-; disponedlo, capitán, como es pareciere. Salimos con esta determinación afuera, a tiempo que llegaron otros muchachos de la vecindad, hijos de los comarcanos camaradas del cacique y sus sujetos, que tenían sus ranchos a dos cuadras, a cuatro y a cinco el que más. Comunicáronse con el muchacho mi compañero, quien los aficionó a que también se bautizasen. Con esto, cogiendo un hacha, en buena conformidad nos fuimos todos al monte, de donde trajimos muchas ramas de laurel, de canelo y de otros vistosos árboles que conservan la hoja todo el año y enramamos la cruz; a modo de claustro, hicimos un cercado con las propias ramas y dentro de él esparcimos algunas hierbas olorosas de yerbabuena, y toronjil. Después de esto dije a mi camarada que repitiese las oraciones que sabía y las enseñase a los demás muchachos, pues querían ser cristianos; hízolo así con sumo regocijo, y habiéndolas repetido y seguídole los demás, signifiqué a mi discípulo que era necesario, antes de bautizarse, llevar sabidas algunas razones del Credo, que era otra oración muy larga y muy especial para el verdadero conocimiento de Dios Nuestro Señor. -Pues no tenemos que hacer -me dijo el muchacho-, por vuestra vida que me enseñéis luego. Y aunque le aplacé para la noche, me hizo tantas súplicas e instancias, que le repetí gran parte del Credo, y hasta que supo seis u ocho palabras no me quiso dejar de la mano, porque era grande el ansia y la codicia que tenía de ser cristiano y conocer a Dios y sus misterios. Recogímonos al rancho, después de haberse puesto el sol, con los demás muchachos huéspedes y nos dieron de cenar y de beber muy a nuestro gusto; con que se fueron a sus casas los muchachos y quedaron aplazados para el siguiente día, que habían de volver, a ser cristianos. Después de haber estado un rato al fuego en buena conversación y plática, porque las noches necesitaban de algún divertimiento para poderlas llevar, nos recogimos mi compañero y yo a nuestro lecho, donde sin dejarme dar fin a mis oraciones acostumbradas, me instó a que le volviese a enseñar la oración del Credo, a cuyas súplicas y ruegos concedí lo que me pedía y estuve grande rato repitiéndole más de un tercio de la oración del Credo y explicándosela. Estaba admirado de ver su capacidad y entendimiento para comprender y penetrar los más altos misterios de nuestra religión cristiana, en que manifestaba el muchacho muy singular auxilio y gracia de Dios Nuestro Señor. Bien manifestaba este chicuelo la luz sobrenatural que le alumbraba con las demostraciones que hacía de sus afectos y del entrañable amor que tenía a los divinos misterios. Entretenidos buen rato con este ejercicio nos quedamos con la oración del Credo en los labios y con los sentidos suspensos hasta el alba. Apenas los resplandores y rayos de la luz del día penetraban los resquicios de la puerta y las ventanas del rancho, cuando mi compañero estaba recitando mucha parte de la oración del Credo en que habíamos estado entretenidos muy gran parte de la noche. Juzgándome dormido, me despertó con anhelos y ansias grandes de ser bautizado, manifestando con alegres razones el haber amanecido el sol sin los nublados que perturbaban de ordinario sus hermosos rayos. -Mirad, capitán -me dijo-, que el sol está ya sobre nosotros y será razón que nos levantemos. Muchas palabras trabamos sobre sus fervorosos deseos, y por no dilatarme en lo que no importa mucho, paso adelante con lo principal de nuestro intento. Salimos afuera y lo primero que hicimos fue encaminarnos a la cruz, hincándonos de rodillas al pie de ella, y rezamos las oraciones que sabía, y después le repetí todo el Credo. Salió en esta ocasión el cacique con toda la chusma de su casa a bañarse al estero, como lo tenían de costumbre y nosotros fuimos a hacer lo propio, porque yo ya me iba hallando escogidamente con los baños de mañana. Cuando nos volvimos hacia el rancho, mandó el cacique a sus mujeres que matasen tres gallinas y las aliñasen con los demás, para que comiésemos temprano. A este tiempo venían los dos muchachos aplazados la noche antes con otres tres o cuatro compañeros de su porte, reducidos también a ser cristianos, y en buena conformidad nos fuimos todos al claustro o cercado de la cruz e hincados de rodillas al pie de ella hice que mi compañero enseñase las oraciones que sabía a los demás; y habiéndolas repetido muy bien, se las fui explicando y dando a entender más por extenso. Estando en esta ocupación entretenidos, llegó el cacique con sus compañeros a preguntarme que cuándo había de bautizar a su hijo y a sus hijas, que también querían ser cristianas. Le respondí que luego lo haría, que para eso les estaba explicando las oraciones a todos aquellos muchachos; que no faltaba más que hiciese traer una mesita o banco con su sobrecama o manta, un cántaro moderado, nuevo y limpio lleno de agua y una botijuela en que cayese. Al punto mandó traer todo lo que le pedí y puse la mesita con su tapete o manta encima arrimada a la cruz y el cántaro de agua sobre la batea. Con esto se fueron juntando todos los del rancho, a tiempo que venía asomando a una vista mi amo Maulicán con mis dos primeros amigos y camaradas, los muchachos sus sobrinos. Aguardamos a que llegasen, y al apearse, salí a recibirle y abrazarle, como lo hice también con los muchachos. Llegó después el cacique dueño del rancho, y saludáronse con mucho amor y grande agasajo, y a las espaldas de la casa se asentaron a la resolana en unas esteras que para el efecto les pusieron. Después de haberle recibido a su usanza, con una cántara de buen porte de chicha, que se despachó con brevedad porque ayudamos todos al consumo, dijo el cacique Luancura a Maulicán que me había hallado ocupado en enseñar a los niños a rezar las oraciones y que estaba ya disponiendo el bautizarlos cuando le vimos venir. -Pues andad, capitán, con vuestros camaradas antiguos -dijo, mi amo-, que también les enseñasteis a rezar y querrán ser, como los demás, cristianos. A esto respondió el cacique Luancura: -Mejor que vamos allá todos y veremos cómo los bautizan. Se levantaron y fuimos en compañía a nuestro claustro, donde estaba la mesa con la batea y cántaro al pie de la cruz, todo muy limpio y aseado, lleno de yerbabuena, toronjil y otras olorosas yerbas. Llevaron las esteras al cercado, en las que se asentaron los caciques y algunas mujeres, y yo me arrimé a la mesa con los muchachos, a quienes hice hincar de rodillas y repetir las oraciones que sabían; después les pregunté si querían ser cristianos y respondieron todos que sí. Les expliqué lo esencial del Credo y llamé primeramente al que había sido el instrumento del festejo con que celebramos aquellos bautizos y quien con tanto fervor me había solicitado para ello: llegose a la mesa donde yo estaba e hice que se persignase y que rezase sólo las oraciones en voz alta, que era contento escucharle; acerquele a la mesa y en altas voces le pregunté tres veces si quería ser cristiano y seguir la ley de Dios, pues sabía lo que había de observar y guardar, según lo que le tenía enseñado; respondió de muy buena gana y que no faltaría a lo que yo le dijese, y de seguir mi doctrina; con que le hice bajar la cabeza, preguntándole cómo quería llamarse, habiéndole nombrado algunos santos, y advirtiéndole que era víspera del gran patriarca San Ignacio de Loyola, le dije, que pues le había cabido por suerte bautizarse en tal día, que se llamase Ignacio, porque era mañana su día (que fue esto a los 30 de Julio). -Sea así, pues: llamareme Ignacio -dijo muy alegre-, que me ha causado mucho gusto el saber que es mañana su día. Bajó la cabeza como se lo había ordenado y cogiendo el cántaro de agua en la mano le bauticé en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, bañándole la cabeza con el agua. Y después hizo una acción el muchacho que me dejó admirado, que fue llegar humillándose a abrazarme luego que se sacudió la cabeza, agradeciéndome la acción que con él había ejecutado, muestras patentes de su dócil natural y bien inclinado corazón. Llamé sucesivamente a mis antiguos y primeros compañeros y los hice recitar las oraciones que les había enseñado, el Paternóster, y el Avemaría, los que repitieron muy bien, y los bauticé poniendo al uno Diego, por haber pocos días que había pasado el del Señor Santiago, y al otro Francisco, porque dijo que había de tener mi nombre. A los demás chicuelos fui echando el agua de la misma suerte que a los otros. Llegáronse también los muchachones casados con sus mujeres, con quienes no hice más que la ceremonia, sin intención de bautizarlos, porque juzgué que no lo hacían más que por tener nombres de españoles, que era imposible poderles quitar el tener tres o cuatro y más mujeres, según su costumbre, y no ser capaces de la doctrina y enseñanza de los chicuelos, que ponían todo su cuidado en entender a mis razones y en admitir con gusto lo que les decía. Acabamos así esta fiesta, que fue de sumo gusto para el cacique y no de menos consuelo para mi amo Maulicán. Con esto se volvieron a las espaldas del rancho, a donde llevaron los tapetes o las esteras, en que se sentaron. Fuéronse los viejos adelante y quedamos los muchachos y yo en nuestro cercado, abrazándonos los unos a los otros y platicando amorosamente, mis antiguos compañeros me decían que se hallaban muy solos sin mi compañía y que su abuelo el viejo sentía mi ausencia en extremo. En ésta y otras razones ocupados nos hallábamos cuando nos llamó el cacique para que fuésemos a comer a donde él y mi amo estaban a la resolana conversando y dando fin a un cántaro de chicha que por principio les había traído. Sentámonos en ellos a tiempo que traían de comer. Comimos espléndidamente varios guisados de ave y baitucanes de carne a su usanza, y sacaron tres cántaros grandes de chicha con que nos brindamos a menudo y nos regocijamos grandemente. Acabado el convite, nos fuimos los muchachos y yo a jugar a la chueca, y dentro de una hora poco más o menos se despidió Maulicán del cacique, y a mí me llamó y me dijo en presencia de Luancura que de La Imperial le habían enviado a convidar para una gran fiesta que tenían y una solemne borrachera que se encaminaba solamente a ver al hijo de Álvaro y que así se hallaba obligado a llevarme consigo; que para ese día volvería por mí y me llevaría con licencia del cacique nuestro amigo y bienhechor. Éste le respondió que yo estaba siempre dispuesto a su orden y a su gusto. Con esto nos despedimos, enviando yo muchos recados al viejo Llaneare y a todas las mujeres de mi amo y a sus hijas; y llegando a abrazarme los muchachos, me dijeron que habían de volver con el viejo y Maulicán dentro de pocos días para pasar a la borrachera de La Imperial. Fuéronse con Dios y yo me quedé como antes con mi compañero Ignacio. Cada vez que le miraba me parecía otro en sus facciones: las tenía más hermosas y agraciadas, que con el agua del bautismo estaba resplandeciente como un cristal puro y limpio. A los dos días que estuvimos ocupados y entretenidos en diversos ejercicios de gusto y pasatiempo, no olvidando en medio de ellos mi discípulo y ahijado sus fervorosos deseos, solicitando por todos caminos el hacerse capaz de las oraciones y de la explicación del Credo, en que mostraba tener sumo consuelo, cayó enfermo de un dolor de cabeza excesivo, con un calenturón tan extraordinario, que le hizo perder el juicio desvariar grandemente. Causome notable dolor y pena ver al nuevo cristiano tan afligido y apurado y hablar algunos disparates, levantándose de la cama a ratos y tirando a los rincones lo que topaba, que fue necesario tenerle por fuerza echado. Acongojeme con notable sentimiento de ver a mi amigo y compañero de la suerte referida y de considerar el cuidado y disgusto con que se hallaban su padre, madre y parientes, juzgando que atribuirían a mi doctrina y enseñanza sus achaques. Fluctuando entre estos pensamientos mi discurso, manifestó el alma por los ojos su congoja, y estando asido de las manos del enfermo se las regué con lágrimas salidas de lo más íntimo del alma. Estúvome mirando de hito en hito un buen rato y al cabo de él cerró los ojos y se quedó dormido, habiendo estado una noche y un día sin sosegar un punto ni comer bocado. Yo, de la propia suerte, fui compañero de su ayuno y el más participante de sus achaques. -Dejémosle dormir -dijo el cacique- y ordenó a la madre que le pusiese algunas yerbas en las sienes para templar el ardor vigoroso de la calentura. Hicieron así, y mientras dormía, me llamó el cacique y me consoló grandemente con decirme: -Capitán, no lloréis de esa suerte, que me das más pesar con el que muestras que el que me causa la enfermedad de mi hijo, que ya es cristiano y se irá al cielo, como decís, si se muriese. -Muy gran consuelo me has dado -respondí al cacique- con haber escuchado esas razones tan de cristiano. Este muchacho nació para el cielo, y el accidente que le ha sobrevenida tan de repente y con tanto aprieto no es para que vuelva en sí ni viva entre nosotros, porque no he visto en toda mi vida tal inclinación a las oraciones y al conocimiento de Dios Nuestro Señor como el que este angelito muestra. Y así te puedes tener por dichoso que, sin llegar a tener conocimiento de las cosas de este mundo, se vaya a gozar de la eterna gloria y a tener debajo de sus pies al sol, y a la luna, y a las estrellas, y a tener por sitio y asiento esos cristalinos cielos. La muerte es natural, todos hemos de morir, y lo que debemos desear es una vida quieta, honesta y ajustada a la razón, como lo deseaba este muchacho. -Pues, ¿por qué lloras tanto -me replicó el cacique- si tienes por cierto el descanso y alivio de su alma? -Decís muy bien -dije al cacique Luancura-; pero habéis de considerar y entender que es una cosa el espíritu, que es el alma, y otra el cuerpo, que es la carne; ésta es opuesta al espíritu, y lo que ella apetece y abraza es contrario al otro; y así mi espíritu se consuela y regocija por la contemplación del gozo que ha de tener el alma de mi amigo en la eterna gloria, y la carne o el cuerpo muestra el pesar con que queda sin la compañía del que ama. -Pues tenéis razón, capitán -me respondió el cacique-, que por una parte parece que interiormente me hallo consolado y con gusto con las razones que me habéis dicho y por otra parte no dejo de sentir y lastimarme juzgándome sin la presencia y compañía de mi hijo; mas como vos decís es cierto, venid acá conmigo, que ha dos días que no os veo comer bocado y confortaréis el estómago mientras reposa mi hijo. Arrimeme al fogón, donde se había sentado el cacique, a quien rendí las gracias por los favores que me hacía, diciéndole que sólo me podía servir de consuelo en el trabajo de su hijo y de mi amado compañero haberle oído sus discretas razones, muy conformes a quien era y ajustadas a la ley divina. Con esto me alenté a comer un bocado de cordero y otras cosas que nos pusieron delante las mujeres del cacique con un buen cántaro de chicha. Y habiendo dejado reposando a nuestro enfermo, después de haber comido y bebido, se quedó nuestro huésped al amor del fuego medio dormitando. Dentro de breve rato despertó el enfermo quejándose dolorido y llamándome cuidadoso. Acudí al instante, con deseo de saber cómo se hallaba, y al punto que me vio, con notables ansias me pidió una cruz pequeña de madera curiosamente obrada que traía de ordinario conmigo pendiente al cuello, y habiéndosela puesto en las manos, la besó, como lo hacía otras veces cuando rezábamos. Consoleme grandemente de haberlo visto alentado y en su juicio y que con fervoroso afecto repetía las oraciones, abrazando la cruz y poniéndola en los labios y en los ojos, por haberme visto esta acción cuando me acostaba en la cama y al levantarme de ella. Cogí las manos con ternura al enfermo, dolorido de ver al amigo y compañero en aquel trance, y le hallé más fresco y aliviado del calenturón que le había privado de los sentidos; hícele traer una escudilla de caldo y por fuerza se la hice beber, sin haber podido pasar otra cosa en tres días que hacía que el achaque le tenía postrado. Sobre lo que padecía, se le recreció un humor corrupto de sangre, que se vaciaba muy a menudo y no le dejaba sosegar. En medio de estos trabajos era contento oírle alabar a Dios y con rostro alegre decirnos que había visto entre sueños a aquella señora que la vez pasada se le apareció con el niño bonito y muchos pajaritos blancos volando alrededor de ella. Estando despierto, decía que hacia el rincón de la casa se le aparecían unos perros negros y obscuros bultos que le causaban algún temor. -No os dé cuidado -dije al enfermo-, que teniendo esa cruz en las manos no os molestarán esas apariencias, que son ilusiones del demonio. Dejele un rato en compañía de su padre y salí afuera a rogar a Nuestro Señor le diese al muchacho aquello que más conviniese a su santo servicio y al descanso de su alma. En esto me ocupé un breve rato y en hacer dos cruces de madera del altor de media vara. Entré con ellas y puse una en el rincón donde el muchacho dijo haber visto las figuras negras y los perros, y la otra en su cabecera; habiéndolas visto, las abrazó con grande júbilo y alegría. Así pudimos obligarle a que comiese un bocado de ave que le tenían aderezada y forzado de nuestros ruegos comió algunas cosas y bebió un poco de chicha espesa y tibia. Después de esto rogó que le dejasen reposar un rato y a mí me pidió que no me apartase de su cabecera; lo hice así y con la ropa que tenía le abrigué muy bien el cuerpo. Habiendo quedado solos, cuando juzgué que quería reposar la comida, me dijo y rogó que le explicase el Credo, como lo había hecho las días antecedentes, que aquella oración no la había acabado de entender. -De muy buena gana haré lo que me pedís -le dije-, porque el pesar con que me tiene vuestro achaque me le aliviáis con veros tan generoso en la inteligencia y en las oraciones y conocimiento de las cosas de nuestra santa fe católica, y en la impenetración ordinaria de la salud del alma, que por medio de las oraciones solicitáis cuidadoso. -Con esto entretuve un rato al enfermo, y habiéndome escuchado muy atento, me dijo que rezásemos las oraciones. Con grande devoción dio principio al Padrenuestro y prosiguió con el Avemaría. Acabadas estas dos oraciones, me significó entenderlas bien, y que del Credo dudaba algunas cosas, y que estimaría se las fuese explicando. Fue repitiendo el Credo, y cuando llegó a Cristo Nuestro Señor que fue concebido por obra del Espíritu Santo, preguntome quién era el Espíritu Santo. Confieso que me vi confuso con la pregunta del muchacho y con verme obligado a significarle tan alto misterio; respondile que Dios era uno en esencia y trino en personas; que el Verbo Divino, hijo de Dios, procedía del Padre Eterno por el entendimiento; que lo que concibe, queda en su propia naturaleza, como la palabra inteligible, que sale de quien la dice y se queda en él: así lo enseña el angélico doctor. El Espíritu Santo procede de los dos, del amor del Padre al Hijo, a cuya causa en las divinas personas tiene nombre de amor el Espíritu Santo, como lo dijo San Gregorio; de la misma suerte, tiene nombre de Verbo el Hijo, que es nombre personal según San Agustín: con que en las personas divinas se dan dos procesiones, la una por el entendimiento, que es la procesión del Verbo, y la obra por la voluntad, que es la del amor, como lo resuelve Santo Tomás. Pero todo esto se viene a reducir (le dije a mi discípulo) a que hay un solo Dios en esencia y tres personas divinas, como os tengo dicho. Replicome el muchacho diciendo que si era Dios también el Hijo como el Padre Eterno, y el Espíritu Santo por lo consiguiente, que ¿cómo no había más que un Dios? A que le respondí que eso era lo que le acababa de explicar. -Esa razón me cuadra, capitán -dijo el muchacho- que Dios no ha de ser como nosotros, para que podamos comprender sus grandezas, y me reduzco a lo que me decís y a creer solamente lo que me enseñáis. Con esto me pidió la mano para levantarse, diciendo que le apretaban mucho los cursos de sangre que hacía, y al asentarse en la cama, se vació en ella; que por escucharme con atención, dijo había aguantado gran rato. Llegó la madre a mudarle mantas y frazadas, y en el entretanto salí afuera a que me diese el aire y sacudiese los vapores y anhelos del enfermo, que me tenían la cabeza tan desvanecida y dolorida, que juzgaba estar vestido ya del propio achaque. Encontré al salir por la puerta al cacique hablando con el «machi» o curandero, del que en otra ocasión manifesté sus ceremonias y encantos; lo habían llamado para que curase al muchacho, y luego que le vi, como si viese al demonio, se me alborotó la sangre y perturbaron los sentidos y por otra parte encaminé mis pasos. Habiéndome divisado el cacique, me llamó para decirme que aquel médico había venido a curar al enfermo y que cómo se hallaba. Respondile que la enfermedad que tenía no necesitaba de ceremonias ni de machitunes, como ellos dicen, sino era de algunas yerbas que le estancasen los ordinarios cursos, que le tenían debilitado. -Yo le curaré -dijo el «machi»- y veré lo que ha menester para que cobre salud. -Hagan traer un cántaro nuevo y una crecida rama de canelo y lo demás que sabéis -repitió el cacique. Yo no quise replicarle porque no juzgase que contradecía el intento y perturbaba las diligencias que se pretendían para la salud del muchacho. Entraron y yo me quedó afuera cogiendo el fresco, porque había salido medio mareado. Llegose a ver al enfermo el endiablado médico en compañía del cacique. El muchacho luego que le divisó le dijo que se fuese de su presencia, que no quería que le curase con aquellas ceremonias del demonio que acostumbraba; díjole su padre que por qué no quería dejarse curar, que cómo había de tener salud si no se sujetaba a las medicinas que querían aplicarle; respondió que no quería conseguir la salud por mano de aquel hechicero, que le tenía gran horror y miedo, y que de ninguna suerte lo quería ni aun mirar; y esto fue volviendo el rostro a otra parte y tapándose la cabeza; con ello obligó a su padre a decir al médico que no quería hacer cosa alguna contra el gusto de su hijo y que lo único que podía disponer era darle algún bebedizo para que se atajasen y minorasen los cursos, que era lo que le tenía debilitado fatigado. -Pues por la mañana le buscaré las yerbas -dijo el «machi»- y se las daremos a beber; puesto que no quiere que le curemos de otra suerte, dejaré dispuesto el bebedizo y acá lo podrán dar. En esto entré yo de afuera, y el cacique me llamó luego para decirme que mi camarada no había querido que le curase el médico y por no verlo se había tapado y vuéltole las espaldas; que procurase yo reducirle a que le hiciesen algunos remedios. Respondile que me parecía imposible, porque cuando vio curar al otro enfermo, me significó tener grande aborrecimiento al médico por las ceremonias mágicas que le vio hacer, y así tuviera por mejor darle algunas yerbas para que se le estancasen los cursos, que aun eso se le podía hacer beber. -Por la mañana las traeré -dijo el «machi»- y enseñaré de la suerte que se las han de dar. -Pues andad, capitán, a verle y a consolarle -me dijo el cacique-, porque quedó muy enojado y desabrido. Con esto fui a donde estaba mi amigo Ignacio, que aún tenía el rostro vuelto a la pared o tabique del rancho; llamele por su nombre, y al instante que me reconoció la voz, volvió el rostro para mí, quejándoseme de su padre porque le había llevado aquel mal médico, que lo tenía por demonio, y preguntome si se había ido o adónde estaba; díjele que sentado al fuego con su padre, que por ser ya tarde y de noche se había quedado y que por la mañana se iría. -Decidle, pues, a mi padre que no me lo traiga más acá porque yo no lo quiero ver. Dijo esto con algún enfado, porque la enfermedad le iba apretando, de manera que lo tenía impaciente. En medio de sus congojas y aflicciones parece que hallaba algún alivio y consuelo en repetir las oraciones e invocar los nombres de Jesús y María, que para mí era de grande júbilo y alegría el oírle. Finalmente, el muchacho se iba muy a prisa consumiendo y acabando con no comer y con la evacuación de sangre que cada día se le aumentaba. Al otro día fue el médico «machi» por la mañana a buscar las yerbas, y a medio día las trajo y dejó dispuesto el bebidizo, para que el siguiente día al alba se le diese de beber. En todo aquel día no le pudimos hacer que comiese bocado, sino fue un poco de caldo que bebió por fuerza. Aquella noche le velamos, porque ya no podía dormir ni sosegar, y sólo cuando rezaba parece que se hallaba más sosegado y estaba con el semblante más alegre, y lo más de la noche me tuvo entretenido en preguntarme de las cosas celestes, del sol, la luna y las estrellas y cómo se movían. En estas conversaciones y en repetir a ratos el Credo, que era lo que más dudaba, pasamos la noche, y en ayudar al pobre muchacho a levantarse al servicio. Al amanecer, poco antes, vino su madre con el remedio que el hechicero médico había dejado dispuesto, y no lo quería beber de ninguna manera, hasta que yo le rogué que lo hiciese, que parece que en todo me mostraba más amor y más respeto que a sus padres, por serlo espiritual de su alma y amigo verdadero en su enseñanza y doctrina a que estaba bastante reconocido, por estar fundada nuestra amistad en lo justo y honesto y encaminada al bien del alma. Luego que bebió el bebedizo que su madre le trajo, recrecieron unos dolores de estómago y del vientre al enfermo, y dando vueltas a menudo estuvo muy buen rato quejándose lastimosamente, lo que nos causó gran dolor y lástima, y en medio de sus aflicciones se nos quedó desmayado, o muerto por mejor decir, con un sudor frío que le cubrió todo el cuerpo. Lamentose la madre con descompuestas razones y desmedidos llantos; acudió el cacique, padre del enfermo, y aunque se enterneció de vernos a todos los circunstantes afligidos manifestando nuestro pesar y sentimiento con lastimosas voces, antes nos sirvieron de consuelo su valor, su prudencia y sus razones, pues dijo que de qué nos afligíamos y por qué llorábamos tan desmedidamente, siendo el morir natural en los vivientes; que antes era de envidiar la muerte que tenía su hijo. Quedósenos (como he dicho) sin sentido, acezando y sudando; todo el día y la noche estuvo de aquella suerte, abriendo a ratos los ojos; y al cuarto del alba, o al salir el sol, levantó la cabeza y me llamó muy alegre, diciendo: -Mirad, capitán, la señora tan linda, con su hijo en los brazos, y tantos pajaritos blancos que están volando por encima, y un hombre vestido de negro, blanco hasta la cabeza, hincado de rodillas. -¿No lo veis? -y señalaba el techo de la casa. Díjele que ya los veía, que se animase mucho con tan buena vista. Volvió a decirme: -¿No veis cómo llueve, amigo? ¿Cómo una escarchita blanca está cayendo muy menuda? Alegráronse todos de oír hablar al muchacho de aquella suerte y con tantos alientos, juzgando que se hallaba mejor con las yerbas que había bebido. Y en medio de estas palabras, dio principio al Avemaría, diciéndome que le ayudase, mirando con grande atención al techo y desmayando la voz. A los últimos fines de la oración le dio un fuerte hipo, y acabando con aquellas palabras que dicen: «Rogad por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», expiró con tres boqueadas y en ellas el nombre de Jesús y María, ayudándole yo con todo afecto. Fue a gozar de la eterna gloria, según nuestra fe católica, pues a los seis días de bautizado, sin haber hecho acción que no fuese encaminada al conocimiento de Dios y de sus mayores misterios, mostrando sobrenatural auxilio y habiendo estado todo un día y una noche sin hablar, habérsela dado Dios para que muriese con el Avemaría en los labios y saliese el alma de aquel cuerpo de día y al salir el sol, que es particularidad grande, según lo nota el gran padre San Gregorio, y que es prenuncio y señal de predestinación. Murió mi camarada y amigo, y faltome con su ausencia la alegría, y aun el alma toda me llevó consigo, porque el verdadero amigo es una misma cosa con el que ama.
Después del fallecimiento de Ignacio, mi amado compañero, todos los asistentes en la casa, padre, hermanos y parientes, se pusieron a llorar sobre el cuerpo, como yo lo hacía lastimosamente sin haberme apartado de su cabecera; lamentáronse todos juntos con unos suspiros y unos ayes tan lastimosos, echándose sobre el cuerpo, que me obligaban a hacer lo mismo, imitando sus acciones lamentosas; en cuya ocasión se me vino a la memoria ser esta nación muy asemejada a los hebreos y a aquellos de la ley antigua, que en esta forma se congregaban a celebrar sus exequias. Pasó la palabra a los ranchos comarcanos, amigos y vecinos, de la aflicción con que se hallaba el principal cacique de la «regüe» y trajo cada uno su cántaro de chicha; entraron y nos hallaron con las acostumbradas ceremonias llorando sobre el difunto. Levantose el cacique a recibirlos, y acercándose al cadáver cuatro de los más ancianos y nobles, fueron cada uno de por sí echándole encima una camiseta y manta nueva, y las mujeres de éstos poniendo arrimadas al cuerpo frío las tinajas o cántaros de chicha que trajeron a cuestas, y como más tiernas y ceremoniáticas, las viejas dieron principio a dar tan tristes voces y alaridos, rasgándose las vestiduras y pelándose los cabellos, que obligaron a que los demás las acompañasen; con que chicos y grandes, con los gritos, sollozos y suspiros que daban, hacían tan gran ruido, que parecía más ceremonia acostumbrada que natural dolor por el difundo; en lo que se conoció hacerse más aquellos extremos par el fausto y honor de las exequias que por el pesar que les causaba la muerte de los suyos. De esta suerte estuvimos toda el día y la noche, cantando a ratos unos como motes tristes, entre suspiros y llantos, y de cuando en cuando iban a encajarse sobre el cadáver helado y a cantar llorando sus acostumbrados versos, sin descubrirle el rostro, que tenía cubierto con las mantas y camisetas nuevas que le habían traído. Amaneció otro día entre nublado y claro el cielo, y dispusieron llevar el cuerpo a un cerro alto donde había otros entierros señalados, a la vista de la casa, que debía ser de sus antepasados. Consultolo su padre el cacique conmigo, y yo fui de parecer que le hiciésemos la sepultura al pie de la cruz donde había sido bautizado y que le tendríamos cerca de casa. Respondiome que hablaría a los demás caciques por ver lo que les parecía, por no faltar a lo acostumbrado entre ellos. -Mucho estimaré que lo reduzcáis -le dije- -a que lo enterremos aquí cerca de la casa, pues murió cristiano y como un angelito. -Pues voy a comunicarlo-dijo el cacique-, y veremos lo que me dicen, y conforme a sus pareceres dispondremos el entierro. Salió afuera, llamó a los amigos y parientes más graves, y consultó el caso, de manera que resolvieron llevarlo al entierro de sus pasados, por no faltar de la costumbre de los suyos, que aun en esto muestran asemejarse a aquellos antiguos padres. Después de su consulta me llamaron afuera y me significaron la resolución que habían tomado, porque no podían hacer otra cosa. -Pues ya que ha de ser así -les dije-, estimaré mucho que me permitáis que ponga una cruz grande al pie de su sepultura. -De muy buena gana -respondieron todos- y os ayudaremos a hacerla y levantarla adonde vos despusiereis y gustareis. Con esto fuimos todos adentro a tratar de llevar el cuerpo a su sepulcro, y hallamos descubierto el rostro del muchacho muerto, porque su madre y otros parientes suyos lo estaban vistiendo de nuevo con calzones colorados, camisetas listadas y una bolsa muy labrada pendiente de un cinturón ancho, a modo de tahalí, con sus flecos a la redonda. Hallamos a las indias muy admiradas cuando entramos, diciendo que no habían visto jamás en difunto lo que en aquel muchacho, que además de haberse puesto más hermoso y blanco de lo que era, lo que causaba mil gustos a sus padres y a los demás circunstantes que le asistían, tenía el cuerpo tan tratable y amoroso, que se dejaba doblegar a cualquiera parte que querían moverle. Llegamos todos a hacer la experiencia y lo atentamos como si estuviese vivo, doblándosele las brazos y las piernas a las partes que los querían encaminar. Y habiendo estado día y noche sin alma aquel cadáver frío, causoles notable novedad y a mí no menos, porque me pareció cosa que no sucedía jamás, y el verle tan hermoso, blanco y risueño como si estuviese en su cuerpo el alma. Preguntáronme la causa de la diferencia que hallaban en aquel cuerpo helado a los demás que habían visto difuntos, y respondiles que en eso echarían de ver la diferencia que había de los cristianos a los que no lo eran, que como iban a gozar de la presencia de Dios al cielo, participaba el cuerpo de la gloria y hermosura que se le comunicaba al alma. Arguyéronme diciendo que habían visto en otras ocasiones morir a otros españoles cristianos entre ellos y quedar como los demás difuntos, y no con la hermosura y suavidad en el cuerpo que habían experimentado en aquel muchacho; que así, no era buena razón la que les daba. A esto les satisface con decir que entre los cristianos había malos y buenos, como en todas las naciones; que también ellos no me podían negar que entre los suyos había unos bien intencionados, de buen corazón, generosos y ajustados a su ley natural, y otros perversos, de mala inclinación, inquietos, ladrones, maldicientes, envidiosos y crueles. Me respondieron que tenía razón. -Pues de esa suerte somos también los cristianos: algunos no tienen más que el nombre meramente, porque sus obras no son ajustadas a su profesión ni a la ley divina. -Ahora sí -dijo el cacique- que nos habéis sacado de esta duda con habernos significado la diferencia que hay del que muere como bueno al que muere como malo; con lo que me habéis dado a entender que mi hijo está en el cielo, gozando de Dios, y que su cuerpo helado y frío participa de la gloria y sumo bien que goza su alma; de que la mía se halla con grande regocijo, estimando y agradeciendo la enseñanza y doctrina que tuvo de vos, por cuyo beneficio me tendréis siempre muy propicio y dispuesto a todo lo que fuere de vuestro gusto. Yo estimé mucho las razones del cacique; y porque nos habemos dilatado ya bastante, proseguiremos con las demás ceremonias que usan en sus entierros. En el discurso de la conversación y plática que tuvimos, las mujeres se ocuparon en vestir al difunto con ropas nuevas, camisetas, mantas y calzones de diferentes colores y una bolsa muy curiosa (como tengo dicho) que sobre todo le pusieron, pendiente de una como faja ancha, a modo de tahalí, que no tuve curiosidad de saber lo que llevaba dentro, porque iba bien llena y cocida por la boca; después de haber salido del cautiverio, supe de algunos indios de los nuestros que lo que les ponían en la bolsa eran sus collares y «llancas», y esto se acostumbra con los hombres principales y de suerte. Acabaron de vestirle y trajeron unas andas a su modo, muy enramadas de hojas de laureles y canelos, y a falta de flores -que en aquel tiempo no las había en el campo por ser la fuerza del invierno- le hice una guirnalda de hojas de laurel, toronjil y yerbabuena, y se la puse al muchacho difunto en la cabeza, que parecía con ella un angelito, porque se había puesto blanco y hermoso. Puisiéronle en las andas y los más principales las sacaron en hombros, yo entre ellos, porque me convidé para el efecto, y los caciques estimaron mi acción, especialmente el padre del muchacho. Salimos en procesión más de cincuenta indios, que se habían juntado de los comarcanos de una cava que llaman ellos «quiñe lob», a más de otras cien almas de indios, chinuelos y muchachos, que llevaban de diestro más de diez caballos cargados de chicha, puestos en orden, marchando por delante. Salimos con el cuerpo por la puerta del rancho, y así como pusimos los pies fuera de los umbrales con las andas, se levantó un ruido de voces tan extraño, que por lo nunca acostumbrado en mis oídos me causó de repente algún pavor y espanto; porque las dolientes mujeres, la madre, hermana y muchachos lloraban sin medida y lastimados, rasgándose las cabezas y cabellos, y los demás, por ceremonia, se aventajaban a éstos con suspiros, sollozos y gemidos, y todos juntos despidiendo unos ayes lastimosos, acompañados con las lágrimas, gritos y voces de los niños, que penetraban los montes de tal suerte, que respondían tiernos a sus llantos. Parados estuvimos y suspensos mientras se sosegaron los clamores, que verdaderamente eran más encaminados al honor y fausto del entierro que a demostrar la pena que llevaban. Llegaron los regentes del entierro y mandaron que prosiguiésemos nuestro viaje, habiendo caminado ya la vanguardia y entonado un canto triste y lastimoso, cuyo estribillo era repetir llorando: ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡mi querido hijo!, ¡mi querido hermano!; y ¡mi querido amigo!; en llegando a este punto se hacía alto otro rato, a modo de posas entre nosotros, y se formaba otro grande llanto como el primero. A esta segunda suspensión llegaron otros caciques a mudarnos y cargaron las andas hasta el pie del cerro o cuesta donde se había de enterrar, que estaba a poca más de una cuadra de la casa. Lo más trabajoso era subir la cuesta. Prosiguieron con el mismo orden, cantando, como he dicho, lastimosos cantos, y cuando llegaron al pie de la loma, volvieron a hacer lo propio que en la primera posa. Para subir llegaron otros mocetones principales y forzudos y cogiendo las andas las subieron sin faltar del orden con que se dio principio a la procesión. Llegamos todos a la cumbre, donde algunos principiaron a hacer el hoyo con tridentes, palas y azadones; los tridentes son a modo de tenedor, de una madera pesada y fuerte, y en el cabo arriba les ponen una piedra agujereada al propósito, para que tenga más peso, y con éste van levantando la tierra para arriba, hincando fuertemente aquellas puntas en el suelo, y cargando a una parte las manos y el cuerpo, arrancan pedazos de tierra muy grandes con raíces y yerbas; tras éstos entran las «hueullos», y con éstas van echando a una parte y a otra la tierra, para volverla a echar sobre la cara del difunto; y con los azadones ahondan todo lo que es menester, si bien no hacen más de ajustar unos tablones que sirven de ataúd. Llevaron hechos al propósito tres de estos para el plan y asiento del cuerpo que tendrían más de vara y media de ancho, que al propósito es el cajón espacioso y ancho por lo que le ponen dentro. Ajustaron los tablones en la tierra y pusieron al difunto dentro de la caja, y yo llegué a quitarle la cruz que le había puesto, que era la que me acompañaba de ordinario, y dentro del cajón me senté un rato a contemplar la dichosa muerte de aquel muchacho y el haberse puesto más hermoso, más blanco y agraciado que cuando estaba vivo. En el ínterin que hicieron el hoyo para ajustar las tablas, habían descargado la chicha, que llevaban más de veinte o treinta botijas y las tenían puestas en orden, unas por una parte y otras por otra, en hileras. Tras ellas estaban los caciques sentados, y las mujeres de la propia suerte tras de los varones, repartiendo algunas de ellas que andaban en pie, en medio de la calle que hacían las botijas, jarros de chicha a todos los sentados; y a los que habían trabajando en la sepultura les llevaron una botija antes que acabaran con su obra, la que despacharon en un instante, ayudados de otros muchos chicuelos y chinas. Avisaron al cacique que estaba ya el cuerpo en el sepulcro, y levantándose con los demás, llevó en la mano un cántaro pequeño lleno de chicha, y los otros caciques de la propia suerte, y arrimándose al cajón del difunto, llegó la madre a echarse sobre él y a pelarse los cabellos y echárselos encima. Esto con unas voces muy desacompasadas, mezcladas con suspiros y llantos, a cuya imitación se levantó un ruido lastimoso de sollozos, alaridos y lágrimas, porque como las de la madre eran verdaderas, obligaron a muchos a imitarla, como yo lo hacía, despidiendo las del alma por los ojos. Sosegáronse un rato los clamores, y todos los caciques brindaron al muchacho muerto, y cada uno le puso su jarro pequeño a la cabecera: su padre, el cantarillo que llevaba; la madre, su olla de papas, otro cántaro de chicha y un asador de carne de oveja de la tierra, que se me olvidó de decir que llevaron en medio de la procesión y la mataron antes de enterrar al difunto sobre el hoyo que habían hecho para el efecto; sus hermanos y parientes le fueron ofreciendo y llevando, los unos platillos de bollos de maíz, otros le ponían tortillas, otros mote, pescado y ají, y otras cosas a este modo. Finalmente, llenaron el cajón de todo lo referido y después trajeron otras tres tablas o tablones ajustados para poner encima y taparle. Después de haberlo hecho, el primero que echó tierra sobre el sepulcro fue su padre, con cuya acción se levantó otro alarido como los pasados, y entre todos los dolientes y convidados cubrieron el hoyo en un momento y sobre él formaron un cerro levantado en buena proporción, el cual se divisaba desde la casa muy a gusto y de algunas leguas se señoreaba mejor. Después de acabada esta acción, se sentaron a la redonda del cerrillo y pusieron todas las botijas de chicha de la propia suerte en orden, y como había más de doscientas almas, brevemente las despacharon. En el entretanto que bebían, me fui con cuatro amigos mocetones al monte; escogimos una vara gruesa de roble fuerte de las más derechas que hallamos, de la cual formamos una cruz de muy buen porte y la trajimos al sitio donde los demás estaban acabando de beber. Con toda brevedad se hizo un hoyo al pie de la sepultura, donde la pusimos entre todos, con mucho gusto del cacique y de los demás circunstantes. Con esto, fuimos bajando para los ranchos, todavía con algún sentimiento y tristeza; esta fue poco antes de ponerse el sol. Hallamos la casa del cacique con muy buenos fogones y en uno de ellos diversos asadores de carne, perdices, tocino, longanizas y muchas ollas con diferentes guisados de ave, para cenar, que como aquellos días de disgustos no se había comido bien, quisieron recuperar lo perdido. Luego que nos trajeron el asado, que aun. no habíamos empezado a cenar, llegó mi amo con su padre, el viejo Llaneare, sus nietos, mis primeros y antiguos compañeros y amigos, con algunos otros caciques, que serían hasta tres o cuatro principales, con sus compañeros o criados mocetones. Salí afuera luego que nos dieron el aviso, y el cacique conmigo, como dueño de casa salió a entrarle y a los demás sus compañeros. Diéronle el pésame de la muerte de su hijo, que ya había corrido la voz por los demás distritos comarcanos. Entramos todos, sentáronse los nuevos huéspedes por su orden, y cenaron con nosotros y bebieron muy a su gusto; porque el cacique doliente era muy ostentativo y siempre tenía mucha chicha, sobrada y abastecida la casa de todo lo necesario. Los caciques que se habían quedado a cenar y que tenían sus ranchos a dos y a cuatro cuadras, se fueron despidiendo con sus chusmas y nos dejaron solos con los recién venidos caciques. Aquella noche nos recogimos temprano a nuestros lechos, porque como las pasadas habían sido de desvelo, nos obligaron el sueño, el trabajo y la aflicción a solicitar al cuerpo algún descanso, como lo hice yo, acomodándome con mis camaradas antiguos; después de haber rezado las oraciones que sabían y yo mis devociones, con facilidad pusimos en silencio los sentidos.
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