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Tercera parteAl siguiente día que llegaron Maulicán y sus compañeros, salimos del rancho del cacique Luancura, quien repugnó mi salida con extremo por el amor y voluntad que me había cobrado y por la falta de su hijo, que parece que con mi asistencia la toleraba con algún alivio. Prometiole mi amo que de vuelta del convite, a que estaba obligado a llevarme forzosamente, me volvería a su obediencia, con cuya promesa consolado, y después de haber bebido y almorzado, cogimos la derrota para el festejo. Caminamos aquel día cerca de seis leguas, porque pasamos el río de La Imperial por la misma ciudad antigua y desolada, que cuando llegué a divisar sus muros abatidos, enternecidos el corazón, no pude dejar de decir lo que el gran profeta Jeremías dijo con dolorido ánimo, suspirando sobre los desiertos muros de Jerusalén: ¡Cómo están estos muros por el suelo, la ciudad desierta y solitaria! ¡Ésta que fue la principal señora de las gentes, cómo la miramos viuda y sin amparo! La que fue cabeza de las otras, hoy son sus habitadores tributarios. Pasamos el río en una canoa que hallamos de esta banda. En los ranchos estaban solamente las viejas y los niños, porque los habitadores habían ya caminado aquel día a la borrachera. Anochecionos dos leguas más adelante del río, a la vista de unos ranchos donde sólo habían quedado una vieja y un muchachuelo que guardaba el ganado, que divisamos dentro del corral que estaba arrimado al rancho. Alojamos a la vista de él como a distancia de seis cuadras, ya de noche, arrimados a un apacible estero y cristalino arroyo. Y habiendo hecho muy copiosas candelas y fogones, determinaron que fuésemos todos al corral de las ovejas y trajésemos cada uno la suya; como yo les replicara que para comer diez o doce personas que estábamos, bastarían tres o cuatro cabezas, que las demás, ¿qué habíamos de hacer de ellas?, me respondieron los mocetones que iban con los caciques, que cada uno de ellos se había de comer más de dos caneros. Y es verdad que al paso que saben ayunar y tolerar el hambre cuando es necesario, en hallando ocasión de desquitarse, como sea a costa ajena, es con tanto extremo lo que comen, que causa admiración al que los mira. -Vamos, pues, amigos -les dije- que también traeré yo la que me toca para el viejo Llaneare, mi abuelo (que así llamaban al padre de mi amo). Con esto salimos todos a la empresa, sin dejar más que al viejo y a los muchachos en guardia en nuestros fustes y caballos. Llegamos al corral de las ovejas, y al ruido y alboroto que hicieron, salió el muchachillo que cuidaba de ellas, a reconocer la causa del alboroto; y uno de los que iban con nosotros lo espantó con un amago, con lo que al instante se volvió a entrar; los demás en el ínterin cogimos cada uno una cabeza, la primera que topamos. Salió después la vieja dando voces y gritos desaforados, diciendo que quiénes eran los atrevidos desvergonzados que a la casa de su hijo fulano, que le nombró cacique principal, no tenían respeto, que él lo había de saber y castigar. A esto levantó la mano uno de los que se hallaron más cerca y le sacudió las narices con dos golpes, con lo que tuvo a bien entrarse y cerrar la puerta, aunque gruñendo entre dientes. En aquel tiempo juzgué a los indios fronterizos de la misma suerte que los soldados de nuestro ejército: cuando bajan a los distritos de la ciudad de Santiago, son dueños de todo cuanto topan. Cargamos cada uno con la oveja o carnero que nos cupo, según lo que encontramos, y nos fuimos retirando a nuestro alojamiento, donde con toda brevedad, a orillas de aquel estero montuoso, degollamos lo que trajimos y lo desollamos, que fueron hasta diez cabezas. Los muchachos mis compañeros me ayudaron con presteza y no dejaron cosa de los menudillos que no comiesen de la suerte que salían, echados sobre las brasas, medio crudos. Aumentáronse los fuegos con extremada leña seca de aquel monte, que la ofrecía a la mano dadivoso, y de cañas bravas hicimos nuestros asadores, que ensartaba cada uno media oveja, demás de otros pedazos que se echaban sobre las brasas, los hígados, los bofes y las panzas, que decían era lo más gustoso y saludable. Después de haber comido lo necesario me recogí a descansar al abrigo y reparo de unas ramas tupidas, y para tolerar el frío, que era muy conforme al tiempo de agosto, en que las travesías y hielos continuaban, hice otra candelada tan cerca de donde puse mi frazada, que me sirvió de abrigo y de consuelo. Luego que mis camaradas se hallaron satisfechos, me fueron a buscar y a acompañarme, y el viejo nuestro abuelo muy poco después fue a entrarse en medio de nosotros, obligado de la escarcha y el hielo que caía. Recordamos al alba mis compañeros y yo a socorrer el fogón de leña que nos abrigaba, y a aquellas horas aun estaban comiendo algunos de aquellos voraces avestruces, que menos que teniendo los estómagos semejantes a sus ardientes buches, era imposible haber podido dar fin a tanta carne. Amaneció a poco rato y fuimos en demanda de nuestros animales, que maneados habían pacido en el campo, el valle abajo, y antes que saliese el sol los teníamos ensillados para marchar en ellos. Habiéndoseme antojado almorzar un pedazo de carne después que llegamos de recoger las bestias, no hallé un bocado de que echar mano, porque toda se la habían comido aquella noche. Subimos a caballo a aquellas horas y fuimos en demanda del festejo que se hacía que nos aguardaba dos leguas adelante en donde nos alojamos, llegando antes del mediodía al sitio donde se iban agregando muchas parcialidades. Luego que llegamos a la vista de donde estaba el concurso, la plebe y mocetones dando principio a sus bailes y cantos, enviaron a Maulicán y Llaneare, su padre, a avisar al cacique Huirumanque, que era el dueño y «tuautem» de la fiesta y el que había enviado a convidarnos. Al instante envió el cacique cuatro embajadores, hombres principales y parientes suyos, a que nos allegasen a media cuadra del palenque y nos pusiésemos a vista de él para que no entrasen al sitio que nos tenía desocupados; nos acercamos con los embajadores, los cuales nos hicieron hacer alto a la vista de todo aquel concurso, que sería entonces, antes de haberse juntado otras parcialidades, de más de cuatro mil indios y más de seis mil mujeres, sin la chusma, que era grande. El distrito que ocupaban eran de más de dos cuadras a lo largo, cercado por dos lados en triángulo en unas ramadas a modo de galeras, cubiertas y cercadas, por la poca seguridad del tiempo. Estas galerías tenían sus divisiones y aposentos, donde los parientes y deudos del que hacía el festejo tenían las botijas de chicha, carneros, ovejas de la tierra, vacas y terneras con que ayudaban al cacique pariente al gasto de aquellos días; serían más de cuarenta divisiones, sin la muchedumbre de estos géneros que en su casa tenía el cacique para el gasto de aquellos días. Vamos ahora a nuestra entrada. Salió el cacique Huirumanque (que para tales días guardaba los antiguos vestidos de los españoles) con unos calzones de terciopelo morado tan anchos y largos que parecían costales, llamados gregüescos, guarnecidos con un franjón de oro muy ancho, y una camiseta muy labrada, con sus flecos a la redonda, lo que le servía de coleto; una bolsa colgaba con su cinchón, que parecía tahalí, y encima su capa de paño de Castilla azul oscuro que tiraba a morado, también con su franjón de oro por los cantos y por el cuello, y unas medias de seda amarillas puestas sin zapatos, pero con unas alpargatas a su modo y usanza. Otros que le acompañaron sacaron también sus vestidos antiguos de españoles, con sus sombreros largos de copa y cortos de falda, que parecían panes de azúcar. Algunos traían sus plumajes, y otros cintillos de oro a lo antiguo, y el cacique llevaba su collares de piedras que tienen por preciosas y de los propios cintillos; llevaban por delante diez o doce chinas muy bien vestidas a su usanza, cada una con su jarro de chicha. Llegaron al sitio donde estábamos aguardando; cogió el cacique un «malgue», y brindó con él a mi amo y con otro a Llaneare, su padre; luego pidió un jarro de plata que traía aparte una hija suya, con un licor suavísimo y regalado de manzanas, que estando en su punto y no añejo es de las mejores bebidas que se hacen, con el cual me brindó diciéndome que por el deseo que tenían todos los de su distrito de La Imperial, su tierra, de ver al hijo de Álvaro, cuyo valor y nombre estaba tan temido y respetado, habían dispuesto aquel festejo y cagüín. Por esto habían enviado a convidar a Maulicán, a quien estimaban mucho el cuidado y puntualidad con que había acudido a su ruego, llevándome para satisfacer el gusto y el deseo de toda aquella muchedumbre que para el efecto se había congregado. Le agradecí el favor y honra que me hacía; y después de haber brindado a todas los demás caciques que venían en nuestra compañía, nos mandó apear, porque todo esto fue estando a caballo. Y aunque no acostumbran hacer guardar los caballos de los que acuden a tales festejos, por habernos él convidado y llevado de diferente parcialidad, mandó a los criados de su casa los llevasen a un potrero y mirasen por ellos con cuidado. Cogió la vanguardia el cacique, a quien fuimos siguiendo todos los de nuestra parcialidad en un cuerpo, y llegamos al lugar que nos tenían señalado, inmediato al palenque y andamio del baile. Poco antes de llegar al sitio, salieron más de otros setenta indios principales a darnos la bienvenida, que éstos eran los que ayudaban al gasto de la borrachera, cuñados y parientes del cacique Huirumanque, dueño de aquel lugar y principal motor de aquel convite. Pusiéronnos, en suma, en el lugar en donde habíamos de asistir todo el tiempo que durase aquel festejo; en él nos tenían seis o siete esteras o tapetes en que sentarnos y, por principio de fiesta, seis tinajones de chicha de diferentes géneros. Sentáronse todos a la vista de los que estaban cantando y bailando en las gradas y escaleras del andamio. Tenían por delante los seis tinajones referidos; y levantóse el cacique con un criado y fuelos repartiendo a los recién venidos. Principiando por Maulicán y su padre, acabó por los demás caciques, habiendo hecho traer a una hija suya otro cántaro moderado para mí de chicha de frutillas, que es la que tiene el primer lugar en sus bebidas, de la cual me brindó amorosamente. Tras esto, fueron trayendo tantos platos de diferentes viandas, guisados de ave, de pescado y de marisco, con diversos asadores de corderos, perdices y terneras, que sólo con la vista podían satisfacer al más hambriento. A esto se allegaban otros continuos brindis de otros particulares caciques, que los más venían encaminados a mí por conocer y mirar despacio al hijo de Álvaro. Fuéronse agregando tantos indios y muchachos, indias, mocetonas y chicuelas con pretexto de brindarnos, que apenas podíamos rodearnos en nuestro sitio. El cacique Huirumanque, advertido de otros que le asistían, dijo a Maulicán que me rogara que subiese arriba, a la grada más alta del andamio, donde estaba el común de la plebe bailando y cantando en altas voces, para que de abajo me divisasen todos más a gusto, porque lo deseaban en extremo. Respondió mi amo que él era dueño de todo y que me hablase a mí para el efecto. Llegaron el cacique y otros cuatro de ellos a donde yo estaba con mis compañeros y el viejo Llaneare repartiendo la chicha que nos habían traído, y con amorosas razones y corteses súplicas me pidió que le hiciese el favor de subir a la última grada del andamio, para que puesto en alto fuese más bien admirado de las «ilchas» y «malguenes», como si dejese de las damas, que como a muchacho sin pelo de barba, se inclinaban a verme con agrado. -Vamos muy en horabuena -respondí al cacique- si mi amo tiene gusto en eso. -En el vuestro lo ha dejado -me repitió el cacique- que ya lo tengo hablado para el caso. Con esto fuimos entrando por medio de aquellas muchedumbre de cantores y cantoras que estaban bailando al pie de los andamios. Luego que me divisaron, llegaron todos a darme muchos «mari maris», que son salutaciones entre ellos. En particular se arrimó a mí una mocetona no de mal arte a brindarme con un jarro de chicha extremada. Dijéronme el cacique y los demás que iban en mi compañía que recibiese el favor de aquella dama, que como suelta y libre podía arrimarse a quien le diese gusto; que la pagase el amor que me mostraba con igual correspondencia, haciendo oficio de tercero él y los demás y diciendo a la moza que tenía buen gusto. Traía en la cabeza esta muchacha una «mañagua», abierta la boca, manifestando los dientes y colmillos, y las orejas muy tiesas y levantadas para arriba, cubierta a trechos de muchas «liancas» y chaquiras de diferentes colores muy bien adornadas, que en tales festejos las tienen por gran gala las que entran a bailar entre las demás mozas. Yo traía puesto un sombrerillo viejo, y díjole al cacique la muchacha que había de bailar conmigo de las manos asida, como lo acostumbran, y que me pusiese aquella mañagua en la cabeza; díjola el cacique: -Deja que suba primero a lo alto de las gradas para que lo miren todos y lo vean, que para eso lo traemos aquí. -Pues ponedle esta zorrita en la cabeza, para que me la dé después cuando baje. Cogió el cacique la zorra o mañagua, quitándosela a la moza, y díjome: -Capitán, ponte la prenda de esta «ilcha» y estima el favor que te hace, que no lo hace a todos. -De muy buena gana, por cierto -respondí al cacique alegre y placentero- que por obedecerte haré todo lo que me mandares y corresponderé con buenas cortesías a la voluntad y amor que me muestre esa hermosa dama. Ésta, alentada de diferentes licores, había perdido el honesto velo que acompaña a las mujeres cuerdas. -Púseme en la cabeza la venérea insignia y entregué el sombrero a uno de los muchachos mis compañeros (que nunca me dejaron de la mano) para que le tuviese en tanto que devolvía a su dueña la mañagua. Luego que me la vieron puesta, fue tanto el gusto que les causó a todas las circunstantes mocetonas que con otras insignias semejantes estaban dando vueltas en el baile, que se llegaron a mirar muy despacio, diciendo las unas a las otras: -¡Qué bien le está la zorrita al capitán! Y la que me la dio me dijo con encarecimiento que me asentaba bien su mañagua, que en bajando de arriba había de bailar con ella de la mano. En esto me puso el cacique en la primera grada, que estaría del suelo una vara; sobre ella había otras cinco gradas, a distancia de tres cuartas poco más o menos las unas de las otras. Fueron dándome la mano con notable gusto los que estaban bailando encima de ellas, hasta llegar a la última y más alta, donde me pusieron dos galanes mocetones en medio, que con grande agrado me saludaron corteses, y me rogaron que cantase con ellos y bailase. Les respondí que no sabía ni podría aprender aunque quisiese, porque como cautivo me faltaba lo principal, que era el gusto, y esto fue mostrándome algo afligido. -Pues no te desconsueles, capitán -me dijo uno de ellos-, que esto que hacen contigo es para que puedan gozar todos de tu vista, porque es tan grande el nombre de tu padre Álvaro, que por ver a su hijo y conocerle ha venido mucha gente de muchas leguas de aquí. Estando en esto, llegó el mensaje del cacique para que volviese el rostro hacia las espaldas, porque como el andamio y las gradas estaban en cuadro, no me podían divisar más que los que estaban dentro y en los andamios. Así, el mocetón que estaba a mi lado me volvió el rostro para que la muchedumbre que estaba a las espaldas de las gradas pudiesen divisarme y verme a su gusto. Dieron vuelta conmigo los dos acólitos que me tenían en medio a todo el distrito que cogía el andamio, bailando al son de los tamboriles, trompetas, flautas y cornetas, y cantando un romance a mi llegada, diciendo que allí estaba el hijo de Álvaro, que lo mirasen bien y lo conociesen, pues para ese efecto se habían juntado todos aquel día. Los circunstantes respondían afuera con el mismo romance, cantando y bailando, y puestos los ojos en mí con gran cuidado. Al cabo de muy buen rato -el sol se iba apartando de nosotros- me envió a llamar el cacique, que me estaba aguardando abajo de las gradas, y los dos compañeros que me habían tenido en medio no quisieron dejarme hasta entregarme a los caciques. Llegué a donde me estaban aguardando. Se levantaron luego a recibirme, y la moza con ellos, a brindarme y a decirme lo bien que parecía su prenda en mi cabeza. -Más bien sienta en la tuya -le respondí-, que sin ella no me pareces bien; y esto fue quitándomela y poniéndosela encima por eximirme de que me buscase después. Paguele el brindis con otro que me había hecho el cacique al apearme a quien rogué nos fuésemos a donde estaba mi amo; y a una vuelta que dio la muchacha bailando con sus compañeras, nos desaparecimos de donde estaban y llegamos al sitio de nuestros compañeros: ya estaban Maulicán y Llaneare, su padre, muy privados de juicio. El cacique anduvo tan bueno y cortesano, que nos llevó a todos los de nuestro ahillo a su rancho, porque pasásemos la noche con algún alivio y sin riesgo de mojarnos, porque verdaderamente el tiempo era vario y a ratos el viento helado y frío nos sacudía con unos aguaceros demandados y violentos, efectos propios del mes de agosto. Acomodamos a los dos viejos, Maulicán y Llaneare, en un rincón desocupado de la casa, para que durmiesen sosegados y quietos, y mis compañeros y yo nos sentamos al fuego un rato. Allí nos hizo el cacique dar de cenar y unos buñuelos bien hechos empapados con mucha miel de abejas. Después nos fuimos a descansar arrimados a nuestros viejos; y el rancho, como era tan capaz y espacioso, se ocupó con tres o cuatro tamboriles y bailes diferentes, a cuyo son nos quedamos suspensos y dormidos. Estando ya con mis compañeros entregados al sueño, a la media noche llegó el cacique a recordarme, acompañado de la moza de la mañagua, diciendo que me levantase a bailar con ella, pues había venido en mi demanda. Asentose junto a mí la muchachona, haciéndose más borracha de lo que estaba, pareciéndole que de aquella suerte disimularía su deshonesto descoco. Persuadiome el cacique a que comunicase a la moza y bailase con ella de la mano; repugnelo con algunas instancias, haciéndome más dormido de lo que estaba. Y aunque quiso hacer la moza otros extremos en presencia del cacique echándose a mi lado, me levanté luego de la cama como enfadado. El cacique, que servía de tercero, me dijo que por qué me excusaba de dar gusto a aquella moza y de bailar con ella, cuando los «huincas» y españoles antiguos acostumbraban en sus casas bailes y deshonestos festejos, como los que ellos tenían. Le respondí que aquellos estaban en su libertad y eran dueños de sus acciones, y que yo me hallaba sujeto y cautivo, con que no hallaba gusto ni placer en cosa, sino era en el temor de Dios, que era el que me había de conservar en su gracia. Con esto se levantó la moza medio enfadada y se fue al baile, y el cacique me dijo que me volviese a echar a dormir, que lo hice con mucho gusto por verme libre de tentación tan grande. Toda aquella noche estuvieron la plebe y el común cantando y bailando en el palenque y en diferentes fogones más copiosos, con abundancia de manjares para el sustento ordinario de aquella muchedumbre, porque con particular cuidado los dueños de la fiesta tenían dispuesto el gasto de aquellos días por sus turnos, dando de comer y de beber lo necesario cada día entre seis o siete caciques de los parientes y amigos del principal promotor de aquella fiesta con tal concierto y orden, que por las mañanas salían de los ranchos donde de noche se recogían los caciques principales y se iban a sus lugares y asientos señalados, y allí les llevaban de almorzar y de comer a cada parcialidad, de que participaban todos los de ella. A los que estaban sustentando el baile en los andamios y gradas del ordinario concurso les llevaban aparte sus ollas de guisados y gran suma de asadores de carne, los cuales, puestos al fogón que tenían en medio, iban comiendo todo lo que querían y cuando les parecía. Atrás de esto les llevaban más de cuatrocientos «menques» o tinajones de chicha, para que fuesen repartiendo a todos los que llegaban y a los danzantes y cantores, que siempre estaban con los jarros o «malgues» en las manos, brindándose los unos a los otros; lo propio hacían con las demás parcialidades, si bien con más concierto y más regalo, porque a los caciques les daban de comer espléndidamente, varios guisados de pescados, mariscos, aves, perdices, tocino, longanizas, pasteles, buñuelos, tomates, bollos de porotos y maíces y otras cosas, poniendo a cada parcialidad, conforme la gente que tenía, ciento o doscientas cántaras de chicha, porque cuando más se suelen juntar en ordinarias borracheras y festejos veinte o treinta, parcialidades, y en ésta se juntaron más de cincuenta, con lo que el gasto que había cada día de chicha era de más de cuatro mil botijas. Y no era mucho para más de doce o catorce mil almas que se hallaron a aquel festejo, indios, indias, chinas y muchachos. De esta suerte se continuaron seis días aquellos regocijos y fiestas, habiendo de ser ocho los dispuestos y señalados, porque el gasto fue grande. El tiempo, los dos últimos días fue tan riguroso, que fueron desamparados los andamios y recogiéndose a los ranchos y a los tabiques en que a los principios dije que estaban las botijas de chicha, el ganado muerto y todo lo demás necesario para el gasto de la fiesta. Vamos ahora a los regalos que en particular me hicieron todos aquellos caciques, pues a porfía me llevaban cada uno a su casa o habitación, unas veces acompañado de Maulicán, mi amo, y de Llangareu, su padre, y otras solo, porque muy de ordinario en aquellos días estaban divertidos todos en la chicha, con el baile y con las mocetonas soteras y libres. Así, mi amo pocas veces me acompañaba ni me veía. Cada cual de aquellos caciques principales se esmeraba en darme algún regalo de los que antiguamente habían aprendido las cocineras que aun duraban de aquellas ciudades antiguas. Unos me daban pasteles, empanadas, , y buñuelos, tortillas de huevos con mucha miel de abejas que la tenían sobrada, y otros muchos géneros de guisados; con que parece que fui cobrando algún posada y deseos de asistir en aquellos países, y con el agrado y buena voluntad de aquellos caciques, que uno me decía tendría mucho gusto de tenerme en su casa. Yo lo deseaba con extremo, por estar apartado de la frontera, donde no tenía seguridad ninguna de la da, por haber principiado a perseguirme los caciques de la parcialidad de la cordillera y otros comarcanos de mi amo y de su consejo y «regue», por cuya causa me siempre en diversas partes escondido, como vi que algunos deseaban con extremo tenerme en su casa y compañía, y entre ellos el que más lo manifiestan en el cacique Huirumanque, quien nos había llevado a aquel festejo, le rogué que se lo preguntase a mi amo, que yo tendría sumo consuelo en quedarme a servirle, por el riesgo que corría mi vida en las fronteras de guerra. Acabada la fiesta los seis días, porque el tiempo no dio lugar a más, trataron Maulicán, su padre y los de su cuadrilla y comarca de irse retirando hacia sus tierras. Al despedirse, el cacique Huirumanque le pidió encarecidamente me dejase en su casa, que me tendría como a su hijo y miraría por mí con todo amor y cuidado; a cuya súplica se excusó mi amo poniendo algunos inconvenientes que le parecieron bastantes para no concederle lo que pedía. Despidiéronse del cacique a medio día, después de haber comido y bebido muy a su gusto, y cogimos el camino que nos pareció habíamos llevado. Pregunté a mi amo que por qué causa no había querido dejarme en casa de aquel cacique, cuando lo deseaba tanto y él me lo había prometido, por no llevarme a donde no tenía seguridad alguna, y era forzoso traerme oculto de rancho en rancho y a sombra de tejado, como dicen. Respondiome que le habían certificado que aquel cacique era muy celoso y que tenía en su casa algunas mujeres mozas y aviesas, y que yo era muchacho y me podían ocasionar, aunque yo no quisiera, a inquietarme de manera que el cacique me maltratase o me quitase la vida; excusando estos lances, le pareció por buen camino rechazar su súplica y ruegos, que otros muchos caciques habían deseado lo propio, y que antes de pasar el río de La Imperial hallaríamos ocasión en que se me cumpliese mi deseo, pues lo deseaba él tanto como yo. -Mucho estimo el cuidado -le dije- que ponéis en lo que me importa; aunque, mediante el favor divino, no le diera ocasión al cacique a que tuviese ningún recelo ni disgusto, si él es tan delicado, has dispuesto muy bien en no dejarme con quien pudiera ser que mis acciones, aunque fuesen encaminadas, las mirase con ojos de celoso. Con estas y otras pláticas entretuvimos el camino, y aun fue causa de extraviarnos del que habíamos menester, porque seguimos una vereda sin saber para dónde nos llevaba, porque ninguno de nuestros compañeros había continuado aquellos caminos. A pocos pasos que anduvimos, divisamos desde lo alto de una loma, en un valle muy ameno, donde un apacible estero ceñía por partes su contorno, un rancho de buen porte y espacioso, entre otros seis o siete que a distancia de una cuadra unos de otros se situaban a sus orillas. Llegamos con designio de saber el paraje o sitio en que nos hallábamos, para proseguir nuestro viaje, y al llegar a la casa del cacique, que era la mayor y más vistosa, al ruido de los caballos salieron los muchachos hijos y parientes suyos. Como habían asistido a la borrachera, me conocieron al instante, con lo que pasaron la voz y la palabra de que el hijo de Álvaro había llegado con su amo a sus puertas. A estas razones, salió el cacique a recibirnos; él también me había regalado en el convite y aun pedido a mi amo me dejase en casa, porque el viejo Llaneare, su padre, tenía amistad y comunicación antigua con este cacique, que se había vuelto a su rancho el día antecedente porque el tiempo fue riguroso los últimos días y los más cercanos se habían vuelto a sus casas. Luego que nos conoció el principal anciano, rogó a Maulicán y a Llaneare se apeasen un rato, porque su intención era pasar de largo, por lo cual se estaban reacios a caballo; y aunque lo repugnaron al principio por el respeto que se tienen los caciques unos a otros y por ser tan principal aquel como lo era y venerable por sus canas, nos apeamos todos por darle gusto; entrados a su casa, nos hizo sentar al fuego en unas esteras que tienen al propósito y al instante nos pusieron delante tres cántaros de chicha y de los asadores de carne que tenían al fuego nos fueron repartiendo, habiéndonos traído antes unos tamales muy bien hechos de maíz y porotos en lugar de pan. Comimos y bebimos muy a gusto, porque el dueño de la casa era muy agradable y jovial, y como era conocido del viejo Llaneare, porfiaron un rato sobre quién era más viejo de los dos, que hay pocos que no sientan este común achaque. Salió fuera del rancho en esta ocasión Maulicán con alguna necesidad forzosa, y en su seguimiento salí yo a significarle la oposición grande que hacía a mi espíritu el volver a la frontera, donde sabía que no podía tener hora segura mi vida. Viome salir en seguimiento de sus pisadas y me preguntó si se me ofrecía alguna cosa; con que tuve lugar de decirle que deseaba quedarme en aquellos distritos, y que si tenía gusto de verme libre de trabajos y seguro de sus enemigos, que me hiciese favor de dejarme en casa de aquel cacique, pues nuestra suerte nos había llevado a su casa, cuando también era de los que le habían pedido que me dejase en su compañía; a lo que me respondió que aquí me quedaría, porque era una persona de mucha estimación, venerable y de maduro consejo, y que ninguno se atrevería a perderle el respeto. Agradecí mucho a mi amo la promesa, y volvimos a entrarnos a concluir con los cántaros de chicha que nos habían puesto por delante. Estando a los últimos fines y en buena conversación entretenidos, dijo mi amo al cacique lo que le importaba no volver a su tierra a su español, y aunque se lo habían pedido muchos y rogado se lo dejasen en sus casas, por no tener la satisfacción que de él tenía no había concedido a ninguno lo que tanto le había pedido. -En esta conformidad os ruego -dijo al buen viejo-, que miréis con todo cuidado por éste; capitán, que le tengo en lugar de hijo y se ha de rescatar este verano, y aunque vengan por él en mi nombre (que puede usar de esta traza mis enemigos), no lo entreguéis de manera alguna si no es a mí o a algún pariente mío con la seña que yo os enviare o cartas que le traigan. -En mucho estimo vuestro favor -respondió el viejo cacique-, porque estoy enterado de que ha habido algunos que han deseado la asistencia de este capitán en sus casas por servirle y regalarle, que verdaderamente, como es niño, se lleva la voluntad de todos. Yo os agradezco la lisonja que me hacéis, prefiriéndome a tantos pretensores; lo que os podré asegurar es que lo tendré como a hijo y atenderé cuidadoso a su resguardo y seguridad. -Pues, por entenderlo así -dijo Maulicán-, no me pareció dejarlo en otra parte, porque quiero bien a este capitán y deseo con extremo su rescate y sus conveniencias, que se están ya tratando para este verano -y volviéndose a mí, que me tenía a su lado, enternecido me dijo con grande amor-: «Bochun», aquí te puedes quedar hasta que sea tiempo de que te vuelvas a tu tierra, que harto siento el apartarte de mi lado; mas bien conoces que lo hago por tu seguridad y por tu bien: quédate en buena hora y procura servir a Tereupillán, nuestro amigo y patrón tuyo, con todas veras, dándole gusto en todo lo que te mandare. Levantose con esto diciendo que era tarde, que quería llegar a hacer noche al río de La Imperial, por poder otro día llegar a su casa temprano; despidiose del cacique, y al salir por la puerta me dio un abrazo tiernamente, y aunque el cacique le había rogado que se quedase aquella noche, se excusó, y saliendo afuera, salimos todos con él. El viejo Llaneare y sus nietos mis compañeros y amigos se pusieron a llorar conmigo muy de veras, ya que, aunque me quedaba de buena gana, no dejé de enternecerme, por el sentimiento que mostraban con mi ausencia. Abrazáronme con amor y ternura, y aunque pobres, me dejaron dos camisetas o tres de las que tenían y otra frazada nueva para mi abrigo, porque era el tiempo más riguroso de frío de todo el año. Dándonos muchos «mari maris» y abrazos, se fueron con Dios y yo me quedé adonde deseaba. Cogieron, pues, su derrota mis compañeros y dueños de mi voluntad para su tierra de Repocura, dejándome en la otra banda del río de La Imperial, en casa de Tureupillán, anciano al parecer de más de ochenta años, aunque estaba más ágil y alentado que el viejo Llaneare, padre de mi amo, que juzgué la diferencia que había entre los dos sería de un año, más o menos, por las memorias que hicieron, en la competencia de edad, de cosas antiquísimas. Y siendo iguales en el tiempo, parecía Llaneare padre de Tureupillán; en que se confirma que no son los años los que imposibilitan la naturaleza ni apresuran las canas, sino los trabajos, enfermedades y desasosiegos, con incomodidad de la vida humana. Al cabo de tres o cuatro días que me comunicaron sus hijos, me cobraron tan grande amor y voluntad, que no se hallaban sin mi compañía ni un punto. Eran cuatro hermanos, los dos muchachones ya casados, y los otros dos pequeños de diez a doce años, sin otros pequeñuelos de tres y de cuatro poco más o menos, y otros de teta que estaban mamando; por todos eran siete u ocho de diferentes madres, porque el cacique había tenido muchas mujeres si bien entonces no se hallaba más que con cuatro, dos de ellas ya viejas y las otras mocetonas. De estas últimas eran los dos muchachos medianos de diez a doce años, como dije. Eran éstos los que me acompañaban de ordinario y en la cama, que luego que llegué me dio el cacique un colchón de los que usan los principales, además de treinta pellejos muy limpios y encarmenados, cocidos los unos con los otros; una frazada nueva, que con las que yo tenía, cómodamente me reparaban de los hielos y fríos que en aquellos tiempos nos molestaban. Además de esto, me dio dos mantas, la una blanca, que me servía de sábana y cabecera, y a sus dos hijos medianos, para que durmiesen conmigo y me acompañasen, encargándome que les enseñase a rezar. En aquella parcialidad todos los más sabían alguna cosa de las oraciones, y estos dos muchachitos y compañeros míos tenían el Padrenuestro en la memoria, que de las mujeres españolas ancianas y cautivas habían aprendido; repetíanle muy bien cuando nos íbamos a acostar y por las mañanas al levantarnos. Estando una noche, al cabo de algunas, rezando en la cama, les dije que si entendían algo de lo que rezaban, y me respondieron que no. -¿Pues, cómo -les dije- deseáis que os en enseñe las demás oraciones, si no las habéis de entender? -Con todo eso -me dijeron- tenemos gusto de saberlas, porque dicen los «huincas» y las señoras que son palabra de Dios, y por eso gustamos de saberlas y oírlas, aunque no las entendamos. -Está bien -les dije- mucho consuelo me han causado vuestras razones: yo os enseñaré de muy buena gana, y en vuestra lengua las habéis de aprender, para que con más facilidad y gusto os hagáis capaces de los misterios de Dios, entendiendo lo que rezáis. Alegráronse infinito de haberme oído decir les enseñaría las oraciones en su lengua, y con notable regocijo me dijeron, sentándose en la cama, que les enseñase luego, porque se les había aumentado el deseo de saber con haberles significado se las repetiría en su natural idioma. -Repitan, pues, conmigo -dije a mis compañeros, y con mucho gusto obedecieron, siguiendo con las suyas mis palabras. Después de haberlas recitado tres o cuatro veces la oración del Padrenuestro, me repitieron más de un tercio de ella, con notable alegría porque eran señores y dueños de lo que aprendían. Finalmente, en tres o cuatro días supieron el Padrenuestro y pasó la palabra a los demás muchachos que estaban en los ranchos vecinos. De este modo, todos los días se me agregaban más de catorce o quince chicuelos, cuyos padres los enviaban para que fuesen adoctrinados y bautizados, en lo que me ocupé muchos días. Y porque una india se vino a hacer cristiana y me trajo una gallina, todos los demás la fueron imitando. En breve tiempo me hallé con cantidad de gallinas que comer, muchos huevos, papas, bollos de maíz, rosquetes y otras cosas que me traían de regalo, que aunque yo lo repugnaba y les decía que no era menester nada de aquello para que yo les enseñase y bautizase, me respondían que ellos lo hacían por su gusto, por regalarme, y también porque los cristianase de buena gana. Y es de notar una cosa en estos bárbaros (que juzgo que la tengo en otra parte advertida): que cuando están en su libre albedrío y son dueños de su voluntad, sin hallarse señoreados de los españoles, muestran mayor afecto a nuestra santa fe católica. Ocurrían a mí para el efecto de muchas parcialidades, y reparé con cuidado que en algunas había españoles antiquísimo entre ellos y no los solicitaban para este sacramento. Inquiriendo la causa, me sacó de ésta duda un indio antiguo, y en nuestro lenguaje ladino, que me mostraba amor y buena voluntad. Me dijo que los españoles que habían quedado entre ellos no eran cautivos, sino de los que por su gusto entre ellos estaban viviendo a su usanza, y no como cristianos, gozando del vicio y del ocio como los demás infieles. Por esta causa no querían ser bautizados por sus manos, y por haber dicho algunos cautivos españoles que eran herejes los que asistían por su gusto entre ellos y que no éstos podían bautizar a ninguno. Y juzgaban bien estos naturales, que aquellos apóstatas de nuestra religión cristiana no podían hacer cosa bien encaminada a ella. En estos ejercicios virtuosos me entretuve, y en visitar los ranchos y casas comarcanos de los parientes y amigos del cacique, que los tenían a una cuadra y media; y estando un día en casa del indio que signifiqué me mostraba más afición y voluntad que otros ladinos de los antiguos, llamado Pedro, me causó gran compasión y lástima el ver a su mujer muy achacosa y afligida, y el marido más lastimado, porque la quería bien, por ser moza y de buen parecer, además de no tener otra que le acompañase ni quien le hiciese un bocado que comer. Preguntome el camarada Pedro, después de haberme mostrado el achaque de la mujer, que tenía un pecho apostemado, que si acaso sabía o tenía noticias de algunas yerbas para curar a su esposa y compañera, ya que entre nosotros había muchos médicos herbolarios que curaban con ellas y eran acertados. Le respondí, que era verdad que había personas entendidas en la materia y con conocimiento de yerbas medicinales; que yo conocía algunas para postemas, juzgando que sería alguna hinchazón que fácilmente pudiera curarle. -Mucho me huelgo, capitán amigo -dijo el indio-, que los españoles suelen ser acertados, y curaréis a mi mujer, pues me ha parecido que habéis de acertar con la cura. Volví a mirarle el pecho, que le tenía mayor que una botijuela, y tan endurecido que me causó admiración y espanto, de tal suerte que me pesó infinitas veces haberle dicho que conocía de yerbas medicinales; y aunque me quise eximir con decirle que aquella era enfermedad antigua y que me parecía incurable por ser en parte peligrosa y delicada, no pude salir del empeño en que me pusieron mi inadvertida razón y el deseo de dar gusto a quien me mostraba amor y natural afecto, porque me dijo el amigo con resolución, enternecido, que yo había de curar a su mujer y buscar las yerbas que conocía para el efecto. En suma, me vi apretado del doliente amigo y en obligación de buscar las yerbas que no conocía, con harto dolor y sentimiento de haberme ofrecido a hacer lo que no entendía. Finalmente me resolví a decir que saldría a buscar las yerbas y que me holgaría hallarlas por darle gusto, pero que me parecía dificultoso, porque de ordinario se hallaban arrimadas a la costa del mar. -Pues iremos a la costa-dijo el amigo- si por aquí cerca no las halláis mañana. Con esto me vi por todos caminos cercado y con la obligación de salir a buscar lo que no sabía ni conocía y traer las primeras que encontrase. Fuime desconsolado a casa del cacique aquella noche y encomendeme a Dios y a la Virgen Santísima del Pópulo, con todas veras y fervorosas súplicas, después de haber rezado con mis compañeros la oración del Padrenuestro (que ya sabían) echándonos en la cama. Apenas el sol rayaba entre confusos nublados, cuando estaba conmigo el indio Pedro solicitando el que saliésemos al campo en demanda de las yerbas. Todo esto con ruegos amorosos y ofertas grandes de agradecimiento. -Yo saldré a la tarde -dije al camarada- y me alargaré lo posible por ver si en alguna quebrada de éstas comarcanas me depara la dicha lo que habemos menester. -Pues, volveré a acompañaros -dijo el indio- si gustáis que nos vamos paseando. Le respondí que no faltase del lado de la enferma, porque podría ser me dilatase más de lo que quisiera; que los dos muchachos mis camaradas y compañeros bastaban para hacerme compañía. -Pues quedaos a Dios, amigo -me dijo Pedro-, que en vos tengo puesta mi esperanza y en vuestras manos la salud de aquella pobre enferma. Dichas estas razones me dejó en el rancho, más pesaroso que antes y con más cuidado e imaginaciones Salí a las orillas del estero a encomendarme a Dios y darle gracias por haberme dejado amanecer con bien aquel día, aunque con algún disgusto por el empeño en que me hallaba con aquel indio Pedro. Esto fue hincado de rodillas dentro de un bosque donde solía continuar mis devociones, diciendo con David: En ti tengo, Señor, puesta mi esperanza; por tu divina bondad me has de oír, Dios y Señor nuestro. Volví con esto al rancho, donde el cacique estaba esperándome para almorzar; los muchachos habían ido por otra parte en mi demanda, y antes de entrar me encontraron, preguntando por el lugar o sitio en que me había ocultado y escondido, porque no habían podido dar conmigo toda la mañana. -En el estero estuve -les dije- divertido un rato, rezando mis devociones, algo distante de la ordinaria vereda por donde solemos encaminarnos. -Por eso no pudimos encontrarnos con voz -me dijeron los chicuelos-; vamos adentro, que os está aguardando el viejo para comer. El almuerzo servía de comida entre las nueve y las diez. A este tiempo salió el viejo cacique a las espaldas del rancho a coger el sol y a comer a la resolana, en cuya compañía fuimos platicando hasta llegar al sitio reparado del aire y descubierto al sol; allí nos trajeron de comer y de beber muy a gusto, puesto que los más días me guisaban una ave de las que me habían ofrecido los ahijados y ahijadas, sin otros regalos que me hacían el cacique los comarcanos parientes suyos. Acabamos de comer, como el rancho de Pedro era el más cercano, al instante estuvo con nosotros y significó al cacique lo mucho que deseaba que yo saliese al campo en busca de unas yerbas que le había dicho que conocía para curar el achaque que padecía su mujer. Díjome el cacique mi huésped: -Capitán, mucho me huelgo que conozcáis yerbas medicinales, porque curarás nuestras enfermedades. -Yo no entiendo de eso -dije al cacique- que las yerbas que conozco son unas con que vi curar una postema, y no sé si han de ser a propósito para tan antigua enfermedad como la que tiene la mujer de mi amigo Pedro; con todo eso, saldré a buscarlas, y si las hallare, haré todo lo posible por sanarla. -Mucho estimaré de mi parte -me dijo el viejo- que pongáis todo cuidado en la salud de mi parienta, que ha muchos días y meses que la tiene afligida aquel penoso achaque, sin que haya habido persona que haya acertado a curarla, aunque se han hecho muchas y varias diligencias. Salid con esos muchachos a pasearos por esas campañas, que hace apacible tarde sin viento ni frío, y buscaréis con cuidado las yerbas que habéis dicho; lleven unos bollos de maíz para merendar allá, que de vuelta les tendremos de cenar muy bien. -Yo también quiero ir con el capitán -dijo Pedro-, por hacerle compañía y guiarle. -No es menester, amigo y camarada -le dije-, que estos muchachos solos son bastantes para acompañarme en este paseo, porque hemos de ir rezando las oraciones y a ratos cantándolas, que de esa suerte se aprenden más bien y con más facilidad. -¡Ea, pues!, capitán amigo -dijo Pedro, apadrinado del viejo-, id en buena hora con vuestros compañeros, y quiera Dios que volváis con el despacho que deseamos. Salimos de la posada los muchachos y yo, y habiendo pasado el estero que nos ceñía la casa, cogimos el camino que se enderezaba al río de La Imperial; y preguntando a mis camaradas cuánto habría de adonde estábamos a él, respondieron los muchachos: -Allí tras aquella loma está no más, muy cerca es. El «cerca» de los indios suele ser de dos leguas, poco más o menos, si bien en esta ocasión no fue media legua la que había; y como la loma estaba a poca distancia de nosotros, díjeles: -Pues lleguemos a divisar el río de aquel alto. -Vamos, capitán -me respondieron-, y llegaremos a casa de mi tío que está a la orilla del río. Fuimos caminando poco a poco, rezando las oraciones y cantándolas a ratos, hasta que llegamos a la cima del cerro, de donde descubrimos un hermoso valle que hacía el río, y en frente de él, la otra banda, sobre una loma rasa que señoreaba a otro valle por aquella parte, se divisaban los paredones antiguos de la ciudad Imperial que como los más eran de piedra, estaban todavía muy enteros. Descubrimos también por aquellos llanos de tan apacible valle muchos ranchos fundados en sus orillas, con muchas sementeras y árboles frutales. Todo nos provocaba a bajar a verlos y a gozar de la amenidad de aquellos prados; los muchachos estaban con más deseos que yo de llegar al rancho de su tío, por lo que fue menester muy poco para conformarnos y bajarnos a la falda del cerro, donde nos sentamos a descansar un rato y a merendar los bollos de maíz que llevábamos. En esto, nos divisaron los muchachos que estaban entreteniéndose al juego de las chuecas como a dos cuadras de nosotros; llegaron a reconocernos, y aunque después de haber conocido a sus primos me rogaron que llegásemos al rancho y a donde su padre estaba, me excusé diciendo que habíamos salido a buscar unas yerbas y que era forzoso andar por aquellas montañas solicitándolas y no detenernos. Estando en esto, llegó un hijo mayor del cacique, de buena traza, con recaudo de su padre, en que rogaba que me llegase a su casa; que por aviso que le dieron de que estaba allí un «huinca», coligió no podía ser otro que el que estaba en casa de su hermano. Obedecí al ruego y mandato del cacique y a los agasajos del mensajero. Llegamos al rancho del cacique Neucopillán, primo hermano de Tureupillán, con quien yo asistía. Nos sentamos a la resolana, donde él estaba cogiendo el sol sobre tarde, y al punto me pusieron delante un cántaro de chicha, que es la honra y agasajo que hacen a los huéspedes principales. Y como ya yo estaba diestro en lo que acostumbran, brindé luego al cacique. Bebió la mitad de lo que había en el jarro y me brindó con lo que quedaba: -«Llag paia cimi», a la mitad habemos de beber. Fui luego repartiendo a los demás circunstantes, después de haber bebido lo que el cacique me dejó en el vaso; luego de haber hecho con los mayores y principales la ceremonia del brindis, pasé el cántaro al muchacho mayorcito que me acompañaba para que brindase a los demás muchachos. Sacáronme luego un plato de frutilla pasa, unos bollos de porotos y maíz mezclados con la semilla que en otra ocasión he dicho la calidad que tiene, que es el «madi». Mientras comía me preguntó el cacique que para dónde iba encaminado; le respondí que por aquellas quebradas y vegas buscábamos unas yerbas que en mi tierra conocía y por acá no podía encontrar; que a ese efecto había salido de casa con aquellos muchachos, por orden y ruego del cacique mi huésped, y habiéndonos alargado hasta lo alto de este cerro, de donde se divisan las riberas apacibles de este río, pobladas de tan hermosos ranchos y vistosos jardines de olorosas flores, tuvieron gusto mis compañeros de que bajásemos a gozar de ellos y que de esta suerte nos habíamos acercado a su casa y habitación. -Mucho me huelgo que hayáis llegado a ella -dijo el cacique-, porque desde que os vi en la borrachera, donde nos juntamos todos los comarcanos sólo por ir a conoceros y a ver al hijo de Álvaro, naturalmente me incliné a quereros bien y a miraros con buenos ojos, pues llegué a brindaros algunas veces. Y ya que habéis llegado a mi casa, me habéis de hacer el favor de quedaros en ella esta noche, porque el cacique Aremcheo tiene grandes deseos de conoceros, que por estar tan viejo e impedido no pudo ir a la borrachera y tiene ya noticia de que estáis aquí cerca en casa de mi hermano; le enviaremos a llamar, que aquel de abajo es su rancho, y tendrá mucho gusto de conoceros. Yo le respondí que me holgara mucho ser dueño de mi voluntad para obedecerle al punto; que no pareciera bien, sin gusto del cacique que me tenía a su cargo, faltar de noche de su casa. No os dé cuidado eso -dijo Neucopillán-, que yo enviaré a mi hijo a avisarle, para que no esté con cuidado. Hízolo así, con que fue fuerza darle gusto, y en el entretanto que dábamos fin al cántaro de chicha que teníamos presente, se levantó y fue adentro a disponer el rancho y a mandar hacer de cenar espléndidamente, y a hacer traer el ganado, que por allí cerca paseaba el campo. Cogieron cuatro o seis corderos gordos y otros tantos carneros, gallinas, diez o doce pollos y capones; hicieron además muchos fogones en el rancho, porque ya refrescaba la tarde y necesitábamos de abrigo. Con esto envió a avisar al cacique viejo Aremcheo y a otros tres o cuatro comarcanos, parientes y amigos, de los que tenían sus casas más cercanas. Llegaron al ponerse el sol, y a un mismo tiempo el mensajero que había enviado el cacique a avisar a mi huésped. -El rancho era muy grande y anchuroso, con tres fogones, bien proveídos de ellas, asadores y sartenes en que freír buñuelos y rosquillas y sopaipillas de huevos y pescado fresco, regalos todos éstos que me hizo aquel cacique en este espléndido convite. Después de haberme saludado el cacique Aremcheo, el viejo, y regocijándose con mi vista, y los demás caciques que ya me habían visto en la borrachera, cenamos aquella noche abundante y regaladamente, y después se armó el baile, que es el complemento de la fiesta entre ellos, con la mujer y familia de aquel cacique viejo y con las de 1os otros que fueron convidados. Gastáronse muchos cántaros de chicha, con que los caciques y demás se fueron alegrando. Estando yo sentado al fuego con el viejo Aremcheo y otros dos caciques también ancianos platicando algunas cosas de los primeros conquistadores de este reino, llegaron a mí los hijos del cacique dueño de aquel festejo, acompañados de algunas muchachonas con sus jarros de chicha, a brindarnos y a rogarme a mí que fuese a bailar con ellas, pues a mi llegada era aquel convite y regocijo. Les respondí que no sabía sus romances, que cómo querían que fuese a estarme parado y mudo; entonces se levantaron los viejos y me dijeron que fuésemos a holgarnos, pues habían venido aquellas «ilchas» a convidarme. Por el respeto de los viejos y sus agasajos, me levanté con ellos y fuimos a la rueda en que estaban bailando, dando vueltas a la redonda del tamboril, y a su imitación hice lo propio; fue ésta la primera vez que me pudieron obligar con regalos, con cortesías y agrados a hacer lo que no sabía. Quedaron muy pagados de mi acción los caciques y los demás muchachos y muchachas, porque me mostraba con ellos alegre, placentero y agradable; aunque el corazón y el espíritu se hallaban repugnantes a aquel ejercicio, que por urbanidad y buen respeto ejercitaba, que es prudencia y cordura en ocasiones mostrar el rostro alegre teniendo sentimiento el alma. Al cabo de un buen rato que hubimos entretenido la noche con dar vueltas en el baile y brindarnos a menudo, y entreverando platos de mariscos, rosquillas fritas, sopaipillas con mucha miel de abeja y otros regalos (porque toda la noche los que bailan están comiendo y con eso no se les sube tan presto lo que beben a la cabeza; así, han menester mucho para que las bebidas los postren en el suelo), me dijeron los viejos que nos fuésemos a descansar a otro fogón que estaba separado del bullicio y del concurso entretenido. Retirámonos a él, y el cacique Neucopillán, que fomentaba la fiesta, nos hizo hacer las camas, para que los tres viejos se acomodasen, y yo con mis compañeros en otra; hízonos llevar después dos cántaros de chicha, para que con gusto el sueño nos rindiese. El cacique Aremcheo era muy viejo, criado entre españoles y ladino; tenía escogido natural, agradable y apacible, ajustado en su vivir a lo cristiano, sin haber querido tener más mujer que la legítima por la Iglesia (que, según el aspecto de ella, se debió de casar muchacha, siendo él ya mayor), quitado de ruidos de pleitos y disensiones; no salía de su casa, sino era tal vez a aquellos ranchos de sus vecinos y comarcanos que le servían de paseo; sabía este cacique rezar el Padrenuestro y Avemaría, y me certificó que todos los días rezaba aquellas oraciones. Finalmente, era un indio que se acordaba mucho de los españoles y principalmente de un ermitaño que asistía cerca de su casa. Éste fue quien le enseñó a rezar, y con su ejemplo y buena vida permaneció con buenas costumbres este indio; porque las acciones ajustadas y obras virtuosas son las que más bien encaminan a los ignorantes infieles, que las palabras y sermones aunque sean eficaces. En buena conversación estuvimos haciendo memoria de los pasados conquistadores. -Yo os contaré -dijo uno de ellos- una cosa que os causará mucha admiración. -Mucho me holgaré escucharos -respondí al cacique-, porque deseo grandemente enterarme de lo que hicieron y obraron los españoles antiguos a los principios de esta conquista. -El cacique Aremcheo -dijo este anciano- os podrá dar mejor noticia de la entrada de los españoles en nuestra tierra, que era mayor; nosotros éramos muy niños, y en estos tiempos no pienso que haya otro más antiguo. A esto respondió el buen viejo, muy conforme a su natural bueno y el amor que mostraba a los cristianos, que entre ellos también hay algunos de buenos corazones, sufridos y pacientes; que si todos fuesen de esta calidad, hubieran conservado la paz admitida en sus principios. -Yo tampoco me acuerdo bien de los principios -dijo Aremcheo-; sólo las noticias de mis padres tengo presente. Decían que cuando entraron los españoles, fue haciéndonos la guerra y peleando, y en las primeras batallas que tuvieron, como estaban los nuestros ignorantes de los efectos que causaban los arcabuces, murieron muchos, y atemorizados los demás, se sujetaron fácilmente y dieron la paz. Lo que sé deciros; es que a mí me parecieron bien los españoles después que fui abriendo los ojos y teniendo uso de razón, porque mi amo nos hacía buen tratamiento y los muchachos que servíamos en su casa éramos adoctrinados y enseñados con cuidado, bien vestidos, bien comidos y tratados.
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