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Capítulos 90 a 159

Capítulos XC a CLIX

XC

SE YERGUEN los franceses y se ponen de pie. Están bien absueltos, libres de todas sus culpas y el arzobispo los ha bendecido en nombre de Dios. Luego montan nuevamente en sus ligeros corceles. Están armados como conviene a caballeros y todos ellos se muestran bien aprestados para el combate.

El conde Rolando llama a Oliveros:

—Señor compañero, bien hablasteis al decir que Ganelón nos había traicionado. Recibió como salario oro, riquezas y dineros. ¡Séale dado vengarnos al emperador! El rey Marsil nos compró como quien compra en un mercado, ¡pero esa mercancía, sólo habrá de obtenerla por el acero!

XCI

PASA ROLANDO por los puertos de España cabalgando a Briador, su rápido corcel. Se halla cubierto de su coraza que realza su figura y blande denodadamente su lanza. Hacia los cielos endereza la punta; un gonfalón todo blanco está atado al hierro y las franjas le azotan las manos. Noble es su apostura, risueño y claro su rostro. Le sigue su compañero, y los caballeros de Francia lo proclaman su baluarte. Su mirada se dirige amenazadoramente hacia los sarracenos y luego humilde y mansa hacia los franceses, a los que dice con gran cortesía estas palabras:

—Señores barones, ¡despacio, cabalgad al paso! Estos infieles van en busca de su martirio. Antes de que caiga la noche habremos ganado un botín tan bello como suntuoso: nunca rey de Francia conquistó otro igual.

Y al tiempo que así hablaba, topáronse los dos ejércitos.

XCII

DICE Oliveros:

—No me impulsa el ánimo a discursos. No os dignasteis tocar vuestro olifante, y Carlos no está aquí para sosteneros. Ni una palabra sabe de esto, el esforzado rey, y no es suya la culpa, como tampoco merecen reproche alguno todos estos valientes. ¡Así pues, cabalgad con todo vuestro denuedo contra esas huestes! Señores barones, ¡manteneos firmemente en la contienda! En nombre de Dios os exhorto a bien herir. ¡Golpe dado por golpe recibido! Y no olvidemos la divisa de Carlos.

Al oír tales palabras, los francos claman el grito de guerra:

—¡Montjoie!

Quien así los hubiera escuchado gritar, tendría memoria de un magnífico denuedo. Luego cabalgan, ¡Dios, cuán fieramente!; para llegar antes, clavan las espuelas y comienzan a herir pues, ¿qué otra cosa les queda por hacer? Los sarracenos los reciben sin miedo. Y he aquí que se trenzan en combate moros y franceses.

XCIII

EL SOBRINO de Marsil, llamado Aelrot, cabalga el primero ante el ejército y va diciendo a nuestros franceses palabras afrentosas:

—Francos felones, hoy habréis de combatir contra los nuestros. Aquel que os tenía bajo su custodia os traicionó. ¡Insensato el rey que os dejó en los desfiladeros! ¡Perderá su prestigio en este día Francia, la dulce, y Carlomagno el brazo diestro de su cuerpo!

Cuando esto escucha Rolando, ¡Dios, lo invade gran cuita! Clava espuelas a su corcel, deja rienda suelta a sus bríos y corre a herir a Aelrot con todas sus fuerzas. Le rompe el escudo y le desgarra la cota, le abre el pecho, destrozándole los huesos y le quebranta el espinazo. Le arranca el alma con su lanza y la tira afuera. Hunde violentamente el hierro, estremeciendo al cuerpo; con el asta lo derriba muerto del caballo y al caer se le parte la nuca en dos mitades. No por ello deja Rolando de hablarle de esta guisa:

—No, hijo de siervo, no está loco Carlos, y jamás amó la traición. Dejarnos en los desfiladeros fue en él valentía. No habrá de perder en este día su prestigio Francia, la dulce. ¡Herid, franceses, fue nuestro el primer golpe! ¡Con nosotros está el derecho y el error acompaña a estos felones!

XCIV

UN DUQUE, llamado Falsarón, se encuentra allí. Es hermano del rey Marsil y posee las tierras de Datan y de Abirón. No existe peor truhán bajo los cielos. Es tan amplia su frente que puede medirse medio pie entre sus dos ojos. Cuando ve muerto a su sobrino, lo invade gran duelo. Sale de entre la multitud, retando al primero que encuentra, clama el grito de guerra de los infieles y lanza a los franceses palabras injuriosas:

—¡En este día, Francia, la dulce, perderá su honor!

Oliveros lo oye y lo invade gran irritación. Clava las doradas espuelas en su montura y corre a herirlo como barón de buena ley. Le rompe el escudo, le desgarra la cota; le hunde en el cuerpo las franjas de su gonfalón y con el asta de la lanza lo arranca de los arzones y lo derriba muerto. Mira en el suelo al traidor que yace y le dice entonces fieramente:

—No me cuido de tus bravatas, hijo de siervo. ¡Atacad, franceses, que hoy habremos de vencer! Y grita la divisa de Carlos:

—¡Montjoie!

XCV

UN REY, llamado Corsablín, se encuentra allí. Es oriundo de Berbería, una lejana comarca.

—Bien podemos entablar esta batalla —les grita a los demás sarracenos—: son muy pocos los franceses y tenemos derecho a menoscabarlos. No será Carlos quien salve a uno solo. Ha llegado para ellos el día de su muerte.

El arzobispo Turpín lo ha oído muy bien. No existe bajo el firmamento otro hombre a quien más odie. Clava sus espuelas de oro fino y lo acomete con violencia. Ya le ha roto el escudo, destrozándole la cota, la le ha hundido en el cuerpo su larga lanza. Con fuerza la empuja, sacudiéndola en las carnes del infiel hasta hacerlo vacilar; luego, con el asta, lo derriba muerto en el camino. Mirando hacia atrás, ve al felón caído y no deja de decirle unas palabras:

—Infiel, hijo de siervo, ¡cuán falsamente habéis hablado! Siempre podrá auxiliarnos mi señor Carlos; no está el huir en el ánimo de nuestros franceses, y todos vuestros compañeros habrán de quedar inmóviles por nuestra mano. Oíd esta nueva: preciso es que halléis aquí la muerte. ¡Acometed, franceses! ¡No flaquee ninguno! ¡Es nuestro este primer golpe, a Dios gracias!

Y grita Turpín para quedar dueño del campo:

—¡Montjoie!

XCVI

Y Garín acomete a Malprimís de Brigantia. El buen escudo del infiel de nada le vale. Garín le rompe la bloca de cristal y la mitad cae a tierra. Le desgarra la cota hasta la carne y le hunde su buena pica en el cuerpo. El sarraceno se desploma como una masa. Satanás se lleva su alma.

XCVII

SU COMPAÑERO Gerer ataca al emir. Le destroza la coraza, le desmalla la cota y en las entrañas le hunde su buena pica; apoya con fuerza, hasta que el hierro le atraviesa el cuerpo y con el asta lo derriba muerto en el campo.

—¡Qué magnífica batalla! —dice Oliveros.

XCVIII

EL DUQUE Sansón acomete al jefe moro. Le rompe el escudo que ostenta adornos de oro y florones. De nada le sirve su buena coraza. Le atraviesa el corazón, el hígado y el pulmón y lo derriba muerto, ¡haya de llorarlo quien quiera!

—¡Este golpe es de un valiente! —exclama el arzobispo.

XCIX

Y ANSEÍS deja rienda suelta a su corcel y corre a atacar a Turgis de Tortosa. Le quiebra el escudo bajo la dorada bloca, desgarra de arriba abajo su doble cota y le hunde en el cuerpo el hierro de su buena pica. Empuja con fuerza y sale la punta por la espalda del adversario; ton el asta lo derriba muerto sobre el campo.

— ¡Ese golpe es de un valiente! —dice Rolando.

C

Y ANGKLEROS, el Gascón, de Burdeos, espolea a su caballo, suelta las riendas y acomete a Escremis de Valtierra. Le quiebra el escudo que lleva al cuello, descoyunta sus partes, le rompe el ventalle de la armadura y lo hiere en el pecho, bajo la garganta; con el asta, lo derriba muerto de su silla. Luego le dice:

—¡Heos perdido!

CI

Y OTÓN golpea a un infiel, Estorgán, en el borde superior de su escudo, de tal suerte que le desgarra los cuarteles de blanco y bermellón; le rompe las partes de su coraza, le hunde en el cuerpo su afilada pica y lo derriba muerto sobre su rápido corcel. Luego le dice: —¡Buscad quien os valga!

CII

Y BERENGUER hiere a Estramariz. Le rompe el escudo, le desgarra la loriga, a través del cuerpo le hunde su poderosa pica; entre mil sarracenos lo derriba muerto. De los doce pares, diez. hallaron la muerte; ya sólo quedan vivos dos: Chernublo y el conde Margaris.

CIII

MARGARIS es un cumplido caballero, de gran donosura y firmeza, ágil y ligero. Espoleando a su caballo corre a herir a Oliveros. Le rompe su escudo bajo la bloca de oro puro. A lo largo de sus costados endereza su pica, mas Dios guarda a Oliveros: su cuerpo no ha sido tocado. El asta se quiebra, mas él no fue derribado. Margaris pasa a su lado sin que nadie le estorbe; hace sonar su trompa para reunir a los suyos.

CIV

EL COMBATE es magnífico, la lucha se torna general. El conde Rolando no preserva su persona. Hiere con su pica mientras le dura el asta; después de quince golpes la ha roto, destrozándola completamente. Entonces desnuda a Durandarte, su buena espada. Espolea a su caballo y acomete a Chernublo. Le parte el yelmo en el que centellean los carbunclos, le desgarra la cofia junto con el cuero cabelludo, le hiende el rostro entre los dos ojos y la cota blanca de menudas mallas, y el tronco hasta la horcajadura. A través de la silla, con incrustaciones de oro, la espada se hunde en el caballo. Le parte el espinazo sin buscar la juntura y lo derriba muerto con su jinete sobre la abundante hierba del prado. Luego le dice:

— ¡Hijo de siervo! ¡En mala hora os pusisteis en camino! No será Mahoma quien os preste su ayuda. ¡Un truhán como vos no habría de ganar una batalla!

CV

EL CONDE Rolando cabalga por todo el campo. Enarbola a Durandarte, afilada y tajante. Gran matanza provoca entre los sarracenos. ¡Si lo hubierais visto arrojar muerto sobre muerto y derramar en charcos la clara sangre! Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y su buen corcel tiene rojos el pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni los doce pares, ni los francos que hieren con redoblado ardor.

Mueren los infieles, algunos desfallecen. Y el arzobispo exclama:

—¡Benditos sean nuestros barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.

CVI

OLIVEROS cabalga a través del caos reinante en el campo. El asta de su lanza se ha quebrado y sólo le queda un pedazo. Va a herir a un infiel, Malón. Le rompe el escudo, guarnecido de oro y de florones, fuera de la cabeza le hace saltar los dos ojos y se le derraman los sesos hasta los pies. Y entre los innumerables cadáveres lo derriba muerto. Después mata a Turgis y Esturgoz. Pero el asta se le ha roto y la madera se astilla hasta sus puños.

—Compañero, ¿qué hacéis? —le dice Rolando—. En una batalla como ésta, de poco me serviría un palo. Sólo valen aquí el hierro y el acero. ¿Dónde está, pues, vuestra espada, cuyo nombre es Altaclara? Tiene guarnición de oro y su pomo es de cristal.

—No he podido aún desenvainarla —respóndele Oliveros—, ¡tan ocupado me hallaba!

CVII

Mi SEÑOR Oliveros desnuda su buena espada, a instancias de su compañero Rolando y como noble caballero, le muestra el uso que de ella hace. Hiere a un infiel, Justino de Valherrado. En dos mitades le divide la cabeza, hendiendo el cuerpo y la acerada cota, la rica montura de oro en la que se engastan las piedras preciosas y aun el cuerpo del caballo, al que parte el espinazo. Jinete y corcel caen sin vida en el prado ante él. Y exclama Rolando:

—¡Ahora os reconozco, hermano! ¡Por golpes como ése nos quiere el emperador!

Por todas partes estalla el mismo grito:

CVIII

EL CONDE Garín monta el caballo Sorel, y el de su compañero Gerer tiene por nombre Paso-de-Ciervo. Ambos sueltan las riendas, espolean a sus corceles y van a herir a un infiel, Timocel, el uno sobre el escudo y el otro sobre la coraza. Las dos picas se rompen en el cuerpo. Lo derriban muerto en un campo. ¿Cuál de los dos llegó antes? Nunca lo oí decir, y no lo sé.

El arzobispo Turpín ha matado a Siglorel, el hechicero que había estado ya en los infiernos: merced a un sortilegio de Júpiter logro tal empresa.

—¡He aquí a uno que merecía morir por nuestra mano! —dice Turpín.

Y responde Rolando:

—¡Vencido está, el hijo de siervo! ¡Oliveros, hermano mío, tales lances me son gratos!

CIX

LA BATALLA se ha tornado encarnizada. Francos y sarracenos cambian golpes que es maravilla verlos. El uno ataca y el otro se defiende. ¡Tantas astas se han roto, ensangrentadas! ¡Tantos gonfalones yacen desgarrados y tantas enseñas! ¡Son tantos los buenos franceses que han perdido sus jóvenes vidas! Jamás volverán a ver a sus madres ni a sus esposas, ni a las huestes de Francia que los aguardan en los desfiladeros. Llorará por ello, y gemirá Carlomagno; mas ¿de qué le valdrán sus lamentaciones? Nadie podrá socorrerlos. Mala faena le hizo Ganelón, el día en que se fue a Zaragoza para vender a sus fieles. Por haber llevado a cabo tal acción, perdió los miembros de su cuerpo y aun la vida en Aquisgrán, donde fue juzgado y condenado a la horca, pereciendo con él treinta de sus parientes que no se esperaban esta muerte.

CX

LA BATALLA es prodigiosa y dura. Rolando hiere sin descanso, y con él Oliveros. El arzobispo dio ya más de mil golpes y no le van en zaga los doce pares, ni los franceses que juntos atacan. Por centenas y miles mueren los paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará luego escapatoria: quiéralo o no, dejará allí su vida. Los francos van perdiendo su mejores puntales. No volverán a ver a sus padres y parientes, ni a Carlomagno que los espera en los desfiladeros. En Francia se levanta una extraña tormenta, una tempestad cargada de truenos y de viento, de lluvia y granizo, desmesuradamente. Caen los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y se estremece la tierra. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde Besanzón hasta el puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes resquebrajadas. Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna claridad, salvo cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el espanto. Algunos dicen:

—¡Esto es la consumación de los tiempos, ha llegado el fin del mundo!

Pero ellos nada saben, no son ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la muerte de Rolando.

CXI

Los FRANCESES han combatido con entereza, firmemente. Han perecido multitudes de infieles, por millares. Apenas lograron salvarse dos sobre los cien mil que se habían juntado. Y dice el arzobispo:

—¡Valerosos son nuestros guerreros! Nadie los tuvo mejores bajo el firmamento. Está escrito en los Anales de Francia que nuestro emperador tiene buenos vasallos.

Recorren el campo, en busca de los suyos; lloran su duelo y su compasión por sus parientes, de todo corazón.

con todo afecto. Contra ellos se adelanta, entre tanto, el numeroso ejército del rey Marsil.

CXII

VIENE Marsil a lo largo de un valle, con el poderoso ejército que ha juntado. Puede contar con veinte cuerpos de tropa que ha formado en batalla. Centellean los yelmos de oro, incrustados de pedrería, y también los escudos, y las lorigas recamadas. Siete mil clarines pregonan la carga, resuena el clamor por toda la región. Dice Rolando:

—Oliveros, mi compañero y hermano, Ganelón, el villano, ha jurado nuestra muerte. No ha de quedar oculta su traición; tomará el emperador ejemplar venganza. Vamos a entablar una batalla áspera y violenta; jamás habrá visto hombre alguno encuentro semejante. Blandiré a Durandarte, mi espada, y vos, compañero, heriréis con Altaclara. ¡Por cuántas tierras las hemos llevado! ¡Cuántas batallas nos fueron por ellas favorables! ¡No habrán de cantarlas en afrentosa canción!

CXIII

CONTEMPLA Marsil el martirio de los suyos. Hace sonar sus cuernos y sus trompas, luego cabalga con la flor de su poderoso ejército. Entre los primeros galopa un sarraceno. Abismo: no hay otro más felón en la turba. Está lleno de vicios y de crímenes, y no cree en Dios, el hijo de Santa María. Es tan negro como la pez derretida, y más que todo el oro de Galicia lo tientan la traición y la matanza. Nunca lo vio alguno jugar ni reír. Pero es valeroso y temerario y por ello es grato al felón rey Marsil. Enarbola un dragón, en torno al cual se reúnen las huestes sarracenas. Mal había de quererlo el arzobispo, y desde el instante en que lo ve, sólo tiene el deseo de matarlo.

—Gran herejía ostenta ese pagano —dícese por lo bajo—. Mucho mejor será que corra a matarlo: jamás gusté de cobardía ni cobarde.

CXIV

EL ARZOBISPO comienza la batalla. Monta el caballo que tomó a Gresalle, un rey al que había matado en Dinamarca. El corcel es de los buenos, muy rápido; tiene ligeros los cascos, las piernas delgadas, el muslo corto y ancha la grupa; sus flancos son largos y alto su espinazo. Su cola es blanca, amarillas sus crines, las orejas son pequeñas y tiene la cabeza leonada. Ningún otro corcel puede igualarlo a la carrera. ¡Con qué denuedo lo espolea el arzobispo! Acomete a Abismo, nadie podrá impedírselo. Corre a golpearle sobre su escudo mágico, en el que se engastan piedras preciosas, amatistas y topacios, y centellean los carbunclos: un demonio lo había donado al emir Califa, en el Val Metas, y éste lo ha obsequiado a Abismo. Hiere Turpín, sin miramientos; después de su acometida, no creo que el escudo valga ya un mal dinero. Atraviesa al sarraceno de parte a parte y lo derriba muerto sobre la tierra desnuda. Y dicen los franceses:

—¡Admirable denuedo! ¡Nadie habrá de escarnecer la cruz mientras la tenga en sus manos el arzobispo!

CXV

OBSERVAN los franceses la numerosa hueste de los infieles: por todo el campo van apareciendo más soldados. Ocurre que llamen a Oliveros y a Rolando, y a los doce pares, para que les presten su ayuda. Entonces les dice su parecer el arzobispo:

—Señores barones: no penséis mal. Por Dios os suplico que no os deis a la fuga, para que ningún valiente pueda cantar de vosotros afrentosa canción. Mejor nos vale morir combatiendo. Pronto, según nos parece prometido, llegará nuestro fin, no viviremos más allá de este día; pero una cosa os puedo asegurar: abiertas de par en par están para vosotros las puertas del santo Paraíso; allí os sentaréis junto a los Inocentes.

Al oír tales palabras, siéntense los francos tan confortados, que ni uno solo deja de gritar:

—¡Montjoie!

CXVI

HAY ALLÍ un moro, de Zaragoza (la mitad de la villa le pertenece); su nombre es Climorín, y no es hombre de ley. Él es quien recibió el juramento del conde Ganelón, y luego de besarlo en la boca en señal de amistad, le hizo don de su yelmo y de su carbunclo. Él afrentará a la Tierra de los Padres, dice, y al emperador arrebatará su corona. Monta en su corcel Barbamosca, que es más ligero que el gavilán o la golondrina. Lo espolea con fuerza, le suelta las riendas y acomete a Angeleros de Gascuña. Ni el escudo ni la coraza le son de alguna garantía. El infiel le hunde en el cuerpo la punta de su lanza; apoya con fuerza, el hierro lo traspasa de parte a parte; con el asta lo derriba de espaldas en el campo, gritando:

—¡Estos engendros están hechos para ser destruidos! ¡Herid, sarracenos, para romper las filas! Los franceses exclaman:

—¡Dios! ¡Qué valiente perdemos!

CXVII

EL CONDE Rolando llama a Oliveros y le dice:

—Señor compañero, ha muerto Angeleros; no teníamos caballero más valiente.

—¡Dios me conceda vengarlo! —responde el conde.

Clava en su corcel las espuelas de oro puro. Blande Altaclara, cuyo acero chorrea sangre; con todas sus fuerzas acomete al infiel. Sacude la hoja en la herida y se desploma el sarraceno; los demonios se llevan su alma. Luego mata al duque Alfayén, corta la cabeza a Escababi y desarzona a siete moros; nunca más volverán éstos a prestar su brazo en la batalla. Rolando exclama:

—¡Gran enojo invade a mi compañero! Bien vale su precio junto a mí. Por tales lances más nos quiere Carlos. Y con sonora voz, añade:

—¡Al ataque, caballeros!

CXVIII

POR OTRO lado se acerca un infiel, Valdabrón, quien fue armado caballero por el rey Marsil. Es dueño en el mar de cuatrocientos bajeles, y no hay un marinero que no invoque su nombre. Por traición conquistó Jerusalén y violó el templo de Salomón, matando delante de las fuentes al patriarca. Él fue quien, luego de recibir el juramento del conde Ganelón, le hizo entrega de su espada y de mil monedas. Tiene por montura al caballo llamado Gramimundo, más veloz que el halcón. Clava en él sus agudas espuelas y embiste a Sansón, el opulento duque. Le parte el escudo, le rompe la cota y le hunde en la carne las franjas de su oriflama. Con el asta lo arranca de la silla y lo derriba muerto, gritando:

—¡Matad, sarracenos, que será fácil la victoria!

Y dicen los franceses:

—¡Dios! ¡Qué duelo por este barón!

CXIX

SABED QUE cuando el conde Rolando ve muerto a Sansón, se siente invadido por hondo pesar. Espolea su corcel y persigue al infiel con todos sus bríos. Enarbola a Durandarte, más valiosa que el oro puro. Ya lo embiste, el denodado, y golpea con todas sus fuerzas el yelmo incrustado de piedras preciosas. Le parte la cabeza, la loriga y el tronco, y la silla guarnecida y aun el lomo del caballo hiende profundamente. Luego, ¡alábelo quien quiera, o hágale reproche!, a los dos mata.

—¡Cruel es para nosotros este lance! —dicen los infieles.

Y Rolando responde:

—No han de serme gratos los vuestros. ¡Con vosotros va el orgullo y la sinrazón!

CXX

HAY ALLÍ un africano, oriundo de África: Malquidán es su nombre, hijo del rey Malquid. Llevan sus armas incrustaciones de oro y relampaguean al sol, por sobre todas las demás. El caballo que monta se llama Saltoperdido; no hay otro que pueda igualarlo a la carrera. Acomete a Anseís y le asesta un mandoble sobre el escudo, partiéndole los cuarteles de bermellón y de azur. Le desgarra los paños de su cota y le hunde en el cuerpo su pica, hierro y madera. Muerto está el conde, terminó su tiempo.

—Lástima de vos, barón —exclaman los franceses.

CXXI

VA POR EL campo Turpín, el arzobispo. Jamás cantó misa tonsurado alguno que llevara a cabo tales hazañas por su mano. Dícele al infiel:

—¡Así te envíe Dios todos los males! Has matado a uno caro a mi corazón.

Azuza a su buen corcel y asesta sobre el escudo toledano del sarraceno golpe tal que lo derriba muerto sobre la hierba verde.

CXXII

ANDA POR otra parte un infiel, Grandonio, hijo de Capuel, rey de Capadocia. Cabalga en un corcel llamado Marmorio, más rápido que el vuelo de las aves. Le suelta las riendas, clava las espuelas y corre a herir a Garín con todo su ánimo. Le parte su escudo bermejo, desprendiéndoselo del cuello. Después le abre la cota, le hunde en la carne su oriflama azul y lo derriba muerto sobre una alta roca. De tal guisa mata también a Gerer, a Berenguer y a Guido de San Antonio, corriendo a herir después al opulento duque Austori, quien tenía su feudo en Valeria y Envers, sobre el Ródano, y que halla la muerte por su mano. Regocíjanse los infieles, al tiempo que murmuran los franceses:

—¡Qué infortunio para los nuestros!

CXXIII

ENARBOLA su espada tinta en sangre el conde Rolando. Bien ha llegado a sus oídos que los francos pierden ánimo y tan grande es su pesar que parécele que se le desgarra el corazón. Le dice al infiel:

—¡Así te envíe Dios todos los males! ¡Mataste a uno que habrá de costarte muy caro!

Espolea su corcel: ¿quién vencerá? He aquí que han trenzado ya combate.

CXXIV

ERA GRANDONIO valiente y denodado, temible y atrevido en la batalla. Se ha cruzado Rolando en su camino. Jamás lo ha visto: no obstante lo reconoce al punto por su altivo rostro, su porte gallardo, su mirada y su actitud; siente temor, no puede defenderse. Intenta huir, pero en vano. El conde le asesta tan prodigioso golpe que le raja todo el yelmo hasta el nasal, le parte la nariz, la boca y los dientes, el tronco todo y la cota de fuertes mallas, y la montura dorada, desde la perilla hasta el borde de plata, y aun el lomo del caballo hiere profundamente. Nada puede impedirlo: a los dos ha dado muerte y se lamentan por ello todos los de España.

—¡Bien pelea nuestro protector! —dicen los francos.

CXXV

LA BATALLA se torna prodigiosa y precipitada. Los franceses combaten con vigor y coraje. Cortan puños, costados, espaldas, desgarran las ropas hasta la carne viva y chorrea la sangre en claros hilos sobre la hierba verde. ¡Tierra de los Padres, Mahoma te maldiga! ¡Entre todos los pueblos es más audaz el tuyo! Y no hay un sarraceno que no grite:

— ¡Rey Marsil, a caballo! ¡Necesitamos tu ayuda!

CXXVI

MARAVILLOSA y grande es la batalla. Hieren los francos con sus bruñidas picas. ¡Hubieseis visto tanto dolor, tantos hombres muertos, heridos, ensangrentados! Yacen los unos sobre los otros, vuelta la faz hacia el cielo o contra la tierra. No pueden resistir tal quebranto los sarracenos: quiéranlo o no, abandonan el campo. Y los francos los persiguen con todos sus bríos.

CXXVII

EL CONDE Rolando llama a Oliveros y le dice:

—Señor compañero, confesadlo: el arzobispo es muy cumplido caballero; no lo hay mejor bajo el firmamento; bien, hiere con la lanza y con la pica.

— ¡Prestémosle, pues, nuestro brazo! —responde Oliveros.

A tales palabras han reanudado el combate los francos. Los golpes son recios, violento el combate. Grande es el desamparo de los cristianos. ¡Cuán bello habría sido ver a Rolando y a Oliveros asestar tajantes mandobles con sus espadas! El arzobispo lidia con su pica. Pueden calcularse en cuatro mil los que hallaron la muerte por ellos, pues cuenta la Gesta que está escrito su número en las cartas y los breves. Resistieron firmemente los cuatro primeros asaltos, pero el quinto les infligió gran quebranto. Muchos caballeros franceses perecieron; sólo quedan sesenta que Dios ha guardado. Antes de morir, habrán de venderse muy caro.

CXXVIII

CONTEMPLA el conde Rolando la gran mortandad de los suyos y llama a Oliveros, su amigo:

— ¡Buen señor, querido compañero, por Dios!, ¿qué os parece? ¡Ved cuántos bravos yacen por tierra! ¡Buen motivo tenemos para apiadarnos de Francia, la dulce y bella! ¡Cuan desierta quedará, vacía de tales barones! Ah, rey amigo, ¿por qué no estáis aquí? ¿Qué podríamos hacer, hermano Oliveros? ¿Cómo darle noticias de nosotros?

Responde Oliveros:

—¿Cómo. No lo sé. Ello podría dar lugar a que se nos afrentase, ¡y antes prefiero morir!

CXXIX

ROLANDO dice:

—Tocaré el olifante. Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos. Os lo juro, retornarán los francos. Responde Oliveros:

—¡Fuera para todos vuestros parientes gran deshonor y oprobio y pesara sobre ellos esta afrenta durante toda la vida! Cuando yo os lo aconsejé, nada hicisteis. Hacedlo ahora, mas no será por indicación mía. ¡No fuera propio de un valiente tocar el cuerno! ¡Ya vuestros dos brazos tenéis cubiertos de sangre!

—¡Buenos golpes he dado! —dice el conde.

CXXX

—¡DURA ES nuestra batalla! —dice Rolando—. Tocaré mi cuerno y el rey Carlos lo escuchará.

—¡No sería propio de un valiente! —dice Oliveros—. Cuando yo os lo aconsejé, compañero, no os dignasteis escucharme. Si el rey hubiese estado aquí no sufriéramos quebranto alguno. Los que ahora yacen no merecen reproche. Por mis barbas, que si me es dado retornar junto a Alda, mi gentil hermana, ¡jamás habréis de reposar en sus brazos!

CXXXI

—¿POR QUÉ contra mí volvéis vuestra cólera? —dice Rolando.

Y responde Oliveros.

—Compañero, vuestra es la culpa, pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y más vale mesura que soberbia. Si tantos franceses murieron, fue por vuestra ligereza. Nunca más volveremos a servir a Carlos. Si me hubierais escuchado, habría retornado mi señor; la batalla estaría ganada y muerto o prisionero el rey Marsil. En mala hora, Rolando, contemplamos vuestro denuedo. Carlos el Grande, que no tendrá su par hasta el juicio final, no volverá a recibir nuestra ayuda. Vais a morir y Francia será por ello afrentada. Hoy toca a su fin nuestro leal compañerismo: antes de esta noche habremos de separarnos, y nos será muy duro.

CXXXII

ÓYELOS disputar el arzobispo, y clavando en su corcel las espuelas de oro puro, va hacia ellos y les hace reproche:

—¡Señor Rolando, y vos, señor Oliveros, por Dios os ruego que pongáis fin a esta querella! Tocar el cuerno no podría ya salvarnos, mas tocadlo de todos modos, será mucho mejor. Vendrá el rey y podrá vengarnos: no habrán de retornar alegres los de España. Nuestros franceses echarán aquí pie a tierra y nos encontrarán muertos y mutilados; nos pondrán en ataúdes, nos cargarán en acémilas y nos lloraran, llenos de dolor y piedad. Nos darán sepultura en atrios de iglesias y no seremos pasto de los lobos, los cerdos y los perros.

—¡Bien hablasteis, señor! —responde Rolando.

CXXXIII

ROLANDO lleva el olifante a sus labios. Lo emboca bien y sopla con todas sus fuerzas. Los montes son altos y larga la voz del cuerno; a treinta leguas se escucha prolongarse su sonido. Carlos lo oye, y como él todos sus guerreros. Exclama el rey:

—¡Han trenzado combate los nuestros!

Y Ganelón responde, llevándole la contraria:

—Si otro fuera quien tal dijese, ciertamente se le tacharía de gran embustero.

CXXXIV

EL CONDE Rolando, con esfuerzo y grandes espasmos, toca dolorosamente su olifante. Por su boca brota la sangre clara, y se ha roto su sien. El sonido del cuerno se difunde a lo lejos. Carlos, que cruza los puertos, lo ha oído. El duque Naimón escucha y como él todos los francos. Y exclama el rey:

—¡Es el olifante de Rolando! ¡No lo tocaría si no estuviese en trance de batalla!

—¡No hay tal batalla! —responde Ganelón—. Sois ya viejo, vuestras sienes están blancas y floridas; por vuestras palabras parecéis un niño. Bien conocéis el gran orgullo de Rolando: es maravilla que lo haya tolerado Dios tanto tiempo. ¿No ha llegado, pues, a conquistar Noples sin esperar vuestras órdenes? Los sarracenos hicieron una salida y presentaron batalla a Rolando, el buen vasallo. Para borrar las huellas del encuentro, éste mandó inundar los prados cubiertos de sangre. Por una sola liebre se pasa el día tocando el olifante. Hoy será algún juego que lleva a cabo entre sus pares. ¿Quién bajo el firmamento se atrevería a ofrecerle batalla? Cabalguemos, pues. ¿Por qué detenernos? Lejos, frente a nosotros, está aún la Tierra de los Padres.

CXXXV

EL CONDE Rolando tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y como él todos los franceses. Y dice el rey:

—¡Largo aliento tiene este olifante!

—¡Es que un valiente se emplea en ello! —responde el duque Naimón—. Estoy seguro de que ha trenzado batalla. El mismo que lo traicionó intenta ahora que faltéis a vuestro deber. Tomad las armas, clamad vuestro grito de guerra y corred en auxilio de vuestra buena mesnada. Harto lo oís: es Rolando que pierde esperanzas.

CXXXVI

EL EMPERADOR manda tocar sus olifantes. Los franceses echan pie a tierra y se arman con sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules. Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los desfiladeros. Y van diciéndose los unos a los otros:

—Si cuando veamos a Rolando está aún con vida, ¡qué recios golpes daremos con él!

Mas, ¿de qué sirven las palabras? Llegarán demasiado tarde.

CXXXVII

AVANZA el día, resplandece la tarde. Las armaduras centellean bajo el sol. Fulguran las cotas y los yelmos, y los escudos que llevan flores pintadas, y las picas y los dorados gonfalones. El emperador cabalga invadido de cólera, y los franceses pesarosos e iracundos. Todos vierten doloroso llanto, todos sienten gran angustia por Rolando. El rey ha mandado prender al conde Ganelón y lo ha entregado a los cocineros de su corte. Llama a Besgón, el jefe de éstos y le dice;

—Guárdame bien a este felón: ha traicionado a mis mesnadas.

Recíbelo Besgón bajo su vigilancia y lo hace custodiar por cien pinches de su cocina; los hay de los mejores y también de los peores. Le arrancan los pelos de la barba y de los mostachos, cuatro veces cada uno lo golpean con el puño, lo apalean con varas y bastones y le ponen alrededor del cuello una cadena, como a un oso. Luego lo cargan con gran menoscabo sobre un mulo, guardándolo de esta suerte hasta el día en que habrán de devolverlo a Carlos.

CXXXVIII

ALTAS y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y violentas las aguas. Resuenan los clarines por todas partes y responden juntos al olifante. El emperador cabalga irritado y los franceses pesarosos e iracundos. Ni uno solo deja de llorar y lamentarse. Ruegan a Dios que preserve a Rolando hasta que lleguen al campo de batalla todos juntos: entonces, con él, combatirán. Mas, ¿de qué sirven las súplicas? En nada habrán de valerles: han tardado demasiado, no podrán llegar a tiempo.

CXXXIX

CABALGA el rey Carlos lleno de enojo. Su barba blanca se esparce sobre su loriga. Todos los barones de Francia clavan con fuerza las espuelas. Ni uno hay que no se lamente por no estar junto a Rolando, el capitán, cuando enfrenta a los sarracenos de España. Tal es su quebranto que no creen que sobreviva. ¡Dios! ¡Que barones son los sesenta que aún lo acompañan! Jamás los tuvo mejores ningún rey o capitán.

CXL

MIRA ROLANDO hacia los montes y las colinas. Contemplan sus ojos a tantos de los de Francia que yacen muertos, y los llora como cumplido caballero:

—¡Señores barones, así Dios os tenga en su gracia! ¡Que otorgue a todas vuestras almas el paraíso! ¡Que las reciba entre las santas flores! Jamás vi vasallos mejores que vosotros. ¡Cuán largamente me habéis servido, luchando sin descanso, conquistando para Carlos extensos países! Para su mal os ha mantenido el emperador. ¡Tierra de Francia, eres un dulce país, mas el peor azote te ha desolado en este día! Barones franceses, os veo morir por mí, y no me es dado defenderos ni salvaros: ¡así os ayude Dios, quien jamás dijo mentira! Hermano Oliveros, no os habré de faltar. Me matará el dolor, si no muero por otra causa. ¡Señor compañero, volvamos al combate!

CXLI

EL CONDE Rolando ha retornado a la batalla. Enarbola a Durandarte, y lucha como valiente. Ha descuartizado a Faldrón de Puy y a otros veinticuatro enemigos, de entre los más nobles. Jamás hombre alguno deseará con tanto ahínco tomar venganza. Así como el ciervo corre ante los perros, así huyen de Rolando los infieles. Y dice el arzobispo:

—¡He aquí algo bueno! Así debe mostrarse un caballero, portador de buenas armas y jinete en buen caballo: fuerte y altivo en la batalla, o de otro modo no vale cuatro ochavos. ¡Mejor fuera que se metiera a monje en un monasterio para rogar todos los días por nuestros pecados!

Y responde Rolando:

— ¡Herid, no les hagáis merced!

A tales palabras reanudan el combate los franceses. Mas los cristianos sufrieron grandes pérdidas.

CXLII

AL SABER que en tal batalla no habrán de hacerse prisioneros, todos se defienden con fiereza. Por ello los franceses se tornan más audaces que leones. He aquí que hacia ellos viene, como verdadero barón, el rey Marsil. Cabalga en un corcel al que llama Gañún. Clava fuertemente las espuelas y corre a herir a Bevón, señor de las tierras de Dijón y de Beaune. Le rompe el escudo, le desgarra la cota y sin que sea menester dar otro golpe, lo derriba muerto. Luego mata a Ivon y a Ivores; y con ellos a Gerardo de Rosellón. El conde Rolando no anda lejos, y le dice al infiel:

—¡Dios te maldiga! ¡Tan injustamente has dado muerte a mis compañeros! Antes de que nos separemos habrás de pagarlo, y conocerás el nombre de mi espada.

Como cumplido barón lo acomete y le corta la muñeca derecha. Luego le rebana la cabeza a Jurfaret el Blondo, hijo de Marsil.

Los infieles claman:

—¡Ayúdanos, Mahoma! ¡Dioses nuestros, vengadnos de Carlos! A esta tierra ha traído tales felones que así deban morir, no abandonarán el campo. —Y dícense los unos a los otros—: ¡Huyamos, pues!

Y vanse cien mil: llámelos quien quiera, no retornarán.

CXLIII

MAS, ¿DE QUÉ sirve su desbandada? Si ha huido Marsil, ha quedado su tío Marganice, que es dueño de Cartago, Alfrere, Garmalia y Etiopía, una tierra maldita: su señorío abarca la raza de los negros. Tienen éstos grande la nariz y amplias las orejas, y se encuentran allí juntos más de cincuenta mil. Dejan la rienda suelta a sus corceles y arremeten con furia y audacia, al tiempo que claman el grito de guerra de los infieles.

Y dice entonces Rolando:

—Recibiremos aquí nuestro martirio, y bien veo ahora que nos queda poco tiempo de vida. ¡Mas caiga ¡a deshonra sobre el que no se haya vendido a alto precio! ¡Herid, señores, con vuestros bruñidos aceros y disputad vuestros muertos y vuestras vidas para que Francia, la dulce, no sea menoscabada por nuestra causa! Cuando llegue a este campo Carlomagno, mi señor, y vea que cuenta dimos de los sarracenos, y encuentre quince infieles muertos por cada uno de nosotros, por cierto que no dejara de bendecirnos.

CXLIV

AL VER Rolando a la turba maldita, mas negra que la tinta y que solo los dientes tiene blancos, dice:

—En verdad, ahora lo sé: hoy será el día de nuestra muerte. ¡Atacad, franceses, que yo vuelvo al combate! Y añade Oliveros:

—¡Maldito sea el más lerdo!

A tales voces, arremeten los francos contra la multitud.

CXLV

CUANDO los infieles ven que los franceses son pocos, se enorgullecen y se alientan los unos a los otros, diciéndose:

—¡Es que va la injusticia con el emperador!

Marganice monta su caballo alazano. Le clava fuertemente las espuelas doradas y hiere a Oliveros por detrás, en plena espalda. Desgarrando la brillante loriga, la pica se ha hundido en el cuerpo y luego de atravesar el pecho aparece por delante. Y dice Marganice:

—¡Recio golpe recibisteis! El rey Carlomagno os dejó en los puertos para vuestra desdicha. Si nos causó muchos males, no tiene ya motivo para ufanarse: sólo con vos, bien he vengado a los nuestros.

CXLVI

OLIVEROS siente que está herido de muerte. Enarbola a Altaclara, de bruñido acero y golpea a Marganice sobre el yelmo puntiagudo, de oro todo él. Hace saltar por tierra sus florones y sus cristales y le parte la cabeza hasta los dientes. Sacude la hoja en la herida y lo derriba muerto, diciéndole:

—¡Maldito seas, infiel! No digo que Carlos nada haya perdido; pero al menos no podrás retornar a tu reino para vanagloriarte ante ninguna mujer o dama de haberme despojado de un mal ochavo ni de haber causado perjuicio a mí, ni a nadie en el mundo.

Después llama a Rolando para que le preste ayuda.

CXLVII

SIENTE Oliveros que lo han herido de muerte. Nunca llevará a cabo venganza suficiente. En lo más compacto de la turba, acomete como verdadero barón. Hace pedazos escudos y picas, pies y puños, monturas y espinazos. Quien lo hubiera visto descuartizar infieles, amontonar los muertos sobre los muertos, tendría memoria de un buen caballero. No hay cuidado de que olvide la contraseña de Carlos y lanza su grito, alto y claro:

—¡Montjoie!

Luego llama a Rolando, su par y amigo: y le dice:

—Señor compañero, venid a mi lado, muy cerca, ¡con gran dolor habremos de separarnos en este día!

CXLVIII

ROLANDO mira el semblante de Oliveros: lo ve desencajado, pálido, sin color. Corre su clara sangre a los costados de su cuerpo y van cayendo los coágulos a tierra.

—¡Dios! —exclama el conde—, ¡no sé qué hacer! Señor compañero, ¡lástima grande de vuestro denuedo! Nadie habrá de igualaros jamás. ¡Ah, dulce Francia! ¡Cuan desierta quedarás sin tus mejores vasallos, humillada y vencida! ¡Gran daño sufrirá el emperador!

Y con estas palabras, se desmaya sobre su corcel.

CXLIX

HE AQUÍ a Rolando sin conocimiento sobre su montura y a Oliveros mortalmente herido. Perdió tanta sangre que se han empañado sus ojos: ya no ve, ni de lejos ni de cerca, para reconocer a nadie. Al aproximarse a su compañero, lo golpea sobre el yelmo cubierto de oro y de piedras preciosas, y se lo parte hasta el nasal, mas sin herirle la cabeza. Ante la acometida, Rolando vuelve hacia él sus ojos y le pregunta con dulzura y afecto:

—Señor compañero, ¿sabéis lo que estáis haciendo? ¡Soy yo, Rolando, aquel que tanto os ama! ¡Nunca recibí vuestro reto!

—Oigo ahora vuestra voz —responde Oliveros—. Mas no os ven mis ojos: ¡plegué a Dios, nuestro Señor, no apartar de vos los suyos! Os he herido, perdonádmelo.

—No me habéis causado daño —responde Rolando—. Os perdono aquí y ante Dios.

A estas palabras, se inclinan el uno hacia el otro. Y así se separan, con gran afecto.

CL

SIENTE Oliveros la angustia de la muerte. Se le ponen en blanco los ojos, va perdiendo el oído y se apaga su vista. Baja del caballo y se recuesta sobre la tierra. En alta voz hace acto de contrición, juntas y alzadas al cielo ambas manos, rogando a Dios que le otorgue el paraíso, que bendiga a Carlos y a Francia, la dulce, y a Rolando, su compañero, por sobre todos los hombres. Le flaquea el corazón, se le desprende el yelmo y todo su cuerpo se abate contra la tierra. Ha muerto el conde, no ha demorado por más tiempo su partida; el esforzado Rolando llora por él y se lamenta; nunca os será dado ver en la tierra hombre más dolorido.

CLI

VE ROLANDO que ha muerto su amigo, y que yace con el rostro contra el suelo. Con gran dulzura, le dirige palabras de adiós:

—¡Señor compañero, lástima grande de vuestra intrepidez! Días y años nos vieron juntos: jamás me causasteis daño alguno, ni yo a vos. Ahora que os veo muerto, me es ya dolor vivir.

A estas palabras, el marqués pierde el sentido sobre su corcel, cuyo nombre es Briador. Sus estribos de oro fino lo mantienen derecho en la silla: por dondequiera que se incline, no podrá caer.

CLII

ANTES DE volver en sí y reanimarse Rolando, recobrándose de su desmayo, lo alcanza un gran infortunio: han muerto los franceses, a todos ha perdido, menos al arzobispo y a Gualterio de Ulmo. Gualterio bajó de los montes y contra los de España peleó reciamente. Sus hombres han muerto, vencidos por los infieles. Quiéralo o no, debe darse a la fuga hacia los valles, invocando la ayuda de Rolando:

—¡Ah, gentil conde, valiente caballero! ¿Dónde estás? ¡Nunca tuve miedo cuando estuviste a mi lado! Soy yo, Gualterio, el que conquistó Monteagudo; yo, el sobrino de Droón, viejo y canoso. Entre todos tus hombres, me querías por mi valor. Está mi lanza quebrada y traspasado mi escudo, y desgarradas las mallas de mi cota... Voy a morir, pero me he vendido a alto precio.

Han llegado a oídos de Rolando las últimas palabras. Espolea a su corcel y a toda brida corre hacia Gualterio.

CLIII

EL DOLOR y la cólera embargan a Rolando. En lo más compacto de la turba emprende la lidia. Veinte de los de España derriba muertos, Gualterio seis y cinco el arzobispo.

Y dicen los infieles:

—¡Qué felonía contemplamos! ¡Cuidad, señores, de que no escapen vivos! ¡Traidor el que no corra a atacarlos y cobarde el que les permita la huida!

Prorrumpen entonces en gritos y alaridos y de todas partes retornan al asalto.

CLIV

NOBLE guerrero es el conde Rolando, Gualterio de Ulmo cumplido caballero y el arzobispo hombre de probado valor. Ninguno de los tres quiere faltar a los otros dos. En lo más recio de la lid, acometen a los infieles. Mil sarracenos han echado pie a tierra; a caballo son cuarenta millares. Miradlos: ¡no osan aproximarse! Desde lejos les arrojan lanzas y picas, flechas, dardos y venablos. . . A los primeros golpes matan a Gualterio. A Turpín de Reims le traspasan el escudo y le parten el yelmo, hiriéndolo en la cabeza; desgarran las mallas de su cota y atraviesan su cuerpo cuatro picas. Su caballo es muerto bajo él. ¡Lástima grande que haya caído el arzobispo!

CLV

CUANDO Turpín de Reims se ve derribado del caballo, y con el cuerpo traspasado por cuatro picas, rápidamente se incorpora, el intrépido. Busca a Rolando con los ojos, corre hacia él y le dice tan sólo:

—No estoy vencido. ¡Mientras vive, un valiente no se rinde!

Desenvaina a Almaza, su espada de bruñido acero, y en lo más apretado de las filas, asesta más de mil mandobles. Luego, Carlos dirá que a nadie dio cuartel, pues hallará a su alrededor cuatrocientos sarracenos, heridos los unos, otros traspasados de uno a otro costado y algunos con las cabezas cortadas. Así reza en la Gesta; así lo relata aquel que presenció la batalla: el barón Gil, que Dios favorece con sus milagros y que escribió antaño la crónica en el monasterio de Laon. Quien estas cosas ignora, nada entiende de esta historia.

CLVI

EL CONDE Rolando pelea noblemente, mas su cuerpo está empapado de sudor, ardiente; siente en su cabeza un dolor violento: al hacer resonar su olifante, se rompieron sus sienes. Pero quiere saber si ha de llegar Carlos. Toma el cuerno y lo toca, pero es débil el sonido. El emperador se detiene y escucha:

—¡Señores! —exclama—, ¡gran infortunio nos alcanza! En este día, Rolando, mi sobrino, habrá de dejarnos. La voz de su olifante me dice que le resta poca vida. ¡Quien quiera valerle, clave espuelas a su corcel! ¡Tocad vuestros clarines, todos cuantos haya en este ejército!

Resuenan sesenta mil clarines, y tan alto que retumban las cumbres y responden las hondonadas. Óyenlos los infieles, y no se sienten movidos a risa.

—Muy pronto nos dará alcance Carlomagno —dícense los unos a los otros.

CLVII

—¡RETORNA el emperador! —dicen los infieles—, escuchad los clarines de las huestes de Francia. Si vuelve Carlos, grandes males nos alcanzarán. Si Rolando sobrevive, recomenzará la guerra; España, nuestra tierra, está perdida.

Júntanse cuatrocientos, cubiertos con sus yelmos, de los que se estiman óptimos en las batallas y llevan contra Rolando un asalto duro y violento. Recia tarea le espera al conde.

CLVIII

CUANDO los ve venir, el conde se siente más fuerte, más fiero y ardoroso. No cederá el terreno mientras le quede vida. Va jinete en el corcel llamado Briador. Le clava las espuelas de oro fino y arrojándose en lo más compacto de las filas, a todos acomete. Con él está el arzobispo Turpín. Los infieles se dicen entre sí:

—Amigo, ¡vámonos de aquí! Hemos escuchado los clarines de los franceses: ¡Carlos retorna, el poderoso rey!

CLIX

NUNCA el conde Rolando sintió inclinación por un cobarde, ni un soberbio, ni un malvado, ni tampoco por un caballero que no fuera guerrero irreprochable. Llama, pues, al arzobispo Turpín:

—Señor —le dice—, estáis a pie y yo monto un caballo. Por afecto hacia vos, resistiré firmemente en este lugar. Juntos quedaremos aquí para bien o para mal; no os abandonaré por ningún hombre, hecho de carne. Vamos a devolver a los infieles esta acometida. Los más recios mandobles serán los de Durandarte.

Y responde el arzobispo:

—¡Malhaya quien afloje en la lid! ¡Retorna Carlos, quien habrá de vengarnos!

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