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IV Una hermosa mañana de aquel mismo mes de marzo, creo que era el sábado 29, día de San Eustaquio, nuestro joven amigo, el estudiante Jehan Frollo du Moulin, observó al vestirse que los gregüescos en donde tenía su bolsa no hacían ningún sonido metálico. -¡Pobre bolsa! -dijo sacándola del bolsillo-. ¡Ni tan siquiera una miserable pieza! Se vistió decepcionado. Mientras se ataba sus botines le vino a la mente un pensamiento que rechazó en seguida, pero que apareció de nuevo, y se puso el chaleco al revés, lo que evidenciaba claramente una violenta lucha interior; por fin, lanzando al suelo su gorro con cierta rabia, exclamó: -¡Qué le vamos a hacer! ¡Que sea lo que sea! Me voy a casa de mi hermano; seguro que me soltará un sermón, pero al menos me dará algún escudo. Entonces se puso la casaca, cogió el gorro del suelo y salió a la desesperada. Ni siquiera se permitió el lujo, al pasar, de tirar una piedra, como era costumbre, a la
miserable estatua de aquel Périnet Lecrerc que había entregado a los ingleses el París de
Carlos VI; crimen horrible que su efigie, con la cara machacada por las piedras y
manchada de barro, ha expiado ya, durante tres siglos, en el cruce de la calle de la Harpe
con la de Bussi, como en una eterna picota. -¡El sermón me cae, eso es seguro, el escudo... ya veremos! Preguntó a un pertiguero que salía del claustro: -¿Sabéis dónde puedo encontrar a monseñor el archidiácono de Josas? -Creo que se encuentra en su escondrijo de la torre -le respondió el pertiguero-, pero os aconsejo que no le molestéis, a menos que vengáis de parte de alguien corno el papa o su majestad el rey. Jehan dio una palmada. -¡Diantre! Es la mejor ocasión para ver la famosa celda de las brujerías. -¡Tengo que verla! -se decía de paso-. ¡Tiene que ser algo curioso esa celda que mi reverendo hermano oculta más que sus partes pudendas! Dicen que enciende allí fuegos infernales y que cuece en ella a todo fuego la piedra filosofal. ¡Demonio! Me importa un rábano la piedra filosofal y preferiría encontrar en ese hornillo una tortilla con huevos de pascua y jamón antes que la mayor piedra filosofal del mundo. Cuando llegó a la galería de las columnillas, resopló un momento y maldijo a aquella interminable escalera con no sé cuántos millones de diablos y continuó subiendo por la estrecha puerta del patio septentrional, hoy cerrada al público. Poco después de dejar atrás la jaula de las campanas, encontró un pequeño rellano practicado en uno de los refuerzos laterales y bajo su techo una pequeña puerta en ojiva, con una fuerte armazón de hierro y una gran cerradura que consiguió ver a través de una tronera practicada en frente, en la pared circular de la escalera. Quienes hoy tengan curiosidad de visitar esa puerta la reconocerán por una inscripción, grabada con letras blancas sobre la pared ennegrecida, que reza: ADORO A CORALIE. 1829. FIRMADO UGÈNE. Firmado forma parte de la inscripción. -¡Uf! -dijo el estudiante-. Aquí debe ser. La llave estaba puesta en la cerradura y la puerta frente a él. La empujó suavemente y asomó la cabeza por ella. Seguro que el lector conocerá algo de la obra admirable de Rembrandt, ese Shakespeare de la pintura. Entre tantas maravillosas láminas, hay en particular un aguafuerte que, se supone, quiere representar al doctor Fausto, y que produce siempre un gran asombro en quien lo contempla. Es una celda oscura. En medio hay una mesa llena de objetos repugnantes, como calaveras esferas, alambiques, compases, pergaminos, jeroglíficos... El doctor está delante de la mesa con su gran hopalanda y un gorro de piel, calado hasta las cejas. Sólo se le ve de medio cuerpo y se halla un poco incorporado en su inmenso sillón, apoyándose en la mesa con los puños crispados y observando con curiosidad y terror un gran círculo luminoso, formado por letras mágicas, que brilla en la pared del fondo como el espectro solar en la cámara oscura. Ese sol cabalístico parece temblar y llena la tenebrosa celda de un resplandor misterioso. Es al mismo tiempo horrible y hermoso. Algo parecido a la celda de Fausto se ofreció a la vista de Jehan cuando aventuró su
cabeza por la puerta entreabierta. Se trataba igualmente de un reducto apenas iluminado,
con un gran sillón y una larga mesa, compases, alambiques, esqueletos de animales
colgados del techo, una esfera por el suelo, hipocéfalos mezclados con probetas en donde
temblaban laminillas de oro, calaveras colocadas sobre pergaminos llenos de figuras y de
símbolos, enormes manuscritos amontonados extendidos descuidadamente por entre los Pero la celda no estaba desierta; había un hombre sentado en el sillón a inclinado sobre la mesa. Jehan, colocado detrás de él, no podía ver más que sus hombros y la parte posterior de su cabeza; no le costó sin embargo reconocer aquella cabeza calva a la que la propia naturaleza había dado una tonsura perpetua, como si hubiera pretendido adornar con un símbolo externo la irresistible vocación religiosa del archidiácono. Así, pues, Jehan reconoció fácilmente a su hermano; pero la puerta se había abierto
tan suavemente que ningún ruido había advertido a dom Claude de su presencia y el
curioso estudiante aprovechó esta circunstancia para durante algunos instantes examinar a
su gusto aquella celda. Un fogón, que no había observado a primera vista, aparecía a la
izquierda del sillón, por debajo de la claraboya. El rayo de luz que penetraba por aquella
abertura atravesaba una tela de araña redonda que inscribía con gusto su delicado rosetón
en la ojiva de la lucera, en cuyo centro el insecto-arquitecto permanecía inmóvil como el Sobre el fogón había acumulados en desorden toda clase de vasijas, recipientes de
gres, alambiques de cristal, matraces de carbón. Jehan observó con pena que no había
ninguna sartén. ¡Menuda batería de cocina! -pensó. Había otras muchas inscripciones en las paredes, según era costumbre de los herméticos. Unas estaban escritas con tinta, otras grabadas con objetos punzantes. Aquellas letras góticas o hebreas o griegas o romanas y las inscripciones estaban escritas al azar, todas mezcladas, unas encima de otras, las más recientes borraban a las más antiguas y se entremezclaban todas como las ramas de un matorral o como las lanzas en una batalla. Era como una mezcla confusa de todas las filosofías, de todas las imaginaciones, de todos los conocimientos humanos. Había alguna aquí y allá que destacaba sobre las demás como una bandera entre las
picas de las lanzas. Casi siempre se trataba de una breve divisa griega o latina, como
sabía tan bien formularlas la Edad Media: ¿Unde? ¿Inde? Homo homini monrtrum.
Artra, cartra, nomen, numen. Méya Ptbktov, rya xaxóv. Sapere aude. Flat ubi vult... A
veces aparecían palabras desprovistas de sentido aparente:
A vxyxocpx¡íx, lo que muy bien podía estar ocultando alguna alusión amarga al régimen del claustro. A veces se veía
una sencilla máxima de disciplina clerical formulada en hexámetros reglamentarios: Aparecían también por muchas partes citas de grimonios hebraicos, de los que Jehan, que de griego sabía ya muy poco, no entendía absolutamente nada, y todo aquello estaba mezclado continuamente con estrellas, figuras humanas o de animales o de triángulos que se entrecruzaban, lo que hacía que las paredes garrapateadas de aquella celda pareciesen más bien una hoja de papel por la que hubiera pasado un mono con una pluma cargada de tinta. Por lo demás la celda presentaba un aspecto general de abandono y de deterioro; y el mal estado en que se encontraban los utensilios de trabajo permitía suponer que su dueño hacía tiempo que había abandonado aquello, distraído quizás por otras preocupaciones. Pero ese dueño se encontraba inclinado sobre un enorme manuscrito adornado con extraños dibujos y parecía atormentarle una idea que le asaltaba continuamente en sus meditaciones. Eso era al menos lo que Jehan dedujo al oírle murmurar con los intervalos propios de alguien que está soñando un poco en voz alta. -Sí; ya lo había dicho Manou y el propio Zoroastro
lo enseñaba, el sol nace del fuego, la luna del sol. El fuego es el alma
del gran todo. Sus átomos elementales se expanden y fluyen incesantemente por el mundo en corrientes infinitas. La luz se produce en los
puntos de intersección de esas corrientes en el cielo...; si esa intersección de corrientes se
realiza en la tierra, entonces se desprende oro... La luz y el oro son una misma cosa:
fuego en estado concreto...; la diferencia entre lo visible y
lo palpable... del fluido al -¡Demonios! -se dijo Jehan-, ¡pues ya hay que esperar para obtener un escudo! -Los hay que han pensado -continuó el archidiácono en sus ensoñaciones- que sería
mejor realizarlo con un rayo de Sirio... pero las dificultades para obtener ese rayo en
estado puro son muy grandes, dada la presencia simultánea de otras estrellas que se
entremezclan con él... Flamel cree que lo más sencillo es operar con el fuego terrestre... Cerró violentamente el libro y se pasó la mano por la frente como para deshacerse de aquella idea obsesiva; luego cogió un clavo y un pequeño martillo en cuyo mango figuraban curiosamente algunos signos cabalísticos. -Hace ya algún tiempo -se dijo con una sonrisa amarga-, que vengo fracasando en todos mis experimentos. La idea fija se apodera de mí y me seca el cerebro como un trébol de fuego. No he logrado aún descubrir el secreto de Casiodoro cuya lámpara ardía sin mecha y sin aceite. Algo que en realidad tiene que ser sencillo. -¡Demonios! -dijo Jehan entre dientes. -Así, pues -prosiguió el sacerdote-, ¡basta con un miserable pensamiento para debilitar a un hombre y volverlo loco! ¡Cómo se reiría de mí Claude Pernelle, que no fue capaz, la pobre, de desviar de su rumbo ni por un sólo instante el pensamiento de Nicolás Flamel! ¡Pero cómo es posible teniendo en mis manos el martillo mágico de Zéchiélé! A cada golpe que desde el fondo de su celda daba el temible rabino sobre este clavo y con este martillo, cualquiera de sus enemigos a quien él hubiera condenado, ya podía encontrarse a dos mil leguas, se hundía un codo en la tierra, que acababa irremisiblemente por devorarle. Hasta el rey de Francia, por haber llamado una noche desconsideradamente a la puerta del taumaturgo, se hundió en el pavimento de París hasta las rodillas. ¡Esto ha ocurrido hace apenas tres siglos!... Pues bueno, yo tengo el martillo y el clavo y no son en mis manos herramientas más terribles que un mazo en manos de un carpintero. Y sin embargo sólo me falta encontrar la palabra mágica que pronunciaba Ziéchélé al golpear en el clavo. -¡Tonterías! -pensó Jehan. Vamos, probemos de nuevo, prosiguió vivamente el archidiácono. Si lo consigo, veré surgir de la cabeza del clavo la chispa azul... ¡Emen-hétan! ¡Emen-hétan! No es eso; no es eso... Sigéani, sigéani!. ¡Que este clavo abra una tumba a quienquiera que lleve el nombre de Febo!... ¡Maldición! ¡Otra vez y siempre esta maldita idea! Y lanzó el martillo con gran cólera. Después se arrellanó de tal forma en el sillón y se
apoyó de cal manera en la mesa que Jehan no conseguía verle tras el respaldo y durante
algunos minutos sólo veía su puño convulsivo y crispado sobre el libro. De pronto,
dom Claude se levantó, cogió un compás y en silencio grabó en letras mayúsculas esta palabra
griega 'ANAGKH El archidiácono volvió a sentarse en su sillón y apoyó su cabeza en ambas manos, como hace un enfermo que siente la cabeza pesada y con fiebre. El estudiante seguía observando a su hermano con creciente sorpresa. No podía
entenderlo él, que vivía con el corazón al descubierto, él, que sólo se guiaba por la ley
natural, que daba vía libre a sus pasiones, sin oponerles el menor obstáculo, él, que no
concedía importancia alguna a sus emociones a las que cada día abría un nuevo surco
para que fluyeran sin más, y que no conocía tampoco la furia con que fermenta y hierve
el mar de las pasiones humanas cuando se le cierran las salidas y cómo arremete y crece y
se desborda, ni cómo socava el corazón y estalla en sollozos internos y en sordas La envoltura austera y glacial de Claude Frollo, aquella superficie fría de virtud escarpada a inaccesible, había conseguido engañar continuamente a Jehan y el alegre y despreocupado estudiante nunca había supuesto que pudiera existir lava incandescente, furiosa y profunda bajo la frente de nieve del Etna. Desconocemos si súbitamente se dio cuenta de todas esas cosas pero, aunque era un tanto voluble, comprendió que había visto lo que no debería haber visto, y que acababa de sorprender el alma de su hermano mayor en uno de sus momentos más íntimos y que Claude no debía saberlo. Así, pues, viendo que el archidiácono se había sumido nuevamente en su primera inmovilidad, retiró muy despacito su cabeza y simuló ruido de pasos detrás de la puerta como alguien que llega y que quiere advertir de su llegada. -Entrad -dijo el archidiácono desde el interior de la celda-; os estaba esperando. He dejado la llave expresamente en la cerradura. Pasad, pasad, maese Jacques. El estudiante penetró con decisión y el archidiácono, a quien tal visita y en tal lugar, desagradaba mucho, se removió en su sillón. -¿Cómo? ¿Eres tú, Jehan? -Al menos empieza también por J -dijo el estudiante con su cara colorada, descarada
y alegre. -¿Qué te traes por aquí? -Hermano -respondió el estudiante intentando mostrar una expresión formal, compasiva y modesta al tiempo que movía nervioso el gorro entre sus manos con cierto tinte de inocencia-, venía a pediros... -¿Qué? -Un poco de moral de la que ando muy necesitado -y Jehan añadió sin apenas levantar la voz-: Y un poco de dinero del que estoy mucho más necesitado -esta última parte de la frase quedó inédita. -¡Señor! -respondió fríamente el archidiácono-, estoy muy descontento de vos. -¡Vaya! -suspiró el estudiante. Dom Claude giró su sillón un cuarto de círculo y miró fijamente a Jehan. -Me alegro mucho de veros. Era aquel un exordio amenazador por lo que Jehan se preparó para un rudo golpe. Jehan, todos los días me traen quejas vuestras. ¿Qué historia es ésa en que habéis molido a palos al pequeño vizconde Albert de Ramonchamp? -¡Bueno! -respondió Jehan-, ¡vaya cosa! Un paje tonto que se divertía embadurnando a los estudiantes corriendo con su caballo por el barro. -Y, ¿quién es -prosiguió el archidiácono- un tal Mahiel Fargel al que habéis -¡Bueno! ¡Una capa de Montaigu! ¡No valía nada! -La denuncia dice tunicam y no cappettam. ¿Sabéis latín? Jehan no respondió. -¡Eso es! -prosiguió el sacerdote moviendo la cabeza-; ¡así van hoy los estudios y las
letras! Apenas si alguien comprende el latín, el sirio es desconocido, el griego se hace tan
odioso que ya ni siquiera se considera ignorancia entre los dottos el saltarse una palabra
griega y oír: Graecum est non legitur. -Mi querido hermano, ¿queréis que os explique en buen francés esa palabra griega escrita en la pared. -¿Qué palabra? -'ANAGKH. Un ligero rubor se dibujó en las mejillas del archidiácono, como las pequeñas Pero el estudiante casi ni se fijó. -A ver, Jehan -dijo entre balbuceos el hermano mayor-. ¿Qué quiere decir esa -FATALIDAD. Dom Claude se quedó pálido y el estudiante prosiguió despreocupado: -Y la palabra de abajo grabada por la misma mano, Avxyvsîx significa impureza; para que veáis que uno sabe griego. El archidiácono permaneció silencioso; aquella lección de griego le había hecho volver a sus ideas. El pequeño Jehan, que tenía toda la habilidad de un niño mimado, juzgó que era el momento favorable para insistir en su petición, así que comenzó a hablar con una voz muy suave. -Mi buen hermano, ¿me guardáis acaso rencor por cuatro bofetadas y cuatro golpes más o menos, dados en buena lid a unos cuantos mozalbetes, quibusdam mormosetis? Ya veis, hermano, que uno sabe también latín. Sin embargo aquella halagadora hipocresía no produjo en su severo hermano el efecto esperado. Cerbero no mordió el pastel de miel. La frente del archidiácono permaneció inalterable. -¿A dónde queréis ir a parar? -le cortó en un tono seco. -Muy bien; ¡al grano! -respondió Jehan decidido--. Necesito dinero. Ante aquel descaro, la fisonomía del archidiácono se tornó paternal y pedagógica. -Debéis saber, querido Jehan, que nuestro feudo de Tirechappe, contando el censo y las rentas de las veintiuna casas, no nos proporciona más allá de treinta y nueve libras, once sueldos y seis denarios parisinos. La mitad más que en tiempos de los hermanos Paclet, pero no creáis que es mucho. -Pero lo necesito -dijo estoicamente Jehan. -Sigo; debéis saber también que nuestras veintiuna casas dependen del feudo del obispado y que para poder liberar esta dependencia debemos pagar al señor obispo dos marcos de plata dorada, por un valor de seis libras parisinas. Pues bien, aún no he podido reunir esos dos marcos; ya lo sabéis. -Pero yo necesito dinero -repitió Jehan por tercera vez. -¿Y qué queréis que hagamos? Esta última pregunta hizo brillar en los ojos de Jehan un rayo de esperanza; así que de nuevo volvió a su actitud suave y astuta. -Sabéis, hermano Claude, que nunca recurriría a vos con malas intenciones. No se trata de presumir en las tabernas con vuestro dinero, ni de pasearme por las calles de París con ropajes suntuosos y con mi lacayo, cum meo laquario; no, querido hermano: lo necesito para una obra de caridad. -¿Qué obra de caridad es ésa? -preguntó dom Claude un poco sorprendido. -Tengo dos amigos que desearían ofrecer un canastillo de ropas para el niño de una pobre viuda, de las hospitalarias. Es una obra de caridad que costará por lo menos tres florines y a mí me gustaría contribuir con el mío. -¿Cómo se llaman vuestros dos amigos? -Pierre L'Assommeur y Baptiste Croque-Oison. -¡Bueno! -dijo el archidiácono-, esos dos nombres le van a una obra de caridad como una bomba al altar mayor. Cierto es, y se dio cuenta de ello más tarde, que Jehan no había ni mucho menos acertado en la elección de nombre para sus dos amigos. -Y además -prosiguió el sagaz dom Claude-: ¿Desde cuándo un canastillo de ésos vale tres florines? ¿Y para el niño de una hospitalaria? ¿Y desde cuándo las viudas hospitalarias cuidan a sus niños con tantas ropitas y remilgos? Jehan se lanzó otra vez más un canto a la desesperada. -Pues lo necesito para ir a ver esta noche a Isabeau la Thiery al Val-d'Amour. -¡Miserable impuro! -exclamó el sacerdote. -'Avayveia -dijo Jehan. Esta cita, astutamente tomada por el estudiante de las que había en las paredes de la celda, produjo un extraño efecto en el sacerdote que se mordió los labios y su cólera se disimuló entre el rubor de su rostro. -Marchaos, que estoy esperando a alguien -dijo entonces a Jehan. El estudiante volvió a la carga una vez más. -Hermano Claude, dadme al menos un pequeño parisis para poder comer. -¿Por qué parte vais de las decretales de Graciano? -No lo sé. Perdí mis cuadernos. -¿Y en humanidades latinas por dónde vais? -Me robaron mi ejemplar de Horacio. -¿Y de Aristóteles, qué habéis visto? -¡Por Dios, hermano! No recuerdo qué padre de la Iglesia ha dicho que todos los errores de los heréticos de todas las épocas han tenido siempre como escondrijo la metafísica de Aristóteles. ¡Fuera Aristóteles! No desearía desgarrar mi religión con su metafísica. Jovencito -replicó el archidiácono-, en la última entrada del rey había un gentilhombre, de nombre Comines, Philippe de Comines que llevaba bordada su divisa en la gualdrapa de su caballo; os aconsejo que meditéis sobre ella; decía: Qui non laborat non manducet. Ante esa respuesta, el estudiante se quedó en silencio, se cogió la oreja con los dedos y su expresión se tornó hosca. De pronto se volvió rápido hacia dom Claude con la presteza de una ardilla. -Así que me negáis una triste moneda para comprar un poco de pan en una tahona. -Qui non laborat non manducet Ante esta respuesta inflexible del archidiácono, Jehan se tapó la cara con las manos, como una mujer que solloza y exclamó con una mueca de desesperación: ¡Osotorotoi! -¿Qué quiere decir eso, caballero? -le preguntó Claude sorprendido por aquella salida. -¿Cómo? -respondió el estudiante mirando a su hermano con insolencia, después de haberse restregado los ojos con las manos para dar así la impresión de estar llorando-, ¡es griego! Es un anapesto de Esquilo que sirve para expresar el dolor a la perfección. Y entonces lanzó una risotada tan violenta y ridícula que hizo sonreír al archidiácono. La culpa era suya, en efecto; ¿quién le había mandado mimar tanto a aquel muchacho? -¡Pero, hermano! -prosiguió Jehan enardecido por aquella sonrisa-. ¡Mirad qué Pero el archidiácono había vuelto de nuevo a su seriedad de antes. -Ya os enviaré unas botas nuevas, pero de dinero nada. -Sólo un miserable ochavo, hermano, insistió suplicante Jehan, y me aprenderé de memoria a Gracián y creeré en Dios y seré un verdadero Pitágoras de ciencia y de virtud, pero, ¡por favor, dadme una monedita de nada! Queréis ver cómo me ataca el hambre, que está ahí con su boca abierta, más negra y repugnante que un tártaro; como la nariz de un fraile. Dom Claude movió la cabeza. -Qui non laborat... Jehan no le permitió terminar. -¡Pues muy bien! ¡Vete al demonio! ¡Viva la vida! ¡Me iré de taberna en taberna, buscando camorra! ¡Romperé todo y me iré con mujeres! -y al decir esto lanzó su gorro contra la pared, y chasqueó con los dedos como si fueran castañuelas. El archidiácono le miraba seriamente. -¡No tenéis espíritu ninguno! -En ese caso, según Epicúreo, carezco de un no sé qué, hecho de algo que no se sabe qué es. Jehan, tenéis que pensar seriamente en enmendaros. -¡Vaya, hombre! ¡No faltaría más! -dijo mirando alternativamente a su hermano y a los alambiques del horno-. ¡Todo es aquí cornudo: las ideas, las vasijas...! Jehan, estáis en una pendiente resbaladiza, ¿sabéis a dónde vais? -A la taberna -respondió Jehan. -La taberna acaba llevando a la picota. -Es una linterna como otra cualquiera y a lo mejor Diógenes hubiera podido con ella encontrar a su hombre. -Y la picota acaba llevando a la horca. -La horca es una balanza que tiene a un hombre en un extremo y a toda la tierra en el otro. -Y la horca acaba llevando al infierno. -Una inmensa fogata. -Jehan, Jehan! ¡Que vas a acabar mal! -Bien, pero el principio habrá sido bueno. En aquel momento se oyó ruido de pasos en la escalera. -Silencio -dijo el archidiácono, llevándose un dedo a los labios- aquí viene maese Jacques. Escuchad, Jehan -añadió en voz baja-, no habléis nunca de lo que aquí hayáis visto o podáis oír. Escondeos bajo es fogón y no digáis nada. El estudiante se acurrucó bajo el horno y allí se le ocurrió una idea genial. -A propósito, hermano Claude, un florín para que no abra la boca. -¡Silencio! Os lo prometo. -Tenéis que dármelo. -Cógelo tú -dijo el archidiácono tirándole con rabia su escarcela. Jehan se escabulló
bajo el horno y la puerta se abrió.
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