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Descubriendo a Valentín Nicolás
a media hora de tensa y aburrida espera se transformó de pronto no sólo en alivio al verlo salir del vetusto edificio sino, sobre todo, en claro desconcierto por el andar presuroso, con evidente nerviosidad. ¿Qué le pasa? ¿Acaso está huyendo de algo? No logró hallar una explicación valedera para tal comportamiento, totalmente insólito, sin ninguna similitud con el decoro, la casi frialdad que trasuntaba a través de la ropa oscura, de una pulcritud extremada, y el modo cuidadoso de hablar o efectuar cualquier gesto, como si tuviera todo previsto y bajo control. Sí. Tal vez nada de lo que me contó Isabel haya sido exagerado. Por primera vez consideró, ya casi sin resabio de duda, que el hombre que ahora marchaba a pasos rápidos, sorteando personas y vehículos, volviendo de tanto en tanto la cabeza hacia atrás con signos de cierta alarma y en busca de algún posible perseguidor, era capaz de llevar a cabo los hechos de furia y agresividad tantas veces padecidos por ella. Tal vez ésta sea la verdadera imagen, sin ninguna relación con la del inofensivo viejito incapaz de matar una mosca que siempre quiso reflejar. Mordiéndose los labios para evitar un grito de protesta, sublevado por descubrir en forma demasiado tarde un engaño casi perverso, puso en marcha el coche y comenzó a seguirlo. Dora SalinasTodavía me resulta imposible aceptarlo. Nunca podré hacerlo. No sé si es por haber ocurrido en forma tan imprevista o porque fue el único hombre que reparó en mí y, apareciendo en el momento de soledad más lacerante, por primera vez hizo vibrar mi cuerpo por obra de un placer siempre anhelado y que, por temor, prejuicio o falta de oportunidad, nunca había disfrutado. Obnubilada por ello, no pude o no quise medir las posibles consecuencias de nuestra relación. Frenética. Rodeada de cierto halo de oscuridad y misterio. Sólo me propuse gozar con la mayor intensidad todo eso que durante demasiado tiempo debí imaginar, insomne en noches febriles, consumida por la espera. Hasta que él tuvo la virtud de encender una luz, deslumbrante y revitalizadora, a la cual me aferré, posesiva. Sin pensar que habría de extinguirse tan pronto. Abruptamente. Comprendiendo que desde ahora, al observarlo allí, quieto y frío, ya no voy a tener fuerzas ni ánimo para sobrellevar el vacío de cada día. IsabelLentamente cruzó la puerta. Bregando entre el temor y el desconcierto. Sí. Debía venir. Aunque es lo último que quisiera hacer en la vida. Procuró aplacar un instintivo temblor al abrirse paso entre los cuerpos diseminados por la sala, mientras creía convertirse en el centro de todas las miradas, como si fuera una intrusa o alguien completamente extraña en ese sitio, hasta detenerse junto a él. (Sí. Vos sos el único que puede ayudarme. Por favor. En cada nuevo encuentro reiteraba las mismas palabras que había pronunciado la primera vez que se atrevió a revelarle, trémula y en brusco arrebato, el motivo del creciente estado de malestar y desasosiego. Ya no lo soporto. Ya no puedo vivir haciendo lo que él quiere y le gusta y le parece bien. Llegó a experimentar un desconocido alivio no sólo por tener la decisión y el valor para dar el primer grito de rebeldía, sino más bien por la actitud comprensiva y tierna de Nicolás, calmate, ya no dejaré que te haga ningún daño, protector, ofreciéndole el refugio de sus brazos fuertes y cálidos. Entonces comenzaron a verse subrepticiamente, cuando él salía del taller mecánico o durante los escasos momentos de libertad que ella resolvía tomarse, abandonando presurosa la casa, siempre en sitios aislados, afanosos por rehuir el acoso de cualquier mirada. Pero fatalmente se imponía entre ellos la presencia del hombre que desde hacía tres años había empezado a formar parte de su mundo. Sobrecogedora. Cuando su madre la llevó a un amplio local colmado de hombres y mujeres, silenciosos y en actitud absorta, con los ojos clavados en él, quien, desplazándose por el escenario o sentado ante un escritorio cubierto de libros y revistas, pronunciaba un discurso en el que alternaban el fervor desmedido y alguna grave sentencia. Desde el principio la impresionaron dos cosas: el acerado filo de su mirada, que parecía desnudar a quien se encontraba ante él, y la voz, dotada de una vibración seca y por momentos estruendosa, tenía la facultad de concederle una inusual fortaleza al cuerpo menudo, de aspecto extremadamente frágil. Dios, el Juicio Final, la permanente tentación de la carne, luchar contra las múltiples formas del pecado, esforzarse por vivir en un estado de pureza. Llegó a resultarle abrumador asistir a esas reuniones en las que Valentín pretendía inculcar de modo obsesivo tales conceptos, como el hecho, cada vez más frecuente, de verse obligada a acompañar a él y a su madre en las agotadoras visitas domiciliarias con el propósito de captar adeptos para la causa. Su madre se preocupó cada vez menos en disimular el interés y admiración por ese hombre que, como si llevara a cabo un progresivo copamiento, fue ocupando un lugar relevante entre ellas. De manera especial al comenzar a verlo a diario en la casa, por alguna cuestión o tarea relativa a la organización y, sobre todo, para sostener diálogos reservados o quedar mirándose, en tácita complicidad, tensos y arrobados. Hasta que -confirmando un torturante presagio- él se instaló en la casa y, asumiendo el carácter de dueño de cada rincón, quiso imponer de inmediato su voluntad. Entonces perdí el goce de la libertad. Ya no pude disponer de mi tiempo ni tuve oportunidad de hacer lo que me gustaba. Debía cumplir las reglas establecidas por ellos. Como una simple muñeca. Parecieron confabularse para amoldarla a las consignas o preceptos, inmunes a la menor réplica, que extraían de incontables y voluminosos libros: vigilar que llevara una conducta decorosa; separarla de los amigos que no les merecían estima o confianza; evitar que usara polleras demasiado cortas y blusas con amplios escotes por resultar inmoral; controlar el tiempo que permanecía fuera de la casa. Y el acoso se tornó intolerable cuando, luego de la inesperada muerte de su madre, quedó a solas con ese hombre. Sin defensa.) Nicolás De pronto el acto proyectado surgió riesgoso, con la amenaza de frustrarse, ya sin la seguridad de poder cumplir los detalles del plan elaborado durante tantos días. Se vio obligado a permanecer alerta, luchando por aplacar los síntomas de inquietud, mientras procuraba eludir el paso de los otros vehículos como vigilar la figura del hombre que, por momentos, corría a ritmo febril, trastabillando en algún desnivel de la calle o la vereda o, al detenerse en cada esquina, observaba a su alrededor, absorto y algo desorientado, al parecer en un intento por descubrir la señal algún ignoto pero latente peligro. No. No es por mí. Dado que había puesto especial cuidado por ocultar cualquier indicio de su persecución, creyó que otra causa, aún ignorada, había transformado el comportamiento de él -habitual y previsible, caracterizado por una marcada serenidad, según pudo comprobarlo a lo largo del último mes, desde que salía de la oficina, conversaba de tanto en tanto con algunas personas, entraba en un bar para tomar un café, hasta llegar a su casa- en otro, bruscamente errático e impredecible. Pero de inmediato quiso desechar cualquier escrúpulo. Sea lo que sea, no logrará cambiar mi propósito. Debo hacerlo hoy. Se lo prometí a Isabel. Dora SalinasSí. A mis cuarenta y tres años, cuando sobrellevaba una soltería casi irrebatible, a la cual pretendía resignarme, apareció Valentín. Fue al comenzar a trabajar en la oficina donde él se destacaba no sólo por la forma meticulosa de realizar su tarea, abstraído, sin participar en la charla de los demás, sino también -lo que resultaba más notorio- por despertar, debido a la intención de propagar sus ideas religiosas, una actitud de fastidio y resquemor en el jefe y los empleados. Tené mucho cuidado. Muy pronto tratará de llevarte a su congregación, me advirtió Silvia mientras me enseñaba algunos de los folletos que él había estado distribuyendo en la oficina y que, en vez de lograr una corriente de adhesión o camaradería, parecía haber unido a todos en el objetivo de relegarlo a un sitio secundario, donde no constituyera una carga. Por ello, al decidir que se ocupara del archivo -ubicado en el subsuelo, en una pieza diminuta, impregnada de humedad y casi irrespirable por el cúmulo de papeles-, nadie se preocupó demasiado en disimular el beneplácito, que no llegué a compartir, considerando que eran muy injustos y hasta crueles con él, sobre todo por la buena impresión que desde el principio me había causado su hablar suave y pausado, la pulcritud en el vestir, la actitud reservada. Y apenas leí algunos títulos de los folletos diseminados por la oficina -Llegó el momento de cambiar el rumbo de tu vida, El Señor te invita a acompañarlo, Nosotros te ayudaremos a despejar todos los temores-, más que compartir el desdén o abierto rechazo de quienes trabajaban allí, presentí en seguida, con una mezcla de interés y curiosidad, que la vida de él, tal vez por estar inmersa en cierto halo raro e enigmático, ofrecía un irresistible atractivo. Por eso, el día en que, al retirar unas carpetas de mi escritorio, me dijo deseo hablar con usted, cuando tenga un rato libre la espero en el archivo, en un susurro y observando a su alrededor, inquieto, con el evidente propósito de evitar ser descubierto por los otros empleados, me pareció que reflejaba una prueba de confianza y, sobre todo, me confería la posibilidad de establecer el vínculo anhelado. Dejándome ganar por la furtiva esperanza de atenuar la vigencia de una soledad pertinaz, y sin atender las prevenciones sobre el accionar incisivo y bastante agobiante que utilizaba para incorporar miembros a su grupo, sólo aguardé el instante oportuno para ir hasta el archivo y encontrarme con él. IsabelA pesar de la placidez reflejada en la cara blanca y rígida, no pudo, debido sin duda al hábito arraigado en el curso de tanto tiempo, imaginar otra cosa que los rasgos duros, la mirada fría y inquisitiva, la mueca temible en cada acceso de furor, el estallido de la voz cuando exponía sus ideas o trataba de ejercer un claro dominio sobre los demás. Únicamente así podré recordarlo. Por el modo como hizo crecer mi odio. Pero ya sin miedo. Serena. Con un aire de superioridad y el íntimo goce de haber arribado, luego de sostener una prolongada lucha, grávida de miedo y humillaciones y constante desazón, a un desconocido estado de libertad. Victoriosa. Sí. Sólo para esto vine. Para comprobar que nunca más podrá mirarme ni tocarme. (Cuando creyó, minada la paciencia de meses y meses, que no podía ni quería seguir abroquelada en la casa, padeciendo el acoso y la vigilancia del hombre transformado en permanente guardián del más íntimo de sus gestos, marchó presurosa, con el sigilo impuesto por el carácter subrepticio de esos encuentros, hacia la casa de Nicolás. Por impulso de una decisión. Clara. Rotunda. Apenas traspuso la puerta se precipitó en los brazos de él, no tanto urgida por la desesperación y el ansia de hallar amparo como ocurría desde la primera vez que habían estado juntos, sino por el anhelo de confiarle el plan que iba a significar el final de una etapa sombría, ya insostenible. Pero le costó articular una palabra, más que por tener la boca reseca, por cierto instintivo temor a confesar abiertamente el propósito que parecía surgido de la fibra más tenebrosa, casi abominable, de su ser. Como vía liberadora, necesitó primero cumplir la habitual ceremonia de quedar unos segundos mirándose, en una especie de reconocimiento, y después las manos urgidas en desprender botones y quitar toda prenda que impidiera acariciar cada palmo del otro cuerpo, tibio y estremecido, hasta llegar al abrazo frenético, casi desgarrador, en el que prevalecía tal vez no tanto la búsqueda de placer sino más bien el intento por alcanzar . Por fin, quietos entre las sábanas humedecidas, se atrevió a efectuar la confidencia en tono imperativo. Ya no lo aguanto más. Tenemos que matarlo. Es la única salida. Ayudame, por favor.) Nicolás El sentido de la frustración fue agudizándose a lo largo de las cuadras en que, incapaz de concretar su propósito, se limitó a ser mero espectador del hombre transformado en blanco cada vez más escurridizo. El hecho de que no entrara en el café habitual le confirmó que algo raro o grave le sucedía. Creyó, debatiéndose entre el desconcierto y la impotencia, que tal vez necesitaría armar otra estrategia para cumplir lo prometido a Isabel. Pero al llegar a la avenida lo vio detenerse, como si se tomara un respiro en la marcha desordenada y, antes de disponerse a cruzar, echó un vistazo en torno, precavido. Sí. Ahora. Con el alivio y la seguridad de concluir una larga espera, acercó el pie al acelerador. (Por ella. Sí. Para que al fin pueda llevar la vida que siempre quiso y los otros le negaron. Sintió la instintiva necesidad de ayudarla, proporcionarle amparo con generosidad, más que por un amor incipiente o para compensar el goce prodigado en furtivos y cada vez más embriagantes encuentros, por la descarnada sensación de orfandad que le había demostrado cuando la vio por primera vez. Atrapada por el miedo. Voraz. Inapelable. Clamando en silencio –los labios apretados, la mirada desvalida, los brazos caídos- por una mano salvadora. Esa impresión –en la que también se confundió una súbita admiración por la belleza, entre fresca y agresiva, de ella- logró despabilarlo aquella mañana en que la vio junto al hombre y la mujer que, con una tozudez inconmovible, golpeaban casi todos los domingos la puerta de su casa y, sin darle posibilidad de pronunciar una palabra de protesta o disgusto o para echarlos sin miramientos, le mostraban un cúmulo de revistas al tiempo que, con fogosidad, anunciaban el final de los tiempos y por ello era preciso estar preparados, lograr una conversión purificadora, encomendarse al Señor para salvar el alma. Entonces fue ella quien habló. Tímida, con un tartamudeo casi invencible, esforzándose por resultar segura y convincente. De inmediato creyó presentir que no sólo procuraba ofrecer en forma digna una lección memorizada palabra por palabra, sino que, más bien, obedecía a una maniobra pergeñada por el hombre y la mujer para sorprenderlo, despertar al fin su interés o curiosidad y, sobre todo, evitar que cerrara abruptamente la puerta. Debió admitir que habían logrado su objetivo. Aquella mañana les dedicó más tiempo del habitual. Sólo por ella. Por despertarle una irresistible atracción, por advertir que desempeñaba un papel impuesto por los otros dos, por reflejar claros indicios de pesar y desolación. Indagar en su mundo, que de improviso imaginó grávido de zonas oscuras y tal vez desconcertantes. Tardó algo más de un mes en descubrirla sin velos ni subterfugios. Auténtica. Cuando, tras algo más de un mes de ausencia, se presentó. Sola. Lo desconcertó tanto verla sin la compañía del hombre y la mujer como el hecho de que, tal vez presa de un repentino olvido, no lo acosara con un tropel de palabras en tono monocorde apenas abrió la puerta y se quedara mirándolo, abstraída, como en una especie de reconocimiento. Creyendo que esa actitud -reflejo de la derrota, de un claro abandono- constituía una prueba evidente de todo aquello -doloroso, asfixiante- que había presentido sobre el desarrollo de su vida, demoró en reaccionar. Perturbado. Por fin se atrevió a formular una pregunta, sin ánimo de emplear un tono burlón, sino más bien para evadirla del letargo y facilitar la comunicación, ¿Hoy no vas a decirme el mensaje del Señor? Su voz logró movilizarla. Violentamente. Sin preocuparse por responderle y, tras apartarlo de la puerta con un empujón, dio unos pasos erráticos por el comedor hasta dejarse caer en un sofá, al parecer exhausta o como si hubiera encontrado el mejor sitio para descansar, segura y tranquila. No llegó a plasmar la intención de acariciarla, darle un beso o efectuar cualquier cosa para revelar que estaba allí dispuesto a ayudarla. De improviso quedó inmóvil. Observándola. Pendiente de cada palabra con que, la voz estentórea y, por momentos, apenas audible, se atrevió a confesar, paseando los ojos en torno sin fijarlos en ningún punto y los brazos en gestos casi distorsionados, el cúmulo de sentimientos que la torturaba y quería expulsar en forma torrencial: temor, desesperanza, impotencia, soledad. Tal vez pudo ser cualquier otro. Me tocó a mí por casualidad o por haberle resultado simpático. Sólo necesitaba con urgencia alguien que la escuchara, un pilar donde aferrarse para evitar la locura o el suicidio. La repentina mezcla de interés y conmiseración -al ser incapaz de sustraerse al grado de oprobio y desamparo que ella, luego de la muerte de su madre, sobrellevaba en la casa donde el hombre, instalado de manera abrupta y sin haberlo deseado ni elegido, se consideraba el dueño absoluto y sólo pretendía ejercer una autoridad fría y despótica-, se fue transformando no sólo en creciente bienestar y felicidad durante los días siguientes, en los furtivos y demasiado breves momentos que pasaban juntos, sino también, ya firme una corriente de unión y entendimiento, le hizo asumir el compromiso de protegerla, de impedir que sufriera el menor daño, y por eso le dijo que sí, que estaba de acuerdo, que haría cualquier cosa para liberarla de Valentín.) Dora SalinasAl trasponer por primera vez la puerta y quedar a solas con él en ese lugar mal iluminado, casi sin espacio libre entre los estantes repletos de carpetas y papeles, comprendí que iniciaba una etapa nueva. Dejando atrás incontables años de vivir en forma chata, sin sorpresas ni oportunidad para colmar tantos anhelos. Y supe que era por él. No tanto por el énfasis y la seguridad con que, en un susurro incitante que parecía invitar a compartir un secreto, manifestó en seguida el ansia por incorporarme a su congregación donde iba a poder disfrutar de un estado de paz y regocijo, libre de preocupaciones y zozobras -sólo el Señor colmará todas nuestras aspiraciones, tiene que decidirse a conocerlo, yo puedo ayudarla, le aseguro que desde ahora podrá gozar la gracia de los sueños más queridos-, como los hombres, mujeres y niños que, sonrientes y despreocupados, aparecían entre flores exuberantes, junto a un río o en alguna zona rocosa, según lo probaban todas las revistas que, extrayéndolas de una caja oculta bajo una pila de expedientes, me mostró con inocultable regocijo. Sino por el estremecimiento por tenerlo tan cerca, por notar el ardor de su mirada, por la voz que tenía el efecto de una caricia nueva y anhelada durante tanto tiempo. Un inusitado vigor recorrió mi cuerpo. Desalojado de improviso el adormecimiento con que vegetaba día tras día, ya casi resignada. Vislumbrando una luz en la exasperante rutina. Y acepté colaborar con la congregación, no por la perspectiva de gozar los beneficios de un mundo armónico y esplendente, sino por ser el mejor modo de estar a su lado. Participando en reuniones, distribuyendo invitaciones para los actos en que él era el principal orador, formando parte de los grupos que visitaban cada casa con un mensaje de fe y aliento. Aunque todo eso afianzó el vínculo entre nosotros, nada resultó comparable a la intimidad alcanzada en el archivo. Solos. Abroquelados en ese cálido refugio. Y el temor de perder ese privilegio me hizo actuar con extrema precaución, a la defensiva, evitando cualquier indicio que revelara a los otros empleados, y especialmente a Silvia, nuestros encuentros. Pretextaba la necesidad de ir al baño o esperaba que todos se fueran a almorzar y la oficina quedara desierta, para correr hasta el archivo. Urgida por cumplir una cita cada vez más imperiosa. Sobre todo después de aquella tarde en que, de manera súbita, luego de mirarnos un rato en silencio, entre los estantes y carpetas y cúmulo de papeles, al fin llegó a plasmarse eso que sin duda siempre había permanecido latente, al acecho, cuando la mano de él se posó en mi cintura y luego subió hasta uno de los pechos, donde la mantuvo quieta, en leve presión, como una especie de reconocimiento o esperando la forma en que iba a reaccionar. No atiné a efectuar un gesto de protesta o rechazo, desarmada por el tono firme al pronunciar cada palabra como si estuviera dando uno de sus habituales mensajes en que procuraba contagiar fervor y esperanza, éste también es un modo de acercarnos al Señor, no podemos negarnos a ser felices, tenemos derecho a disfrutar el regalo de estar juntos. No hubiera necesitado decir nada. Intentar convencerme que eso no constituía ninguna falta ni traicionaba los postulados de la congregación. Porque fue lo que aguardé desde el primer momento. Arrebatada. Casi contando cada segundo de espera. Su boca apremiante sobre la piel, las manos hurgando ávidas en zonas de mi cuerpo inexploradas durante años, rodar enceguecidos y trabados casi en lucha denodada contra los armarios y expedientes, llegó a ser la ceremonia principal de nuestros encuentros. Esencial. Gratificante. Sin duda por sentirnos tan seguros allí, aislados en esa pieza casi irrespirable, nos descuidamos. Y ocurrió el final. Abrupto. La tarde en que, al abrirse con violencia la puerta del archivo y una luz poderosa desalojar todo rescoldo de sombras, un desafinado coro de voces comenzó a gritar dele, Valentín, muy bien, fuerza, usted puede, mientras las risas y los aplausos restallaban en un latigazo demoledor. De inmediato se aquietó el cuerpo de él, pero tardamos unos minutos en deshacer el abrazo, con el tácito temor de perder el único vínculo que nos confería un mutuo apoyo, hasta tener el coraje de volver los ojos hacia ellos. El jefe y los empleados de la oficina. Sonrientes. Burlones. Por fin él se apartó, el terror desfigurándole la cara y, mientras procuraba acomodarse el pantalón con gestos torpes, casi incapaz de efectuar una tarea tan común, trató de escabullirse entre los cuerpos que boqueaban la puerta. Al desaparecer me golpeó la noción de estar sola, desprotegida, brutalmente expuesta ante ellos. No sé cuánto tiempo permanecí quieta, sin saber qué hacer o decir para despejar el estado de impotencia y bochorno, hasta que maquinalmente bajé la pollera, tal vez no tanto por repentina vergüenza sino más bien en señal de derrota, atroz y definitiva, al comprender que se cerraba una etapa, que ya nunca más iba a disfrutar el goce alcanzado al lado de él. Isabel Le bastaron unos minutos -penetrar en la sala, desplazarse sigilosa entre la gente, observar la cara lívida, definitivamente ajena, del hombre odiado- para comprender que, despejadas al fin las sombras que durante tanto tiempo la habían perturbado, podía vislumbrar un camino nuevo. Todo salió como lo planeamos. Ahora podremos vernos a plena luz, disfrutar nuestro amor sin apuro ni sobresaltos, sin la siniestra vigilancia de él. Creyendo haber cumplido su propósito, se vio urgida por salir de allí. Apenas traspuso la puerta de calle, comenzó a correr. Con inusitada vitalidad. Sin rumbo. Desenfrenada. Obligada por el cansancio, se sentó en el banco de una plaza. Y entonces, cuando una dulce modorra logró borrar toda huella de tensión y pesadez de su cuerpo, ya no pudo contener algo que parecía quemarle el pecho. La carcajada que resonó estruendosa. Como la más clara expresión de victoria. Nicolás Creyó apretar un gatillo al hundir el acelerador, firme y decidido, cuando el hombre que perseguía desde hacía varias cuadras se transformó en un blanco perfecto, infalible, al cruzar la avenida con pasos más lentos. Sí. Ahora. Ya nunca más habrá de someterla a su voluntad, ni disfrutar el placer de usarla como una muñeca hermosa. Pensando sólo en Isabel -con la satisfacción de haber cumplido la promesa, del tiempo que desde ahora empezarían a gozar juntos, sin ataduras- al observar por el espejo retrovisor que, luego del golpe, el cuerpo inmóvil sobre el pavimento provocaba la brusca frenada de algunos coches y congregaba a un grupo de personas. Comprendió que en seguida todos comentarían el hecho como un nuevo y lamentable accidente.
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