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Hacia la noche
penas traspuso la puerta de cristal creyó sufrir una especie de agresión por las luces, frías y poderosas, que lo obligaron a parpadear varias veces, por el ruido y el movimiento de los coches que cubrían la calle, por el roce de los cuerpos que, rápidos y profiriendo un cúmulo de palabras inconexas, cruzaron a su lado. Permaneció unos segundos quieto, algo aturdido y desorientado por la brusca evasión del clima -saturado por el confuso olor a remedios y desodorante, las voces apenas susurradas- que imperaba en el enorme edificio donde había estado durante casi dos horas. Tal vez sea lo mejor. Tal vez es lo único que necesito ahora. Comprendiendo que ingresar en una zona grávida de bullicio, casi estruendosa, no iba a desalojar el estado de zozobra, impotencia y, sobre todo, creciente temor, pero al menos le ayudaría a ubicar en un plano secundario, lo más lejano posible, las palabras que ya habían adquirido una vigencia excluyente. Tres, cuatro meses. Sin duda es la ocasión para apurar un buen trago. Esa necesidad lo urgió a movilizarse, casi como única alternativa para eludir las palabras proferidas por el doctor Albrecht en el tono impersonal que sin duda utilizaba siempre para emitir un diagnóstico, por más cruel que fuera, a pasos zigzagueantes entre quienes cruzaban a su lado, buscando de tanto en tanto el apoyo de la pared cuando sentía una ráfaga de mareo o las piernas ya no podían sostenerlo. Le pareció una proeza recorrer las cinco cuadras hasta llegar al pequeño bar que visitaba desde hacía años y que ahora, más que nunca, surgía como un anhelado refugio. Me bastó verlo cruzar el umbral para advertir que algo le pasaba. El hábito me había permitido descubrir su estado de ánimo o lo que pensaba o las cosas que le disgustaban por medio de una simple mirada, el gesto de la mano o el tono de la voz. Porque a lo largo de los años no sólo se había convertido en una visita casi cotidiana, sino también la de mayor relieve -tanto por el hecho de haber ocupado un alto cargo en el gobierno como por preferir mi local para reunirse con sus amigos, en otro tiempo, y ahora para saborear un vaso de whisky, solo y en actitud abstraída-, por lo cual siempre le atribuí un carácter especial y procuraba, como una forma de tácito agradecimiento, atenderlo personalmente. Y sobre todo esta vez en que no reflejó ninguna huella de la apariencia que ostentaba siempre -erguido el pecho, seguro y firme el andar, la mirada abierta y casi desafiante-, sino la imagen de alguien que por el cansancio, la debilidad, quizá el desaliento, ya no tenía ánimo ni ganas para realizar el menor movimiento. Bastante preocupado lo observé mientras recorría, con exasperante lentitud, el trayecto desde la puerta de entrada hasta la mesa que ocupaba siempre. Me dispuse a atenderlo de inmediato. Precisamente cuando, desde un rincón del local, vi levantarse a varios muchachos y en seguida, rotundo, un grito sobrepasó cualquier otro sonido. Allí está. Comprendió que sin duda, tanto él como los cinco amigos que hacía casi dos horas permanecían allí en tediosa espera, se vieron gobernados por el mismo sentimiento al dirigir la mirada hacia el sitio que indicaba la mano de Cristian: el afán, frenético e irrenunciable, de abalanzarse sobre el hombre que acababa de penetrar en el local y descargar -sin ataduras y mediante el medio más directo, potente y destructivo- la carga de rabia, desolación, resentimiento, impotencia, que sobrellevaban desde hacía tanto tiempo. Por mi hermana y por los padres de Cristian y por cada uno de los que él ayudó a desaparecer. Un disparo, repetidas puñaladas, golpes certeros con un hierro. Por unos segundos se dejó subyugar por las diversas alternativas, todas contundentes, que había contemplado al imaginar el momento en que se encontrara por primera vez frente al hombre que, convertido en figura difusa y siempre elusiva, representaba el estigma de una herida cruel e imposible de cicatrizar. Hasta ahora. Cuando por fin estaba allí, tangible, casi como el emblema de una afrenta intolerable, a tres metros. Y no me queda la posibilidad de tocarle un pelo. Sólo putearlo. Se levantó de un salto, con una presión en el pecho que le impedía respirar. Movió una mano en gesto de invitación hacia quienes lo rodeaban. Vamos. Al desplomarse en la silla de madera, incómoda pero sólida, le resultó más que nunca el necesario pilar para sostener el cuerpo sobre sus piernas ya vencidas. Tal vez sea una de las últimas veces que podré llegar hasta aquí. Pero procuró descartar semejante alternativa. Sublevándose contra cualquier síntoma de caída o derrota. Creyó de improviso que la visita a ese lugar ya no obedecería al motivo que durante años fue habitual -compartir gratos instantes con sus amigos, concretar alguna operación comercial, disfrutar de unos tragos-, sino que se iba a transformar desde ahora en una especie de apuesta o desafío, la simple pero fundamental prueba de estar todavía intacto, con capacidad para valerse por sí mismo, dispuesto a echar por tierra el diagnóstico que el acento casi admonitorio del doctor Albrecht parecía otorgarle un carácter inapelable. Tres o cuatro meses. Mucho dependerá de usted. Deberá cambiar hábitos, evitar cualquier exceso. Trató de relajar los músculos y lograr la posición más cómoda en la silla. Al apoyar la espalda en el respaldo levantó la cabeza y entonces vio que Gaona, surgiendo de atrás del mostrador, se disponía a atenderlo. Un hecho ya previsible, casi natural, a través del cual manifestaba tal vez no tanto una cuota de respeto por su rango o el beneplácito por contarlo entre los clientes más fieles, sino un modo, modesto pero sincero, de expresarle su agradecimiento. Sin duda jamás podrá olvidar que por mí sigue vivo y ha salvado este negocio y nadie llegó a tocarle un pelo. Aunque algunas veces consideró algo forzada o excesiva la sonrisa con la que trataba de congraciarse, ahora -al observarla, amplia y generosa, en el rostro redondo- mientras se acercaba hacia él, tuvo el carácter del mejor y tal vez único bálsamo que podía despejarlo, atenuar la sensación de asfixia, otorgarle un cálido amparo y, sobre todo, apartar las acuciantes palabras del doctor Albrecht. Muy pronto supo que se equivocaba. Al estallar el grito, abrupto y con un poder casi destructivo, que pareció perforarle los oídos. Asesino. Asesino. No pude llegar hasta él. La ronda que ellos formaron alrededor de su mesa -los seis muchachos tomados de las manos, girando a saltos, el odio y la rabia y una contenida violencia aflorando en las caras desafiantes-, aunque tenía casi el carácter de un juego de chicos, se convirtió en un muro hostil e infranqueable. Más que sorpresa sentí indignación, furor, una brutal afrenta por la prepotencia con que ellos no sólo iniciaron un sorpresivo ataque sobre él, cercándolo y torturándolo a través de gestos obscenos y el insulto cifrado en un solo grito, sino sobre todo llevaron a cabo una especie de copamiento en mi local, feroces y altaneros, como si fueran los dueños absolutos. Por unos segundos quedé inmóvil. Sin saber cómo acabar con esa situación muchas veces presentida -porque él se exponía abiertamente y muchos, conociendo su actuación durante el tiempo que había tenido un alto cargo directivo en el gobierno, sin duda hubieran disfrutado bastante con darle al menos una buena trompada-, ahora, tal vez por lo intempestiva y por tener un carácter tan violento, me dejaba estupefacto. Al cabo de unos segundos, en respuesta al instinto más que a una idea clara y definida, me abalancé sobre los muchachos mientras profería un grito, rabioso y destemplado, tanto para superar las voces unidas en una histérica protesta como para imponer mi autoridad, para demostrarles que no estaba dispuesto a permitir ningún desorden ni atropello en el local. Fue inútil. Como también el intento, grávido de torpeza debido a la desesperación y un impulso casi demencial, por separar los cuerpos que, firmes como pétreas columnas y aferrados por las manos tendidas, llegaban a formar un sólido cordón. Entonces creí perder las fuerzas, vencido por el desánimo y la impotencia al comprobar que resultaban estériles todos los esfuerzos por aplacar el recio avasallamiento de ellos. Y pensé que mi aspecto -sin reflejar otro signo que el de la derrota, como si no existiera la menor posibilidad de presentar cualquier tipo de lucha- debía ser similar al del capitán, petrificado en la silla, con los brazos apoyados sobre la mesa como si temiera caerse, inmutable la cara, los ojos clavados en algún punto indefinido, en una especie de búsqueda o más bien de silencioso pedido de ayuda, aislado en el cerco formado por la marcha circular, cada vez más frenética, acentuada por el bullicio de las voces desparejas y furibundas. Justo ahora. Precisamente hoy que parece más cansado y viejo que nunca. Por un segundo creí que el súbito asedio de ellos, descarnado y sin compasión, podría agravar de manera irrevocable su estado de malestar y deterioro. Al fin logré quebrar la rigidez y, en un supremo esfuerzo, corrí hasta el teléfono para llamar a la policía. Comprendió que el alivio -del semblante tieso y de las palabras horadantes del doctor Albrecht- presentido al estallar el primer calificativo, tajante y demoledor, al ser rodeado por esos muchachos en horda despiadada, no llegó a concretarse. Cambiar la sentencia de los pocos meses que habré de sobrevivir por los años, ya fijos, que me atan a un pasado inmodificable. No pudo definir cuál alternativa resultaba menos profunda, dolorosa o acuciante. Antes tenía el privilegio de determinar quién iba a morir. Ahora sólo prevalecen la incertidumbre y el horror mientras aguardo el momento que la fatalidad decida asestarme el golpe. De improviso la abusiva presencia de esos jóvenes desconocidos, con las caras enrojecidas y ademanes dictados por el odio y la bronca, transformando en ruin ultraje cada palabra, hizo aflorar un segmento oscuro del pasado que siempre permanecía latente, una espina subterránea pero pertinaz que lo obligó a debatirse entre un sentimiento de orgullo y desazón, de calma y el bochorno de una culpa despiadada. Aunque no quiso o ya no le importó hacer algo para rechazarlo. Tal vez sea inútil o llegue demasiado tarde. Protestar y maldecirme y pretender algún modo de venganza como seguir indagando si por cada uno de los actos que he llevado a cabo merezco un tiro en la cabeza o soy digno de una condecoración. Sin duda todo habría sido diferente si aún conservara no tanto un atisbo de poder -rotundo e envidiable años atrás, ostentado con orgullo y plena satisfacción, cuando tenía el privilegio de mover una mano, pronunciar un nombre o estampar la firma en un documento para disponer sobre la vida de cualquiera o para que lograr que se cumpliera el menor deseo o capricho-, sino apenas la energía o el ánimo como para efectuar una airada protesta, enfrentarlos sin claudicaciones y similar violencia, o simplemente pedirles que se fueran y lo dejaran tranquilo. En otro tiempo le hubiera bastado proferir una orden para acabar semejante agresión. Altivo. Inflexible. Hasta ahora. Hasta ese momento en que aplastado en la silla, con la súbita y oprobiosa sensación de estar completamente derrotado, sin la menor posibilidad de eludir no ya el ataque de los muchachos que gritaban y saltaban a su alrededor, sino el mazazo incesante que llevaban implícito las palabras del doctor Abrecht. Tres, cuatro meses. Es inútil. Jamás lograremos obtener el consuelo de ver un gesto de furia o desagrado o siquiera fastidio. No tardó en comprender que la rigidez del hombre -firme en la silla, apoyado los brazos sobre la mesa, tallado en piedra el rostro inescrutable- lograba, además de imponerse como un cruel agravio, reducir a un nivel irrisorio, bastante ridículo y aun sin sentido, todo eso que llevaban a cabo por un afán reivindicatorio, atesorado durante años y años de dolor, resentimiento, impotencia. Debemos parecerles unos chicos revoltosos. Incapaces de provocarles un parpadeo de preocupación o sorpresa. Sin duda hubiera bastado evocar cualquier segmento del accionar de ese hombre -despótico, intolerante- para comprobar que tal actitud resultaba natural, fogueada por la potestad de obrar sobre la vida de los demás con absoluto desprecio, sin ceder al menor atisbo de compasión o remordimiento. Y mi hermana estuvo en sus manos. Con la vana entidad de un nombre indiferente y ajeno entre tantos otros incluidos en alguna lista que debió firmar sin escrúpulo ni duda. Dictaminando una fatal condena. Impasible. El resultado, más pobre e insustancial del imaginado cuando programaron ese modo de ataque con cierta ingenua expectativa de cobrarse viejas deudas, le concedió no sólo cada vez mayor vigencia al desánimo y la frustración sino también, con creciente vigor, le impuso el deseo de sublevarse de otra forma. Más contundente. Un puñetazo que le hiciera caer algunos dientes o le cerrara un ojo para siempre. Hacerle sentir en carne propia una mínima parte del dolor que sobrellevamos nosotros o al menos para demostrarle que no puede seguir tratándonos como simples títeres, con la soberbia y el orgullo de poder imponer siempre su voluntad. Las ganas de exteriorizar sobre el hombre impasible el resentimiento, la bronca, los años de espera incierta y desalentadora, a través de algún golpe rotundo y sin piedad, obligado a retener o disimular por la necesidad de respetar las reglas establecidas por el grupo, quedaron relegadas de improviso. Al divisar que un patrullero se detenía frente al local y, de inmediato, un grupo de hombres abrió la puerta de dos batientes en brutal embestida. A pasos firmes, gritando, con las armas desafiantes en el brazos levantados. Por suerte ya están aquí. Bastó pronunciar el nombre del capitán Ismael Aguilera para que se movilizaran en seguida. Resulta destacable el respeto y casi la admiración que sigue provocando, a pesar de que ya no ocupa ningún cargo y lleva una vida tan sencilla como cualquiera de nosotros. Pero continúa vigente todo lo que él y otros militares hicieron para devolver a nuestro país una situación de paz y orden después de sufrir tantos años de violencia y muerte. Muchos se dedicaron a criticar el método utilizado para liberarnos de los guerrilleros. Hasta otorgarles la condición de verdaderos criminales. Como estos muchachos, en el papel de verdugos, decididos a inflingirle un feroz castigo. Precisamente hoy que aparece tan decaído y desmejorado. Sin demostrar el menor interés o siquiera algo de atención por lo que pasa a su alrededor. Al permanecer imperturbable cuando ellos se enfrentaron con los policías y convirtieron el local en un campo de batalla, confirmé mis sombríos presagios. Por suerte la refriega no dura demasiado. Vertiginosa como un huracán. Los agentes, en un accionar firme y resuelto, tanto en las voces que pretendieron imponer autoridad como por el movimiento de los brazos, sosteniendo cortas pero ineludibles cachiporras, con el único propósito de asestar golpes, lograron ejercer un total dominio sobre los muchachos. El ansia por recuperar la tranquilidad me hizo desestimar los cuantiosos gastos generados por la ruptura de los vasos y los vidrios de las ventanas, por la quebradura de las mesas y sillas utilizadas como elementos para defenderse y también para atacar. Aunque por algunos minutos permanecí quieto detrás del mostrador, convertido en simple espectador, no presté tanta atención al desarrollo de la brega -el choque frontal de los cuerpos, los gritos cruzándose entre expresiones de dolor y protestas soeces, el metálico sonido de los golpes, el revuelo del mobiliario- sino que más bien, gobernado por el estupor y el desconcierto, mantuve los ojos clavados en el capitán, quien, por su postura rígida y ausente, llegaba a resultar algo insólito e incomprensible. Cuando la quietud y el silencio retornaron al local, me apresuré por ir hasta él. Pese al deseo de indagar sobre el motivo de su estado, comprendí que no era el momento. Una súbita compasión se confundió con el sentimiento de amistad y afecto que habíamos llegado a compartir a lo largo de muchos años y, asumiendo el papel de dueño del bar, traté de darle el habitual recibimiento con la mejor sonrisa. Buenos noches, capitán. Es un gusto tenerlo otra vez aquí. ¿Qué desea servirse? No supo cuánto demoró en advertir la presencia del hombre, con cierto aire protector a través de la sonrisa cordial y las palabras que tuvieron la virtud de ubicar el lugar donde se encontraba. Evadiéndolo de la conmoción provocada por el griterío furibundo, el estruendo de los golpes, los cuerpos girando en feroz tumulto, y también, como una especie de gracia revitalizadora, logró desplazar a un plano secundario, inofensivo, al doctor Albrecht. Sí. Todavía estoy vivo. Todavía puedo disfrutar el placer de estar un rato aquí. De repente lo asaltó la casi sorpresiva revelación de apreciar cada momento. Intensamente. Sin desvelarse por los errores y culpas del pasado ni inquietarse por los días venideros. Trató de acomodarse en la silla en una posición más cómoda y relajada mientras pretendía devolver la sonrisa. Lo de siempre, Gaona. Un whisky. Doble, por favor.
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