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Como viento huracanado

Como viento huracanado
 

E

ra muy temprano. Apenas empezaba a vislumbrarse cierta claridad y, como de costumbre, yo estaba en la vereda, barriendo, que es la primera tarea que hago todos los días, mientras se calienta el agua para tomarme unos mates. Entonces aparecieron. Súbitamente. Con el sonido de una frenada estridente se detuvieron en la mitad de la cuadra, dos coches y un camión, de los que empezaron a descender varios hombres uniformados empuñando unas armas tan grandes que de sólo verlas me causaron una puntada en el corazón. Apreté más fuerte el mango de la escoba para aplacar el creciente temblor o tal vez a modo de defensa ante el rápido movimiento de ellos mientras se ubicaban junto al camión,  detrás de los árboles, en el hueco de alguna casa,  dispuestos a iniciar en cualquier momento un ataque. No pude hacer otra cosa que observarlos, hipnotizada y con el miedo espantoso de caer fulminada por un disparo sorpresivo, hasta que uno de ellos -sin duda el jefe- se acercó y me puso una mano en el hombro, autoritario. No puede estar en la calle, señora. Entre en su casa y cierre todo. Rápido. No le llevó mucho tiempo despejar la cuadra de todos los que estaban allí -el muchacho que distribuía los diarios, una mujer barriendo la vereda, el repartidor de un almacén- y entonces pudo impartir las primeras órdenes a sus hombres. En respuesta a una señal de su brazo tendido y las palabras proferidas en tono imperativo, ellos quedaron a la expectativa, los ojos fijos en la casa gris,  las manos  firmes en las armas levantadas. Esta vez no podrán burlarse de nosotros.  Pronto sabrán  que llegaron al final de su camino. De improviso lo asaltó el ya habitual  sentimiento en el que alentaban el orgullo, la  satisfacción, una absoluta tranquilidad, como cada vez que debía cumplir alguna riesgosa misión y, consciente de su poder, lograba presentir una segura victoria. Sin pérdida de tiempo. Contundente. La característica que le había granjeado el respeto, la confianza y aun la admiración -al menos le gustaba dejarse embriagar jubiloso con esa posibilidad- de sus superiores. Un nuevo jalón para mi carrera. Otra recompensa por el trabajo desarrollado durante los últimos meses, desde que los asesinatos y secuestros y el cada vez más reiterado estallido de bombas comenzaron a resquebrajar el orden y la estabilidad del país, por lo que había sido uno de los encargados de eliminar a los culpables. Ahora de nuevo iba a demostrar su capacidad, sin temor ni vacilación. Les voy a quitar las ganas de hacerse los valientes. Ya nunca más van a poner una bomba o ser una amenaza para nadie. Paladeó por anticipado el sabor del triunfo al imaginar a los tres o cuatro subversivos que en ese momento sin duda se encontraban dormidos, con la tranquilidad de sentirse amparados en el interior de la pequeña casa que  ahora, luego de ejercer durante dos semanas una paciente vigilancia sobre  quienes entraban y salían, ellos tenían perfectamente rodeada. Dio la señal. Sí. Ahora. No supo si fue el súbito estampido o el llanto casi histérico de Rodolfo lo que la despertó, sobresaltada, con repetidos accesos de tos y una molesta sensación de asfixia. Debió abrir y cerrar los ojos varias veces, luchando por despabilarse y tomar conciencia de lo que estaba pasando. Pudo conseguirlo al divisar el vidrio de la ventana roto y se hizo más densa la capa de humo invadiendo la pieza y le llegaron desde la calle un confuso sonido de pasos y voces. Están aquí. Nos descubrieron. La irrevocable comprobación tuvo el efecto de un resorte que la hizo saltar de la cama y dar unos pasos, trastabillando y sin saber qué hacer, el pánico cubriendo cada fibra de su cuerpo hasta  estallar en un grito destemplado. Levántense. Vamos. Rápido. Maquinalmente fue hasta la cuna de Rodolfo y, mientras lo apretaba contra el pecho tanto para evitar que siguiera llorando como para tener un sostén que aplacara el ritmo alocado de su respiración, advirtió el desconcierto de Guido y Miguel al ser evadidos repentinamente del sueño, en ansiosa búsqueda de la ropa y sobre todo de las armas, cómo pudieron encontrarnos esos malditos, hay que salir de aquí, gobernada cada vez más por la certeza de que ellos también, aun somnolientos y acosados por el gas devastador, lograban tener en claro una sola cosa: que estaban atrapados allí.  Por supuesto, hice lo que me indicó el general, coronel o cualquiera fuera el cargo que le correspondía al hombre que actuaba como jefe del grupo de soldados. Cerré puertas y ventanas, incapaz de superar la sorpresa y sobre todo el miedo, sin poder creer que ocurriera tan cerca una de esas operaciones repetidas  todos los días en diversas partes del país y al conocerlas a través de la radio bastaba para helarme la sangre. Tardé bastante en sentir las  piernas otra vez seguras. Debido quizá a la repentina quietud. Y eso avivó mi curiosidad. Fui hasta una de las ventanas y con mucho cuidado,  presintiendo que el menor ruido podría ocasionarme un problema, abrí levemente la persiana.  Con un ojo pegado a la rendija vi al hombre que daba las órdenes mover los brazos y a los soldados ubicarse alrededor de la casa gris, de aberturas verdes, donde desde hacía algo más de un mes vivían unos jóvenes. Aunque pude observarlos muy raramente, ya que sólo por las noches solían entrar y salir de la casa, me costó creer que  desarrollaran actividades tan graves como tirar bombas o secuestrar personas, sobre todo la mujer que siempre llevaba en brazos una criatura de escasos meses. Me asaltó un escalofrío al imaginar lo que podría pasarles ahora, con  esas armas tan enormes apuntando hacia la casa.  Y se me escapó un grito cuando sonó el primer disparo. ¿Qué haremos ahora?  Profirió la pregunta en completo estado de desolación y  terror, no tanto por la  inesperada situación que debían afrontar ella y sus compañeros sino por Rodolfo, a quien no lograba enmudecer ni mucho menos tenía idea sobre cómo  salvarlo de la trampa en que se encontraban abroquelados. No obtuvo respuesta. Ni Guido ni Miguel parecieron oírla y, sin prestarle atención, continuaron desplazándose entre el humo grisáceo que desdibujaba cada vez más las cosas, en busca de una salida o del sitio más adecuado para iniciar la defensa. Hacelo callar, por favor.  Ya todo el mundo debe saber que estamos aquí.  La voz de Guido tuvo un acento extremadamente duro, aunque pudo detectar cierto titubeo o un ineludible aire de aprensión, sin duda debido al sorpresivo asalto y la incapacidad para rechazarlo, perdidos el aplomo y la frialdad con que siempre planificaba las acciones que los miembros del grupo llevaban a cabo sin vacilar, seguros de alcanzar con éxito el objetivo propuesto. Por primera vez cundían la incertidumbre y el descontrol. De manera más notoria en él,  repentinamente frágil, cómo pudieron descubrirnos, quién pudo decirles que estábamos aquí, dando pasos inciertos hasta quedar apostado junto a la ventana  y comenzó a disparar por una minúscula abertura.  Aturdida  por el estrépito, colocó un pezón en la boca de Rodolfo no sólo para que dejara de gritar, sino más bien para sentir el calor del cuerpo diminuto como  un escudo protector. Nos van a matar a todos. Nunca nos dejarán salir vivos de aquí.  Creyendo de improviso que iban a correr la misma suerte de tantos compañeros en situaciones similares, pues las fuerzas de seguridad ya habían dado incontables pruebas de no tener otra intención que eliminarlos,  sin el menor  atisbo  de  duda o  misericordia. Sí.   El  no forma parte de este juego. No merece ser castigado por nuestras ideas o culpas.  La decisión surgió al prevalecer una breve  tregua en el fragor de los disparos. Bruscamente. Sin reparar en el estupor y las protestas de Miguel y Guido, qué estás haciendo, te volviste loca, se movilizó con celeridad, ya segura de cada paso, hasta llegar al dormitorio, donde retiró de la cama una sábana que fue  enrollando en su brazo derecho mientras se dirigía hacia la puerta que daba a la calle.  Esperá. Ni el grito ni la mano de Miguel consiguieron detenerla. Quiero salvarlo. No podemos dejar que lo maten  como a nosotros.  Recibiendo sólo el silencio a cambio de cualquier otra alternativa, abrió la puerta lo suficiente para exhibir la sábana. No disparen, por favor, no disparen. Luego de dar un beso presuroso a Rodolfo, y como si debiera cumplir una orden, irrevocable, que ya no admitía demora, lo colocó sobre la vereda.  Al observar el género blanco surgir por la puerta  presintió que el operativo podría concluir con más rapidez y facilidad de lo imaginado. Perfecto. Han comprendido que están perdidos y no pueden hacer nada mejor que entregarse. Haciendo cesar la feroz arremetida contra la casa,  él y sus hombres clavaron los ojos  en la puerta súbitamente entreabierta, a la espera de ver a los subversivos en actitud de total derrota.  No fue así.  En lugar de ellos sólo advirtieron un bulto, antes de que la puerta volviera a cerrarse con violencia. Estaba a punto de conferirle el carácter de un aparato explosivo, cuando un chillido desvaneció  la oquedad de la calle. Centeno, encárguese. La rudeza del mandato no pudo disimular cierto sobresalto y malestar causado por la sorpresiva acción con que ellos parecieron tener el propósito de burlarse o frustrar su plan de ataque. Llévelo lejos de aquí. Rápido.  Inmóvil, mientras el furor y la indignación le estrujaban el estómago, observó a Centeno levantar el cuerpo que se debatía frenético entre las abultadas prendas  y correr por la vereda hasta desaparecer en la primera esquina.  Libre del llanto  perturbador, consiguió recuperar la compostura, tener la fuerza y  serenidad para ejercer el mando y llevar a cabo sin demora la misión encomendada. Por lo visto no  están dispuesto a entregarse. Al menos han querido salvar al chico. Ahora les vamos a dar un escarmiento que los hará arrepentirse de haber aplastado una mosca alguna vez.  Un rápido vistazo sobre sus hombres le reveló que seguían  atentos en los lugares adecuados. Entonces movió el brazo derecho. Decidido. Creí que todo terminaría cuando se abrió la puerta de la casa gris. Pero fue sólo para dejar en la vereda al chico que la mujer siempre llevaba en los brazos.  Debían haberse vuelto locos para hacer semejante barbaridad.  Por suerte suspendieron unos instantes los tiros. Apenas para retirar al chico de allí. Sólo esperaron eso para acercarse más a la casa y comenzar otra vez el ataque. Me aparté de la ventana, incapaz de seguir mirando. A pesar de taparme los oídos con las manos, me sacudió el estruendo y mientras pensaba en ellos, encerrados allí, tal vez ya sin ninguna posibilidad de poder escapar, sentí una mezcla de horror, tristeza y compasión. ¿Dónde está la pistola? La pregunta tuvo la virtud de movilizarla, después de quedar unos minutos apoyada en la puerta, luchando por controlar la flojedad de las piernas y la opresión que le impedía respirar, torturada por la certeza ya irrebatible de que el intento por preservar  a Rodolfo de cualquier daño significaba al mismo tiempo perderlo, separarse para siempre  de él, dejarlo precisamente en manos de quienes desde hacía  más de un año había prometido destruir. Sí. No  me dieron posibilidad de elegir. Salvarlo a él, aunque sea el precio menos deseado. Supo que ahora debía bregar por su propia vida, por la de ellos tres abroquelados en ese reducto estrecho y frágil.  Pero  cuando Miguel le alcanzó la pistola y,  por la rendija de la ventana,  pudo observar la calle atestada de hombres con armas cuya mera visión agigantaba el pánico, comprendió  que toda resistencia, por más voluntad y coraje puestos en ella, estaba condenada al fracaso. Diez, quince minutos. Tal vez media hora. Se  dedicó a medir el tiempo que  tardarían en culminar el operativo, impetuoso y casi colérico al impartir las órdenes a sus hombres para que actuaran de manera rotunda, sin  titubeo ni equivocaciones, sabiendo que la rapidez y la eficiencia iban a ser elementos fundamentales para obtener la victoria que enriquecería su foja de servicio. Doce minutos, casi hubiera querido gritar la cifra con inocultable júbilo al presentir la estima, los elogios, la admiración que iba a cosechar desde ese momento, cuando se volvió a abrir la puerta de la casa  y entre la espesa humareda comenzaron a surgir las figuras  -tambaleantes, espectrales- convertidas en blanco perfecto para los incontables disparos que cerraron con un aire victorioso la tarea asignada. Creí que nunca dejarían de tirar. Me pareció que iban a derrumbar las paredes y quedaría expuesta al peligro. Sola. Sin escapatoria. Así que no me atreví a moverme. Los ojos cerrados, tapándome la cabeza con las manos, entregada a un rezo anhelante. Hasta percibir el retorno de la quietud. Debatiéndome entre la curiosidad y el miedo, me acerqué a la ventana. Aunque ya no se escuchaban gritos ni el sonido de los disparos, noté bastante movimiento en la calle, pues los hombres estaban subiendo a los coches, dispuestos a retirarse. Entonces quedé petrificada al divisar los tres cuerpos quietos sobre la vereda, frente a la casa gris. Más que sorpresa sentí un desgarramiento al comprobar algo temido desde el comienzo del ataque.  Tan rápido como antes habían sacado de allí al chico, ellos cargaron los cuerpos en el camión y,  con gran bramido de los motores, se alejaron. Después, a pesar de sentir un reparador alivio por  haber sobrevivido a la más cruel de las tormentas,  comprendí que ya para siempre el recuerdo de esta mañana surcada por la violencia, el miedo, la muerte, me quitarán el gusto y el bienestar que he podido disfrutar aquí hasta ahora, desde hace casi veinte años.

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