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JUAN,
EL ÚNICO AMOR
Debo
llegar. El único pensamiento que ahora la guiaba. Obsesivo.
Para ayudarla a superar el largo trayecto que aún
necesitaba recorrer, pese a las estrías por las que
sangraban sus rodillas al arrastrarse por el suelo pedregoso
y la creciente fatiga del cuerpo escuálido, espantosamente
frágil. Aguante, general. Ya estamos por llegar. Las
palabras se reiteraban en Lacasa y Frías y Álvarez y en
los soldados que componían la reducida partida y en ella,
como si no encontraran ni hubiera otras para expresar la
preocupación, el temor, la casi desesperanza que los
embargaba mientras pretendían, después de la atroz derrota
sufrida en Famaillá, llevar a un lugar cómodo y seguro al
amado general que, cruzado sobre su caballo, era sacudido
por bruscas convulsiones y profería de tanto en tanto leves
quejidos. Marcharon leguas y leguas en alocada carrera, por
caminos escarpados, cruzando algún montecito, silenciosos y
sin dejarse abatir por el agotamiento, hasta que una voz
alentadora dio el aviso. Allí está. Por fin. Miren. Y la
mano tendida señaló el conjunto de viviendas de Jujuy que
las últimas luces del día recortaban contra el horizonte. A
pesar de las palabras de ternura y conmiseración de quienes
pasaban a su lado, no levantaba la cabeza del suelo por el
que arrastraba sus rodillas, concentrada, sin permitir que
nada perturbara el arduo cometido dictado por un sentimiento
en el que alentaban la fe religiosa, la necesidad de purgar
viejas culpas y, sobre todo, efectuar una fervorosa
recordación del hombre que había logrado despertar el amor
más fuerte y apasionado. Le pareció un cuerpo
desconocido, casi sin forma dentro del uniforme
excesivamente abultado, ajeno al que había palpado tantas
veces en lentas caricias, vibrante de placer, dotado de
inagotable vigor. Mi amor. Pobrecito. Un sentimiento de lástima
e infinita ternura la invadió y tuvo que llevarse las manos
a la boca para ahogar un grito de rabia, dolor, total
impotencia al observar el modo lento, cuidadoso, con que los
soldados tomaban el cuerpo del general -creyendo sin duda
que tenía la fragilidad de un chico y cualquier descuido
podía dañarlo- y lo depositaban sobre un catre
desvencijado. Al quedar a solas con él, se inclinó sobre
el cuerpo que parecía azotado por un imbatible temblor.
Querido. Desbordante de amor lo abrazó en un intento por
calmarlo, por prodigarle la fuerza y amparo que ahora tanto
necesitaba, pues el coraje y determinación demostrados
repetidas veces en los campos de batalla se habían
derrumbado en una extrema debilidad. Desoladoramente
indefensa, con el instintivo temor de una niña a punto de
recibir una dura reprimenda, se sintió aquella tarde al
encontrarse por primera vez ante él, el hombre alto y
delgado, que parecía imponer respeto con un simple gesto o
mirada. Vengo por mi hermano y mi tío. Quiero rogarle por
sus vidas, general. Casi de manera atropellada manifestó el
motivo de la visita, nerviosa, impulsada tal vez no tanto
por un estado de angustia y desesperanza, sino más bien por
la perplejidad, la inquietud, casi la especie de embrujo que
llegó a experimentar al sentirse traspasada, desnudada con
violencia, por los ojos de él. Impida la ejecución. Por
favor, general. Mientras trataba de conferirle el mayor
fervor y convicción a su pedido, él pareció sumido en una
postura fría y lejana. Sin atender a las palabras. Observándola.
Pendiente de cada gesto. Fascinado. Y esa comprobación había
resultado más clara al recibir la respuesta en la que no
pudo descubrir el menor signo de cordialidad, indignación o
desagrado, sino que simplemente reflejó la perentoria
autoridad empleada sin duda al dirigirse a sus soldados. Lo
siento. Nada se puede hacer. Ya he dado la orden de
ejecutarlos. Acostándose a su lado, lo besó.
Repetidamente. Como si se tratara de la primera vez, en una
ceremonia plena de ternura y encanto, a través de la cual
abrigaba el íntimo anhelo de librarlo de todo dolor, de
mitigar los reiterados quejidos y, sobre todo, devolverle a
su cuerpo el acostumbrado ímpetu y fortaleza. Tal vez nunca
más. Tal vez ya no podré gozarlo como tantas noches. El
brusco pensamiento la estremeció. Quiso rechazarlo,
destruirlo de inmediato. Furiosa. Odiándose por dejar que
la invadiera la desolación, el miedo, al verlo tan frágil,
desprotegido. Deslizó las manos en caricias a las que
pretendió otorgarles un carácter nuevo, más deslumbrante
que nunca, que tuvieran la virtud de despertar el conocido
ardor y vitalidad. Tal vez nunca volveré a tenerlo. Nunca.
Abatida por el infructuoso intento, por considerar de pronto
remota e inalcanzable esa aspiración, ante la perspectiva
de encontrarse sola y desvalida, sin el sostén, la
seguridad, el goce que le brindaba la compañía de él. A
pesar de que sólo un leve temblor agitaba el cuerpo vencido
por la enfermedad y el agotamiento, lo mantuvo apretado,
frenética, con el ansia recóndita de prolongar
indefinidamente ese instante, los dos solos, sin verse
acosados por los fantasmas del pasado ni temerosos ante el
incierto futuro, sino disfrutando únicamente el presente
que, ansiosa y desesperada, no quería perder. Así. Para
siempre. Estaba hundiéndose en una plácida zona de placer
y adormecimiento cuando, abruptamente, unos golpes en la
puerta y gritos destemplados, la obligaron a incorporarse.
Te volviste loca. No podés hacer eso. Es una barbaridad.
Diversas razones, todas negativas, debió escuchar de parte
de quienes, guiados por el afecto o la amistad o tal vez el
simple deseo de evitar que cometiera un error y se expusiera
a ignotos peligros, procuraron frustrar la descabellada idea
de acompañar al general Lavalle y el puñado de hombres
sobrevivientes de la derrota de Famaillá en el largo camino
hacia Jujuy. ¿Acaso ya no te importa el daño que te causó
ese hombre? Algunos apelaron al recuerdo más lacerante,
tratando de escarbar la herida dejada por él al desatender
el ruego de impedir la ejecución de su hermano y su tío,
lo cual sin duda merecía un gesto de eterno repudio e
inmisericordia. No fue así, sin embargo. Y no alcanzó a
hallar una explicación lógica. Sí. Tal vez sea una
locura. Pero no puedo hacer otra cosa. Sin oponer
resistencia ni ceder a falsos escrúpulos, decidió seguirlo
impulsada por un súbito y poderoso vigor en el que
alentaban cierto juvenil enamoramiento, un extraño
atractivo por la enigmática figura del general y también
el deseo de trabajar en beneficio de la patria. Tuvo la
sensación de haber caído en una trampa. Sutil. Devoradora.
Inevitable. Como si desde el momento en que se habían visto
por primera vez hubiera quedado establecido, tácitamente,
un pacto por el cual debían permanecer unidos, superando
cualquier sombra nacida del odio, del anhelo de venganza o
de la brutal presencia de la muerte. Desdeñando los
consejos y las prevenciones, provista de algunas cosas
personales se aprestó, con ahínco y pasión, a compartir
la riesgosa y fascinante aventura de integrar la maltrecha
partida del general Lavalle. Enemigos a la vista,
general. Reconfortada advirtió que se estremecía el cuerpo
de él, como si el tono perentorio de Lacasa hubiera tenido
la virtud de otorgarle renovadas energías. Parpadeando
repetidas veces, trató de sentarse. Hay que organizar la
defensa. Rápido. Procuró ayudarlo, sin preocuparse
demasiado por el anunciado peligro sino más bien
repentinamente jubilosa, libre de los sombríos presagios de
las últimas horas, al verlo movilizarse, dispuesto a ocupar
el cargo de jefe. Mi espada. Presuroso, Lacasa se la alcanzó
y luego los tres marcharon hacia la puerta. Desde el
exterior llegaron más fuertes los ruidos: el galope de
caballos, las voces dictando órdenes o profiriendo gritos
de alarma, los primeros disparos. Vamos. No hay que perder
tiempo. Bruscamente pareció recuperar la firmeza que le era
habitual, superado ya cualquier rastro de la debilidad y el
cansancio que habían minado su cuerpo. Apartando las manos
que pretendían sostenerlo, caminó resuelto. Con gesto
altivo. Sí. Tal vez todo vuelva a ser como antes. De nuevo
se dejó ganar por una furtiva esperanza. Al llegar al patio
los paralizó una estruendosa descarga. No supo cuánto
tiempo permaneció así, sin atinar a nada, mientras
estallaba el grito espantado de Lacasa y veía cómo él se
llevaba las manos al cuello. Ansioso. Desesperado. Con el inútil
afán de contener la sangre que brotaba a borbotones.
Reaccionando por fin, abrazó el cuerpo querido. Y durante
largo rato pretendió infundirle todo su calor y ternura y
vitalidad, hasta comprender, al notarlo cada vez más rígido
y frío, que en ese momento a ella también empezaba a escapársele
la vida. Ya las rodillas se habían convertido en llagas
sangrantes cuando se detuvo ante el altar de la Catedral.
Exhausta. Aliviada por haber logrado su objetivo. Y como
tantas otras veces, se entregó a un rezo íntimo,
ferviente, con el propósito de hallar el sosiego y la
fuerza para sobrellevar la soledad. Ardua pero infructuosa
tentativa. Porque cada vez le resultaba más profundo el vacío
en que se había hundido cuarenta años atrás, cuando una
trágica madrugada la muerte le arrebató sorpresivamente a
Juan, su único amor.
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