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EL
HOMBRE ACECHADO
A pasos decididos, impulsada por una
ansiedad que no le daba tregua, se dispuso a cumplir la cita
de todos los días. Obstinada. Con la sensación de reavivar
una punzante herida. Es lo único que puedo hacer ahora.
Comprendiendo, sin embargo, que era demasiado poco el diario
ritual, no sólo para compensar el amor prodigado por él
con desmesurada dosis de pasión y entrega, sino también
para encontrar una razón, justificativo o mero consuelo
para seguir andando por el camino que se presentaba árido y
despiadadamente solitario. Verla. Tenerla entre mis
brazos. Una vez más. La modesta y ya única pretensión que
abrigaba ahora mientras los ojos enturbiados por el
cansancio y la fiebre vigilaban obsesivos la puerta a la
espera de la figura querida. Sabía que era inútil. Él
mismo le había pedido que dejara de visitarlo. Sí. Es lo
mejor. Ahorrarte el dolor y el bochorno de verme convertido
en una piltrafa. Asumir solo, sin proferir un grito de
protesta, la condena de encontrarse postrado en el mísero
camastro que le habían asignado en la celda fría y
maloliente, ya demasiado débil no sólo para permanecer
sentado sino para aferrar un lápiz y escribir algunos de
los tantos versos que hubiera querido dedicarle. Ya el único
puente de comunicación lo establecía el cesto de comida
que todos los viernes ella le hacía llegar como el regalo más
precioso, reconfortante, a través del cual pretendía
expresarle toda la dedicación, el amor, la fidelidad.
Es un arrebatado. Incapaz de esperar un minuto para tener lo
que quiere. Súbitamente había comenzado el acoso de él,
primero al pasar todos los días frente al taller de costura
donde ella trabajaba y, después, siguiéndola por la calle
o cualquier otro sitio. Fogoso. Desbordante. Incansable.
Como si se tratara de un juego en el que tenía la carta de
triunfo, demoró en ceder, en dar una señal de aprobación.
Halagada, sin llegar a definir si era por cierta piedad al
notarlo tan impaciente y desesperado, o vencida por tanta
tozudez, o más bien para relegar el peso de la rutina y la
soledad. Impulsados por gustos y afinidades comunes,
comenzaron los encuentros. Cotidianos. Plenos de ansiedad y
fervor. En lugares apartados, libres de la curiosa y
acusadora mirada de los habitantes de Orihuela. Aprendieron
a conocerse a través de los besos dulces y las manos
irrefrenables, transformadas en el medio más adecuado para
entenderse, escapar a la odiosa chatura de los días,
disfrutar con mayor intensidad el placer que anhelaban para
siempre. Todo fue demasiado breve. Como si un inesperado
huracán hubiera arrasado nuestros sueños. Brutalmente. Un
sentimiento de añoranza y desolación solía acometerla
cada vez que evocaba aquellos meses en que, enfervorizados y
ajenos de cuanto los rodeaba, llegaron a ser verdaderamente
felices, antes de sobrevenir la separación y las huidas y
el acecho implacable de la muerte. El dolor de cabeza.
Acuciante. Grave. Impidiéndole cualquier instante de
reposo, lo obligaba a revivir, sin escapatoria, aquel tiempo
de la infancia en que a través de los golpes en la cabeza
su padre pretendía sofocar las ansias de libertad y
obligarlo a cuidar las majadas, repartir leche por el
pueblo, realizar otras duras tareas del campo. Sin presentir
ni importarle que él sólo anhelaba plasmar en poemas
aquello que alentaba como un pájaro impetuoso en su corazón,
leer toda la noche hasta quedarse dormido o recostarse con
una inefable sensación de gozo y serenidad junto al río
Segura. Por fin, en un acto de súbito arrojo, se dirigió
hacia Madrid. La única tabla de salvación. Ansioso por
huir sin ligaduras y obtener el alentador reconocimiento por
el cúmulo de poemas que representaba su tesoro más
preciado. Inútil. Le bastaron pocos meses para ser ganado
por la mayor decepción al sentirse perdido en la ciudad
hostil y desconocida, sin amigos, acorralado por la extrema
pobreza. Llevando a cuestas el estigma de la ruina y el
fracaso, debió regresar al hogar pueblerino. Cuando ya se
creía aplastado por un muro siniestro, surgió algo.
Inesperadamente. Con la gratificación de una suave y
alentadora caricia. Ella. La muchacha de profundos ojos
negros. Josefina. Sola. Cuando más necesitaba tenerlo a
mi lado. Empezaba a sentir la fuerza del hijo que iba
creciendo en su vientre cuando la guerra, anunciada con
repetidos actos de protesta y beligerancia, lo apartó de su
lado, al enrolarse en las filas milicianas dispuesto a
defender los valores de la República. La constante zozobra
prosiguió a la separación. Sin saber dónde estaba ni si
volvería a verlo. Consumida por la espera. Morosa.
Interminable. Y nada -ni el desarrollo del trabajo diario,
ni la inminente llegada del hijo, ni atender a su madre
enferma- lograba cubrir el vacío. Hasta que regresó.
Fugazmente. Para dejarme la terrible certeza de haber
recibido su última visita. Entonces conocí la violencia
y el dolor de la muerte. Allí, en los campos de batalla,
junto a las trincheras, en la lucha cuerpo a cuerpo. Y quiso
sustraerse a tanto horror. Escribiendo. Durante los escasos
momentos libres, robando horas al descanso. Como una forma
de reafirmar la vida. Poemas y poemas leídos con voz
fervorosa a sus compañeros de batallón, gobernado por el
deseo de estrechar más aún los lazos de amistad, de
alcanzar una mutua cuota de ánimo y confianza. Hasta que
sobrevino el derrumbe. Destrozadas las fuerzas del ejército
republicano, comenzó a peregrinar de un sitio a otro, sin
tregua, con el creciente terror de verse apresado por manos
aviesas. Urgido por la necesidad de estar junto a Josefina y
al hijo de escasos meses. Aunque era el lugar menos seguro,
regresó a Orihuela. Nada más gratificante que estrecharlos
contra mi pecho. Soñar con la posibilidad de vivir juntos
para siempre. Imposible conseguir eso allí donde resultaba
fácil blanco para sus perseguidores. Prefiero saber que estás
vivo en algún lugar y no verte caer muerto a mi lado, le
confesó ella un día, desolada, sin poder soportar ya la
situación de permanente inquietud. Sí. Tal vez sea lo
mejor. Hasta que desaparezca el peligro. Pero tácitamente
ninguno llegó a creer demasiado en eso. Alcanzar un estado
libre de sobresaltos les resultó una meta muy lejana. La
inevitable separación tuvo un carácter desgarrador. De
nuevo solo, deambulando como un paria, sin encontrar el
amparo de una mano amiga ni un ínfimo hueco para
guarecerse, abrigó el deseo de abandonar el país. Pasó
por Sevilla y Huelva, pero al llegar a la frontera
portuguesa las sombras tantas veces presentidas se
materializaron en rostros tallados en piedra y manos
imperiosas y fusiles cargados de amenaza. Esporádicamente
le llegaron noticias sobre el lugar donde se encontraba él:
la Prisión Celular de la calle de los Torrijos, las cárceles
de Palencia y Ocaña, finalmente el reformatorio para
adultos de Alicante. Allí pudo verlo, a través de las
rejas del locutorio, todos los viernes. Como si fuera otro
hombre. Quebrado, esforzándose por hilvanar las palabras,
sin ánimo para esbozar la sonrisa tan espontánea y
habitual en otro tiempo. Impotente para brindarle una ayuda.
Deseando romper las rejas y apretarlo entre mis brazos,
cubrirlo de besos hasta devolverle las fuerzas y la alegría.
Inútil. Lo supo con abrumadora violencia ese viernes que no
le permitieron verlo y ni siquiera aceptaron que dejara,
como era habitual, el cesto lleno de comida. Mi cabeza.
Convertida en codiciado trofeo. A lo largo del torvo
itinerario de prisión en prisión, los guardias se habían
confabulado en centrar allí -como lo hizo su padre muchos años
atrás- la mayor reciedumbre del castigo, sin duda por
considerar lo más delicado e importante, lo que necesitaba
preservar tanto para resistir los interrogatorios y los
golpes como para volcar en el papel el torrente de palabras
que expresaran sus anhelos, desilusiones, bronca, rebeldía,
soledad. Han logrado su propósito. Abatirme. Reducir
cualquier atisbo de protesta. Impedir la expresión del más
pequeño de mis sueños. Y por eso el hecho de transformar
la condena a muerte en una pena de treinta años de reclusión
le parecía el fruto de una broma macabra, despiadada, como
si ellos -los carceleros ya convertidos en dueños absolutos
de su vida- le hubieran concedido la gracia de tener
esperanza, de creer que podría sobrevivir tanto tiempo. No.
Resultaba absurdo dejarse encandilar por semejante idea.
Sobre todo a partir del día en que, incapaz de moverse para
ir al dispensario, el médico comenzó a atenderlo en la
celda. ¿Cuántas veces volveré a ver la luz del día? Y el
hálito de vida que se le escabullía brutalmente quería
ocuparlo en pensar sólo en ellos, Josefina y el hijo, como
una instintiva forma de darse ánimo, pero también dominado
por la certeza de que esas presencias queridas le pertenecían
cada vez menos. Sí. Han logrado despojarme de las cosas más
sentidas. Aquellas que justificaban una razón para vivir. Y
esa mañana, cuando ya el menor movimiento le exigía un
esfuerzo sobrehumano, sintió el impulso de escribir algo de
todo eso que le martilleaba la cabeza. Con mano temblorosa,
en garabatos casi ininteligibles sobre el papel arrugado. ¡Adiós
hermanos, camaradas, amigos: despedidme del sol y de los
trigos! Se detuvo al fin, agitada, y quedó contemplando
el pequeño rectángulo de mármol con una mezcla de dolor e
incredulidad, todavía sin poder aceptar el hecho de que él
se encontraba allí. Después, con gestos mecánicos,
desenvolvió el ramo de flores. Sí. Lo único que puedo
hacer ahora. Como cada día, en un acto que llevaba implícito
una dosis de pesadumbre, desamparo y, sobre todo, amor,
colocó los claveles junto a la lápida donde solamente se
leía "Miguel Hernández, poeta".
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