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LA
BÚSQUEDA Primero fue un grisáceo remolino de tierra, después el
contorno cada vez más nítido de algunas figuras. Sí. Es
un grupo de ellos. Apretando las riendas, clavó la vista en
los jinetes que se acercaban. Casi hipnotizado. Con una
desconocida sensación de alivio al comprender que al fin
estaba a punto de concluir casi diez años de búsqueda.
Afanosa. Sin tregua. Desde aquella tarde en que las hordas
del cacique Garcete habían irrumpido en el Fortín Yunká.
Feroces. Incontenibles. En desaforado griterío.
Transformando la calma de la siesta en desorden y pánico.
Nunca en sus doce años se sintió tan desvalido, incapaz de
moverse, casi sin comprender lo que pasaba a su alrededor.
El comandante dictando órdenes imperiosas, la urgencia de
soldados por aprestarse a la lucha, el chillido de las
mujeres, la despiadada embestida de los atacantes. Sólo
quiso estar junto a su madre para sentirse protegido. La
llamó en desesperado clamor mientras era tragado por la
violencia y el fragor del combate. Por fin, sucio de tierra
y sangre, cayó pesadamente al suelo. La fatiga y el dolor
lo fueron hundiendo en una creciente nebulosa. Hasta
percibir el grito. Sorpresivo. Horadante. Superando el
estampido de los fusiles y el golpe de las lanzas y el
quejido de los heridos. Tan claramente familiar que no tuvo
la menor posibilidad de confundirlo con otro. De manera
instintiva, como si respondiera a un perentorio llamado,
consiguió abrir los ojos. Entonces la vio. Con los brazos
abiertos, la cara petrificada en una mueca, el pecho
cubierto de sangre por obra del lanzazo devastador. Debió
limitarse a observarla. Sin fuerzas para moverse. Impotente.
Desesperado. Y fue ese momento, esa escena, lo que habría
de prevalecer más claro y poderoso a través del tiempo. La
única forma de evocarla. Recordándome siempre la obligación
de vengar su muerte. Una obsesión desde entonces atrapar al
cacique Garcete y sus hombres. Relegando a plano secundario
cualquier cosa que no fuera alcanzar esa meta impuesta por
el rencor, el afán de justicia, la soledad. Y para ejercer
el acto vindicativo, esperó. Días, meses, años. Primero,
junto a quienes le curaron las heridas, le brindaron amparo
y cariño, quisieron ayudarlo a lograr un estado de olvido y
resignación; después, aprendiendo con febril entusiasmo a
montar a caballo, a utilizar el puñal y el fusil, a conocer
todos los secretos de la lucha cuerpo a cuerpo; y por fin,
participando en la acción para repeler el ataque de los indígenas,
al formar parte del Regimiento de Gendarmería de Línea. Entonces
creí tener la oportunidad de conseguir lo esperado.
Vengarme, apaciguar el odio que me consumía, empezar tal
vez a olvidar. Y se entregó a la lucha. Pujante.
Implacable. Sin la menor duda, casi desprovisto de cualquier
vestigio de compasión. En cada indio creí ver uno de
aquellos que mataron a mi madre y destruyeron el Fortín y
me rompieron todos los huesos. Sólo quise cobrarme la
deuda. A cualquier precio. Obsedido por la búsqueda
impaciente, tediosa, inacabable. Para ello no eludió
enfrentar a los malones que azotaban la frontera del norte,
ni perseguir a quienes arrasaban algún poblado, ni penetrar
en las tolderías en busca de cautivos. La decisión, el
coraje indomable, la frialdad que solía conservar en los
momentos más difíciles, llegaron a despertar una corriente
de admiración y envidia en los otros soldados y le hicieron
ganar la confianza de sus superiores. Cada vez le asignaron
tareas más riesgosas. Logró cosechar progresivos honores.
Pero nada colmaba su objetivo. Los repetidos entreveros sólo
le dejaban el sabor de la frustración, el vacío de la
espera inútil, la desoladora comprobación de que la muerte
no servía para aplacar el resentimiento, sino más bien
acrecentaba el horror. Cada vez me sentí más salpicado por
tanta sangre. Como si fuera uno de ellos. Alguien dedicado a
matar. Simplemente. De improviso creyó evadirse de la
pesadilla en que había estado inmerso durante años. Como
una especie de revelación comprendió no sólo que tal vez
nunca podría atrapar a Garcete, sino también lo absurdo y
desatinado que resultaba el intento por concretar la
venganza a través de otras personas. Entonces lo acosó un
sentimiento en el que se mezclaban el desencanto, la furia,
el remordimiento, pero sobre todo el creciente sentido del
fracaso. Sí. No he conseguido vengar a mi madre, ni atrapar
a los asesinos, ni siquiera demostrar que puedo hacer algo más
que usar un puñal o disparar un fusil. Y debió esforzarse
para continuar realizando las habituales tareas, para no
reflejar ante los demás la recia tormenta que turbaba su
corazón. Hasta esa noche en que -incapaz ya de fingir,
queriendo escapar de espectrales figuras que no le daban
tregua-, convertido en sombra sigilosa, abandonó el Fortín.
Y marchó en carrera desenfrenada, sin rumbo. Al surgir la
primera claridad del día, divisó a una cuadrilla de
indios. Sí.
Ahora podré conseguirlo. Con implacable lucidez comprendió
que tenía el modo de alcanzar el anhelado alivio.
Desistiendo al fin de la búsqueda que lo había torturado
durante años. Sin verse acometido por el afán vengativo.
Con la posibilidad de abandonar por fin un peregrinar
jalonado por el dolor, la desesperanza, el odio, la muerte.
Descubriendo un cauce liberador en los jinetes que se
acercaban. Imponentes. Cada vez más fuertes las voces
enronquecidas. Altas y amenazantes las lanzas. Y
tranquilo, sin miedo ni ánimo para luchar, se limitó a
esperarlos.
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