Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

La Culpa Tardía

LA CULPA TARDÍA

Desaparecer. El único propósito que lo animaba al marchar sigiloso por las calles oscuras, cubierto el rostro con un poncho. De tanto en tanto volvía la cabeza. Inquisitivo. No. Nadie me está siguiendo. Y aunque no descubría el acecho de ninguna figura, le costaba alcanzar un estado de sosiego y despreocupación. Ya resultaba habitual en los últimos días. Intranquilidad. Sobresalto por cualquier ruido. La sensación de cuerpos espectrales a punto de caer sobre él. Es por lo que hice. Por mi traición. Jamás podrán perdonarme. Presentía la venganza temerosamente cercana, despiadada, para hacerle pagar el bochornoso acto que había cometido en un instante de flaqueza, seducido por el fascinante tintinear de las monedas de oro con las que creyó tener al fin la oportunidad de concluir la denigrante condición de esclavo, sin poseer una vivienda decorosa ni un mísero pedazo de tierra, sometido a los caprichos de los conquistadores. Y claudicó. Necesitaba el dinero. Para sentirse fuerte, seguro, y poder vivir sin ataduras. Quería disfrutar eso. Evadirse del estado de humillación y sometimiento padecido por sus padres y tantos otros antepasados, incapaces de proferir un grito de protesta o exigir la posesión de los bienes utilizados por los otros como si fueran los dueños absolutos. No pude soportarlo. No estaba dispuesto a pasar toda la vida aplastado como una rata. Y sin la menor duda ni atisbo de miedo, arrebatado por la determinación de echar a los intrusos, se plegó al grupo de mancebos que anhelaba quitar al flamenco Simón Jacques del gobierno. Libertad. Libertad. El grito creció poderoso en las voces de los criollos que aquel 31 de mayo de 1580 ganaron las calles de la incipiente ciudad en un clima de contagioso entusiasmo, alentados por un incontenible furor pero también con el aire de triunfo por dar el primer grito de rebeldía, semejantes a una bandada de pájaros que lograba romper los cerrojos de la jaula. Tumultuosos. Incontenibles. Y yo estaba entre ellos. Orgulloso de participar en esa gesta. Gozando el beneplácito y apoyo de quienes habían nacido en esas tierras y experimentaban la desgarrante sensación de ser estafados por los extranjeros que se apropiaban de los mejores solares y ocupaban los cargos más destacados en el gobierno de la ciudad y los obligaban a cumplir todas las leyes. Ese día dijimos basta. Unidos por un afán común capturaron en sus propios domicilios al teniente de gobernador Jacques, y al alcalde Pedro de Olivera, y al escribano Alonso Fernández Montiel, y al capitán Francisco de Vera y Aragón, todos los que ostentaban la autoridad conferida por el fundador Juan de Garay. Un operativo rápido y sin llegar a derramar una gota de sangre. Después, enfervorizados por la victoria y el hecho de tener por primera vez el poder de decisión, eligieron a quienes habrían de ocupar los principales cargos. Y la suerte me favoreció. Yo, Cristóbal de Arévalo, el nuevo teniente de gobernador. La euforia por sentir su nombre vivado con estruendoso fervor por la gente agolpada frente al Cabildo no sólo resultaba ya irrecuperable, sino que ahora se había transformado en angustia, desencanto, pero sobre todo en pertinaz culpa, mientras cruzaba la ciudad a pasos rápidos y nerviosos, echando furtivas miradas a su alrededor, más que por el miedo de ser atrapado de improviso, para eludir cualquier trozo de los cuerpos de los cabecillas de la revolución vilmente ajusticiados. Por mí. Yo provoqué eso. Casi estalló en grito desaforado como un intento por desalojar la piedra que iba creciendo en su pecho y alcanzar, tardíamente, una cuota de tranquilidad. Traicioné la confianza que tuvieron al elegirme. No había tenido escrúpulos ni tampoco se detuvo a considerar demasiado las consecuencias que tendría su accionar, cuando cedió encandilado al sortilegio inefable de la bolsa llena de monedas de oro que depositaron en sus manos. Representaba una cantidad de dinero mayor de la que había tenido ni visto nunca. De inmediato se sintió dispuesto a realizar cualquier cosa para no perderlo. Sólo por mí. Por la facilidad de conseguir cuanto quisiera. Olvidado repentinamente de los nobles propósitos de honor, justicia, dignidad, que había compartido con todos los que se alzaron en armas aquella víspera de Corpus Christi. Buscó su propio beneficio. Egoísta. Obnubilado por el privilegio del poder. Y permaneció casi desdeñoso, como si ya pudiera desinteresarse del asunto luego de recibir el pago convenido y pronunciar el nombre de ellos, de Benialvo y Ruíz y Leiva y Gallego y Romero y Villalta y Mosquera, los que lo acompañaron en la patriada revolucionaria, hasta que el castigo sobre los complotados se concretó de manera drástica, con alevosía, a fuerza de estocadas, golpes y puñaladas. Como ejemplar escarmiento para los que abrigaban similar ánimo subversivo, los cuerpos fueron descuartizados y repartidos por los caminos. Nunca pretendí esto. Nunca. Súbitamente horrorizado por el insospechado desenlace de su traición, perdió toda huella de serenidad al sentirse manchado por la sangre de sus hermanos de raza. Comenzó a pasar las noches en agotadora vigilia por el acecho de fantasmales figuras, apresado por el miedo, la zozobra, el terror de sufrir una justa y cruel represalia en manos de los mancebos defraudados. Nunca podrán perdonarme. Ninguna palabra o gesto será capaz de justificar lo que hice. Y acorralado, sin lograr tener ya un instante de reposo, esa noche decidió abandonar la ciudad. Un acto inútil. Lo supo de improviso. Mientras concretaba la huida desenfrenada. No. Jamás conseguiré algo de paz ni olvido. Aun lejos de la ciudad y marchando por caminos solitarios que parecían libres de cualquier peligro. Porque la bolsa abarrotada de monedas con las que imaginó disfrutar un estado de poder y esplendor, ahora no iba a servirle para desalojar la visión de los cuerpos destrozados ni rechazar la furia vindicativa de quienes había traicionado ni, mucho menos, aplacar el sentimiento de culpa que, con increíble violencia, lo golpeaba más y más.

El Pozo | El Hombre Acechado | La Búsqueda | El Regreso | La Culpa Tardía | Juan, El Único Amor | El Día Negado | Los Verdugos | El Instante Supremo | La Sentencia

El Calvario Repetido | El Acecho | El Ordenanza | Antes del Primer Grito | Hombres y Hazañas | Mariel entre nosotros


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006