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A plena luz

A plena luz

¿Te sorprende verme aquí? Sin duda debo ser la última persona que esperabas. Después de seis o siete años. Aunque nos encaminamos por rumbos distintos, yo nunca pude desligarme de vos, apartarte de mis pensamientos, lograr que ingresaras para siempre en el pasado. No. Permanentemente estabas frente a mí. Al acecho. Con la sensación de caer apresada entre tus brazos. Impidiendo que me moviera con libertad, sin miedo. Ahora estoy aquí, no para cuidarte toda la noche, como le hice creer a la enfermera, sino para concretar el acto con que procuraré relegarte para siempre de mi vida. Sí. No abrigo otro propósito. Extirparte como una espina molesta y cruel. Porque no llegaste a ser otra cosa para mí. Desde que comenzaste a vivir con nosotras. Más que por amor, mi madre te buscó para apartar la soledad y tener una ayuda para afrontar los gastos de la casa. No consiguió nada de eso. Sólo pretendiste imponer tu voluntad. Autoritario. Reaccionando de manera intempestiva cuando no era satisfecho alguno de tus caprichos. Nos hundimos cada vez más en un clima de violencia y malhumor. Sobre todo después de aquella noche en que mi madre llegó muy tarde del trabajo y no pudo preparar la cena. Por primera vez la golpeaste, mientras le gritabas que era una inútil y le ibas a enseñar cómo debía tratarte. Fue el preludio de lo que habría de ocurrir pocos días después. Cuando el brillo de codicia que varias veces había notado en tu mirada se hizo ya demasiado evidente. Alentado sin duda por varios vasos de vino y por la ausencia de mi madre, quisiste saciar de pronto el deseo acumulado día tras día. Abruptamente. Pese a tener un cuerpo bastante desarrollado para mis doce años, no tuve fuerzas para contener la impetuosa arremetida: primero las bofetadas para ahogar cualquier grito y después tus manos destrozando la ropa y por último los rudos empujones hasta desplomarme sobre la cama. Tal vez fueron apenas algunos minutos, debido a tu impaciencia y avidez, pero yo creí estar años enteros allí, petrificada, casi sin atreverme a respirar, inmovilizada por el peso implacable de tu cuerpo. Cuando al fin terminaron tus descontrolados movimientos, proferiste la amenaza demoledora, si contás algo de esto, te mato. ¿Te acordás? Aunque el ataque te dejó paralizado y ahora podés respirar gracias a una maraña de tubos y cables, tal vez guardes el recuerdo de aquel hecho. En mi caso, estoy segura de que nada podrá borrármelo. Grabado a fuego. Para siempre. Y sirvió para dejar establecido entre nosotros una especie de acuerdo. Secreto. Inviolable. Por obra de tu drástico aviso y por el miedo que me impedía revelar lo ocurrido y pedir ayuda. Menos a mi madre. Cada vez más débil, vencida por tantas horas de trabajo, sin demostrar ya demasiado interés por lo que pasaba a su alrededor. Y aprovechaste esa situación. Despótico. Triunfador. Casi todas las noches, cuando el vino y el deseo te enardecían la sangre, penetrabas en mi cuarto. Sigilosamente. Cumpliendo un rito cada vez más rutinario. Meses y meses recibí aterrada tu visita, y sentí las manos ásperas lastimándome la piel, y debí morderme los labios para no estallar en gritos histéricos. La muerte de mi madre marcó el final de eso. A1 menos me alejó de vos. Encontré un amparo salvador en mi tía Rosario y creí que todo empezaría a ser distinto. Más fácil y agradable, sin presiones. No. Tu sombra siguió rondándome y no pude sepultar los vestigios del pasado. Te impusiste. Poderoso. Sin darme un momento de paz. Obsesionado por mantener mi cuerpo oculto, celosamente cubierto, a resguardo de cualquier mirada, como si mostrarlo significara no sólo una forma de pecado o abominación sino, peor aún, reavivara los instantes que me tenías entre los brazos como simple objeto de placer. Todo se agravó al conocer a Federico. Compartir horas de estudios estableció entre nosotros una corriente de amistad y afecto. Me aferré a él. Ansiosa. Pero cuando el impulso, la necesidad o el deseo nos unieron por primera vez en un abrazo, se produjo la ruptura. Desaparecieron rápidamente la placidez y el goce al sentir las manos ávidas recorriendo mi cuerpo. Creí que eras vos. Otra vez. Afanoso por someterme. Lo aparté. Violentamente. Después, trastornada por el dolor y la impotencia, me encerré en mi cuarto. No sé cuánto tiempo permanecí allí, aislada, no tanto en lucha por apartar escenas hirientes o tratar de hundirme en una zona cálida y sin peligro, sino concentrada en vos. Únicamente. Con todas mis fuerzas. Comprobando poco a poco que la repulsa, el odio, la indignación acumulados a lo largo de casi ocho años desembocaban en un solo punto: el deseo de vengarme. Nada más claro y definitivo. Sí. Apartarte de mi camino para poder seguir viviendo sin sobresaltos. Supe cómo lograrlo cuando me dijeron que estabas internado por un derrame cerebral. Y aquí estoy. Decidida a probar que ya no me causarás miedo, ni podrás provocarme ningún daño, ni poblarás mis noches con tu figura acechante. De una sola manera: quitándome el escudo con el que siempre intenté resguardarme de tus ataques: la ropa. Ante tus ojos, que es lo único que ahora revela un hálito de vida. Para que me veas a plena luz. Sin sentirme agobiada por la vergüenza. Hacerlo así, lentamente. Primero, la blusa. Tentarte con la visión de los pechos que tus manos jamás volverán a tocar. Quisiera saber qué sentimientos refleja tu mirada. Tan fija y penetrante. Tal vez persiste algún resabio del deseo enloquecedor de otros tiempos. Regocijarte con mis piernas al quitarme la pollera. Pero sin duda lo mejor será quitar el baluarte que vanamente pretendía conservar durante aquellas noches que llegabas a mi cama. Fácilmente lo quitabas y, sin defensa, podías gozar victorioso. Ahora puedo sacarme la bombacha por propia voluntad. ¿Ves? Tranquila. Ante tus ojos quietos y desencajados. El desafío que me permitirá romper para siempre todo vínculo con vos. Y el alivio que va invadiéndome ahora sin duda anticipa el placer que podré disfrutar junto a otro cuerpo. Por primera vez. Libremente.

Tengo algo que decir | Ahora la oscuridad | Una sombra entre ustedes | Algo más que un paseo | El recuerdo de Julieta | El calvario repetido | Al otro lado de la ventana | Cuerpo en llamas | Mariel entre nosotros | Deuda saldada | Evangelina | El amor a través de la mirada | Salvar el honor | A plena luz | Remotos y fascinantes | El refugio | Ellos, al acecho

El Calvario Repetido | El Acecho | El Ordenanza | Antes del Primer Grito | Hombres y Hazañas | Mariel entre nosotros


 


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